Portada de la novela Quédate en mis brazos

Quédate en mis brazos

8.1 / 10.0
Casandra Herrera posee una fortuna inmensa, pero su libertad peligra debido a un trauma oculto. Por su desconfianza, busca el apoyo legal de Fabio Andrade, un abogado ambicioso que intenta alejarse del control familiar. Pese al interés profesional, Fabio está estancado emocionalmente por Susana, su amiga de siempre. Mientras él decide si luchar por un amor trágico, Casandra se sorprende al notar que empieza a sentirse atraída por su defensor.

Quédate en mis brazos Capítulo 1

Fabio irrumpió en la oficina con energía desbordante, solicitando documentos y haciendo preguntas sobre diferentes clientes a su paso. Esther, su secretaria, lo siguió por el pasillo y atravesó la puerta de cristal detrás de él.

Ella le entregó una camisa gris que colgaba de una percha, una taza de café y, con habilidad, le recordó las citas programadas para esa tarde mientras él se cambiaba.

Él asentía con gesto distraído, desviando la mirada de vez en cuando para confirmar algunos datos en su computadora. Al notar que Esther no tenía intención de abandonar la oficina después de recibir el informe, la observó expectante, esperando escuchar si iba a agregar algo más.

Esther no solía ponerse nerviosa por su presencia; de hecho, eso fue lo que le permitió conseguir el puesto. Era la única capaz de mantener su ritmo frenético, satisfacer su nivel de exigencia y entender la importancia de la confidencialidad en su área de trabajo. Toda una joya entre las secretarias de la firma.

Ignorando a Esther, Fabio se adentró en el baño y rápidamente ajustó su corbata. Sabía que le quedaban menos de dos horas para regresar al juzgado y el tráfico del mediodía no le permitiría demorarse. Si llegaba un minuto tarde, ese juez era capaz de posponer la audiencia, y ya tenía suficiente presión de los socios del bufete para ganar ese caso.

Le prometió a su cliente que la ayudaría en todo lo posible; y que resarciría los momentos difíciles que su esposo le hizo pasar desde que decidió abandonarla por su amante. Ese hombre le suspendió los ingresos, incluyendo el pago de las altas colegiaturas de sus tres hijos; uno de ellos con una enfermedad crónica que requería costosos medicamentos que no podían permitirse.

Eso la llevó a adquirir una deuda exorbitante y ahora él buscaba obtener la custodia total de sus hijos y todos los bienes en el divorcio, al darse cuenta de que una hermana de su cliente le heredó a ese muchacho una cuantiosa fortuna. Y no lo iba a permitir.

—¿Sabes que no tengo tiempo que perder? Dime qué sucede —dijo Fabio mientras limpiaba su saco frente al espejo.

Esther respondió en tono seco:

—Tiene una visitante inesperada en la sala de conferencias. Y su padre llamó de nuevo.

—¿Qué? ¿Susana está aquí? ¿Por qué no me lo dijiste antes? —Ignoró a propósito la última información, mientras su padre siguiera insistiendo en que sentara cabeza con una dama de sociedad, él tampoco cedería.

El recuerdo de la última vez que estuvieron juntos le golpeó como una ola furiosa, preguntándose si ella seguía tan radiante como siempre. Ya habían pasado seis meses desde la última vez que la vio y él le pidió una oportunidad para demostrarle que podía hacerla feliz. Ahora, tal vez, ya había llegado el momento de su respuesta.

Sin dejarla terminar, aceleró el paso. Sabía que si ella estaba allí era porque lo extrañaba, lo quería de vuelta en su vida, o lo necesitaba.

Durante todos esos meses, estuvo siguiendo noticias de la ciudad a la que viajó por trabajo, como un acosador, aunque le pareció extraño no saber más sobre su carrera profesional de arquitecta.

Abrió las puertas de roble, que crujieron al moverse, y sintió el olor a cera que le revolvió el estómago, o quizá era la ansiedad mientras preparaba en su cabeza las palabras de bienvenida que le daría, y el tenerla de nuevo entre sus brazos, absorbiendo su aroma, escuchando su risa.

Sin embargo, se detuvo en seco, clavando los talones en el suelo. Su mandíbula se tensó y sus manos se cerraron en puños al descubrir a la visitante, pero retrocedió dos pasos para encontrarse nuevamente con

Esther, quien se acercó con un gesto de disculpa y le susurró:

—Ella insistió en esperar… y amenazó con hacer un escándalo en recepción. Sabe que hoy firmamos con los japoneses.

—Ofrécele algo de beber y dame un minuto, o dos. —solicitó Fabio, tratando de contener su ansiedad.

El resentimiento hacia sí mismo se apoderó de él. Sentía que era un completo idiota por seguir ilusionándose con una mujer que lo abandonó, a pesar de todo lo que él hizo por ella. Anhelaba tanto verla que le dolía de manera física, pero parecía que eso ya no sería posible.

Al regresar a su oficina, se tomó su tiempo para enviar un correo urgente y pensar en la forma más sutil de sacar a esa otra mujer de allí. Así que al volver a la sala, contempló a la esposa de su jefe sentada en la mesa, exhibiendo sus largas piernas, y recordó fragmentos de aquella desafortunada noche en la que fue incapaz de negarse a un acercamiento, temiendo perder su trabajo.

Fue un completo idiota y cayó en un juego peligroso que debía terminar de una vez.

—Scarlett —saludó desde la puerta y se mantuvo allí, a pesar de la sugerente bienvenida que la mujer le ofreció al sonreír.

—Vengo por una respuesta a lo que te pedí.

—Podrías haber llamado, porque sigue siendo no. Te reitero que si no logras llegar a un acuerdo con él, tú serás quien pierda más.

—Pero tú te convertiste en su Chico Maravilla y sé de primera mano lo hábil que eres —susurró con una sonrisa a medias.

—Y yo sé que en cuanto se sepa que te represento, mi carrera estará acabada.

—Ya pensé en eso, cariño… —Ella se acercó con un andar felino y deslizó una tarjeta desde su cinturón hasta el bolsillo interno de su chaqueta—. Una amiga está buscando nuevos talentos y tu nombre surgió en una cena la otra noche.

Al leer Casandra Herrera en la tarjeta, Fabio sonrió aún más. Eso significaba que la mujer que se convirtió en una leyenda por un millón de razones había regresado a la ciudad y eso iba a conmocionar a muchas personas. Aunque para él, solo importaba que ella seguía siendo la chica inalcanzable del último año de facultad y él el mismo personaje común y corriente del primero, a quien nunca le prestó la mínima atención.

Scarlett se acercó para reclamar el favor, pero Esther se aclaró la garganta detrás de ellos. Fabio tuvo que voltear y vio cómo ella levantaba su maletín y una gabardina, indicándole que dejara de jugar con su mirada de desaprobación.

Las orejas le ardieron, una señal inequívoca de que tenía el rostro encendido, entre otras cosas.

—Esta vez solo necesito tus servicios… como abogado —aclaró la elegante mujer en tono sugerente y muy cerca de su cuello, para después guiñarle un ojo y darle un beso suave en los labios—. Llámala, nos conviene a ambos. Y no olvides que si te niegas, tampoco te irá mejor como mi enemigo.

Ella tomó el bolso que estaba sobre una de las sillas giratorias y salió contoneándose, sin que Fabio se perdiera ni un solo movimiento.

—Abogado Andrade… —Esther, en su conocido tono admonitorio que resultaba temible, lo sacó de su embeleso—. Esta posible cliente aún no factura con nosotros, pero la suma del caso que estamos llevando, bien vale el esfuerzo para no pensar en piernas largas en este momento, y menos si son ajenas.

—Sí, señora. —Tomó las cosas de sus manos sin discutir. Sin embargo, volvió sobre sus pasos y le entregó la tarjeta, complaciéndose por la expresión de asombro que ella mostró—. Averigua lo que puedas y consigue una entrevista.

Esther balbuceó una respuesta y él salió sin mirar atrás. Si todo resultaba como esperaba, la vida de ambos cambiaría para bien y era posible que pudiera librarse de Scarlett también.

Llegó justo a tiempo al juzgado y se apresuró al ascensor, temiendo perderlo. Una amable mujer detuvo las puertas para que pudiera entrar, pero no tuvo tiempo de agradecer, ya que dos hombres más entraron detrás de él.

En la premura de todos ellos, su maletín cayó al suelo y, al levantarlo, la punta del mismo trajo consigo el vestido oscuro de la mujer por la parte de atrás, creando un carril enorme en la media ahumada sobre su hermosa pierna.

Fabio no pudo evitar mirar con una mezcla de horror y fascinación aquella terrible escena. Suspiró derrotado cuando las risas masculinas llenaron el lugar, dejándole claro que estaba en problemas. Además, iba abarrotado de mujeres que no ocultaron su malestar.

Trató de sonreír, recordando que eso solía ayudarle en la mayoría de los casos, pero el gesto se le congeló en la cara cuando la reconoció.

—Abogada Her… —tartamudeó Fabio, tratando de mantener la compostura y ocultar su vergüenza y la posible pérdida de una gran oportunidad laboral—. Permítame hacer algo para compensar el daño.

La mujer lo miró con una ceja arqueada, nada impresionada por sus intentos de aliviar la tensión y respondió:

—Oh, ¿me lo dice en serio? Entonces, podría conseguir una máquina del tiempo para deshacer este momento incómodo. Eso sería de gran ayuda.

El ambiente se volvió aún más embarazoso cuando una risa incontrolable escapó de la boca de Fabio, sin importar cuánto intentara contenerla.

Las miradas de las mujeres a su alrededor se tornaron más intensas y hostiles, mientras Fabio se esforzaba por controlar su risa nerviosa. Sin embargo, cuanto más trataba de contenerse, más fuerte y contagiosa se volvía.

Pronto, el ascensor se llenó de risas, incluso la abogada no pudo evitar soltar una pequeña carcajada.

Pero la diversión duró poco, porque al abrirse las puertas en el quinto piso, ella salió sin dedicarle una segunda mirada.

Aquel golpe a su ego lo trajo de nuevo al presente, al recordar que la hermosa abogada, también era la exesposa del despiadado juez Clayton Lowe. El mismo que iba a presidir su audiencia en unos minutos, después de la jugada sucia de los abogados de la contraparte, al conseguir que el que tenían asignado se recusara del caso.

En ese instante, Fabio supo que ese no era su día de suerte. Si Lowe se encontraba con ella antes, sin duda estaría de mal humor, y eso implicaba que su caso podría correr el riesgo de ser aplazado, otra vez.

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