Capítulo 3

Después de colgar el teléfono, Elara sintió un peso enorme desaparecer de sus hombros. La decisión estaba tomada. No había vuelta atrás. Sabía que sus padres no la apoyarían, para ellos, el matrimonio con Julián era la culminación de un acuerdo comercial, una fusión de dos imperios familiares. Su felicidad nunca había sido parte de la ecuación. Estaba sola en esto, pero por primera vez, la soledad no se sentía como un castigo, sino como una liberación.

Ignorando la presencia furiosa de Julián, caminó hacia su armario y sacó una maleta. Empezó a empacar de manera metódica, solo lo esencial: ropa cómoda, sus libros de texto de astrofísica, su computadora portátil. Julián la observaba, su confusión dando paso a una ira fría y controlada.

"¿Se puede saber qué estás haciendo?" , demandó él.

"Hago mi maleta. Me voy" , respondió ella sin mirarlo.

"Deja de decir tonterías. Mañana es nuestra boda" .

Elara se detuvo y lo miró. "No habrá boda. Ya te lo dije. Si quieres, búscate otra novia" .

Agarró su teléfono de nuevo y marcó el número de la mansión de los padres de Julián. El mayordomo respondió.

"Buenas noches, ¿podría comunicarme con la señora de la Torre, por favor? Soy Elara Valdés" .

Después de un momento, la voz cálida de su futura suegra, o más bien, su ex futura suegra, sonó en la línea. "Elara, querida. ¿Está todo bien? Julián nos dijo que se sentían un poco indispuestos" .

"Señora de la Torre, lamento mucho informarle esto por teléfono, pero he decidido cancelar mi compromiso con Julián. No me casaré con él mañana. Le pido disculpas por cualquier inconveniente que esto pueda causar" .

Hubo un silencio impactado al otro lado. Elara no esperó una respuesta. Colgó el teléfono. Sabía que el infierno se desataría, pero ya no le importaba.

Mientras seguía empacando, recordó algo importante. Un objeto que había vendido en su vida pasada para comprar comida. Era un pequeño meteorito, no más grande que su puño, que su abuelo, un astrónomo aficionado, le había regalado cuando era niña. Era su posesión más preciada, un símbolo de sus sueños perdidos. Sabía que su padre, considerándolo una simple roca sin valor, lo había vendido a una casa de subastas local. Tenía que recuperarlo.

Bajó las escaleras rápidamente. Julián la siguió, pisándole los talones. "Elara, esto no es gracioso. Vuelve a tu habitación. Hablaremos de esto después de la cena" .

Ella lo ignoró, tomó las llaves de su auto y salió de la casa. Condujo directamente a la casa de subastas más prestigiosa de la ciudad. Recordaba que la subasta de artículos de ciencia y astronomía era esa misma noche. Rezó para no llegar demasiado tarde.

Al entrar en el elegante salón, el subastador estaba presentando un telescopio antiguo. Elara escaneó la habitación, buscando su meteorito en las vitrinas de exhibición. Y entonces lo vio. Estaba en el catálogo, programado para ser el siguiente lote. Un suspiro de alivio escapó de sus labios.

Justo en ese momento, la puerta principal se abrió de nuevo. Entraron Julián y, a su lado, Sofía. Sofía llevaba un vestido blanco y delicado, su rostro angelical mostraba una expresión de preocupación. Se aferraba al brazo de Julián, mirándolo con adoración. La escena le revolvió el estómago a Elara.

"Julián, mira, es Elara. Pobre, debe estar tan confundida y estresada por la boda" , dijo Sofía con una voz tan dulce que era empalagosa.

Julián se acercó a Elara, su rostro era una máscara de impaciencia. "Ya basta, Elara. Nos vamos a casa ahora mismo. Estás haciendo una escena" .

"No voy a ninguna parte" , dijo Elara, su voz baja y firme. "He venido a comprar algo" .

En ese momento, el subastador anunció: "Y ahora, el lote 27. Un raro meteorito de condrita carbonácea, encontrado en el desierto de Sonora. Un magnífico ejemplar. Empezamos la puja en diez mil pesos" .

"¡Quince mil!" , gritó Elara inmediatamente, levantando su paleta.

Sofía miró el meteorito con curiosidad. "Oh, qué roca tan interesante. Julián, ¿me la compras? Quedaría muy bonita en el jardín de la casa nueva" .

Elara sintió una punzada de rabia. Sofía ni siquiera sabía lo que era, solo lo quería porque ella lo deseaba. Era el mismo patrón de siempre.

Julián la miró con desdén. "¿Para qué quieres esa basura, Elara? Es una simple piedra" . Luego, se volvió hacia el subastador. "Cien mil" .

La sala entera se giró para mirarlos. Elara apretó la mandíbula. Conocía el límite de su tarjeta de crédito. "¡Ciento diez mil!" .

"Doscientos mil" , dijo Julián sin siquiera parpadear, su tono era aburrido, como si estuviera comprando un periódico.

"¡Doscientos cincuenta mil!" , pujó Elara, su voz temblando ligeramente. Era casi todo el dinero que tenía.

Sofía tiró del brazo de Julián. "Julián, por favor, la quiero. Cómpramela" . Su voz era un puchero lastimero.

Julián miró a Elara con una sonrisa condescendiente, disfrutando de su poder. "Quinientos mil" .

Elara se quedó helada. No podía igualar eso. Era imposible. Miró a Julián, suplicante. "Julián, por favor. Esa roca… significa mucho para mí. Es de mi abuelo" .

Él la miró con frialdad. "Si significa tanto para ti, deberías haber traído más dinero. Sofía la quiere" . Su voz era un látigo, cortante y final.

"¿Quinientos mil a la una… quinientos mil a las dos…" , cantaba el subastador.

El corazón de Elara se hundió. La desesperación la invadió. Era solo una roca, pero era su roca. Era el último vínculo con su pasado y su futuro soñado.

"Vendido, por quinientos mil pesos al caballero de la primera fila" , anunció el subastador, golpeando el martillo.

El sonido del martillo fue el sonido de su corazón rompiéndose por segunda vez.

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