"¿Qué acabas de decir?", preguntó Brett, en un tono cortante y helado. Momentos después, se sentó en su escritorio, con los ojos fijos en el informe sobre el recital de Stacey que su asistente acababa de enviarle. Endureciendo su mirada, inquirió: "¿Me estás diciendo que esos dos no están relacionados con Caylee?".
Si su exesposa no estaba detrás del incidente, ¿por qué no se había defendido? ¿Por qué se había quedado callada?
Neal Saunders, su asistente, escogió con cuidado sus palabras y dijo en un tono bajo: "Por ahora, no hemos encontrado ninguna prueba que vincule a la señora Griffiths con ellos".
"¡Sigue investigando! ¡Tiene que haber alguna forma de que todo apunte hacia ella!", estalló el patrón, metiéndole un puñetazo a su escritorio.
En su mente, no había otra posibilidad. Stacey era amable, gentil e incapaz de provocar conflictos. Apenas llevaba tres meses en el país, así que ni siquiera había tenido tiempo para hacerse de enemigos.
La responsable tenía que ser Caylee, enloquecida por los celos. No había forma de que se hubiera equivocado en su juicio. ¡Era imposible!
En ese momento, le hervía la sangre. Cerrando su laptop con un fuerte chasquido, preguntó: "¿Y qué hay de Mateo Walsh? ¿Todavía no hay noticias de él?".
El Grupo Walsh era uno de sus socios principales y acababan de cerrar un acuerdo importante. Sin embargo, justo cuando estaban por concluir las formalidades, Mateo, el heredero de la familia, había enmudecido repentinamente.
"Ese acuerdo estaba originalmente bajo la dirección de la señora Griffiths. Desde que usted la apartó hace dos días, Mateo no ha respondido en absoluto", le recordó Neal, en un tono cauteloso.
Brett tensó la mandíbula, pues otra vez era culpa de su exesposa. De alguna manera, siempre estaba involucrada en cualquier problema que enfrentara.
"Sigue presionándolo", gruñó. "No me creo que el trato no se pueda cerrar sin ella".
Apenas había terminado de hablar, cuando la puerta de su oficina se abrió y Stacey entró, con movimientos tranquilos, haciendo gala de su habitual presencia grácil.
"Brett, te traigo buenas noticias", dijo en voz baja la recién llegada.
Neal, dándose cuenta de que sobraba, se excusó rápidamente y los dejó a solas.
Brett sintió que parte de su ira se esfumaba mientras abrazaba a Stacey y le pedía con dulzura: "Dime".
"Escuché sobre tus preocupaciones con el proyecto de los Walsh. Hace unos días, la madre de Mateo me dijo que él ha estado buscando por todas partes al curandero Céfiro para que trate a su abuelo. Y resulta que yo lo conozco. Si vamos juntos, tendrás la excusa perfecta para hablar con tu socio", dijo ella, en un tono suave y con la dosis exacta de dulzura para calmarlo.
A Brett se le iluminó el rostro. Tras plantarle un beso en la comisura de los labios, le dijo: "Soy el hombre más afortunado por tenerte".
En otra parte de la ciudad, Caylee acababa de instalarse en su nuevo apartamento, cuando su celular vibró. Recibió un nuevo mensaje, que decía: "Jefa, me enteré de tu divorcio. Y la verdad es que el momento no podía ser más perfecto. Hay un trabajo de diez millones de dólares sobre Céfiro. ¿Quieres aceptarlo?".
"No me interesa en este momento", contestó la patrona, con calma.
"Jefa, pero involucra a la familia Walsh. ¿Recuerdas que el mes pasado, para ayudar a al cabrón de tu ex a cerrar el trato con esa familia, le prometiste al patriarca que le harías un favor? Bueno, pues esta podría ser la oportunidad para hacerlo", le respondió su interlocutor al instante.
Caylee agudizó la mirada.
Durante el último año, el Grupo Griffiths había pasado por un cambio importante. Para mantener las cosas en orden, ella había intervenido en secreto como "Céfiro" para ganar el proyecto con la familia Walsh. Además, para asegurarse de que nada saliera mal, llegó al extremo de prometer que gestionaría la asociación personalmente.
Sin embargo, antes de que el proyecto pudiera despegar, Brett le había lanzado los papeles del divorcio a la cara. Y aunque la alianza ya no tenía nada que ver con ella, su promesa, o más bien su palabra, era algo que no podía abandonar.
"Acepto el trabajo", declaró con firmeza.
En otro lugar de la ciudad, un joven de facciones finas, casi aristocráticas, se reclinaba perezosamente en su silla cuando su teléfono se iluminó: Céfiro había aceptado el trabajo.
Un brillo apareció en sus ojos oscuros y la emoción resquebrajó por un instante su habitual aplomo. Todo el esfuerzo y el dinero que había invertido en publicar esa recompensa por el famoso curandero por fin había rendido frutos. La sola idea de encontrarse con la esquiva figura lo hizo sonreír.
Recorría ociosamente el borde del celular con su pulgar, mientras murmuraba en voz baja: "Así que nos volveremos a ver. Me pregunto qué tipo de sorpresa me traerás esta vez".
El día que Caylee se dirigía a la hacienda de los Walsh, el destino le preparó un espectáculo. Como el semáforo estaba en rojo, se colocó en el carril adyacente a un Bentley negro. Por un instante, a través del cristal polarizado, vio a un hombre enmascarado en el asiento trasero.
Sintió que el corazón le daba un vuelco, pues esa era la misma máscara a la que se había aferrado tras su accidente automovilístico tres años atrás.
El semáforo se puso en verde. Sin pensarlo dos veces, Caylee pisó el acelerador y se colocó detrás del Bentley.
El tráfico se espesó, pero era evidente que el conductor del lujoso auto no tenía intención de ser seguido, pues aceleró y zigzagueó entre los carriles con una precisión despiadada.
Caeylee apretó con fuerza el volante. Desde su perspectiva, ese vehículo era la presa y ella la cazadora. No iba a retroceder.
La persecución se volvió intensa; ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. La chica llevó a su carro al límite para igualar el ritmo de su objetivo, pero por más que lo intentaba, no podía rebasarlo.
Su paciencia se estaba agotando y el ansia de respuestas sobre aquel accidente la carcomía. Por eso, entrecerró los ojos, pisó el acelerador a fondo, bajó una marcha y cerró la distancia con el otro vehículo en un derrape perfecto.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de bloquear al Bentley, un grupo de autos se interpuso entre ellos, cortándole el paso. Para cuando logró esquivarlos, su objetivo ya había desaparecido en el horizonte.
La joven frenó en seco, con la sangre ardiéndole en las venas. Entonces, sus ojos captaron algo brillante sobre el asfalto, que se había caído del Bentley. Sin dudarlo, salió de su carro, lo agarró y lo recogió. Sí, esa era la misma máscara que había visto el día del accidente.
Abrió los ojos de par en par, mientras intentaba procesar la revelación. No, no podía ser verdad. Entonces, una idea la golpeó con la fuerza de un rayo: ¿y si el hombre que la sacó de los escombros no fue Brett, sino alguien más?
Caylee condujo directamente a la finca de los Walsh, apartando de su mente los pensamientos que aún la invadían tras su extraño encuentro en el semáforo. Sin importar cuál fuera la verdad, no podía darse el lujo de ponerse a pensar en eso ahora, pues tenía que cumplir con una misión importante.
Apenas entró en la casa, se detuvo en seco, pues Brett y Stacey estaban sentados allí. La alegría en los rostros de estos dos últimos desapareció apenas se dieron cuenta de la presencia de la recién llegada.
El hombre avanzó y, con la voz afilada por la ira, soltó: "Caylee, ¿qué demonios haces aquí?".
"Esta joven es la sanadora que el señor Walsh invitó personalmente. Céfiro", intervino el mayordomo, antes de que la aludida pudiera responder.
La temperatura en la habitación descendió unos grados.
"Caylee, ¿esperas que creamos que tú eres Céfiro? ¡Eso no es más que una mentira! Cuando Mateo regrese y descubra que estás fingiendo, ¡no saldrás de aquí tan fácilmente!", exclamó Stacey, en un tono chillón por la indignación, levantándose de golpe.
"Caylee, basta. No sé a qué estás jugando, pero es momento de que te detengas. Estamos divorciados, así que deja de aferrarte a mí. Y que te quede algo muy claro: la asociación con Grupo Walsh ya no tiene nada que ver contigo. ¡Vete!", se sumó Brett, con una expresión aún más sombría.
La atacada ni siquiera se molestó en responder. Puso los ojos en blanco, caminó y se dejó caer en el sofá como si esos dos no fueran dignos de su tiempo.
"¡Debes estar bromeando! ¿No me digas que aún no superas el divorcio y ahora intentas arruinar el trato de Brett solo por venganza? ¿Cómo puedes ser tan cruel? Él te cuidó durante tres años enteros, te dio todo... ¡¿Y así le pagas?! Con razón Mateo no ha respondido las llamadas de Brett. Le envenenaste la mente para ponerlo en su contra, ¿verdad?", exclamó Stacey, incapaz de contenerse.
Esa acusación solo avivó la ira de Brett, quien agarró a su exesposa de la muñeca y gritó: "¡Respóndeme! ¿Qué le dijiste exactamente al señor Walsh?".
"Brett, no te debo explicaciones. Pero si sigues presionándome, me aseguraré de que tu trato con el Grupo Walsh se venga abajo", sentenció Caylee, irguiéndose y zafándose de su agarre.
Por un instante, él se quedó atónito ante su desafío, pero luego su ira aumentó. Agarró nuevamente a su exesposa de la muñeca y comenzó a arrastrarla hacia la puerta, mientras decía: "Bien. Si no te vas, te sacaré yo mismo".
"¡Suéltame!", gritó ella, forcejeando, pero solo consiguió que su agresor la apretara con más fuerza.
Caylee no tenía la fuerza suficiente para liberarse, y justo cuando Brett estaba a punto de sacarla, un hombre alto le bloqueó el paso. Al instante siguiente, una voz profunda y autoritaria resonó en el aire, cortando la tensión: "Señor Griffiths, ¿qué crees que haces?".
El ambiente en la estancia se volvió pesado. El aludido se quedó inmóvil un segundo, luego soltó rápidamente a su exesposa.
"Señor Walsh", dijo, bajando la cabeza.
Mateo se encontraba a contraluz; el peso de la autoridad estaba impregnado a su ser, lo cual no era extraño, pues como jefe de la familia Walsh, su sola presencia debía imponer respeto.
En la alta sociedad, los Griffiths eran considerados influyentes, pero comparados con los Walsh, que había reinado en la cima por casi cien años, la diferencia era evidente. Frente a Mateo, Brett no tenía más opción que comportarse con respeto.
El joven de abolengo ni siquiera le dedicó un vistazo al alborotador. Posó directamente su mirada en Caylee y le preguntó: "¿Estás herida?".
La joven abrió la boca, pero Brett, con una sonrisa incómoda, se adelantó y soltó: "Es solo un malentendido, señor Walsh. Es mi exesposa. Me siguió hasta aquí y empezó a causar problemas. La sacaré de inmediato".
Tras decir eso, fulminó a Caylee con la mirada, en lo que era una advertencia silente.
Sin embargo, Mateo le bloqueó el paso, manteniendo una expresión imperturbable. Segundos después, clavó su penetrante mirada en el metiche, al que puso en su lugar, diciendo: "Estás equivocado, señor Griffiths. La señorita Jenkins es mi invitada hoy. Tú eres quien debe irse".