Nuevos clamores se elevaron en el salón y la mayoría era de desconcierto y faltos de expectativas.
— Anciano Chiferis, de qué venganza hablas—le pregunta Bulkes— si hasta el momento ninguno de ellos ha sufrido lo que nosotros y nunca confraternizaron con morador alguno de este pueblo. No veo en que los atañe tal situación.
— ¿Acaso no te arrojaron de sus bosques en tu juventud? —le replica Ismull.
— Todo lo que exponen es cierto. Pero olvidan que les señalé que había enviado a Haxnia, para que los contactara... Y lo hizo, como también le pedí a Jrevux, que hablara con su sobrino Aluxx, para que lo convenciera de ir a otros reinos con intenciones de averiguar quién estaba detrás de las últimas invasiones, porque en nada se asemejan a las primeras, ya que ahora visten uniformes militares, están mejor organizados y son más numerosos... Quienes ahora nos despojan de nuestras cosechas, matan a nuestros hombres, se llevan a los animales y doncellas, pertenecen al ejército de Merthalia, y es su nuevo rey quien pretende expandir su imperio y riquezas ordenando que saqueen todo asentamiento conocido.
Nuevos comentarios en contra de la idea del anciano ahora son expuestos sin tapujos, unos opinan que lo más sensato sería convertirse en súbditos de Merthalia, otros que con tal anexo se estarán poniendo al cuello un invisible grillete el cual nunca podrán arrancarse, está el que asegura que alistarse con más ahínco para defenderse por medios propios es lo que se debe hacer y no faltan los quienes aseguran que el apoyo que intentan obtener arrojaría para siempre de aquellos territorios a cualquiera que en un futuro pretendiese invadirlos. Y entre tantas opiniones que no llegan a ningún sitio, finalmente desisten.
— Por favor, anciano. Explícanos lo que conseguiste y comienza con lo logrado por tu nieta Haxnia —demanda Atkor brazo de roble, con voz menos imperante y contemplándola embelesado, pues desde hace ya algunos meses se siente atraído por su belleza y esbelto cuerpo, pero aún no se lo declara a Chiferis, su tutor, ya que la muchacha es huérfana de ambos padres.
El anciano no responde, en cambio, lo hace la joven:
— Por órdenes de mi abuelo, partí hacia el bosque y ya dentro del, fui sorprendida por un hombre y tres chiquillos, quienes al verme comenzaron a gruñir y dar saltos a mi alrededor, y el adulto los contuvo y cuando le expliqué el motivo de mi irrupción me llevó hasta una cabaña en lo alto del cerro, donde aguardaba un grupo de ellos. Pregunte por Satkonn, el cual en una época había sido su líder, y todos se sorprendieron de que alguien que no pertenecía a su clan conociera el nombre de quien en una época fuese su caudillo...
En ese instante deja de narrar, pues, mira hacia las puertas por donde Aluxx, acaba de entrar. El resto también lo contempla en silencio hasta que este se les une y Haxnia, reanuda su relato:
— No seré tan extensa, porque hablar agota y ustedes deben saberlo, ¿verdad Ismull y Bulkes? En resumen: les transmití el mensaje de mi anciano abuelo, y los obsequios que llevaba, y por último les mostré un medallón que Satkonn le había dado a él en su juventud como prueba de que nunca ambas aldeas se verían envueltas en conflictos.
— Tus palabras siguen siendo vacías, pues no nos aclaras si decidieron unírsenos en la venidera contienda —le suelta Bulkes.
— Les aseguré —vocifera ahora Chiferis— que ellos ya no estaban atados a un juramento y la prueba de ello la trae consigo Aluxx.
El aludido camina por entre los reunidos y se detiene junto al asiento del anciano, entonces les proclama:
El sabio Chiferis, se reunió conmigo en cuanto llegué del bosque de los renacidos. Porque fue allí a donde fui tras regresar de otros territorios al naciente. En la colina pude entrevistarme con sus líderes principales y les revelé que el nuevo gobernante del imperio de Merthalia, ya no solo se conforma con diezmar a las aldeas y pequeños reinos... Ahora ambiciona hacerse dueño y señor del mundo. Aquí traigo el mismo medallón entregado hace años a Chiferis, y con él, la promesa de que se nos unirán en la lucha contra los ejércitos invasores.
— Aún quiero saber algo que me sigue teniendo intrigado —confiesa Dortho— anciano Chiferis, a qué te referías con un juramento arcaico.
El anciano los contempla a todos por un breve tiempo y después de beberse medio tarro de aguamiel, carraspea la garganta y le revela:
— En aquella ocasión en que los vi por primera vez en el bosque, siendo no humanos, supuse que cada uno de ellos era más fuerte que diez hombres juntos, más veloz que el caballo más galopante conocido y superior en ferocidad al gran oso, por lo que no comprendía el porqué se ocultaban y fueron vencidos tan fácilmente en el pasado. Reunido con Satkonn le confesé mi desconcierto, fue entonces que de los tres hermosos y fornidos jóvenes, que estaban a su lado, uno se puso en pie y me describió que él era el causante de las penurias sufridas, ya que se enamoró de la princesa Falaxia, quien a su vez era la hija de Pettux, rey de Merthalia, la joven lo correspondió con igual sentimiento. Romance que a pesar de que intentaron mantener lo más escondido posible, fue descubierto y despreciado por el monarca y seguidores del imperio, pues estos ya conocían el secreto de Los renacidos. En venganza, Pettux armó un gran ejército para aniquilarlos a todos, pero el joven le había prometido a Falaxia que jamás uno de su raza le quitaría la vida a su gente, por lo que fueron masacrados sin piedad, y no les quedó más remedio que huir y ocultarse.
— Qué fue de aquel noble joven que sacrificó a los suyos por la promesa hecha a su amada —indagó Atkor, pero mirando a la nieta del anciano y nuevamente Aluxx, toma la palabra:
— Aquel joven era uno de los tres hijos de Satkonn, y hermano menor, Ercikon, el nuevo líder del pueblo de los hombres lobos, y poco tiempo después de que nuestro Chiferis, lo conociera, dicen que partió de regreso a Merthalia en busca de su amada... muchos deben haber escuchado aquellas viejas noticias que una vez se propagaron de pueblo en pueblo, y narraban la misteriosa desaparición de la princesa Falaxia. Pero yo descubrí que ella se quitó la vida cuando a su amado lo sorprendieron y asesinaron sin levantar un dedo en contra de los asesinos enviados por aquel cruel rey que lo odiaba y temía a la vez y ocultó tal sacrificio, más por vergüenza que por dolor. Ahora a Los renacidos, o como quieran llamarles, nada los detendrá en su afán de venganza.
Clamores de expectativas se propagan en el salón. Golpeteos de puños sobre las mesas se repiten acompañados por los de las botas contra los tablones del suelo. Hasta que se van apaciguando los ánimos y es que Bulkes plantea con evidente sarcasmo:
— Para mostrarles nuestra gratitud podríamos reunir algunos costales con cereal para enviarles. Aconsejo que obsequiarles un par de carneros fuera más aceptado, al fin y al cabo quizás sean bestias atrapadas en cuerpos humanos que quizás fueron castigados por un dios que desconocemos y como monstruosos lobos y de seguro en manadas se disputan a dentelladas la carne cruda.
— Ese pueblo del que intentas mofarte son los únicos que pueden ayudarnos a combatir las huestes que aterran nuestras humilde tribu —le asevera Haxnia.
Una carcajada grotesca brota de la garganta del tullido Ismull. Voceos de reproche de otras y una mirada de profundo desprecio de la hermosa Haxnia, quien en su visita al bosque se sintió espontáneamente atraída por un joven llamado Nhivar. A su vez, Atkor, vuelve a demandar cordura y plantea:
— Aunque ahora tengamos el apoyo de esa casta maldecida por los dioses, tenemos que fortalecernos y forjar más armas, aquí contamos con excelentes herreros, porque un humilde azadón no derrota al hacha, la espada, la lanza y a la temible flecha, la cual no ves venir hasta que se hunde en tu cuerpo.
— Atkor, no se equivoca. La raza del bosque busca venganza y no se conformará con obtenerla en nuestras tierras, lo más probable es que después de la próxima contienda partan hacia el imperio de Merthalia, para consumar su propósito —impugnó Aluxx.
— Lo que ambos argumentan tienen todo el peso de la verdad —reconoce el anciano Jrevux— por tales motivos enviaremos a tres jinetes hacia otros territorios en busca de expertos luchadores y los contrataremos para que entrenen al pueblo. Las invasiones suelen ocurrir en las estaciones que preceden las cosechas de cuanto cultivamos y las nuestras aún demoran meses en dar sus resultados. Tenemos tiempo de sobra para todo lo planteado.
— Yo seré uno de los que partirán en búsqueda de buenos maestros militares, quiero cerciorarme de que no nos embauquen —proclamó Atkor.
— Reconozco que mi hijo es joven, ya lo vieron combatir en el último ataque, sé que tiene maña para las armas —alegó orgulloso Dortho.
Desde que comenzó la asamblea por primera vez todas las opiniones coincidían y cuando ya no hubo más que conferenciar, Chiferis concluyó:
— Ahora que tenemos un pacto con ellos, continuaremos visitando a los clanes del bosque para demostrarles que seguimos agradecidos y de paso estaremos al tanto de sus decisiones. Dentro de cuatro días mi nieta y dos acompañantes que ustedes escojan volverán a cabalgar hacia el bosque, con algunos obsequios. Al escucharlo la joven, si bien se emocionó, supo ocultarlo...
Unos tras otros los meses se sucedían y a pesar de que la estación de lluvia fue corta, aun así trajo abundante lluvia que enriqueció lo sembrado y en un mes darían comienzo a las recolecciones y a pesar de que para quienes llegaban de visita o pasada al poblado todo le parecía normal. No era así, pues temiendo que el imperio enviase espías, los ancianos del consejo habían decidido de que todas las tardes y por grupos, escogidos habitantes se internaran en los bosques del poniente para en secreto continuar alistándose, incluso las mujeres jóvenes también tomaban clases de cómo utilizar los arcos y flechas las cuales eran impartidas por dos viejos combatientes quienes fueron los únicos que pudieron darse el lujo de costear.
Ya entrada la mañana de un día cualquiera, Haxnia, la joven Cidonna la de cabellos rojos y Jaesiss el parlanchín, se adentran en los bosques de las colinas y por orientación de Haxnia, desmontan y sujetan las bridas de sus caballos a un árbol, pues el sendero se vuelve más tupido y saturado de árboles espinosos.
—Tengan cuidado, esas espinas son largas y afiladas —les recomienda señalando los arbustos.
Cuando ya sortearon una decena de metros, tres muchachos jóvenes, vigorosos y apuestos les salen al encuentro, tienen cabellos largos y negros como la más tenebrosa noche, sus torsos están desnudos y tan lampiños como los de un bebé mostrando definición en cada músculo y les sonríen amigablemente y la nieta de Chiferis, ya ve normal estos sorpresivos encuentros, no resulta igual para quienes la acompañan, puesto que es la primera vez que vienen y al verlos surgir de repente, se sobresaltan, pues únicamente han escuchado historias sobre aquella extraña casta que puede convertirse en bestia salvaje.
Pasado el susto Cidonna, se queda extasiada mirándolos, pues no descarta que allá en el poblado hay muchachos jóvenes y atractivos, no obstante, los que tiene delante los superan con creces, por su parte Jaesiss quien nunca fue muy atlético, siente envidia al verlos y emite una mueca de resentimiento. Haxnia, mostrándose serena, los tranquiliza y volteándose hacia los moradores del bosque le manifiesta:
— Que la alianza entre nosotros perdure, habitantes de los bosques del cerro. Por favor, conduzcamos ante su caudillo, traemos nuevos obsequios.
Uno de los llamados renacidos ladea la cabeza y emite una ligera sonrisa, es el más alto y apuesto, su abundante cabellera negra cae en bucles sobre sus hombros, su ancho pecho se contrae y dilata con cada respiración, entorna los ojos color ámbar y se le acerca lentamente por detrás. Los compañeros de la joven retroceden temerosos, Haxnia, no se mueve, evita respirar cuando siente sobre su cuello el aliento del joven que al oído le susurra muy, pero muy bajito:
— Se suponía que hoy no era el día pactado para que regresaran al bosque... Lo sabes hija de la aldea... tal temeridad podría costarte más de lo que anhelas.
Ella, gira levemente el cuello y también susurra:
— Si infligí un previo acuerdo y me encuentra culpable por mi osada precipitación, inflíjame el castigo que escoja.
Él, ahora, la toma de los hombros y acerca la boca hasta casi tener el oído de Haxnia, entre sus dientes y masculla:
— Aplazaré el castigo para después de que concluyas tu reunión con Ercikon. Tiempo que no será suficiente para agradecerles a tus dioses que te hayan enviado. Ahora es lamentable que no te encuentres sola, pues, ya te hubiera tomado entre mis brazos y en lo más remoto del bosque te hubiera hecho mía hasta que colmada de placer me rogaras parar.
Ella, ruborizada, le responde casi imperceptiblemente:
— No fueron mis dioses los que me empujaron a venir... Es lo que siento por ti y nunca esperes ese ruego porque a eso que llamas castigo, para mí es una bendición divina.
De los otros dos renacidos, uno impacientado exclama:
— ¡Nhivar, llevemos a los visitantes ante el líder, recuerda que debemos preparar la iniciación de Avisla!
Exclamación que deleita a Cidonna la de cabellos de fuego, ya que desde que el apuesto Nhivar, se acercó a Haxnia, sintió celos y en su mente se desataron desenfrenados pensamientos y todos relacionados con momentos cargados de erotismo y un morboso sexo con el ser vivo más hermoso que había visto en su vida, quien de quererlo podía ser un increíble lobo...
Atardece cuando Jaesiss y Cidonna, aguardando junto a los caballos, por fin ven llegar a Haxnia, a la que hacía horas no veían, y el primero, malhumorado, le suelta:
— ¡Por los dioses que me escuchan! ¿Dónde demonios estabas? Llegué a pensar que te había sucedido algo con ese renacido que intentaba asustarte cuando llegamos.
— ¿Acaso los molestaron a ustedes en mi ausencia? O continuaron tan cordiales como cuando nos reunimos con su líder —cuestiona preocupada.
—En realidad nunca sospeché que fuera un pueblo tan hospitalario y una raza tan hermosa que hasta sus mujeres son radiantes —le responde Cidonna y seguidamente le pregunta— quién era ese joven que te tomó de los hombros y creí que mordería tu cuello... Lo busqué cuando desapareciste y no puede dar con él.
Haxnia, vacila intentando buscar una respuesta, pero el joven, la saca del apuro.
—Yo lo vi partir con tres más y conducían a una muchacha con los ojos vendados y las manos atadas. Se internaron en los bosques hacia el cerro.
— ¡Cierto! Exclama ella, van en pos de prepararla para la iniciación. Debemos marcharnos antes de que oscurezca.
—A qué te refieres —le pregunta Cidonna.
—Esa jovencita acaba de cumplir los dieciséis años y la dejarán sola en lo más intrincado del monte. Cuando brote la luna llena se convertirá en loba por primera vez en su vida, si consigue tener la fuerza suficiente para romper las ataduras, entonces debe cazar por sí sola a una considerable pieza que la acredite como digna de su clan. Esta noche escucharemos muchos aullidos en el pueblo.
—Pues montemos y salgamos del bosque. Con las penumbras esto se llenará de bestias salvajes que nada tienen que ver con esos afables humanos —aconsejó Jaesiss saltando sobre su animal.
En efecto, cuando el resplandeciente astro nocturno se mostraba con todo su esplendor en lo más alto del cenit, en el pueblo se escuchaban poderosos aullidos, los cuales ya no amedrentaban o sorprendían a sus moradores, debido a que ya todos estaban al tanto de cuál era la motivación y durante todo el plenilunio, les continuaron llegando los poderosos aullidos, ciclo en que Haxnia, ni ningún otro aldeano volvió a pisar el bosque...
Mientras tanto el tiempo transcurría y decenas de viajeros pasaban por la aldea, algunos pernoctaban un par de días, buscando canjes beneficiosos, la minoría reanudaba su camino hacia otros lares. La nieta de Chiferis, ya era conocida por sus viajes a los bosques malditos, por lo que comenzó a ser conocida y admirada como la enlace con los renacidos, con insistencia Cidonna, se ofreció de voluntaria para volver a acompañarla y ella no se lo permitió, ya que la muchacha constantemente le mencionaba a Nhivar, por lo que dedujo que también se había enamorado del apuesto joven con el que ella mantenía relaciones a escondidas de ambos pueblos y en uno de esos viajes ahora penetra los bosques acompañados por Jaesiss el parlanchín y un aldeano entrado en años llamado Tomba, quien al ver a su caballo negarse a continuar se asusta, entonces ella le explica:
— Llegamos al espacio donde los caballos se niegan a seguir, estos animales, presienten que algo misterioso e inexplicable habita más allá de esta zona y se asustan, debemos desmontar y continuar a pie.
Sin embargo, no avanzan muchos metros a solas, porque, como ya es habitual, son interceptados por cuatro habitantes de la colina, quienes en su forma humana también poseen ese sentido del olfato que caracteriza a los depredadores, ayudándolos a detectar los diferentes olores sin importar que se encuentren a mucha distancia. Y así, los conducen a sus predios. Tras una corta reunión en que intercambian asuntos y conocimientos, Haxnia, deja que un par de renacidos les den un recorrido por sus dominios a Jaesiss y a Tomba, quien por ser la primera vez que confraterniza con los moradores, aun siente temor y recelo.
Con tan solo ojearla se vislumbra que es joven, atlética y pone todo su empeño, no consigue alcanzarlo, ya que Nhivar se desplaza a tal velocidad que da la sensación de que levita por encima de la hierba del tupido bosque. Cuando ella jadeante consigue llegar al pie de la catarata, el joven ya está desnudo y nada dentro de la pequeña laguna de aguas cristalinas y ella después de tomar aliento y aparentando estar enfadada le pronuncia:
— Eres un tramposo, me haces correr sabiendo que nunca conseguiré aventajarte, o lo haces para sofocarme y que no tenga fuerzas para hacerte el amor. Pero te equivocas hermoso renacido.
Él sonríe con un toque de hegemonía y extendió sus brazos como invitándola a sumergirse, le propuso:
— Ven, bella humana. Ven y demuéstrame lo que sientes por mí.
Sin más que decir, ella riendo y con precipitación se desnudó y se lanzó al agua...
Un par de horas más tarde, ambos yacen acostados sobre la hierba, continúan desnudos y se contemplan con los rostros muy cercanos. Ella se entretiene en deslizar y entrelazar los oscuros cabellos de Nhivar, él con los dedos de su diestra roza suavemente los contornos de los pechos de ella y se detiene en sus pezones culminados con una rigidez placentera, acción que les provoca un incontrolable erotismo y placer. Haxnia, le rodea el rostro con ambas manos y lo besa con pasión. Él, la atrae con fuerza y se sube encima y una vez más desatan sus insaciables y primitivos instintos de poseerse hasta el desfallecimiento...
Cuando ya las fuerzas los abandonan y la satisfacción alcanzada da evidencias, se besan continuamente y de mutuo se levantan y se lanzan a las aguas. En uno de esos intervalos en los cuales se contemplan extasiados y radiantes de amor, ella le murmura:
— Siempre he querido preguntarte.
— Pues no te detengas amor mío —responde él.
— No te burles —comienza Haxnia— alguna vez alguien que no fuera de sus clanes, puede llegar a ser un renacido.
Por unos segundos él la contempla silencioso y muy despacio, le responde:
— Muchos de los que llegaron aquí por primera vez no habían nacido siendo renacidos. Fueron convertidos por causas del destino. De hecho, allá en tu aldea puedo sentir que una joven que estuvo en el bosque hace tiempo desea ser convertida en renacida y su corazón palpita por mí.
Desde el primer momento, Haxnia, se da cuenta de que se refiere a Cidonna, y opta por seguir indagando.
— Entonces, me afirmas que de quererlo yo podría ser una de ustedes.
— Sí, mi bella humana. Sí, pero jamás te condenaría a tal maldición.
— Por qué llamas maldición a un poder que solo es igualado el de los dioses.
— Cuando nos convertimos en algo similar a lobos, sufrimos dolores tan intensos que deseamos morir al instante y casi no queda rastro de la humanidad que poseemos. Escuché leyendas sobre algunos antiguos renacidos que tal era su ferocidad que llegado a un punto jamás pudieron volver a ser humanos y estuvieron vagando por los bosques convertidos en horrendas bestias sedientas de sangre hasta que fueron cazados.
— Nunca te temeré — le asegura ella sujeta de su cuelo y lo besa.
Él desliza sus brazos y le aferra las nalgas, pero de repente su rostro se transmuta y deja escapar un gruñido, pues detectó en la cercana vegetación que alguien los acechaba y sujetándola con fuerza, ambos desaparecieron bajo el líquido.
Detrás de unos arbustos, Jaesiss, perturbado por ser testigo de un inesperado suceso, echó a correr poniendo distancia de por medio...
Por fin llegaba la época de recolección y sus habitantes estaban contentos y temerosos a la vez, ya que con ella conseguirían abundantes granos y alimentos con los que pasar el crudo invierno, de igual modo se acercaba la temida fecha en que eran atacados y lo sabían por qué un par de espías enviados a los confines de Merthalia, regresaron con malas noticias, por el hecho de que sus ejércitos continuaban expandiéndose por territorios usurpados y se preparaban para largas incursiones, con derroteros en los que el poblado se encontraba.
Este año, las pocas lluvias no inundaron los campos bajo sus aguas, situación que propició que las cosechas fueran abundantes y ya hace más de quince días que los graneros están abarrotados por lo acopiado y las siembras, en los huertos las hortalizas y vegetales continúan creciendo como nunca antes.
Bajo un sol en decadencia que se trasladaba en el cielo, por uno de los barrancos que accedían a la aldea desde el naciente, también avanzaba una numerosa y lenta caballería. Desde una alta atalaya, un hombre los ha estado observando y súbitamente se levanta y retrocede montando sobre el animal que se alimenta de la verde hierba.
Horas más tarde, ya oscurecido, en el apacible poblado de repente se escucha el desenfrenado galope de un caballo, el cual conducido por su jinete irrumpe en el pueblo y este precipitadamente se lanza a tierra emitiendo alaridos de alerta, es uno de los vigías apostados en los collados que rodean al pueblo. Indudablemente, muchos ya dormían y a sí y todo rápidamente se ve rodeado por decenas de lugareños quienes, a pesar de la extenuante jornada laboral y entrenamientos, cooperan con similares gritos intentando llamar la atención del resto de moradores y paulatinamente lo van consiguiendo.
Saliendo de su cabaña y abriéndose paso entre los aglomerados, Atkor, con voz potente, indaga:
— Qué sucede.
— Atkor, se acerca una nutrida caballería por el estrecho de Rocagris —replicó el centinela.
— A cuántos pudisteis apreciar —volvió a preguntar el fornido caudillo.
— Son tres centenares, hombre más, hombre menos —esclareció y con su respuesta provocó murmullos de pánico entre hombres y mujeres sin distinción y las antorchas en sus manos evidenciaban los temblores.
— Busquen a sus líderes y que se reúnan en el salón —decretó Atkor y contemplando a los presentes, señaló a un hombre— Gilmux, busca un caballo fresco y recorre los puntos donde se mantiene los otros observadores para que estén atentos cuando los invasores pasen bajo ellos y nos envíen las señales acordadas.
— Enseguida salgo —le respondió el aldeano y Atkor, le dijo a los demás.
— Yo le avisaré al anciano Chiferis, para qué envié a alguien a avisarle a los clanes del bosque... Que todos se preparen para la lucha. El momento de defender nuestras cosechas y vidas llegó.
Aunque tuvieron tiempo hasta el amanecer para preparar las defensas. Con cada minuto que pasaba el miedo se apoderaba de la totalidad de los que ya estaban en sus puestos y se debía a que Haxnia, acompañada por tres hombres, viajó en medio de la noche a los bosques y aún no regresaba con la añorada ayuda y ya con los primeros rayos del sol se veían a las huestes de Merthalia, cabalgar hacia ellos.
A pesar de la resistencia que encontraban, los invasores atravesaron cercados y trampas y se adentraron en el pueblo, inundando cada senda, a la par de masacrar a quienes se les enfrentaban, eran demasiados para una población, la cual aún no era versada en las artes militares. A cada minuto se escuchaban gritos enardeciendo al imperio de Merthalia, que apagan los de dolor y lamentos, pues sus guerreros estaban llevando a cabo sus horribles propósitos de violencia y ocupación.
Aunque en muchos flancos se combatía encarnizadamente. Otros caían bajo la feroz acometida del enemigo y los aldeanos, viéndose rodeados por todas partes, bajo las órdenes de Atkor, Dortho y otros aguerridos más, con los sobrevivientes abandonaban la aldea, y en campo abierto, donde tenían trincheras y otras trampas, se deciden aguardar por sus embestidas.
— ¡Los míseros aldeanos se agrupan en la pradera y esperan derrotarnos! —vociferó un caudillo del imperio.
Mordaces risotadas estremecen la sabana, caballos inducidos por sus montadores se encabritan y paran sobre sus dos cuartos traseros, armas en crueles manos son mostradas con perversidad. Las huestes se reagrupan creando una doble y extensa hilera. El caudillo que los comanda, una vez más se regocija y clama a todo pulmón:
— ¡Para el atardecer, confiscaremos todas sus bienes y cosechas...! ¡Las mujeres jóvenes y las niñas que sobrevivan serán propiedad de Merthalia...! ¡Los hombres musculosos, sus esclavos! ¡El resto dormirá con sus dioses!
— ¡Los invasores, tendrá que arrancarnos la vida, porque nunca seremos sus esclavos! —vociferó Atkor, empuñando una pesada hacha de leñador.
Ante tal desafío, el líder se rio estrepitosamente y los caballos del imperio comenzaron a trotar hacia el puñado de valerosos aldeanos que se mantenían firmes y cuando ya faltaban unos cuarenta metros para la inevitable colisión, desde los linderos del bosque salieron cuatro jinetes y no estaban solos. Desde sus costados comenzaron a surgir centenares de hombres, mujeres y niños, los cuales caminaban hacia ellos sin armas a la vista y sin temor, entonces se oyó la voz de Haxnia:
— ¡Asesinos de pueblos enviados por el rey de Merthalia...! ¡Hoy aquí acaban sus fechorías y desmanes...! ¡Ninguno regresará al imperio y la venganza llegará hasta sus propios muros!
Eran únicamente cuatro jinetes armados y el resto una gentuza mal vestida, por lo que al verlos como una insignificante amenaza, el jefe de los invasores increpó burlonamente:
— ¡Una chusma harapienta y descalza no hará temblar a los ejércitos del imperio! Piensan detenernos con cuentos para dormir a infantes.
De repente sucedió lo que menos esperaban, porque la mencionada multitud ya corría hacia él y espontáneamente sus ropas se desgarraban y se desprendían de sus cuerpos y ahora ya no corrían, lo que salvaba la distancia a grandes saltos increíblemente no eran humanos, sino una aterradora e implacable jauría de bestias muy semejantes a lobos que gruñían y tales criaturas les cayeron encima antes de que algún asaltante pudiese reaccionar. El primero en ser alcanzado por una enorme bestia fue el caudillo quien cayó a tierra y el grotesco animal le clavó los dientes y colmillos en el casco y lo destrozó hasta llegar al cráneo, sus poderosos brazos terminados en largas zarpas curvas lo despedazaron brutalmente.
Las huestes de Merthalia, sumidas en el desconcierto y la sorpresa ante tal visión, la cual se suponía nunca más presenciarían, eran ahora quienes poseídos por el horror clamaban piedad, sus caballos relinchaban asustados y no obedecían a sus amos. Porque aquella fuerza de ataque espeluznante y sobrenatural, armada con extrema velocidad, enormes garras y filosos colmillos, abatían tanto a humanos como cabalgaduras...