Me desperté en medio de la noche, completamente adolorida. Cada parte de mi cuerpo parecía dolorida después de lo que había ocurrido con el mafioso. Él estaba completamente dormido a mi lado, su brazo envolviéndome por la cintura. Con cuidado, saqué su mano y me incorporé lentamente, tratando de no hacer ruido.
Busqué mi bolso y encontré el dispositivo que necesitaba para enviar mi ubicación a mis amigos de la DEA. Era crucial que llegaran pronto, ya que estaba a punto de buscar el arma que había escondido, pero al sostenerla, me di cuenta de que no tenía balas.
En ese momento, él apareció detrás de mí. Me empujó contra la pared, su mano firme alrededor de mi cuello. El miedo me recorrió, pero también la determinación de no dejarme vencer.
-Desde que llegaste, sabía que eras una maldita infiltrada -dijo con voz amenazante-. Cariño, ¿quieres un arma? Pues aquí la tienes.
Me apuntó con la pistola, su mirada fría y calculadora.
-¿Qué es lo que quieres, encarcelarme? -logré preguntar con dificultad, mi voz apenas audible debido a la presión en mi cuello.
-Solamente quiero a mi hermano. Tus hombres lo tienen. Solamente dámelo y...
-¿Y qué, maldita? -interrumpió, su voz cargada de ira-. Eres quien está en mi poder. Podría matarte si lo quisiera...
El dolor en mi cuello aumentó mientras él aplicaba más presión. Mi mente giraba en torno a la desesperación y la estrategia para escapar. Pero antes de matarte, voy a disfrutar otra vez; estás buenísima, maldita.
Las palabras eran un golpe más en la agitación que sentía. La amenaza era clara y directa, pero también era un recordatorio de que debía mantener la calma y encontrar una manera de salir de esa situación.
Mi mente corría a toda velocidad, buscando una salida mientras él mantenía su amenaza latente. La esperanza se aferraba a la idea de que mis compañeros llegarían a tiempo para rescatarme.
Sentía la presión en mi cuello aumentar mientras el mafioso mantenía su amenaza. Mis ojos se llenaron de lágrimas, no solo por el dolor físico, sino también por el temor de no poder salvar a mi hermano.
-Por favor... -logré murmurar con dificultad-. Solo quiero a mi hermano.
Su expresión cambió por un momento, una sombra de duda cruzó su rostro, pero rápidamente la reemplazó con una sonrisa cruel.
-Eres valiente, eso te lo reconozco -dijo-, pero tu valentía no cambiará nada.
Con una mano, movió la pistola para que me apuntara más cerca. Mi mente trataba de pensar en una forma de aprovechar la distracción, pero el miedo era abrumador. Mientras su mano seguía apretando, traté de mantenerme consciente, esperando que los agentes de la DEA llegaran pronto.
De repente, escuché un ruido sordo y la puerta se abrió con un estrépito. La figura de un agente de la DEA apareció en el umbral, seguido de otros agentes armados que entraron rápidamente. El mafioso se giró hacia ellos, su expresión de sorpresa evidente.
-¡No te muevas! -gritó uno de los agentes, apuntando al mafioso con su arma.
El mafioso me soltó inmediatamente y se giró para enfrentar a los agentes. Aproveché la oportunidad para retroceder, masajeándome el cuello y respirando profundamente para recuperar el aliento. Mis piernas temblaban, pero me mantuve en pie mientras los agentes rodeaban al mafioso y lo sometían. Observé como lo detenían y le apuntaban contra la cabeza.
-Estás detenido por los delitos de narcotráfico..
-Te mataré - Me Advierte mientras mira mis ojos.
-, ¿estás bien? -preguntó uno de los agentes, su preocupación palpable mientras se acercaba a mí.
-Sí, sí... -respondí, mi voz aún temblorosa-. Solo necesito... solo necesito encontrar a mi hermano.
Los agentes comenzaron a registrar el lugar, buscando cualquier señal de mi hermano. Mi corazón latía con fuerza mientras esperaba, y cada segundo parecía una eternidad. Finalmente, uno de los agentes se acercó con una expresión de alivio.
-Lo encontramos. Está herido, pero vivo. Vamos a llevarlo al hospital ahora mismo.
Un peso enorme se levantó de mis hombros. Agradecida y exhausta, me dejé guiar hacia la salida, donde la esperanza de reunirme con mi hermano se convertía en una realidad.
Mientras nos alejábamos del lugar, sentí un alivio profundo, pero también sabía que aún quedaba mucho por hacer. La misión no había terminado, pero al menos esta noche, había dado un gran paso hacia la justicia y la recuperación.
El dolor me inundaba mientras me encontraba en el pasillo del hospital, rodeada por el caos de la situación. Mi hermano había sido sometido a torturas horribles y estaba en estado crítico. Mis lágrimas caían sin parar, y el peso de la angustia parecía abrumarme por completo.
Fue en ese momento de desesperación que mi novio apareció. Su rostro mostraba una mezcla de enojo y preocupación mientras se acercaba, pero sus palabras no me ofrecieron consuelo, solo más dolor.
-¿Qué hiciste, Isabella? -dijo con un tono mordaz-. ¿Te acostaste con el ruso? Revisé las cámaras y te vi muy cariñosa con él.
Me sentí traicionada por sus acusaciones, mi mente no podía procesar la realidad de lo que estaba pasando. Mis manos temblaban mientras trataba de controlar mis emociones.
-¡Era solamente una misión! -le grité-. ¿De verdad me estás reclamando eso cuando mi hermano está muriendo? ¿No ves que no puedo encontrar a mis padres?
Su mirada era dura, incapaz de entender la magnitud del sufrimiento que estaba atravesando.
-Tú no tenías por qué acercarte a ese lugar. Ahora estás en los ojos de la mafia rusa.
-No me importa -respondí con voz temblorosa-. No me importa nada. Solo quiero que Gabriel esté vivo. Pero parece que no te importa cuando es tu amigo y tu elemento, porque tú eres el líder. Jamás debieron secuestrar ni torturar a Gabriel. Todo es tu culpa.
Su expresión se endureció aún más, y la ironía en su voz era palpable.
-Ahora mi novia me es infiel y la culpa es mía.
-Deja de distorsionar la realidad -le dije, mi voz rota-. No todo se trata sobre ti. Ahora la vida de mi hermano está en peligro. Lárgate si no puedes hacer nada útil.
La tensión entre nosotros era palpable. Sentía que estaba en un lugar de completo vacío, donde la angustia por mi hermano y el conflicto con mi novio se mezclaban, sin ofrecerme un respiro. Mientras me alejaba, la sensación de desesperación era abrumadora, y mi única esperanza era que mi hermano pudiera salir de esta situación.
Me alejé de mi novio, las lágrimas aún en mis ojos, sintiendo el peso de la situación que nos rodeaba. El dolor de saber que mi hermano estaba en estado crítico se mezclaba con la rabia y la desesperación por la falta de apoyo y comprensión de la persona que más amaba.
Mientras caminaba por los fríos pasillos del hospital, el sonido de las máquinas y las voces apagadas se convirtieron en un telón de fondo a mi angustia. Cada paso parecía ser un recordatorio de la gravedad de la situación y de mi propia impotencia.
Finalmente, llegué a la sala de espera donde se encontraban los pocos miembros de mi familia que aún estaban allí. Sus rostros reflejaban el mismo dolor y preocupación que sentía yo. Mi corazón se hundió al ver a mi hermano, Gabriel, a través de la ventana del quirófano. La imagen de él en una camilla, conectado a múltiples equipos médicos, era un golpe devastador.
Una enfermera se acercó a mí con una expresión que intentaba ser reconfortante, pero que solo intensificó mi ansiedad.
-¿Cómo está mi hermano? -pregunté, mi voz apenas un susurro.
-Estamos haciendo todo lo posible -respondió la enfermera-. Ha sufrido una contusión severa y ha estado bajo tortura. Necesitamos tiempo para estabilizarlo y evaluar el daño. Le pedimos paciencia.
La impotencia me envolvió mientras asentía, sin poder evitar el pensamiento de que podría haber hecho más. Sabía que no había sido solo mi misión la que lo había llevado a esta situación, pero me sentía responsable por no haber podido protegerlo.
En ese momento, me di cuenta de que la prioridad ahora era encontrar a mis padres y asegurarme de que Gabriel recibiera el mejor cuidado posible. No podía permitir que las disputas personales o la frustración me distrajeran más de lo esencial.
Me dirigí a la recepción para obtener más información sobre mis padres, rogando que estuvieran bien y que pudieran llegar pronto para apoyar a Gabriel. Cada segundo contaba, y mi esperanza se aferraba a que el equipo médico pudiera salvar a mi hermano.
Mientras esperaba, me senté en una de las sillas de la sala de espera, el corazón encogido de angustia. Las luces del hospital parecían más frías que nunca, y la incertidumbre del futuro se cernía sobre mí. La única cosa que me mantenía en pie era la promesa que me había hecho: hacer todo lo que estuviera en mi mano para asegurarme de que Gabriel saliera de esto.