Capítulo 2

Aunque había varias delegaciones otras ciudades la sede central de "Publicidad Setién" se hallaba enclavada en un polígono industrial de las afueras de Madrid. La finca era bastante amplia, había un pequeño aparcamiento para los altos cargos, y dos edificios; el primero de ellos de tres plantas albergaba oficinas, laboratorios y estudios fotográficos, el segundo no era más que una nave que usaban como almacén y en la que a veces se construían los decorados. Aquel, en definitiva era un lugar en el que se trabajaba duro, en el que la gente estaba acostumbrada a trabajar duro y a divertirse con la misma intensidad con la que trabajaban; nadie estaba contento del cambio que iba a producirse en la dirección, y menos que nadie Jorge Cifuentes.

Jorge sabía que había cosas de las que tenía que despedirse para siempre. Aunque la "niña" llegara bien aleccionada y con ideas continuistas (que no iba a ser así), la relación de amistad y confianza que había mantenido con don Enrique era irrepetible. Ahora había una intrusa al mando del negocio, una jovencita cursi en una plantilla casi enteramente compuesta por hombres; ni siquiera las bromas volverían nunca a ser las mismas.

Intentaba resignarse pensando al fin y al cabo era la hija de un amigo. Debía intentar soportarla, al menos mientras las reformas que impulsara no fueran demasiado alocadas; tenían el objetivo común de ganar dinero y eso debía facilitar las cosas. Pero daba igual, se le revolvían las tripas de imaginar a esa niñata ocupando la dirección. Aunque minoritario él también era un socio capitalista, el puesto debía haber sido suyo.

Hacía un rato la había visto pasar contoneándose, con el culo enfundado en una discreta minifalda; ligeramente provocativa, pero cumpliendo las normas de la seriedad. La conocía desde que era una adolescente y venía a ver a su padre a la salida del Instituto, ya entonces le caía mal. Repentinamente, sonó el zumbador en su mesa, por primera vez era llamado al despacho de la nueva directora. Se levantó de mala gana, recorrió los escasos metros que lo separaban de la habitación y entró sin llamar.

La chica, cuyas gráciles piernas asomaban bajo la mesa, desentonaba en el serio ambiente del despacho como desentonan las flores en los cementerios; pero aquella era una flor atípica, quizás sólo un cúmulo de espinas cuidadosamente recubiertas de unos hermosos ojos negros.

- Siéntese - dijo Silvia, con tono almibarado- . Usted ha sido el hombre de confianza de mi padre y por eso le he llamado en primer lugar.

Jorge aceptó la invitación con algún recelo y se dejó caer en una de las dos sillas de piel que había frente a la mesa de escritorio. Miles de veces se habría sentado en ese mismo lugar, a despachar asuntos con el viejo, pero ahora las cosas serían radicalmente distintas. La muchacha guardó un breve silencio y enseguida entró en materia.

- Bien, me gustaría que tuviéramos un buen clima de trabajo, y que me concediera el mismo apoyo y dedicación que concedió a mi padre. Como comprenderá, muchas cosas hay que deben ser cambiadas y querría gozar de su colaboración. Mi padre, a pesar de su experiencia, no es más que un anciano y ha estado posponiendo aspectos relativos a la modernización de la empresa. No debemos olvidar que esto antes que nada es un negocio, no un centro de divulgación artística; si perdemos dinero lo perdemos todos.

- Naturalmente podrá contar conmigo para lo que desee - dijo Jorge con suavidad. Coincido en que hay mucho que modernizar, el avance en tecnologías de la imagen es tan rápido que en pocos meses se quedan anticuados los equipos...

- Lamento comunicarle que mi proyecto es bastante más vasto que una mera renovación del material - interrumpió ella- ; en realidad el desfase del equipo no es sino la primera consecuencia de una mala gestión. Si busco su comprensión es porque hay varios empleados a los que no se renovará contrato, y me gustaría no los apoyara... sería de mal efecto.

Jorge asintió con una inclinación de cabeza. Sabía que a eso acabaría por llegarse. A la dichosa niña le importaban un bledo el arte y los artistas, venía con su título crujiente y sus criterios mercantilistas, dispuesta a arreglarlo todo a golpes de talonario. No había crecido allí, no tenía las manos manchadas de revelador, no sabía el trabajo que cuesta hacer un buen reportaje, ni los riesgos que a veces se corre para hacerlo; la dichosa niña sólo sabía que quería hacer dinero lo más pronto posible.

- Usted es la dueña - dijo Jorge, encogiéndose de hombros con estoicismo- . Permítame nada más comentarle que hay aspectos como la lealtad a la empresa que deberían ser valorados a la hora de seleccionar al personal. Además, no siempre conviene echar a un trabajador poco productivo, si es joven y con talento puede ser una buena inversión.

- Talento, talento - interrumpió Silvia, sonriendo con superioridad- ¿Podría alguien indicarme qué es eso, o en qué unidad se mide? Con esa sola palabra acaba de resumir el peor de nuestros males; nosotros necesitamos realidades, trabajo serio, nuestros clientes no se conforman con cosas tan vagas como el talento.

En un principio, Jorge hizo intención de responder, pero enseguida desistió. La cara de la muchacha exhibía una mueca irónica, sería una estupidez intentar que se enterara de algo. Sus ideas parecían tan claras y definitivas que rebatirlas desembocaría en un enfrentamiento inútil.

- Esa es la lista de los empleados a los que no tengo intención de conservar en plantilla - prosiguió ella- . Como verá elimino personal técnico, reporteros, y a la maquilladora, y me propongo contratar comerciales y a un par de especialistas en diseño gráfico informatizado.

Jorge echó un vistazo al papel, y en sólo unos segundos dejó de leer. Era gente que llevaba muchos años trabajando allí, en algunos casos amigos suyos. Sintió la tentación de romper una lanza por ellos, pero se abstuvo. Aquello era peor de lo que había imaginado.

Capítulo 3

- ¿Y en cuanto a mí? ¿Qué hay de mí? - preguntó, sin poder evitar cierta ironía- ¿En qué lugar encajo yo en el nuevo organigrama?

Ella pareció titubear, por no esperar una pregunta tan directa. En un momento se rehizo.

- Usted... Usted representa lo mejor de lo antiguo, usted es un excelente productor y dará a la plantilla sensación de continuidad. No obstante, temo que habremos de liberarle de algunas de las responsabilidades que ha venido teniendo: nombraremos a un codirector comercial, para que pueda dedicarse de lleno a sus otras ocupaciones. Espero que no se sienta menospreciado.

- Como desee, nadie protestó jamás por trabajar menos - respondió con fingida indiferencia.

Un silencio tenso cayó entre ellos. A Silvia le hubiera gustado poder tratar mejor al hombre de confianza de su padre, pero quería sacar la empresa a flote, y ello era imposible si no rompía con las antiguas maneras de hacer las cosas. Era consciente de que estaba librando una batalla decisiva, Jorge era un valiosísimo director de proyectos, si lograba ilusionarlo con su reforma la habría encaminado hacia el éxito; no obstante, se daba cuenta de que era difícil que le ilusionara verse relegado a un plano secundario, a la vez que separarse unos cuantos amigos. Quizás si consiguiera implicarlo en algo importante...

- Cambiando de tema, he estado hablando con el representante de Ron Maracagua y no están contentos con nuestra propuesta de campaña. ¿Estamos haciendo algo a ese respecto?

A Jorge le costó poco esfuerzo centrarse en la pregunta, hablar de despidos se le había hecho desagradable.

- Estamos explorando una nueva línea, con nuevos slogans, y distintos diseños y fotografías, pero no creo que hayamos concluido antes de un mes. Probablemente, nos interesaría mucho tener un reportaje del que he oído hablar, hecho en las playas de Cuba. El autor es un conocido mío, Alberto Sagasta, un fotógrafo genial que trabaja para una agencia de noticias.

- Deme su teléfono - dijo Silvia con aspecto ilusionado- . Intentaré comprar las fotos y hasta al autor si no se vende muy caro. Necesitamos un fotógrafo de confianza que ayude a cubrir el hueco de mi padre.

A partir de ahí la conversación desembocó en un largo monólogo de Silvia que Jorge se tomó como una mera declaración de intenciones, y sólo escuchó en momentos sueltos. Daba igual lo que dijera; aquella chica, acostumbrada a triunfar con facilidad en todo, iba a destruir el trabajo de su vida. Él había contribuido a crear todo aquello. Junto al viejo había sacado de la nada a "Publicidad Setién", había reunido a ese equipo que ahora ella iba a desmembrar de un plumazo. La muy imbécil no sabía lo difícil que es conjuntar a diseñadores, cámaras, guionistas, en una tarea común; cuando la gente colabora y ese equilibrio se logra es un delito perderlo, echarlo a rodar por unas pocas monedas.

Jorge esperó pacientemente a que acabara el discurso y volvió a su mesa de trabajo, al consabido y minúsculo cuartucho al que pomposamente llamaba "oficina". Estaba indignado, triste, y casi se arrepentía de haberse dedicado con tanto ahínco a levantar aquello. Por primera vez en su vida deseó destruirlo todo él mismo, quizás no únicamente por venganza, más bien por darle a muchos sueños una muerte digna. Dejó transcurrir unos minutos hasta que vio a Carmen, la maquilladora, entrar en el despacho. Primera cabeza para Madam Guillotina, pensó, primera víctima de la flamante directora. Entonces, miró a su alrededor para asegurarse de que estaba solo, y marcó un número de teléfono.

- ¿Alberto?

- Sí, soy yo - sonó el auricular.

- Mira, soy Jorge. Te llamo porque le he contado a Silvia, la hija de Don Enrique, el magnífico reportaje que hiciste en Cuba. Quiere comprártelo y de paso intentará ficharte, te lo aviso para que estés prevenido y saques lo más que puedas.

La línea permaneció un momento en silencio y al final se dejó oír la voz de Alberto.

- ¿Tú vendiendo a Publicidad Setién? No puedo creerlo. ¿Tan mal te cae la niña?

- Como un tiro en las tripas. Va a despedir hasta a la limpiadora.

- ¿Y es guapa Doña Silvia?

- Una preciosidad cargada de mala leche. Morenaza, ojos negros, veintidós años, tetas grandes y un cuerpo de película. Mejor no sigo, no sea que me oiga.

Alberto volvió a callarse, como si reflexionara, y sólo unos momentos después el auricular volvió a llenarse con el sonido de su voz.

- Bien, veré qué puedo hacer. Si nos quiere al reportaje y a mí, seguramente nos tendrá; la gente así lo consigue todo siempre.

- Desde luego que no hay quien te entienda - dijo Jorge, enfadado.

- No te preocupes - respondió Alberto con jovialidad- , ya entenderás. Veré el modo de que saquemos tajada. Recuérdame que te debo una.

Jorge colgó el teléfono bruscamente. Aún conservaba fresca en la memoria la época en que Alberto y él andaban metidos en todos los fregados; India, Afganisthan, Bangladesh, eran sólo una parte de su sombrío recorrido como reporteros de guerra. Mientras él se la jugaba, su amigo siempre había sido un francotirador, y había tenido la virtud de exasperarlo. Por suerte, y a pesar de su cinismo, era de la clase de gente en que se podía confiar, acostumbraba a dar lo mejor en los peores momentos. ¿Seguiría conservando ese fondo de lealtad después de los diez años que llevaba casi sin verlo? Nada más el teléfono y alguna ocasional reunión de trabajo los habían mantenido en contacto.

La cara llorosa de Carmen, recién salida del despacho de la bruja, lo sacó de su ensimismamiento. Entró a través de la puerta abierta y se acercó a él para murmurarle:

- ¿Sabes lo que te digo? Por mucho que te gusten sus tetas la niña esa es una hija de puta.

No le respondió. Carmen era muy amiga suya pero no estaba en ese momento para escuchar nada, ni siquiera que estaba absolutamente de acuerdo con ella. Se alejó enseguida. No debía gustarle que la viera nadie en ese estado. ¿Qué importaba? Nada podía hacer. Ningún despido había lamentado tanto como el suyo, entre otras cosas porque le infundía ánimos a todo el equipo, y porque ella había sido la única, ¡la única! que se había dado cuenta de su pequeño secreto. Se había dado cuenta y lo había conservado con tanta discreción y cariño que no se había sentido molesto. Carmen poseía un grado de conocimiento humano, de comprensión que él apreciaba enormemente.

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