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Alec miraba fijamente el aparato. ¡Maldita sea! Todos los miembros de la familia Gold siempre le colgaban el teléfono. La desesperación lo llenaba por completo, si no hubiese esperado tanto tiempo, si hubiese ido por ella antes….
—Maldición, la perdí, la perdí... — bramaba con ira mientras el poco control que mantenía sobre u lobo, amenazaba con romperse—
Su lobo apareció en solo segundos, destrozando todo el apartamento. No podía resignarse a perder a su otra mitad. Su padre tenía que ayudarlo, alguien debía detener todo aquello.
— ¿Qué pasa hijo?
—Mía, ella es mía y se casa con otro.
— ¿Qué piensas hacer? Porque tu lobo irá por Michael.
— ¿Cómo sabes que se casa con Michael?
—Me enteré esta mañana, pensaba llamarte, pero no sabía que decir.
— ¿Dices que sabias esto hace horas?
—Cuida el tono que sigo siendo tu Alfa. Esto ha sido todo tú culpa, no le eches la mierda a los demás. Recházala, anula el vínculo.
—No.
—Entonces encontrarás otra solución.
Ajena a toda aquella situación Emily continuaba cepillándose el cabello. Su abuelo August se quedó contemplándola desde la puerta, se sentía melancólico y triste. A lo largo de la vida de Emi no supo imponerse como cabeza de familia y su nieta había pagado las consecuencias. Se sentó en la cama de su nieta y colocó en la mesa un sobre de manila bastante abultado, Emily lo miró, pero no preguntó nada.
El abuelo pensaba en Alec, esos dos estaban hechos el uno para el otro y necesitaba que su nieta reaccionara. Su niña guardaba secretos y necesitaba saber si podía cambiar algo. Sabía que Alec era un lobo, muchos empezaban a dejarse ver entre los humanos.
No lo asustaba, solo lamentaba ser ya un anciano porque dejaría de ver a su nieta. Alec le había ofrecido convertirlo, pero su corazón no lo soportaría y estaba bien, quería descansar. Pero sabiéndola con su compañero y no con Michael. Tenía que hacerla entrar en razón.
—Me duele verte así, mi niña.
—No te entiendo abuelo.
—Casándote para huir, deberías ir al altar con el amor de tu vida y sabemos que ése es Alec. En parte soy culpable por no tener mano dura con mi hijo, porque él le permitió a tu madre tratarte mal siempre. Y por no hacerte entender que el único capaz de cuidarte como se debe es Alec. Digas lo que digas, tu corazón siempre ha sido y será de Alec.
—No estoy huyendo, al menos no en el sentido literal de la palabra. Y no digas cosas como esa abuelo. Nunca te has metido en mis asuntos del corazón y no veo por qué debes hacerlo ahora. Con todo respeto abuelo, esto es un asunto solo mío.