Portada de la novela Reina Maldita

Reina Maldita

9.2 / 10.0
Alanis Vanter domina el mercado de diamantes en Sudáfrica bajo el apodo de La Reina, ocultando tras su frialdad una oscura realidad. Años atrás, su primer amor, Dylan Serway, le lanzó un hechizo devastador: cualquier hombre que se enamore de ella morirá, a menos que Alanis decida volver a su lado. Solo su confidente Sanza conoce este tormento, el cual se ve amenazado cuando un inesperado pretendiente decide desafiar la maldición para intentar ganar su corazón.

Reina Maldita Capítulo 1

“Toda reina es una mujer, pero no toda mujer es una reina”

-Mehmet Murat Ildan

“Las iras de los amantes suelen parar en maldiciones”

- Anónimo

“Los diamantes se encuentran sólo en la oscuridad de la tierra y la verdad en la oscuridad de la mente”

- Víctor Hugo

- ¡Eres una maldita! ¡Te odio! ¡Te odio, Alanis! ¿Por qué?

- ¡Cállate y escúchame, Kristen! ¡En realidad te hice un favor! ¡Peter Barthes es un estafador! ¡No te iba a traer nada bueno! ¡Te estaba utilizando para lle-gar a mí!

- ¿Porque tú sí eres la que se va a convertir en la reina del consorcio? – gritó Kristen con dolor.

Una bofetada cruzó la cara de Kristen. Alanis la mi-ró con una rabia casi asesina.

- Yo no tengo la culpa de que nuestros padres me hayan concebido a mí primero. Bien sabes que detesto ser la hermana mayor. Por mí, tú podrías ser la próxima reina de Sudáfrica.

- No tenías porqué engatusarlo…

- ¿Me hubieras creído que no te amaba si no lo hubiera hecho?

- ¡No!

- ¿Entonces? – Alanis encendió un cigarro en la estancia donde se encontraban las dos hermanas después de que Naima, la guardaespaldas personal de Alanis, se hiciera cargo de sacar a Peter Barthes de la mansión Vanter.

- Eres tan… - Kristen quería sacar su coraje, pe-ro Alanis la contuvo.

- Guárdate tus groserías. A quien deberías odiar es a Peter Barthes. Deberemos decirle mañana tem-prano a Devon que limpie tu desorden y se deshaga de cualquier foto donde salgas con ese truhán.

- ¿Es que quién demonios te crees que eres? – replicó Kristen mientras veía a su hermana inhalar el humo de su cigarro. – Eres fría, dura, altanera, no tienes entrañas ni corazón… ni siquiera para mí que soy tu hermana.

- Tienes razón. No los tengo… y no los necesi-to. Deberías aprender algo de mí.

- ¿Para convertirme en la perra maldita que eres?

- Quizás.

- ¿Johari? – Naima tocó a la puerta de la habita-ción de Alanis.

- Entra. Y sabes que detesto que me llames “johari”. No soy tu joyita. ¿Te deshiciste de Barthes?

- Barthes no te molestará ni a ti ni a tu hermana en mucho mucho tiempo…

- Bien.

- ¿Kristen no lo tomó bien, verdad?

- No me importa como lo tome. Ese tipo estaba jugando con ella y punto. Tenía que interferir.

- ¿Y cuántas veces más vas a seguir interfiriendo en todo a lo que respecta al amor o al cariño, “joha-ri”?

- ¡Que no me llames así! Y tú ya sabes muy bien que en esta casa no hay ni cariñitos, ni amor, ni nada de eso…

- Yo te quiero…

- Tú quieres a todas, Naima y te tengo como mi guardaespaldas porque eres buena con tus músculos y las navajas. Nada más.

- Cuando me contrataste, recién la muerte de tus padres, pensé que eras así por el duelo que les guar-dabas. Pero ahora, cada vez que pasan los años, me doy cuenta que no es así. Te faltan seis meses para cumplir la mayoría de edad y heredar el consorcio y te comportas como una mujer…

- ¿Amargada?

- Mmm… no exactamente. Es como si alguien o algo te hubiera extirpado cualquier deseo de ser feliz. Tu vida es una rutina, monótona, predecible.

- ¿Y eso es malo?

- No, pero…

- Entonces es mi problema. ¿Te pago para que seas mi terapeuta?

- No.

- Entonces no te metas.

Naima decidió callarse y se retiró. Ya estaba en la puerta y se dio la vuelta.

- ¿Alguna vez me contarás que te hicieron?

Alanis se quedó callada y miró a la negra de pe-lo corto, casi rasurado. Suavizó la voz y murmuró.

- Tal vez.

Al día siguiente, Alanis llegó al edificio princi-pal del consorcio Royale Diamonds. El 55% de las acciones pasarían a su poder en seis meses, cuando cumpliera 21 años, de acuerdo al testamento de sus padres. Acciones, empresas, hoteles y bancos de to-da Sudáfrica pasarían a su control y se le conocería como “La Reina”, título que había tenido en vida su madre. A pesar de todo, ya comenzaban a apodarla así. Ya nada le impedía accesar a esa vida de lujo y riqueza. Técnicamente, ya era la reina de Sudáfrica. A su hermana Kristen llegaban a apodarla “La Prin-cesa” pero reina sólo había una y ésa era ella. Devon salió de inmediato a recibirla.

- Alanis, tenemos unas fallas con…

- No me importa… Háblame de si solucionaste el problema que te encargué de Kristen y Peter Bart-hes.

- Sí, claro. Estuvieron llamando de varias revis-tas, pero negué que tú o tu hermana estuvieran invo-lucradas con el señor Barthes y tuve que hacer algu-nos pagos a ciertos reporteros para que me entrega-ran algunas fotos originales.

- ¿Ya las tienes en tu poder?

- Sí.

- Las quiero en mi escritorio. Ahora.

- De acuerdo. El heredero de Blue Nile Dia-monds, Edward Black, llamó y pidió cenar con usted hoy a las ocho de la noche. ¿Qué le digo?

- Edward otra vez… ¿Cómo vamos con las transacciones de sus joyerías?

- Lento.

- De acuerdo, cenaré con él. Reserva donde siempre. No iré a donde él quiera. Infórmale donde estaré.

- Bien. Tienes junta a la una de la tarde con los accionistas.

- Pospónla.

- No puedo. Viene el principal accionista des-pués de ti.

Alanis sintió que un aire frío se colaba por sus hue-sos.

- ¿Dylan Serway?

- Exacto.

- Cancela mis reuniones de la mañana y manda traer a Sanza Botha. La quiero aquí en menos de 40 minutos.

- Pero…

- ¡En menos de 40 minutos, dije!

- ¡A la orden!

Devon salió corriendo con el celular en la mano tratando de localizar a Sanza Botha. Cuando Alanis quería verla, era imperioso que la encontrara. Alanis se llevó la mano a la frente llena de desespera-ción.

- ¡No! ¡Ahora no! ¿Por qué?

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Reina Maldita de contenidos

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