Capítulo 2

El interior del auto era cálido, silencioso y terriblemente incómodo. No porque los asientos de cuero negro no fueran cómodos-de hecho, eran lo más suave que Emma había sentido en mucho tiempo-sino porque el ambiente entre ella y Helena Laurent era tan tenso que podía cortarse con un cuchillo.

Emma miró por la ventana, observando cómo la ciudad pasaba rápidamente ante sus ojos. El auto avanzaba con fluidez, sin los sobresaltos que ella solía experimentar en el transporte público. Ni siquiera recordaba la última vez que había estado dentro de un automóvil de lujo como ese. Tal vez nunca.

-¿Vas a decirme a dónde me llevas o solo planeas secuestrarme? -preguntó finalmente, rompiendo el silencio.

-No soy el tipo de persona que hace cosas sin un propósito -respondió Helena sin apartar la vista de su teléfono-. Si quisiera algo de ti, ya lo habrías notado.

Emma resopló.

-Eso no me tranquiliza demasiado.

Helena dejó el teléfono sobre su regazo y la miró de reojo.

-No tienes muchas opciones, ¿verdad?

Emma apretó los dientes.

-No.

-Entonces deja de actuar como si tuvieras otra alternativa y acepta la ayuda cuando se te da.

Emma cruzó los brazos y desvió la mirada, sintiendo cómo la ira y el orgullo se mezclaban en su pecho. Odiaba que Helena tuviera razón.

El auto se detuvo frente a un edificio que, a simple vista, parecía más un hotel de cinco estrellas que un lugar donde alguien viviera. Las puertas automáticas se abrieron en cuanto Helena bajó, y un portero vestido impecablemente la saludó con una leve inclinación de cabeza.

Emma salió del auto con más cautela, sintiéndose fuera de lugar al instante. Su ropa empapada contrastaba con el mármol pulido del suelo, con los enormes ventanales y la iluminación perfectamente calculada para resaltar la elegancia del vestíbulo.

-¿Aquí vives? -preguntó, sintiéndose aún más pequeña en medio de tanto lujo.

-Sí -respondió Helena sin emoción-. Vamos.

Emma se obligó a mover las piernas, siguiendo a Helena a través del vestíbulo hasta un ascensor privado. Un hombre de traje, probablemente un guardia de seguridad, inclinó la cabeza en cuanto la vio.

-Señora Laurent.

-Nadie sube sin mi autorización -fue todo lo que dijo Helena antes de presionar el botón del ascensor.

Emma tragó saliva cuando las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a subir. El silencio era abrumador, y la sensación de estar atrapada en el mundo de Helena se hizo aún más fuerte.

-Deberías decirme qué esperas de mí -dijo Emma, mirándola con recelo-. No creo que la gente como tú haga cosas por bondad.

Helena la observó con calma antes de responder.

-No espero nada de ti, Emma.

La manera en que pronunció su nombre la hizo estremecer.

-Entonces, ¿por qué lo haces?

-Porque puedo.

La respuesta fue tan simple y directa que Emma no supo qué decir.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Emma sintió que entraba a otro mundo. El ático de Helena Laurent era inmenso, con enormes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada. Todo en el lugar exudaba elegancia y control: los muebles minimalistas, las alfombras impecables, la decoración sobria y costosa.

Emma sintió un nudo en la garganta. Nunca había estado en un sitio como ese. Nunca había sentido tanta distancia entre su realidad y la de otra persona.

Helena se quitó el abrigo y lo dejó sobre un perchero antes de girarse hacia ella.

-Puedes ducharte si quieres. Hay ropa limpia en la habitación de invitados.

Emma frunció el ceño.

-¿Habitación de invitados?

-¿Esperabas dormir en el sofá? -Helena arqueó una ceja-. No soy tan cruel.

Emma no supo cómo responder. En su mundo, incluso un sofá hubiera sido un lujo.

-Haz lo que quieras. -Helena se encaminó hacia lo que parecía ser su oficina-. Solo no hagas ruido. Estoy trabajando.

Emma se quedó de pie en medio de la sala, sintiendo que su cerebro trataba de procesar la situación. Había pasado de dormir en la calle a estar en el ático de la mujer más poderosa del país en cuestión de horas.

No tenía sentido.

No podía confiar en Helena.

Pero cuando vio su reflejo en una de las ventanas-su ropa empapada, su piel pálida, su cabello enredado y su expresión agotada-supo que no podía rechazar lo que se le estaba ofreciendo.

Por primera vez en mucho tiempo, tendría una cama.

Con pasos cautelosos, se dirigió a la habitación de invitados.

La ducha fue casi un choque sensorial. El agua caliente relajó sus músculos tensos, y el jabón perfumado la envolvió en un aroma al que no estaba acostumbrada. Se tomó su tiempo, dejando que el calor la cubriera por completo, tratando de ignorar la sensación de que estaba invadiendo un espacio que no le pertenecía.

Cuando salió de la ducha, encontró una muda de ropa doblada sobre la cama. Un pantalón cómodo y una blusa limpia. Nada ostentoso, pero mucho mejor que lo que tenía.

Se miró en el espejo del baño.

Por primera vez en meses, su reflejo no parecía el de una extraña.

Helena terminó de revisar los informes en su computadora y frotó sus sienes con cansancio. Se levantó de su escritorio y salió de la oficina con la intención de servirse un whisky, pero se detuvo en seco cuando vio a Emma en la sala.

La mujer ya no tenía ese aire de desesperación y suciedad que la había rodeado antes. Su cabello aún húmedo caía sobre sus hombros, y la ropa limpia le daba un aire distinto. Pero lo que realmente la sorprendió fue la expresión en su rostro.

Emma estaba de pie junto a la ventana, con las manos sobre su vientre, mirando las luces de la ciudad con algo parecido a la nostalgia.

Helena cruzó los brazos.

-¿Qué piensas?

Emma se sobresaltó levemente y la miró con cautela.

-En que esto no es real -dijo en voz baja-. Mañana volveré a la calle.

Helena se apoyó en el marco de la puerta.

-¿Quién dijo que tienes que hacerlo?

Emma entrecerró los ojos.

-No entiendo qué quieres de mí.

Helena suspiró, acercándose unos pasos.

-Nada, Emma. No quiero nada de ti.

Emma soltó una carcajada amarga.

-Eso no existe en tu mundo.

-Quizá no -admitió Helena-. Pero esta vez es la verdad.

El silencio se instaló entre ambas.

Emma sintió que la incertidumbre la invadía. No podía confiar en Helena, pero algo en la forma en que la miraba, en la seguridad con la que hablaba, le hacía pensar que tal vez... solo tal vez... no estaba mintiendo.

Y esa idea era aún más aterradora.

Capítulo 3

Emma despertó con una sensación extraña en el pecho. Durante un instante, creyó que todo había sido un sueño. Pero cuando abrió los ojos y vio el techo alto, la enorme ventana con vista a la ciudad y la cama demasiado cómoda bajo su cuerpo, recordó dónde estaba.

En el ático de Helena Laurent.

Se incorporó lentamente, frotándose el rostro. Había dormido mejor de lo que recordaba en mucho tiempo, pero la sensación de estar fuera de lugar persistía.

Se obligó a levantarse. Sus pies descalzos tocaron la alfombra suave, y por un segundo se quedó inmóvil, disfrutando la sensación. No podía permitirse acostumbrarse a esto. No era su vida.

Pero por ahora... podía aprovecharlo un poco más.

Cuando abrió la puerta, un aroma delicioso la golpeó. Café, pan recién horneado, algo caliente en la cocina. Su estómago rugió de inmediato.

Siguió el olor hasta la enorme cocina abierta, donde encontró a Helena de pie junto a la cafetera, vestida con ropa deportiva, con el cabello recogido en una coleta alta. Emma nunca la había visto fuera de su imagen impecable de CEO, y por un segundo, le pareció... casi normal.

Casi.

-Buenos días -dijo Helena sin mirarla, sirviéndose café.

-¿Hiciste desayuno? -preguntó Emma con incredulidad.

Helena arqueó una ceja.

-No soy tan considerada. Mi ama de llaves pasó temprano.

Emma miró la mesa, donde había pan, frutas, café y huevos revueltos servidos en platos de porcelana.

-¿Siempre comes así?

-No. -Helena tomó un sorbo de café-. Usualmente tomo café y continúo con mi día.

Emma se sentó frente a la mesa y tomó un trozo de pan con desconfianza. No podía recordar la última vez que había desayunado algo caliente.

Helena la observó mientras ella comía.

-¿Cuánto tiempo llevas en la calle?

Emma dejó de masticar por un segundo.

-Demasiado.

-¿Tu familia?

Emma bajó la vista al plato.

-No tengo.

Helena no presionó, pero Emma sintió la intensidad de su mirada.

-¿Y el padre del bebé?

Emma dejó el tenedor con más fuerza de la que pretendía.

-No existe.

Helena inclinó levemente la cabeza.

-Siempre hay un padre.

-No para mí.

El tono en la voz de Emma fue suficiente para que Helena entendiera que no debía seguir con el tema.

Pasaron unos minutos en silencio. Emma terminó su desayuno mientras Helena revisaba algo en su teléfono. La paz solo duró hasta que el sonido de un timbre resonó en el departamento.

-Espero que no te molesten las visitas sorpresa -murmuró Helena mientras se levantaba para abrir la puerta.

Emma la observó con curiosidad.

¿Quién demonios visitaría a Helena Laurent sin anunciarse?

Cuando la puerta se abrió, una mujer alta y elegante entró sin esperar invitación. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado, y su traje beige le daba un aire de sofisticación.

-¿Helena, de verdad? -dijo con un tono de exasperación-. He estado intentando comunicarme contigo. ¿Por qué no respondes mis llamadas?

-Porque no me interesa lo que tengas que decir, Olivia -respondió Helena con indiferencia.

Emma sintió un escalofrío.

La mujer que acababa de entrar la miró por primera vez, evaluándola de arriba abajo con una expresión mezcla de sorpresa y juicio.

-¿Y quién es ella? -preguntó con evidente desagrado.

Emma sintió el impulso de levantarse y marcharse, pero se obligó a quedarse en su lugar.

Helena suspiró.

-No es tu asunto.

Olivia soltó una risa seca.

-Todo lo que haces es mi asunto. ¿O ya olvidaste que todavía tengo acciones en tu empresa?

Emma sintió que el aire en la habitación se cargaba de tensión.

¿Esa mujer era socia de Helena?

-Si viniste a hablar de negocios, hazlo en mi oficina -dijo Helena con frialdad-. No en mi casa.

-Es curioso que me hables de límites cuando tienes... -Olivia hizo un gesto en dirección a Emma-...invitadas inesperadas.

Emma sintió la incomodidad arder en su pecho.

-Estoy justo aquí -dijo con una sonrisa tensa-. No tienes que hablar de mí como si no existiera.

Olivia arqueó una ceja, visiblemente sorprendida por la respuesta.

-Interesante. No pensé que fueras del tipo que recoge causas perdidas, Helena.

Helena se cruzó de brazos.

-Y yo no pensé que fueras del tipo que hace visitas sorpresa solo para incordiar. ¿Para qué viniste?

Olivia miró a Emma una vez más antes de volver su atención a Helena.

-Necesito que reconsideres el trato con los inversionistas franceses.

-No.

-Helena...

-No -repitió Helena con firmeza-. Si eso es todo, puedes irte.

Emma contuvo la respiración cuando vio la expresión de Olivia endurecerse.

-Siempre haces lo que quieres, ¿verdad?

-Siempre.

Por un momento, pareció que Olivia iba a decir algo más, pero se limitó a sonreír con frialdad.

-No puedes encerrarte en tu mundo para siempre, Helena. Algún día, alguien te hará caer.

Emma sintió un escalofrío.

Helena ni siquiera pestañeó.

-Ya veremos.

Olivia se giró sobre sus tacones y salió sin decir una palabra más.

Emma soltó el aire que había estado conteniendo.

-Vaya -murmuró-. Fue intenso.

Helena tomó su taza de café como si nada hubiera ocurrido.

-Así es el mundo en el que vivo.

Emma la observó con atención.

-Y dime, ¿alguna vez te has cansado de vivir en él?

Por primera vez, Helena no respondió de inmediato.

Emma no supo si fue un truco de la luz o si vio la más mínima sombra de duda en sus ojos.

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