La transformación fue un éxito rotundo.
Después de una semana de intensos procedimientos de cirugía plástica y clonación dérmica, Daniela emergió del quirófano. Cuando le quitaron las vendas, la mujer en el espejo no era mi hermana.
Era Elena López.
Cada rasgo, cada lunar, la curvatura de sus labios, la forma de sus ojos. Era una réplica perfecta. Mi tecnología no había fallado.
Nuestros padres entraron en la habitación de recuperación, con los ojos desorbitados por la emoción.
"¡Daniela, mi niña!", exclamó mi madre, con lágrimas de alegría corriendo por su rostro. "¡Eres idéntica! ¡Eres una obra de arte!"
Mi padre la miraba con una adoración que nunca me había dirigido a mí.
"¡Mi hija va a ser la esposa de un magnate! ¡Ricardo López! ¡Seremos la comidilla de la ciudad!", dijo, frotándose las manos con avaricia.
Luego, su mirada se posó en mí, de pie en un rincón. Su expresión se agrió.
"Y tú, Sofía", dijo con desdén, "más te vale que esto funcione. No arruines la oportunidad de tu hermana con tus tonterías pesimistas."
Mi madre asintió con fervor.
"Tu padre tiene razón. Daniela está haciendo esto por la familia. Es nuestro boleto dorado. Lo menos que puedes hacer es apoyar y mantener la boca cerrada."
Se sentaron alrededor de la cama de Daniela, planeando su futuro glorioso. Hablaban de mudarse a una mansión, de comprar autos de lujo, de viajar por el mundo en jets privados. Su codicia era tan palpable y vulgar que me revolvía el estómago.
"¿Se dan cuenta de con quién están tratando?", interrumpí, mi voz cortando su fantasía. "Ricardo López no construyó su imperio siendo un estúpido. Es un genio, y se dice que es despiadado. ¿Creen que no notará la diferencia? Una cara no lo es todo."
El rostro de mi padre se ensombreció. Se levantó y caminó hacia mí, su cuerpo bloqueando la luz.
"¡Cállate la boca!", espetó, dándome un empujón que me hizo tropezar hacia atrás. "¡Siempre eres tú, la aguafiestas! ¡La que no puede soportar ver a su hermana triunfar!"
"¡Papá, déjala!", dijo Daniela desde la cama, su voz ahora era una imitación casi perfecta del tono suave y melodioso de la verdadera Elena López. "Pobre Sofía. Es natural que esté celosa. No te preocupes, hermanita, te conseguiré un buen puesto en una de las empresas de Ricardo."
Me miró con una falsa piedad que era más insultante que la ira de mi padre.
Luego, con una sonrisa maliciosa, sacó algo de su bolso. Era un anillo de diamantes, exquisito y claramente muy caro. El anillo de compromiso de Elena López, que había sido noticia en todas las revistas de sociedad.
"Mira esto", dijo, deslizándolo en su dedo. Encajaba perfectamente. "Lo tomé antes de... despedirme de ella. Un pequeño recuerdo. Y también tengo sus diarios. He estado estudiando. Sé cómo camina, cómo habla, qué le gusta para desayunar. Soy más Elena López que la propia Elena López."
Su arrogancia era monumental. Creía que con una cara nueva y unos cuantos datos robados podía engañar a un hombre que, según los rumores, había construido el sistema de reconocimiento facial más avanzado del mundo solo para poder desbloquear el teléfono de su esposa con una mirada.
Mis padres la colmaron de más elogios.
"¡Eres brillante, hija mía!", dijo mi padre.
"¡Inteligente y hermosa! ¡Lo tienes todo!", añadió mi madre.
Se aferraban a su plan con una fe ciega, convencidos de que su astucia superaría cualquier obstáculo. Eran una familia de tontos, liderada por una sociópata, caminando alegremente hacia el borde de un acantilado.
Y yo, la arquitecta de su perdición, simplemente observé, manteniendo mi rostro inexpresivo.
El plan estaba en marcha. Y cada paso que daban, los acercaba más al abismo que yo misma había preparado para ellos.