Despedirme de mi madre fue duro, triste y efímero.
Solo lágrimas mojando dos besos y un abrazo cuando tiraron de nosotras para subirnos a un coche que nos alejaría de mi madre para siempre.
Con papá era distinto. Él era seco, duro y distante. Casi cruel, aunque al menos no nos tocaba. Eso lo reservaba a mi madre, que ya sabíamos que en más de una ocasión era golpeada por él y solo Savannah podía ayudarla. Yo era la presa de otra persona siempre que pasaba.
El padre y el hijo tenían similar comportamiento. Ambos explotaban en ira cuando algo no les salía bien y algunas de nosotras teníamos que calmar sus furias.
Era trabajo mío y de mi madre.
Savannah siempre ha sido más beligerante, más luchadora y menos sumisa. Ella era de las tres la que más se parecía al carácter combativo de papá y también era de esas personas que por muy mansas que parezcan estar o ser, son una bomba de relojería.
Con un contraste perfecto con su corazón noble y caritativo, capaz de empatizar con causas ajenas y revolucionarias incluso, cosa que yo no sabía hacer porque ya bastante trabajo me daba mantenerme a salvo a mi misma como para pelear por otros.
Un negocio fallido y una deuda pendiente, nos había llevado a las dos a un avión hacia Dubai, dónde un jeque poderoso nos esperaba para usarnos como moneda de cambio por la inoperancia de ser humano que podía ser Onir, el hermano más vil y enfermo de la historia de la crueldad.
Mi hermano vestido de traje negro, peinando su barba cuidada con sus dedos, estaba sentado en un avión privado que asumía era del jeque que nos reclamaba, y no disimulaba su furia por haber perdido varias cosas en un mismo mal negocio.
Pero su fracaso era mi victoria... O eso creía yo en aquel momento donde solo podía verme lejos de él, aunque fuera en otro país, otro dominio y otra cárcel.
Hasta estando cautivo se puede estar en paz.
Llegar a aquel lugar fue asombroso. Un país bellísimo con un lujo imposible. Estaba tan asombrada con todo que no paraba de mirar por las ventanillas de la camioneta en la que íbamos sin más equipaje que nuestra obligación.
Por lo poco que pude oír, las pocas ocasiones en las que presté atención a su discusión con mi hermana, allí tendríamos todo lo que nuestro futuro dueño decidiera y haríamos todo lo que nos indicaran, si queríamos que mamá viviera.
Ella estaba enferma del corazón y a su edad, con solo cuarenta y dos años era muy peligroso, pues sin sus medicinas y cuidados, moriría. Y la única verdadera familia que conocíamos era ella, y nosotras, pues papá era papá, y Onir no clasificaba como familia y en mi caso menos.
En algún momento entramos en un camino desierto, nunca mejor dicho. Una zona apartada de los rascacielos de la ciudad, dónde solo se veía arena, sol y más sol.
Mi hermana se había vencido y nosotros dos, nos mirábamos a los ojos el deseándome sin poder volver a tenerme y yo maldiciendolo mientras celebraba la distancia que estaba por levantarse entre los dos... Indefinidamente.
Más adelante pudimos ver otras cuatro camionetas parecidas venir sorteando el desierto y no fuí capaz de evitar que mi vista se perdiera en la peligrosidad que manifestaban aquellos autos viniendo hacia nosotros.
Atravesaban dando saltos y levantando polvo a alta velocidad, las arenas rojas inacabables y parecía como su nos estuvieran cercando.
— ¿Quienes son esos? — preguntó mi hermano al chófer que pasó un arma por entre mi rostro y el de mi hermana, que quedaban uno al lado del otro de espaldas al conductor.
— Los Chaumanes, necesitan estar listos o se llevarán a las mujeres del jeque Amir — contestó el chófer y pude ver, como los autos finalmente nos alcanzaban y se iniciaba la persecución.
Dando saltos y aguantada a los tiradores del techo de mi lado del coche, iba sufriendo en silencio el ardor en mi trasero por los hechos anteriores, en cada salto que dábamos por la alta velocidad.
Onir bajó su ventanilla y comenzó a disparar hacia atrás, como todo un experto.
Savannah y yo nos agachamos y abrazadas, escondimos entre nuestras piernas los rostros pavorosos, esperando a que alguien nos ayudara o en mi caso, me hicieran el favor de matarme.
Un redoble de sonidos de balas llenó el ambiente y supe que los otros también disparaban.
Todo a partir de aquel momento fue una locura. El auto en el que íbamos finalmente se había detenido y sentimos un impacto que nos removió, haciéndome supo que habíamos colisionado con alguien más.
Mi hermano salió al exterior y escondido detrás de la puerta del coche, continuó disparando en ese momento ayudado por el chófer, que imitaba su acción.
En medio de todo el caos que se había creado en cuestiones de segundos, tomé a mi hermana del brazo y la insté a sacar su cinturón para aprovechar la cobertura del alboroto y huir de allí.
Ella entendió mia intenciones y tomando mi mano, sin saber si moriríamos en el intento de escapada, bajamos del auto y agachadas, lanzando los malditos burkas al suelo, vistiendo solo dos vestidos largos el mío muy correcto y el de mi hermana muy revelador, empezamos a correr hacia ninguna parte sin ningún destino.
Tal vez aquellos hombres estaban tan perdidos en su propio altercado, que no repararon en nuestra carrera hacia la libertad, pero nadie nos detenía.
Comenzamos a notar que habían más autos delante del nuestro, de los que habían detrás y muchos más hombre de los que había visto acercarse por mi ventanilla.
— ¡Corre Sabrinna! — los susurros de mi hermana me hicieron dejar de prestar atención a lo que hacíamos para escucharla y reorientar nuestro rumbo, teniendo como resultado que perdiera un zapato.
— Espera hermana...
No podía avanzar descalza por un desierto árido y soleado, mis pies echarían ampollas.
Cuando fui a tomar mi zapatilla, una mano se me adelantó y perdí toda esperanza de salvarme y ser libre.
Mientras unos ojos verdes oscuros que había que mirar muy bien para notar su color me miraban a los míos negros, sentí un jadeo de mi hermana y cuando miré en su dirección ví como un hombre con un turbante en la cabeza y un traje inmaculado le apuntaba al pecho, dejando su arma sobre el centro de los pechos expuestos de mi hermana...
Aquella fue la primera vez que lo ví. La primera vez que sus ojos verde oscuros me privaron la razón y fue la primera vez, que obedecí una orden suya.
En el momento en que me fuí a levantar, puso un ametralladora en mi hombro y me obligó a quedarme agachada y soltar la mano de mi hermana que permanecía de pie girada hacia el sentido contrario de dónde yo me encontraba frente a él.
—¡ No te levantes y no te atrevas a dejar de mirarme!...
Sus palabras fueron bajas, duras y demandantes y era como si solo él y yo pudiéramos oírnos, en cualquier idioma en el que habláramos.
Desde ese justo instante me sentí suya, completamente a sus pies, y no era una metáfora... Y él lo sentenció así desde ese mismo momento y para siempre.
— ¡Esta será la mía papá!
Estaba como hipnotizada por su jade oscuro en la mirada. No podría dejar de obedecer aunque quisiera,que no quería,porque mirarlo fijamente era como adorar al dios del tormento.
Lejos,muy lejos,escuchaba los disparos que aún no cesaban y en algún momento que no supe cuál era,mi hermana me soltó la mano y quedé agachada delante de mi futuro dueño.
—Ven aquí —ordenó alzando el mentón y retirando el arma de mi hombro,pasándola a mi barbilla por debajo, levantándola,para que mi vista nunca cortara el contacto con la suya —dí tu nombre —exigió ronco y sin dejar de intercalar su mirada entre mis ojos y el largo de mi pelo negro rizo, que llegaba casi hasta mi cintura,incluso en aquel momento que estaba desordenado en mi parte frontal.
—Soy Sabrinna —mencioné sintiendo mi propia voz extraña,era como si ante él, fuese diferente, con otra cadencia y finalidad.
Dándome un miedo espantoso, entrecerró sus ojos perfectos,de cejas poderosas y pestañas eternas,y caminó el paso y medio que nos separaba. Cuando quedó tan cerca de mí, que mi corazón oía los latidos del suyo, bajó hasta mi boca y sin que pudiese apartar mi vista de la suya, susurró con voz fuerte y ronca:
—Nunca hables si no te lo ordeno,ni digas más de lo que te pida y no te atrevas a dejar de mirarme cuando yo te esté mirando a tí. Mis ojos nunca pueden dejar de ver los tuyos.
Eso último lo dijo con voz entrecortada y posteriormente hizo un gesto raro que me hizo pensar que se arrepentía de haberlo dicho.
Sin poder dejar de mirarlo ni buscar a mi hermana que no sabía a dónde se la habían llevado,lo seguí paso a paso cuando se agachó delante de mí, hasta quedar con una rodilla sobre la tierra y la otra flexionada.
Tomó el bajo de mi vestido y sus dedos circularon uno de mis tobillos,con una delicadeza que no correspondía con su aspecto rudo e imponente. Siguió deslizandolo hasta la planta y tomándolo finalmente en su mano,mirándome con demasiada energía vigorosa, colocó mi zapato en su lugar y bajó mi vestido otra vez,hasta erguirse frente a mí.
En el justo momento en que subió por mi cuerpo,hasta llegar a mis ojos,a mi boca y a mis pechos, un disparo se escuchó y le salpicó la cara de sangre, y a mí la frente,pues podía ver como un hilillo de materia viscosa corría entre mis ojos y el olor era inconfundible... SANGRE.
Nos miramos unos segundos más,mientras a nuestro alrededor aparecían guardias que lo protegían, y a mí con él.
Su padre volvió de la nada y nosotros aún nos mirábamos, tenía miedo a dejar de hacerlo y que me castigara. Era demasiado demandante en lo que ordenaba y cómo lo hacía ,como para desobedecerlo.
—¡Asad!...¿Estás bien?—la voz del jeque Amir,sonaba preocupada pero su hijo seguía mirándome y yo no podía dejar de imitarlo.
—Busca al hermano, trae sus papeles ahora —ordenó a su propio padre. Se veía que no tenía límites a la hora de exigir lo que fuera a quien fuera y por algún motivo le obedecían —voy a firmarlos —concluyó determinante.
No sabía a qué se refería pero cuando la sangre cayó en mi labio, sentí el sabor entrando en mi boca y quería quitarla de allí, pero no pensaba moverme. No con él mirándome y no sin él ordenarlo.
—Cierra los ojos —demandó.Yo obedecí.
Y acto seguido sentí su lengua lamer cada rastro de sangre que había en mis labios y subir hasta mi entrecejo hasta quitarlo todo, a riesgo de parar mi corazón de un infarto. Nunca había vivido un momento más intenso que ese y todo lo que necesité para salir del encantamiento en el que me tenía sometida,fue que me pegara a su cuerpo y en mi propio hombro apoyara la base de un arma y disparara hacia alguien detrás de mí, dejando mis oídos con eco, por la ráfaga de proyectiles disparados.
Aguanté el dolor sin quejarme. Era una experta en eso y él susurró en mi oído —estoy herido, pero no pienso morir y tenía que apoyarme en algo, encontré tu hombro. Aguanta el dolor, es una buena manera de crecer en la vida. Y mi mujer tiene que ser grande,no débil.
Sus palabras me confundían, pero lo único que me dejaba bastante claro, era que me había declarado como suya y no tenía ni idea de qué tan bueno o malo, podía ser eso.
—Aquí está señor Asad —un hombre detrás de mí habló y su voz me llegó lejana pero al menos no estaba sorda.
Asad, ahora ya sabía su nombre,retiró el arma de mi hombro y sin mostrar debilidad desde donde estaba herido, me hizo una seña con el cañon para que me girara y me tropecé con la mirada de mi hermano. Él estaba detrás de mí, con unos papeles en las manos y una pistola en su sien.
—Ven Sabrinna —mi hermano, a pesar de estar siendo encañonado seguía sintiéndose dueño de la situación,al menos de la mía.
Sin atreverme a dejar de mirar al árabe, esperando de alguna manera que me diera una orden o permiso para ir hasta donde estaba Onir,sentí como tiraba de mi muñeca haciéndome tanto daño,que no pude evitar retirar la vista de Asad y cerrar los ojos del dolor.
Un nuevo disparo se sucedió a mi lado y me agaché cubriendo mis oídos ya lastimados y viendo nuevamente como había sangre en mi cuerpo,esta vez en mis manos.
Unos gritos ensordecedores me bloquearon los movimientos que empezaba hacer y caí sobre un costado,lastimando la piel de mi codo y rasgando mi vestido.
—¿Cómo te atreves a tocar a mi mujer?—el rugido del árabe me llegó inmediatamente y supe,de manera aleatoria, que los gritos anteriores habían sido proferidos por Onir —nunca más podrás tocar su piel. Ahora me pertenece y el próximo disparo que te dé, puedes estar seguro que será entre las cejas si descubro que te has atrevido a incordiarme.
Las manos de la única persona que se atrevería a tocarme, me tomaron de la cintura y me levantaron del suelo por segunda vez en poco tiempo y supe enseguida,que mi dueño le había disparado a mi hermano en los dedos,solo por haberme tocado.
Haciendo gala de mi habilidad para obedecer, miré hacia Asad que ya esperaba mi mirada y él no podía imaginar lo mucho que mis ojos le estaban agradeciendo en silencio por lo que había hecho. Aunque fuera tarde, por las razones equivocadas y sin ánimo de vengarme,aquel disparo a la mano de Onir me hacía sentir un poco desairada.
—Ella aún no ha firmado, león —mi hermano habló, incapaz de disimular su dolor y me sorprendió que llamara león, al árabe. Luego recordé que Asad,significaba justamente eso..."León ".
—Firmará ahora —decretó sabedor,de que lo haría. Me miró la sangre en las manos y se quitó de un tirón un pañuelo negro que llevaba torcido dentro de su turbante en la cabeza y me tomó las manos para limpiarlas c o no el. Todo sin dejar de mirarme de aquella manera tan turbadora y que ignoraba el caos a nuestro alrededor —firma y sella nuestra unión. Tenemos que irnos ya.
Teniendo su permiso, y habiendo soltado mis manos, me dí la vuelta y pude ver como Onir sostenía un paño ensangrentado entre sus dedos y habían unos nueve hombres pude contar, haciendo circulo para protegernos de lo que sucedía en aquel lugar más allá de nosotros.
Sin saber,ni preguntar,ni poder hacerlo, tomé los papeles que me fueron ofrecidos, me apoyé en un capot del coche que había allí y sin pensarlo dos veces, puse mi firma en aquel documento que fuera lo que fuere, me estaban liberando de la esclavitud a la que había estado sometida sexualmente por mi asqueroso hermano.
—¡Entrégamelos!— exigió Asad y así lo hice.
En el momento en que me dí la vuelta sus ojos me atraparon otra vez y sin romper el contacto visual, él imitó mi acción y dijo para todos allí:
—Sabrinna ahora es mi mujer y su señora —nadie se atrevía a mirarlo, pero yo no tenia permitido dejar de hacerlo —quién se atreva a respirar cerca de ella, muere. Y cuando yo no esté su seguridad es más importante que la vida de todo el que la ronde. Nada puede pasarle y nadie puede tocarla.
Mi hermano emitió algo parecido a un sollozo detrás de mí y los ojos de Asad fueron hasta él y luego de vuelta a mí para preguntar, la única cosa que podía haberme dado tranquilidad en otro momento, pero aún así,todavía estaba a tiempo...
—¿Te ha respirado suficientemente cerca?—pensé bien mi respuesta —una sola respuesta tuya,me basta para matarlo. Repito: ¿ Te ha rozado el aire que exhaló?.
Corriendo el riesgo de convertirme en la asesina de mi propio hermano, en el objeto del desprecio por parte de mi padre y de avergonzar a mi hermana y madre con mi conducta,no pude negarme a responder...
—¡Sí!...