La mañana después de la Noche Negra amaneció en Oblivar con una quietud espectral. El rocío cubría el pueblo como un sudario. Elías Kross caminó por la calle principal con una sensación de ligereza. La resaca química era un precio insignificante por la orden que sentía haber restaurado en su pequeño universo.
Entró en el patio trasero antes de que sus padres se despertaran. Sus tres perros -Diabal, el más grande y arisco; Negro, el leal e inquieto; y Faraón, el más joven y hambriento- lo recibieron con ladridos apagados.
Elías se dirigió al cobertizo donde había dejado los restos envueltos de Vanesa, Sofía y Brenda. El proceso era metódico, casi ritual. La mente bajo el efecto residual de la droga era práctica y desapasionada. Sacó el cuchillo y el hacha que había usado.
No sentía repulsión, solo la lógica de la anulación total. Los animales de niño, los cuerpos de adulto. Era la misma ecuación: la vida anulada para ser reintegrada en el ciclo.
Cortó, trituró y mezcló los restos. Luego, con la misma calma que usaba para limpiar su bicicleta, los mezcló con el pienso rancio de los perros.
-Coman -ordenó Elías, y los tres perros se abalanzaron sobre su alimento.
La escena era macabra, pero en la mente de Elías era la limpieza perfecta. No había rastros, no había cuerpos que encontrar. Había transformado la amenaza en sustento. Era el fin último y más absoluto. Al terminar, quemó la ropa ensangrentada y limpió el cobertizo con lejía. Elías Kross no dejaba cabos sueltos.
Esa tarde, Elías se encontró con Kristtyn. Ella estaba sentada en un banco cerca del río, observando el agua turbia, con el sol de la tarde filtrándose a través de su cabello claro.
-Pensé que no vendrías -dijo ella, con una sonrisa triste.
-Siempre vengo -respondió Elías, sentándose a su lado.
Hablaron. Era la única persona con la que Elías podía hablar sin sentir el peso de tener que fingir. Kristtyn lo miró a los ojos, no a través de ellos.
-Me gustas, Elías -dijo ella, con una franqueza que le hacía temblar.
-Tú también me gustas, Kristtyn -confesó él. No era una frase que dijera fácilmente.
-Entonces, ¿por qué tardamos tanto? Dame una oportunidad, Elías. Deja que te vea.
Elías se sintió acorralado por su luz. Ella era todo lo que él no era.
-Estoy roto, Kristtyn. No estoy... completo.
Ella le tomó la mano, sintiendo la cicatriz de una quemadura antigua en sus nudillos.
-Todos estamos rotos, Elías. Yo también. -Kristtyn bajó la mirada, su voz se volvió un susurro-. A veces... aún siento las manos en mí. El trauma de mi infancia. El miedo. Pero si estamos rotos juntos, tal vez no seamos tan frágiles.
Kristtyn cargaba con un trauma de infancia que a veces la paralizaba, una sombra que aún definía sus noches. Elías, por su parte, cargaba con la pérdida de Darío, el único que había entendido su "música". La muerte de su amigo era un vacío que solo la droga podía llenar.
-Seremos novios -dijo Elías, su voz firme. El miedo se mezcló con una posesividad dulce y peligrosa-. Pero debes saber que a veces... necesito irme. Necesito estar solo.
Ella asintió, pensando que se refería a su aislamiento natural. Él, en cambio, se refería a la pipa de vidrio y el humo que lo transportaba lejos de la culpa y la realidad.
Se besaron por primera vez, un beso lento, cargado de toda la desesperanza de Oblivar y la pequeña llama de esperanza que ella representaba.
A partir de ese día, se encontraron todos los días. Sus citas eran el escape de ambos: caminaban por el bosque, hablaban de futuros imposibles y, sobre todo, se sentían seguros en la burbuja que habían creado. Elías disfrutaba de la paz que ella le daba. Pero tan pronto como regresaba a su casa, la ansiedad por la droga regresaba, un demonio que alimentaba su necesidad de control y su huida de la memoria de Darío.
La calma era una ilusión endeble en Oblivar. Elías sabía que el pueblo, aunque pequeño y disfuncional, hablaba. Y el objeto de sus habladurías era inevitablemente Kristtyn, la chica demasiado bonita, demasiado soñadora para un lugar tan sucio.
Una mañana, Elías se dirigía a la panadería cuando escuchó las voces. Eran las dos vecinas chismosas de su calle: la señora Rosa, con sus ojos de lince, y Doña Inés, la que se sabía la vida de todos. Estaban en la valla, con el tono bajo y venenoso que solo el chisme de pueblo puede tener.
-...pobrecita la madre, tener que cargar con eso -decía Rosa.
-Sí, y ahora anda con el hijo de Mateo, el de la mirada rara -replicó Inés-. No es buena compañía. Y ya sabes cómo es ella. Es demasiado fácil.
La palabra "fácil" cortó el aire. Elías se detuvo en seco. La sangre hirvió, pero no era ira caliente, sino la fría furia del que ve su posesión mancillada. Ellas estaban poniendo su suciedad verbal en su Kristtyn.
Elías no enfrentó a las mujeres. Simplemente se dio la vuelta y se dirigió a su casa. El control. La limpieza.
Se encerró en su habitación. Sacó el cristal. La droga era el arquitecto de su mente. Inhaló profundamente. El mundo se silenció. El vacío de Darío se llenó con la determinación. Se sentó en la oscuridad de su cuarto y empezó a idealizar su macabro plan.
Las vecinas y sus maridos. Cuatro vidas que manchaban la imagen de su luz. Cuatro almas que debían ser anuladas.
Descubrió su rutina con facilidad. Rosa e Inés eran conocidas por reunirse en una vieja casa abandonada a las afueras del pueblo. No era un lugar de chismes, sino de encuentros clandestinos con sus respectivos amantes. Una casa silenciosa y olvidada, perfecta para el secreto.
Elías sonrió. Era un regalo.
Pasada la medianoche, Oblivar era un pozo de silencio. Elías se deslizó fuera de su casa. Llevaba ropa oscura, guantes, y en su mochila, un revólver de calibre bajo robado a un traficante de paso, y la herramienta que se había vuelto indispensable: un molino de carne manual, pesado y robusto, que había comprado hace meses en secreto.
Llegó a la casa abandonada. El patio trasero estaba cubierto de maleza, lo que le dio una cobertura perfecta. La casa no tenía seguridad; solo una cerradura oxidada que Elías abrió con una ganzúa improvisada.
El olor a polvo y encierro era abrumador. Elías se movió con la precisión de un fantasma. Los sonidos eran débiles, pero claros: jadeos, murmullos. Estaban en una de las habitaciones traseras, absortos en su faena sexual.
Abrió la puerta de golpe.
La escena fue un caos instantáneo de cuerpos desnudos y sobresaltados. Cuatro caras, deformadas por el terror y la vergüenza. Elías los miró. No había emoción.
-Ustedes no deben ensuciar lo que es puro -dijo Elías, levantando el revólver. Su voz era plana y monótona.
BANG. BANG. BANG. BANG.
Cuatro disparos rápidos. Rosa y su amante cayeron primero, sin tiempo para entender. Inés y el suyo intentaron gritar, pero el pánico los ahogó. Elías fue preciso, profesional. Cuatro vidas anuladas.
El silencio que siguió fue más opresivo que los gritos. Elías se acercó.
Lo que vino después fue la extensión de su ritual de limpieza. Los desnudó, y luego, usando su conocimiento de anatomía y su macabra herramienta, comenzó el trabajo. El molino manual para carne, girando lentamente, era el único sonido en la casa.
Las cuatro vidas se convirtieron en un material informe. Elías trabajó durante dos horas, asegurándose de que el resultado fuera irreconocible. Lo empacó cuidadosamente.
De vuelta en su casa, bajo las primeras luces grises del amanecer, Elías alimentó a sus tres perros: Diabal, Negro y Faraón. Era su recompensa. Era su secreto compartido.
-Aquí tienen -susurró, observando cómo los perros devoraban el banquete. El ciclo había completado otra vuelta.
Esa mañana, el sol se alzó sobre Oblivar, pero la ausencia era palpable. Rosa, Inés y sus dos compañeros de cama no aparecieron. Sus maridos, al no encontrarlas, empezaron a preguntar.
Pero había algo más siniestro en el aire.
La noche anterior, la de los cuatro disparos secos y rápidos, no había sido silenciosa.
En varias casas del pueblo, la gente se había sobresaltado.
"¿Escuchaste eso?"
"Sí, sonó como un coche que regresaba, no te preocupes."
Escucharon los disparos, pero nadie salió. Era la regla no escrita de Oblivar: lo que pasaba en la oscuridad se quedaba en la oscuridad. El miedo era un muro más fuerte que cualquier ley. La gente sabía que esa vieja casa era para "asuntos", y sabían que los asuntos, a veces, eran sangrientos. Les importaba menos la moralidad que su propia supervivencia.
Sin embargo, a media mañana, los vecinos llamaron a la policía del pueblo más cercano. No porque se preocuparan por las desaparecidas, sino porque era lo que "debían" hacer. Elías los observó desde su ventana, las expresiones falsas de pánico en sus rostros.
-¡Es horrible! ¡Desaparecieron cuatro personas! -gritaba un hombre a un policía que llegaba en un coche destartalado.
-No sé nada, solo escuché un ruido extraño anoche, pero pensé que era el viento -mentía una mujer con ojos culpables.
Elías sonrió. No había rastro. No había cadáveres. Pero lo más inquietante era la reacción del pueblo.
La policía era lenta, incompetente. Pero la pregunta resonaba en la mente de Elías mientras veía a los investigadores deambular.
¿Acaso algunos eran cómplices de Elías?
No lo sabían. Pero el miedo de Oblivar y la costumbre de mirar a otro lado eran los verdaderos cómplices. El silencio del pueblo era el que permitía a Elías operar. El miedo era su escudo.
Esa tarde, Elías se encontró con Kristtyn. Ella lo abrazó con una urgencia que lo sorprendió.
-¿Estás bien? Se rumorea algo horrible en el pueblo.
-Estoy bien, Kristtyn. No te preocupes por el ruido de Oblivar -respondió Elías. La abrazó fuerte, sintiendo el calor de su cuerpo. Era su razón. Su motivo para el orden.
La droga era el escudo, la violencia era la herramienta, pero Kristtyn era el propósito. Y para mantenerla a salvo y pura, Elías estaba dispuesto a anular a cualquiera que manchara su luz.
Elías ha eliminado siete personas y el pueblo está en un estado de terror silencioso.
El aire frío del invierno se cernía sobre Oblivar.
Las pocas semanas restantes del año se sentían como un reloj de arena que se agotaba, marcando el final de una era. Para Elías Kross, el final de ese año era también el final de su existencia en el pueblo. La idea había germinado en él con la misma frialdad que sus planes macabros: Oblivar ya no tenía nada que ofrecer. Había limpiado lo que necesitaba, y la inacción de la policía solo confirmaba su superioridad.
Le dio la noticia a Kristtyn una tarde cerca del muelle, el lugar de su primera conexión.
-Me voy -dijo Elías, mirando el agua estancada.
Kristtyn sintió un golpe en el pecho.
-¿Te vas? ¿A dónde?
-Lejos. A la ciudad. No hay futuro aquí.
Ella tomó su mano, la misma mano que había cometido actos indescriptibles.
-Pero... ¿y nosotros? Acabamos de empezar.
La noticia la envolvió en una tormenta emocional. La tristeza por la inminente pérdida, mezclada con una punzada de felicidad por él; al fin y al cabo, siempre había soñado que se fueran de Oblivar.
Esa noche, Kristtyn no fue a casa. Fue a la única tienda que vendía licor fuerte. Consumida por el alcohol, la tristeza y un deseo reprimido que buscaba desesperadamente anclar a Elías a algo real, lo llamó.
Se encontraron en la vieja caseta abandonada detrás de la iglesia. El ambiente era pesado, cargado de desesperación.
-No te vayas así, Elías -murmuró ella, con la voz pastosa por la bebida. Sus ojos verdes suplicaban.
-Tengo que irme -repitió él, sin emoción.
-Entonces... hazme tuya. Quiero algo para recordar. Quiero sentirme como todas las demás chicas.
Fue un acto torpe, desesperado y fugaz. Para ambos, fue la primera vez. La inexperiencia se mezcló con el alcohol y la ansiedad. A pesar de la torpeza, Kristtyn sintió la conexión física, el calor que buscaba. Lo disfrutaron, pero mientras ella se acurrucaba contra él, sintió el mismo abismo: Elías estaba distante. Su mente parecía estar en otro lugar, observando la escena desde lejos.
Dos días después, Kristtyn buscó a Elías. Estaban tomando café en la panadería. Ella estaba tratando de revivir el momento, buscando la intimidad que había anhelado.
-¿Recuerdas cómo fue la otra noche? -preguntó ella, con una sonrisa tímida.
Elías la miró, su rostro una hoja en blanco.
-¿La otra noche? ¿Qué pasó la otra noche, Kristtyn?
Ella sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
-¿Cómo que qué pasó? Estuvimos... tú sabes. Juntos.
Elías frunció el ceño, el esfuerzo por recordar era visible, pero fútil.
-No lo recuerdo. Debí haber estado muy... drogado, supongo.
La honestidad brutal la golpeó más que una mentira. No se acordaba de absolutamente nada. Su primer acto de amor, la entrega de su intimidad, había sido borrado por el escudo químico que Elías usaba para escapar de la realidad. Kristtyn se sintió vacía, humillada, pero aún más desconcertada. Se suponía que estaban profundamente enamorados.
Llegó el día de la despedida. Kristtyn lo esperó en la parada del autobús.
-No me olvides, Elías -logró decir, la garganta anudada.
Fue Kristtyn quien lloró desconsoladamente. Las lágrimas le corrían por las mejillas, el dolor de la soledad inminente era insoportable.
Elías, sin embargo, se limitó a mirarla. Su rostro era totalmente neutro, sin un atisbo de tristeza, ni siquiera de afecto.
-Adiós, Kristtyn. Cuídate -dijo, tomando su mochila.
No hubo abrazo de despedida, ni promesa de volver. Él simplemente subió al autobús, dejando a Kristtyn sola en el polvo de Oblivar. Era como si la hubiera borrado de su mente con la misma frialdad con la que había borrado a las chicas.
El Nuevo Comienzo y la Parada de los Crímenes
El tiempo pasó, lento para Kristtyn, quien no recibió ni una sola carta, ni una respuesta a sus mensajes. Elías la había dejado sola.
Mientras tanto, en Oblivar, las investigaciones policiales se habían estancado. Había cuatro desapariciones, luego tres más, pero cero evidencia física. Elías no había dejado cabos sueltos, y la complacencia del pueblo lo había protegido.
Lo más extraño para los investigadores fue la parada abrupta de los crímenes cuando Elías se fue. Era una coincidencia que no podían ignorar, pero que no podían probar. La policía solo pudo archivar los casos, la sombra del asesino en serie de Oblivar se convirtió en una leyenda de pueblo.
Kristtyn, herida y sola, se permitió seguir adelante. Fue entonces cuando conoció a Darren.
Darren era diferente. Un hombre de veintitantos, que trabajaba en el sector de la construcción, con el rostro un poco tosco y una actitud reservada. Pero era atento, caballeroso y con un impulso genuino por avanzar en la vida. Hacía hasta lo imposible por verla feliz, pequeños gestos que Elías nunca había sabido dar.
Ella se sintió atraída, no solo por su bondad, sino por un detalle sutil: Darren le recordaba a Elías. La misma intensidad en la mirada, la misma aura de misterio, aunque la suya era la de un hombre trabajador, no la de un sociópata. Esa familiaridad tóxica la ató a él.
En la ciudad, Laura, la mejor amiga de Kristtyn, había mantenido un contacto constante. Hablaban de todo: la universidad, los hombres, los sueños. Sin embargo, nunca habían tocado el tema de Elías. Era un fantasma que había sido convenientemente borrado de sus conversaciones.
La Instantánea y la Sombra Regresada
La vida de Kristtyn estaba finalmente tomando un rumbo. Había sido admitida en la universidad pública en la carrera de sus sueños. Para celebrarlo, organizó una pequeña reunión en su casa con Darren y una amiga en común.
La música estaba baja. Kristtyn y Darren estaban sentados en el sofá. Ella se sentía ligera, libre. Estaban hablando de un viaje que planeaban.
-...entonces, ¿por fin podremos ir a esa playa que querías? -preguntó Darren, su mano rozando la de ella.
Kristtyn se inclinó, sus ojos fijos en los de él. Estaban a punto de besarse. El momento era perfecto, lleno de promesas de un futuro sin sombras.
CLICK.
El sonido de un obturador de cámara rompió el silencio. No era el flash de un celular, sino el sonido distintivo de una cámara profesional.
Ambos se separaron, mirando a la ventana, que daba al callejón oscuro. No había nadie. Solo la negrura de la noche.
Un escalofrío helado recorrió a Kristtyn. Elías había usado las sombras de Oblivar como su escondite.
Se levantó, temblando. En ese instante, una certeza brutal la golpeó: Elías no había desaparecido. La estaba vigilando. El silencio no había sido olvido, sino acecho.
Desesperada, tomó su teléfono y llamó a Laura, su mejor amiga.
-Laura, tienes que decirme algo. ¿Has sabido algo de Elías?
Hubo un silencio incómodo del otro lado.
-Kristtyn, yo... sí. Lo he visto.
-¿Dónde? ¿Cómo está?
La voz de Laura se hizo un susurro cargado de juicio.
-Está aquí, en la comuna más jodida de la ciudad. Lo he visto. Él no es el mismo, Kristtyn. Está siempre con esa mirada. Lo he visto fumando cigarros de mierda, bebiendo demasiado alcohol y... peor. Lo he visto en el bar de mala muerte de la esquina, tocando sensualmente a varias mujeres a la vez. No son novias, son... solo chicas.
La noticia fue como un puñetazo en el estómago. Kristtyn se sintió devastada. No era que aún lo amara, pero la realidad de su indiferencia y su descenso a la decadencia era un golpe de oscura traición a la pureza que ella creía haber visto en él.
A pesar de la verdad, Kristtyn había encontrado consuelo en Darren. Decidió darse una oportunidad con él, aunque fuera a escondidas de su propia duda.
Una tarde de aburrimiento, la curiosidad de Kristtyn la empujó a llamar a Laura, buscando un escape de la paranoia del "click" de la cámara.
-Laura, ¿cómo estás? Estoy harta de esta ciudad.
-¡Yo también! Y adivina qué, voy a volver a Oblivar por unos días. Necesito escapar de este circo.
-¡No te puedo creer! Tenemos que vernos.
-Sí, pero espera un momento. Hoy es nuestro aniversario con Luis. Esta noche va a ser pasión pura.
Laura, con su tono naturalmente picante y jocoso, se lanzó a los detalles.
-Te digo, Kristtyn, se lo prometí. Le dije que lo iba a recibir con lencería negra, la de las transparencias que te mostré. Le dije: "Esta noche, vas a olvidar tu nombre, Luis".
Kristtyn rió, un sonido que se sentía ajeno después de tanto miedo.
-¡Qué bárbara! ¿Y cómo planeas hacerlo?
-Pues ya sabes, un poco de vino para relajar, la música adecuada... Y luego, a la faena. Con ganas, Kristtyn. Sin miedo. Quiero que esa noche sea tan buena que la recuerde por el resto del año. Con lujo de detalles.
Laura suspiró, el placer anticipado resonando en su voz.
-Oye, y tú, ¿qué onda con Darren? ¿Ya se te quitó la tontería de si "está bien" o "está mal"? Ya estás en la universidad, Kristtyn. ¡A vivir!
Kristtyn se mordió el labio.
-Es que... me gustaría hacer lo mismo con él. Me pone tan nerviosa... Pero no sé si estoy haciendo lo correcto, ya sabes, después de lo de Elías.
La risa de Laura explotó al otro lado de la pantalla, una carcajada desinhibida y fuerte.
-¡Ay, Kristtyn! ¡Todavía con eso! Más te vale que lo hagas, mujer. Los hombres como él son un tesoro. Escúchame bien: más tarde te voy a dar consejitos para que no se te escape. Pero ahora, tengo que colgar. ¡El deber llama y mi hombre está en camino!
Kristtyn colgó, sintiendo una mezcla de excitación y terror. El eco de la cámara de Elías seguía resonando, pero las palabras de Laura habían encendido una chispa de atrevimiento.
Ella no lo sabía, pero mientras hablaba con su amiga de su inminente regreso a Oblivar y de su noche de pasión, el obturador de la cámara de Elías había vuelto a sonar. El cazador tenía un nuevo plan, una nueva razón para volver a casa. La llama de Kristtyn y la vida de Laura se habían convertido en los nuevos objetivos del "orden" de Elías.
Elías ahora sabe que Kristtyn está con otro y que su mejor amiga, Laura, volverá a Oblivar y tendrá una noche de pasión.