Capítulo 2

«—¿Puedes nombrarla María Fernanda? —preguntó ella y el “está bien” que recibió le permitió cerrar los ojos con confianza y algo de alegría.»

Los golpes en su puerta la obligaron a abrir los ojos, más que molesta, hastiada. Airam se sentía mal luego de tomar en la fiesta, y se sentía peor de descubrir, en casa de ese hombre, que se había acostado con alguien casado; además era domingo, el peor día de la semana porque precedía el lunes que iniciaba su patética vida diaria y porque no duraba lo suficiente como para disfrutarlo.

—¿Ahora qué quieres? —preguntó Airam abriendo la puerta y encontrándose con su mejor amiga, la quizá única razón de no haberse tirado de un puente ya, porque la mantenía tan ocupada que no se daba tiempo de encontrar el puente adecuado.

—Amiga, ¿recuerdas que te dije que no te quedaba quejarte porque el domingo era corto si no te despertabas temprano? Pues vine a demostrártelo —dijo Julissa, sonriendo a una malhumorada recién despertada—. Anda, lávate la cara y sal conmigo.

—Julissa, tengo resaca, huelo a sexo y quiero dormir todo el día —declaró Airam, molesta y entrando a su casa, siendo seguida por su mejor amiga—. No voy a lavarme la cara y salir contigo.

—Airam, qué asco —indicó la joven Julissa, enfermera del hospital en que su tía había pasado los últimos días de su vida—. Entonces cancelaré correr por el parque para que te bañes y te saques ese olor y te despejes un poco. Anda, no me iré de aquí hasta que te vayas conmigo; porque si te quedas en casa me quedaré contigo y te daré lata todo el día.

—Escucha, Julissa —pidió la joven maestra—. Lo de tirarme de un puente era un decir. No soy una loca suicida, así que déjame en paz de una maldita vez. En serio necesito dormir. Me estoy muriendo de cansancio.

Pero dejarla en paz no era lo que la joven enfermera quería, y se lo dijo a su amiga.

—No, Airam, no te dejaré en paz. Yo estoy segura de que la raíz de tus males está en esta vida tan desordenada que llevas. Quiero ayudarte a crear nuevos hábitos que te permitan una vida mejor.

—Oh, sí, porque cuando me levantaba a las seis a correr, que trabajaba de siete de la mañana a once de la noche para salir a cuidar a mi tía por las noches, de lunes a sábado, y usaba el domingo para limpiar una casa en que ni vivía, mi vida iba viento en popa —ironizó Airam, dejándose caer en un sofá de su pequeña sala.

—Pues no, no iba viento en popa —admitió Julissa—, pero al menos no tenías tiempo de decir idioteces como querer tirarte de un puente.

Airam no refutó nada más, solo dejó escapar de sí ese sonido gutural que denotaba su molestia y fue a bañarse, porque segura estaba de que no se quitaría encima a esa mujercita loca y aferrada a salvarla a pesar de que no era lo que quería, porque ni siquiera lo necesitaba.

Ella había necesitado auxilio tiempo atrás, y estuvo tan sola que perdió la fe en la humanidad e incluso, por todas las cosas que se atrevió a hacer para salir adelante con todo lo que cargaba entre manos, perdió la fe en sí misma.

Airam abrió la regadera y se metió a bañar pensando en que debía ser mucho más cuidadosa con sus palabras, pues, aunque su alma agotada se quejara con semejantes ejemplos, no es como que en realidad estuviera dispuesta a tomar la salida fácil.

Es decir, sí, odiaba su vida que no parecía tener compostura y que cada día se veía peor que el día anterior; pero no deseaba morir solo por eso.

La joven morena estaba tan acostumbrada a la monotonía de su horrible vida que ya le parecía normal lo que antes le molestó. Esas pequeñas cosas, como despertar tarde para ahorrarse el desayuno, eran tan normales que no le molestaban, en serio, es más, había perdido tanto ya que sentía que pronto no tendría nada de qué preocuparse.

Además, no era como que vivir con ilusiones fuera la única forma de vivir, ella tenía casi toda su vida viviendo sin ganas de hacerlo, y eso era aceptable, al menos para ella.

**

—¿A poco no te sientes llena de energía? —preguntó Julissa, entrando al pequeño departamento de Airam emocionada luego de toda una mañana y tarde de caminar por todos lados.

—No —respondió Airam, molesta en serio—. Estoy agotada, me mata la cabeza y, por si fuera poco, me gasté lo que no debía haberme gastado porque eres una maldita niña caprichosa con la que no puedo.

—Ay, vamos —pidió la mujercita que había sido reprendida por su mejor amiga—. Bien diche el dicho que donde se llora está el muerto. Te quejas mucho, pero no creo que de verdad no te ajuste para darte unos gustitos.

—¡Julissa! —gritó Airam, furiosa—. No sé dónde chingados compraste esos putos lentes que te hacen ver la vida de color de rosa, aunque entiendo que no me has puesto suficiente atención, porque vivo al día, con dos comidas al día cuando bien me va. Le debo hasta mi alma al diablo. ¿En serio crees que me queda dinero para gustitos?

Julissa miraba aterrada a la chica que le gritaba furiosa. Ella siempre había pensado que su amiga era muy dramática y exagerada, es decir, en su cabeza no cabía la idea de que alguien tuviera tantas carencias y deudas, así que estaba segura que todo era esa depresión que la hacía ver la vida llena de imposibles.

Además, la conocía bien de tiempo atrás y jamás sintió que los problemas económicos se le notaran, al menos no tanto, porque siempre pagaba a tiempo el hospital de su tía, los estudios de la mujer y la renta del departamento que le alquilaba una pariente de Julissa.

—Pues perdón por preocuparme por ti y querer que la pasaras bien en tu día libre —dijo la enfermera destilando su molestia en tan irónicas palabras.

—¿Pasarla bien? ¿Corriendo por todos lados y comprando lo que me obligabas a pagar a pesar de que te dije que no lo necesitaba y no lo quería porque no podía gastar ese dinero de esa manera? —preguntó Airam, riendo con sorna—. Tú no entiendes nada porque no te esforzaste jamás en hacerlo, pero, sabes qué, está bien, no necesitas esto en tu vida, y yo definitivamente no necesito alguien que me complique la vida, así que solo vete y no vuelvas nunca.

—¿Estás loca? —preguntó Julissa preocupada por semejante resolución—. No puedes correrme para siempre solo porque te hice comprar algo de ropa que sí necesitas.

—¡Y que no tenía dinero para pagar!

—¿No tenías? ¡Ya las pagaste! ¿Cómo es que no tenías?

—Las pagué con el dinero que tenía reservado para mis gastos de todo el mes, porque me vuelven a pagar hasta a final del mes, así que debo resistir con lo poco que me sobra luego de abonar a esa maldita deuda y pagar los gastos de la casa que, déjame te digo, no incluyen despensa porque no me alcanza para hacer una.

Julissa miró aterrada a la joven que le decía montón de cosas que nunca le había escuchado decir.

Sí, Airam solía quejarse de que no tenía dinero para muchas cosas, pero jamás había soltado de tal manera que tenía solo un sueldo mensual que debía administrar de semejante manera, y que, además, apenas le ajustaba para lo más básico.

—Airam, yo...

—No didas nada —pidió la joven que no podía dejar de llorar—, solo vete y, de verdad, si alguna vez me apreciaste, no regreses nunca.

La ahogada voz de una amiga que no conocía mucho, al parecer, le congeló a Julissa las ganas de ayudar a esa joven que parecía necesitar mucha ayuda. Así que mejor aceptó hacer lo que Airam pedía y se fue sintiéndose terriblemente mal, aunque no con la intención de no volver jamás.

Airam lloró desesperada al quedarse sola. Sí, entendía que nadie entendiera su situación, porque en el mundo las personas solían juzgar a todos por su propia condición, y no había en su círculo nadie tan desdichado y necesitado como ella.

Ella era una maestra sin un título universitario, porque no había podido estudiar debido a su condición económica y familiar, pero, para entrar a esa guardería donde trabajó por un tiempo, había hecho un curso como auxiliar educativa que le permitió, después, cuando sus gastos aminoraron, encontrar algo mejor qué hacer.

Y es que el sueldo de la empresa en que trabajaba dejó de ser suficiente en un punto de su vida, así que dejó su trabajo de lunes a sábado, de siete a siete, por uno de siete a cuatro en una guardería y otro de cuatro a once en la recepción de un hotel.

Había sido horrible para ella el comenzar a trabajar desde antes de que saliera el sol hasta después de que se ocultaba, sobre todo porque por las noches debía cuidar a su tía enferma, por quien había hecho de todo para poderla salvar y que se había ido de este mundo luego de mucho sufrir, dejándola endeudada, agotada y sola.

Luego de la muerte de su tía, su única familia luego de que su madre se suicidara por haber sido abandonada por su esposo cuando ella era una niña de apenas ocho años, Airam estaba cansada de todo. Estaba cansada de trabajar todo el día, de pasar su tiempo del trabajo al hospital y del hospital al trabajo, así que, a pesar de que se sintió una terrible persona, se sintió aliviada cuando la mujer dejó este mundo, pues eso le ahorraría un par de gastos luego de que terminara de pagar el servicio funerario que, por fortuna, podría pagar en cuotas.

Así que, luego de sentir que no necesitaba tanto, Airam había decidido dejar sus dos trabajos aprovechando que una conocida le ofreció hacerse cargo de un grupo de preescolar en una comunidad campesina.

Ese no era el mejor trabajo del mundo, ya que sería pagada por los padres de los alumnos, quienes no podían ofrecer demasiado, pero los padres de familia la llevarían y traerían de la ciudad a la comunidad, y a la inversa, todos los días, además de proporcionarle el desayuno.

La oferta no era nada tentadora, pero la joven pensó que trabajar de ocho a una, de lunes a viernes, quizá le daría el descanso que su cuerpo requería, además de que era fuera de la ciudad y con pequeños niños, así que dijo que sí y le tomó el gusto pronto.

Sin embargo, no había sido lo mejor, porque de verdad no le ajustaba el dinero para todo lo que debía pagar: el servicio funerario de su tía, la renta de su departamento y un préstamo que había pedido tiempo atrás cuando se la estaba comiendo la necesidad y cuyos intereses ahora se comían una cuarta parte de su sueldo.

Airam estaba agradecida de que la renta de su pequeño departamento incluyera el pago de la luz, del agua y del internet, porque de otra forma no contaría con ninguno de los servicios, y en comunidad, aunque no siempre le gustaba lo que el daban, le ofrecían el desayuno y la comida, pues las madres de familia estaban tan contentas con su labor que siempre le invitaban a comer también. “Para que no llegue a hacer comida así de cansada” le habían dicho y se habían repartido los días para convidarla.

Así, su vida era menos complicada, Airam solo debía preocuparse por las comidas del fin de semana que no incluían desayuno porque dormía hasta tarde, además de que la cena no era una preocupación, ya que estaba acostumbrada a saltarse la cena, más por falta de tiempo que de dinero, o al menos así había sido al principio, antes de que todo se complicara mucho más para ella.

Su vida no era nada fácil, y ya no tenía esperanzas de que mejorara. Airam se había acostumbrado a ello, por eso de verdad no pensaba en tonterías como matarse, porque la vida, así de mala como era con ella, era aceptable también.

Capítulo 3

—Pero mira nada más a quién tenemos aquí —dijo una voz que Airam casi reconocía, “tal vez de un sueño” pensó hasta que giró su cuerpo y puso la mirada con algo que más bien parecía salido de una pesadilla—, si es mi conciencia.

—¿Conciencia? —preguntó Airam, deteniendo su paso por ese camino de tierra que le llevaría a borde de carretera para poder tomar su autobús de regreso a la ciudad.

Los días lunes no había quien le devolviera a la ciudad, por los trabajos de las personas de la comunidad, así que ella tomaba el autobús ese día.

» ¿Me estás siguiendo? —preguntó Airam sin saber si debía asustarse o si debía molestarse por la presencia de ese hombre.

—¿Por qué lo haría? —preguntó Fernando, feliz de encontrarse con esa joven con quien había compartido su cama días atrás—, esta es solo una feliz coincidencia.

—Ya te dije que no deberías hacer estas cosas —dijo, tras un suspiro, Airam al hombre que, desde que le habló por primera vez en aquella fiesta, había hecho evidente la coquetería con que se acercaba a ella.

—Y por eso digo que eres mi conciencia —señaló el hombre divertido—, por eso y porque no me sé tu nombre.

—¿No te lo sabes? Estoy segura de que me presenté contigo esa noche —aseguró la joven de cabello recogido y de apariencia nada destacable comparada con la imagen que Fernando tenía de ella por la última vez que se encontraron.

Y aun así había sido reconocida por el hombre que sintió la conocía a verla caminar frente a él por esa vereda que el recorría de vez en cuando.

—Estaba muy ebrio —recordó el hombre, sonriente—. ¿Qué haces acá? ¿De dónde vienes y a dónde vas?

—Voy a la carretera, para tomar el autobús y regresar a la ciudad —informó la chica sin pensarlo, y cuando se dio cuenta de que no necesitaba responderle nada a ese hombre, cambió de actitud—, de donde vengo no es su problema.

Fernando rio con ganas, esa actitud medio cortante le gustaba demasiado.

—Voy a la ciudad ahora mismo, si gustas puedo llevarte —ofreció el hombre cuyo carro había estado parado por un rato a media vereda, sin estorbar a nadie, pues era raro ver a alguien pasar por ahí.

—A usted le gustan los problemas, ¿verdad? —cuestionó la chica, que veía con asombro al hombre que parecía insistir en relacionarse con ella—; pero a mí no me gusta que me violenten por zorra, porque no lo soy, así que evitémosle disgustos a su esposa y problemas a nosotros mismos.

La carcajada de Fernando sacó de onda a Airam, que miró a ese hombre como si estuviera loco.

—No tengo una esposa —informó el hombre y Airam sintió que un enorme peso se le quitaba de encima.

Si con algo no podía la morena eso era con la culpa, así que saber soltero a ese hombre le caía bastante bien a su conciencia.

» Y Fernanda no tiene una mamá —informó también Fernando—, solo somos ella y yo; así que puedes subir a mi auto sin miedo a que alguien te violente.

Airam negó con la cabeza. Aun cuando había decidido creer en ese hombre, todo por el bienestar de su conciencia, no quería ni necesitaba enredarse más con él.

—Gracias, pero no. Esperaré el camión —anunció la morena y comenzó a caminar de nuevo, igual que el carro que comenzó a ir a su paso mientras el hombre le insistía en que subiera al vehículo.

—Oh, vamos —pidió el insistente hombre a la renuente joven—. Sé que el camión tarda mucho en pasar. Además, es peligroso que estés a bordo de carretera tu sola. ¿Y si algún hombre malo se te insinúa?

—¿Así como lo está haciendo usted? —cuestionó la morena y el hombre volvió a reír con fuerza—. Además, si alguien me ofrece dinero por sexo probablemente acepte, este mes saldré muy corta con los gastos.

Lo último dicho había sido en son de broma, de esas en las que la verdad se asoma, y Fernando la convirtió en una oportunidad.

—Bien —dijo él—, entonces, ¿qué te parecen cincuenta dólares y el regreso a la ciudad?

Airam le miró indecisa. Su estómago había sido sacudido por su necesidad, así que reaccionó a la oferta de ese hombre aun cuando su conciencia le gritaba que era una mala idea.

—Que sean cien —pidió la joven, dándole al otro la excusa perfecta para negarse y a sí misma una razón válida para denigrarse de semejante manera en caso de que el hombre aceptara.

—De acuerdo —aceptó Fernando—, pero entonces tendrá que ser en el auto, porque iba a usar los otros cincuenta para el hotel.

Airam negó con la cabeza sonriendo con nerviosismo, pero su cerebro le gritaba con fuerza que necesitaba ese dinero y que no era tan malo pues, al fin y al cabo, ella ya se había acostado con él sin conseguir nada más que mucho placer y un montón de culpa, así que esta vez sería mucho mejor.

—Bien —dijo la morena, cediendo a su necesidad más urgente: el dinero—, pero que quede claro que no soy prostituta. Esto es un caso muuuy especial.

Fernando asintió y, viendo a la morena rodear su auto para subir a su lado, sonrió emocionado.

Recordaba lo mucho que le había gustado esa chica, y con ese nerviosismo que incluso él sentía al estar por hacer algo no muy convencional, le gustaba un poco más.

La puerta del auto se cerró luego de que Airam subiera, y Fernando se arrancó por esa vereda desierta y avanzó un par de kilómetros, entonces entró por una brecha y se estacionó debajo de un árbol en esa enorme arboleda donde el viento susurraba al colarse entre las ramas de los árboles.

Airam sintió que su estómago daba un vuelco, y una curiosa y medio incómoda sensación se instauró en su vientre bajo, además de que sintió cómo su corazón comenzaba a latir lento y fuerte, marcando el pesado respirar en el lento subir y bajar de su pecho y adoleciéndole también.

Fernando la miró y se complació con la cara de susto que tenía esa chica que miraba a todos lados, como cerciorándose de que nadie los estaba viendo. Pero estaban completamente solos, al menos por ese momento.

—Vamos al asiento trasero —sugirió el hombre y Airam asintió, tomando una gran bocanada de aire para ganar valor y saliendo del auto para hacer lo que ese hombre sugería.

Ambos entraron al asiento trasero, cada uno por una puerta, y se encontraron en el centro, entonces Fernando tomó con delicadeza el rostro de la chica que seguía aterrada, aunque él estaba demasiado emocionado.

Fernando besó a Airam, cuya primera reacción fue un respingo por la sorpresa, pero, conforme profundizaron el beso, ella pareció relajarse un poco.

» Ven, siéntate sobre mí —pidió Fernando, recargándose por completo en el asiento, y la mujer a su lado hizo lo que él pidió: se subió a horcajadas, quedando frente a él, demasiado cerca y un poco incómoda por la postura.

» No necesitas estar tan nerviosa —aseguró el hombre, pero Airam tenía sus razones para no relajarse.

—Nunca había hecho algo como esto —informó la morena, con la voz bajita y entrecortada; y sin atreverse a sentarse sobre él.

Pero cuando el hombre comenzó a desabotonar su playera mientras continuaba besando su cuello, ella relajó sus piernas, apoyando su peso completo al sentarse en las rodillas del hombre que le acariciaba al colar sus manos entre su ropa.

Y así, en cuestión de minutos, ambos se olvidaron del mundo y se sumergieron en el placer que les nublaba la razón cada que sus pieles se rozaban y sus intimidades chocaban.

Fernando disfrutó de cada cosa que ocurría, incluso de los pequeños sobresaltos que tenía la chica cada que un gemido se le escapaba, entonces se paralizaba mientras le miraba aterrada, preguntando con la mirada si alguien la habría escuchado.

Pero nadie, excepto Fernando, escuchó los murmullos de placer y esos dulces gemidos que la joven emitía, porque no había nadie a su alrededor, y tampoco lo habría.

Ellos habían llegado a propiedad privada, una que le pertenecía a ese hombre que disfrutaba por segunda vez del cuerpo de esa mujer y que, si hubiese conducido medio kilómetro más, habría llegado a una cabaña de descanso que también le pertenecía.

Airam tembló completa ante el clímax de esa experiencia, mientras sus músculos de todo el cuerpo se contraían compartiéndole el placer al hombre que la había hecho de nuevo su mujer, entonces sintió caer sobre su pecho al hombre hincado debajo de ella, y que, con su agitada respiración, solo logró decir wow.

Fernando sonrió, incorporándose. Y, a decir verdad, tenía todas las ganas de recargarse al respaldo del sillón, en que sabrá el cielo cuándo se había hincado o cuándo había recostado a la joven, y acurrucarse junto a ella, pero su teléfono, que continuaba sonando, le hizo volver en razón.

» Necesito responder —indicó el hombre acomodando su ropa para dejar el auto; y la joven, tras asentir, se incorporó también, acomodándose la ropa igual que él.

Fernando caminó un poco mientras hablaba por teléfono y Airam terminó de vestirse y se devolvió al asiento delantero, muriéndose de la vergüenza, pero sin poder arrepentirse de lo que había hecho recién.

Es decir, aun si el hombre no le pagaba, ella lo había pasado bastante bien, así que al menos relajada se sentía, eso sin contar que, gracias a él, por un rato se había olvidado de todo eso que le había mantenido con el estómago hecho un nudo desde el día anterior.

La morena recargó la cabeza en el respaldo de su asiento y, escuchando montón de aves desconocidas cantando, cerró los ojos por un momento hasta que la puerta del copiloto abriéndose evitó que ella callera en un sueño profundo.

» El trabajo —informó Fernando, subiendo al auto también—. Pásame tu número de cuenta, te depositaré. Y también dame tu dirección, te llevaré a tu casa.

—No, está bien —dijo la joven, que sacaba su celular para poderle compartir los datos de su cuenta bancaria—, puedes dejarme donde sea, ya estando en la ciudad sola me las arreglo.

—Deja de negarte —pidió Fernando, sonriéndole coquetamente—, no te dejé en condiciones de arreglártelas sola. Acepta mi bondad.

Airam le miró contrariada, pero estaba de acuerdo con él en que sería incómodo subirse en cualquier autobús como estaba. Así que terminó por aceptar. Y así, tras un pago que a uno no le supo a nada y la otra sintió medio desagradable, ambos volvieron a esa ciudad que compartían y en la que se separarían otra vez hasta que el destino cruzara sus caminos de nuevo.

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