Capítulo 2

Antonio no entendía cómo ella podía recordar a su padre, pero no a él. ¿Cómo era posible que su memoria estuviera fragmentada de esa manera? Se preguntó si algo más había sucedido, algo que aún no alcanzaba a comprender.

Ella seguía temblando, con la mirada perdida, murmurando en voz baja.

-Me la quitó... me la arrancó de los brazos...

Su respiración era errática, su cuerpo se sacudía con cada recuerdo que emergía como un golpe invisible.

Antonio sintió una presión insoportable en el pecho. Quería abrazarla, decirle que todo estaría bien, pero sabía que si intentaba tocarla en ese momento, ella solo se alejaría más.

-¿Dónde está? -preguntó, con la voz tensa-. ¿Dónde está nuestra hija?

Ella lo miró, y por un instante, pensó que vería un destello de reconocimiento en su rostro. Pero no. Sus ojos reflejaban solo miedo y confusión.

-No lo sé... -susurró-. No lo recuerdo...

Antonio apretó los puños. Todo su cuerpo estaba tenso, su mente en caos. Si ella no lo recordaba, si no sabía qué había pasado con su hija... ¿qué demonios había hecho su padre con ambas?

Martín carraspeó, sacándolo de sus pensamientos.

-Señor... creo que deberíamos irnos. Aquí no es seguro, y ella necesita descansar.

Antonio respiró hondo y asintió con la cabeza. Miró a la mujer frente a él, tan vulnerable y asustada, y supo que debía manejar la situación con cuidado.

-No te voy a obligar a nada -dijo con calma-. Pero por favor, ven conmigo. No tienes que confiar en mí... aún. Solo déjame llevarte a un lugar seguro.

Ella no respondió de inmediato. Miró a su alrededor, como si buscara una escapatoria, pero al ver a los guardias y la oscuridad de la carretera, supo que no tenía muchas opciones.

Finalmente, asintió con un leve movimiento de cabeza.

Antonio sintió un alivio momentáneo, pero sabía que esto era solo el comienzo. Había demasiadas preguntas sin respuesta, demasiadas piezas rotas en una historia que aún no lograba reconstruir.

Y lo peor de todo... era que tenía la sensación de que la verdad sería mucho más oscura de lo que imaginaba.

El viaje de regreso a la mansión transcurrió en un tenso silencio. Antonio no dejaba de mirarla por el retrovisor, observando cada pequeño gesto, cada parpadeo temeroso. Su mente trabajaba sin descanso, buscando alguna pista en sus reacciones, algo que le indicara qué tanto recordaba realmente.

Ella iba con la mirada fija en la ventanilla, aferrándose a su propio cuerpo como si intentara protegerse del mundo exterior. Aunque había accedido a ir con él, su postura reflejaba desconfianza absoluta.

Cuando llegaron a la mansión, Antonio le pidió a Martín que avisara al personal que nadie debía molestarla. Quería que se sintiera segura, sin presiones.

-Este será tu cuarto -dijo con voz firme pero calmada mientras abría la puerta de una de las habitaciones de huéspedes-. Tienes todo lo que necesites aquí.

Ella cruzó el umbral sin mirarlo, inspeccionando el espacio con cautela. No se sentía cómoda, eso era evidente.

-Si necesitas algo, estaré abajo -continuó Antonio, dándole espacio.

Ella no respondió, solo se quedó de pie en el centro de la habitación, con la mirada perdida.

Antonio cerró la puerta con suavidad y suspiró. Su pecho se sentía pesado. Había esperado este momento por años, pero jamás imaginó que se desarrollaría de esta manera.

Bajó al estudio, donde Martín lo esperaba con gesto preocupado.

-¿Qué piensas hacer ahora, señor? -preguntó en voz baja.

Antonio apoyó las manos en el escritorio y cerró los ojos por un momento.

-Voy a descubrir qué le hizo mi padre. Voy a encontrar a mi hija... y voy a hacer pagar a quien sea que haya estado involucrado en esto.

Martín asintió con gravedad.

-Voy a hacer algunas averiguaciones, a ver si encontramos algo sobre lo que pasó con la niña.

Antonio alzó la mirada, con una determinación fría.

-No es si la encontramos, Martín... la vamos a encontrar.

Mientras tanto, en la habitación de huéspedes, ella se dejó caer en la cama, abrazándose a sí misma. Cerró los ojos con fuerza, tratando de recordar. Había algo dentro de su cabeza, un vacío que le dolía.

Pero cuando intentaba pensar en el pasado, solo veía sombras y escuchaba un nombre que la hacía temblar, Daniel Villanueva.

Su cuerpo entero se estremeció.

No sabía por qué... pero sabía que ese nombre era sinónimo de terror.

Antonio sintió que la rabia lo consumía mientras escuchaba a Martín. Se frotó el rostro con las manos, intentando mantener la calma, pero era imposible.

-¿Dónde la encontraron exactamente? -preguntó con voz fría.

Martín respiró hondo antes de responder.

-En un viejo almacén, a las afueras de la ciudad. Un lugar casi abandonado. Cuando llegamos, había dos hombres custodiando. Los tenemos retenidos, esperando tus órdenes.

Antonio apretó los puños.

-¿Y en qué condiciones estaba ella?

Martín bajó la mirada, como si dudara en responder.

-Señor... la encontraron en una habitación pequeña, sin ventanas. Apenas entraba la luz. El aire estaba viciado y las condiciones eran inhumanas. No había cama, solo un colchón viejo en el suelo. Y... -se detuvo un segundo, como si le costara decir lo siguiente- ella estaba aterrorizada.

Antonio sintió que algo dentro de él se rompía. No podía ni imaginar lo que había pasado, cuánto tiempo había estado en ese lugar, qué le habían hecho.

-¿Parecía haber estado ahí mucho tiempo?

-No lo sé con certeza -respondió Martín-. Pero por el estado del lugar y de ella... diría que sí.

Antonio cerró los ojos con fuerza, tratando de contener la furia que hervía en su interior.

-Quiero hablar con esos dos hombres -dijo al fin, su voz más fría que nunca-. Ahora.

Martín asintió.

-Los tenemos en el sótano.

Antonio salió de la habitación sin decir nada más, su corazón latiendo con fuerza. Sabí

Capítulo 3

Las luces parpadeaban, proyectando sombras temblorosas en las paredes de concreto. En el centro de la habitación, dos hombres atados a sillas mantenían la mirada baja, sus rostros marcados por el miedo y la incertidumbre. Antonio se detuvo frente a ellos, sus ojos oscuros llenos de furia contenida.

Martín estaba a su lado, de brazos cruzados, observando en silencio.

-Voy a hacer esto muy simple -dijo Antonio con voz grave-. Me dicen todo lo que saben, o lo averiguo a mi manera.

Los dos sujetos intercambiaron miradas nerviosas, pero ninguno dijo nada. Uno de ellos, el de cabello corto y cicatriz en la mejilla, intentó mostrarse desafiante.

-No sabemos nada, hombre. Solo hacíamos nuestro trabajo.

Antonio se inclinó, colocando una mano en el respaldo de la silla del hombre, acercándose lo suficiente como para que sintiera su respiración.

-¿Su trabajo? -repitió con frialdad-. ¿Custodiar un almacén abandonado sin saber qué había dentro? ¿No les pareció extraño?

El hombre tragó saliva, pero no respondió.

Antonio se enderezó y caminó hasta una mesa cercana. Sobre ella, había una bandeja con algunos instrumentos... herramientas que podían usarse para muchas cosas. Tomó un cuchillo pequeño y lo hizo girar entre sus dedos, sin apurarse.

El otro hombre, más delgado y con la piel pálida, tragó saliva con nerviosismo.

-Mira, jefe... -su voz tembló un poco-. No sabemos mucho. Solo nos dijeron que vigiláramos el lugar, que no dejáramos que nadie entrara.

Antonio dejó de girar el cuchillo y lo apoyó en la mesa con suavidad.

-Sigan.

El hombre respiró hondo y continuó:

-Nos contrataron hace seis meses. Nos pagaban en efectivo, sin preguntas. Cada día, al mediodía, llegaba alguien, dejaba un paquete y se iba.

Antonio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

-¿Quién era? -preguntó con los dientes apretados.

-No lo sabemos... nunca lo vimos de cerca. Solo veíamos un auto negro estacionarse, alguien bajaba, dejaba el paquete dentro y se marchaba.

Antonio entrecerró los ojos.

-¿Y nunca escucharon nada dentro del almacén?

El sujeto negó rápidamente con la cabeza.

-Nada. Nunca. Pensamos que estaba vacío...

Antonio golpeó la mesa con el puño, haciendo que ambos sujetos saltaran en sus sillas.

-¡¿Cómo demonios no escucharon nada?! ¡Ella estaba ahí! ¡Encerrada como un animal!

El silencio cayó sobre la habitación. Los hombres temblaban, y Martín permanecía impasible, esperando la reacción de Antonio.

El de la cicatriz se humedeció los labios antes de hablar.

-Señor, lo juro... teníamos prohibido entrar a las instalaciones. Nos pagaban bien para que no hiciéramos preguntas.

Antonio apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un dolor agudo en la sien.

-¿Quién los contrató? -exigió.

Ambos hombres intercambiaron una mirada temerosa. El delgado bajó la cabeza, mientras el otro, con voz temblorosa, soltó la bomba.

-No sabemos su nombre... pero quien nos contrató dijo que solo estaríamos ahí un año... y que si intentábamos averiguar más, acabaríamos igual que "la chica".

Antonio sintió un nudo en el estómago.

-¿Igual que ella?

El hombre tragó saliva, temblando.

-Sí... muerta de miedo, atrapada en ese lugar.

Antonio sintió que la sangre le hervía. Sus dedos se crisparon y, sin pensarlo, lanzó la silla del hombre de la cicatriz contra la pared con una fuerza brutal.

El sujeto gritó al caer al suelo, mientras el otro jadeaba de terror.

Antonio respiraba agitadamente, sus puños cerrados, su visión nublada por la rabia.

Antonio apretó los puños, sintiendo la rabia hervir en su interior. No podía rendirse.

-Consígueme cualquier video, cualquier rastro de ese auto. Aunque sea información manipulada, quiero verla con mis propios ojos.

Martín asintió y, sin perder tiempo, hizo varias llamadas. Antonio sabía que el enemigo era astuto y había tenido años para cubrir sus huellas, pero aún así, no dejaría ninguna pista sin investigar.

Minutos después, en la enorme pantalla de su despacho, comenzaron a proyectarse imágenes obtenidas de cámaras de tráfico y de seguridad privada.

Antonio observó la pantalla con una mezcla de tensión y desesperación. Cualquier pista, por mínima que fuera, podía ser la clave para encontrar a su hija.

-Revisa las cámaras de las últimas semanas. Cualquier video en el que aparezca ese auto, quiero verlo.

Martín asintió y empezó a filtrar las grabaciones obtenidas de cámaras de tráfico y seguridad privada. Antonio se inclinó hacia adelante, con los ojos fijos en la pantalla, sintiendo que cada segundo era una oportunidad perdida si no actuaban rápido.

Varias imágenes comenzaron a aparecer. El mismo auto negro. Diferentes lugares. Diferentes horas.

-Aquí lo tenemos, señor -dijo Martín-. Aparece cerca de una escuela privada en Greentown hace dos semanas... y luego en un centro comercial cuatro días después.

Antonio observó cada toma con atención. El vehículo se movía por la ciudad sin un patrón claro, pero lo que más le frustraba era que no había nada relevante en las imágenes.

Nunca se veía quién entraba o salía del auto. Las placas estaban alteradas en cada toma. La única constante era que el vehículo desaparecía en zonas sin cámaras de vigilancia, como si supieran exactamente dónde estaban los puntos ciegos.

-¿Y los registros del auto? -preguntó Antonio, con el ceño fruncido.

-Falsos -respondió Martín, apretando los labios-. Ha cambiado de dueño seis veces en los últimos meses, siempre con documentos de identidad que no existen.

Antonio golpeó la mesa con el puño, frustrado. Alguien había planeado esto con demasiada precisión.

-Quien sea que esté detrás de esto, sabe lo que hace -murmuró.

-¿Qué hacemos, señor?

Antonio cerró los ojos por un instante, conteniendo la ira que le quemaba el pecho. Luego, su mirada se endureció.

-Si el auto es una distracción, entonces debemos enfocarnos en las personas. Encuentra a alguien que haya trabajado en los lugares donde ese auto apareció. Un guardia de seguridad, un empleado de limpieza, cualquiera que haya visto algo.

Martín asintió y salió del despacho sin perder tiempo.

Antonio se quedó viendo la pantalla, sintiendo una presión insoportable en el pecho. Su hija estaba en algún lugar. Y él iba a encontrarla. No importaba cuántas puertas tuviera que derribar para hacerlo.

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