POV ALEXANDER.
El sol apenas asomaba cuando llegué a la obra. El aire olía a tierra húmeda y cemento fresco. El ruido de los martillos, las mezcladoras, los gritos de los obreros... todo me golpeaba antes siquiera de empezar. Me pasé la mano por la frente, aunque aún no sudaba. El cansancio ya estaba ahí, instalado en mis huesos.
-Ingeniero, la varilla no llegó completa -me dijo uno de los muchachos, con un papel en la mano.
-¿Cómo que no llegó completa?
-El camión trajo menos de lo que pedimos.
Cerré los ojos un instante. Otro problema. Siempre hay otro problema.
-Dile al proveedor que lo quiero aquí en media hora. -Mi voz sonaba más dura de lo que sentía.
Caminé por el terreno, revisando todo: muros mal alineados, vigas torcidas, mezcla aguada. Nada sale como debería. Y si sale mal, la culpa siempre termina en mí.
Un par de obreros discutían en el área de mezclado.
-¡Te dije que lleva más arena!
-¡Y yo digo que no, que se agrieta!
-¡Basta! -intervine. Tomé la paleta, revisé la mezcla y negué con la cabeza-. Está mal. Háganlo de nuevo.
Protestaron. Yo solo respondí:
-Prefiero perder una hora ahora que tener que tumbar una pared mañana.
El sol subió y con él el calor. Sentía la camisa pegada al cuerpo, los hombros tensos, los pies ardiendo dentro de las botas. Y entonces apareció el cliente, impecable en su traje, oliendo a colonia cara, como si hubiera salido de un mundo al que yo jamás perteneceré.
-Ingeniero, el presupuesto está inflado. No voy a pagar eso.
Lo llevé a la sombra de una carpa improvisada. Saqué planos, facturas, números. Le expliqué el aumento de materiales, los cambios que él mismo había pedido. Pero no escuchaba.
-Eso no me importa. Quiero que se respete el precio original.
Apreté los dientes. No era la primera vez que me regateaban como si mi trabajo fuera una baratija. Y aun así, tragué mi orgullo.
-Haré un ajuste.
Su sonrisa de satisfacción me revolvió el estómago. Ese "ajuste" saldría de mi bolsillo. De nuevo.
El resto del día fue igual: retrasos, reclamos, problemas. Cuando por fin terminé, no sentía los pies. Mis manos estaban ásperas, mi espalda ardía.
Encendí el auto viejo y avancé al ritmo del tráfico, un mar de luces rojas que parecía eterno. Aproveché un alto para mirar el tablero. La aguja de la gasolina al límite. Otra preocupación más.
Al llegar a casa, Sofía salió corriendo a abrazarme. Ese gesto me sostuvo en pie.
-¿Se portaron bien?
-Sí, pero mamá está enojada -me susurró.
Entré a la cocina. Belén estaba con los brazos cruzados, mirando el refrigerador vacío.
-No hay nada -dijo sin mirarme.
-Mañana voy al mercado. Hoy salí tardísimo.
-¿Y mientras qué? ¿Qué les doy de cenar?
Saqué lo poco que quedaba en mi billetera: dos billetes arrugados. Los puse sobre la mesa.
-Compra algo sencillo. Mañana te repongo lo demás.
Me miró con rabia contenida.
-Sencillo, siempre sencillo. Nunca alcanza para nada.
No respondí. El cansancio me había dejado sin fuerza incluso para discutir.
Más tarde, los niños llegaron pidiendo cosas: dinero para el torneo, materiales para la escuela, útiles nuevos. Contesté uno por uno, con calma. Pero en mi cabeza solo hacía cuentas imposibles.
Cuando todos se fueron a dormir, me quedé solo en el comedor, rodeado de facturas. Sumaba, restaba, volvía a sumar. Cada vez que parecía encontrar un respiro, aparecía otro gasto. La luz, la renta, la escuela, el préstamo. Un laberinto sin salida.
Me miré en el reflejo de la ventana. Apenas me reconocí: barba crecida, ojos hundidos, hombros encorvados. Un hombre derrotado.
Belén apareció en la puerta.
-¿Sigues con eso?
-Tengo que cuadrar las cuentas.
-¿Y lo lograste?
-No.
-Entonces de nada sirve que pases horas ahí.
Guardé los papeles y apagué la luz sin contestar.
En la cama, ella me miró en la penumbra.
-Alexander, tenemos que hacer algo. No podemos seguir así.
-Estoy trabajando lo más que puedo.
-Pues no alcanza.
Cerré los ojos.
-No sé qué más hacer.
Su voz fue fría, como un cuchillo:
-Entonces busca cómo. Yo no pienso quedarme a medias mientras todos avanzan y nosotros seguimos igual.
No dormí. El techo me miraba con la misma indiferencia que Belén. Y yo, hundido en mi propia impotencia, entendí que lo que cargaba sobre mis hombros era más que trabajo: era el peso de toda una vida que se me escapaba de las manos.
POV Belén
Me miré en el espejo mientras me cepillaba el cabello. No había nada especial en ese reflejo: treinta y tantos años, piel cansada, ojeras que ni el maquillaje disimulaba. La misma blusa que había usado cien veces, los mismos zapatos gastados. A veces sentía que me estaba marchitando en cámara lenta, como esas flores que se olvidan en un florero con poca agua.
Y lo peor es que todo el mundo lo notaba. Marta con su camioneta nueva, Sandra con sus viajes y sus bolsos de marca... Yo, en cambio, con mi auto viejo que apenas arrancaba y una lavadora que sonaba como si fuera a explotar.
¿Es eso lo que merezco? ¿Un "funciona todavía" como respuesta a todo?
El día anterior me lo había repetido mil veces mientras Marta enseñaba fotos del hotel de Cancún. Me sonreía con esa compasión envenenada, como si dijera "pobrecita, hace lo que puede". Fingí sonreír, pero por dentro hervía. Yo no quería ser la pobrecita de nadie.
Esa mañana, mientras servía leche a los niños, encendí la televisión. Solo quería ruido de fondo, algo que me distrajera de la rutina. Pero ahí estaban: hombres jóvenes, impecables, entrando a un salón elegante lleno de mujeres que reían con copas en la mano. El conductor hablaba de clubes exclusivos para damas adineradas.
No era un programa cualquiera. Era un desfile de lujos y cuerpos perfectos. Ellos, musculosos, seguros, perfumados. Ellas, mujeres maduras con joyas que yo nunca tendría. Reían como si el mundo fuera suyo.
-Un lujo al alcance de muy pocas -dijo el presentador.
Me quedé paralizada, el control remoto en la mano, sin cambiar el canal. Escuchaba a esas mujeres confesar cuánto pagaban por una noche. Miles de dólares. Una cantidad que en esta casa no veíamos ni en un año entero de sacrificios.
Y lo pensé. Sí, lo pensé. Alexander no era uno de esos modelos jóvenes, pero tenía lo suyo: un cuerpo fuerte, hombros anchos, la fuerza de un hombre que ha trabajado con las manos toda su vida. ¿Qué pasaría si estuviera en ese salón?
Sacudí la cabeza, nerviosa. "Qué locura", me dije. Pero la idea ya estaba ahí, como una semilla envenenada que no iba a desaparecer.
Por la tarde, cuando los niños regresaron, empezaron de nuevo las demandas: excursiones, útiles, uniformes que no servían. Yo asentía, escuchaba, pero por dentro hervía de rabia. Todo costaba. Todo se sumaba. Y siempre lo mismo: "mañana vemos", "no alcanza", "ajustamos como podamos".
Cuando Alexander llegó en la noche, traía el polvo de la obra pegado en la ropa y el cansancio escrito en el rostro. Se quitó las botas en la entrada y me saludó con un beso rápido, casi automático.
Yo picaba cebolla en la cocina cuando lo solté:
-Siempre lo mismo, Alexander. Siempre sin nada.
Él suspiró, como si lo hubiera dicho mil veces.
-Estoy haciendo lo que puedo.
-Pues no alcanza. Y nunca va a alcanzar.
Lo miré directo. Había pasado todo el día con esa idea en la cabeza y ya no podía callarla.
-Hoy vi un programa... hombres que trabajan para mujeres ricas. Acompañantes. Les pagan fortunas por una noche.
Él me miró como si me hubiera vuelto loca.
-¿Estás escuchando lo que dices?
-Claro que sí. No es tan descabellado. Eres atractivo, Alexander. Tienes cuerpo. Si esas mujeres pagan tanto, podrías hacerlo.
Él soltó una carcajada amarga, que se quebró enseguida.
-¿Quieres que me prostituya?
Tragué saliva. La palabra sonaba sucia, pero yo no la sentía así.
-No lo llames así. Es un trabajo. Y bien pagado.
Golpeó la mesa con la mano abierta.
-¡Eso no es un trabajo! ¡Es humillación!
Lo miré sin parpadear. ¿Humillación? ¿Y lo que vivíamos todos los días?
-¿Humillación? ¿Y qué es entonces tener que rogarle a un cliente que te pague menos de lo que vales? ¿Qué es ver a tus hijos con uniformes viejos, comer siempre lo justo, no poder darnos ni un gusto? Eso sí es humillante, Alexander.
Por primera vez en mucho tiempo, no lo vi como mi marido. Lo vi como un obstáculo. Como alguien que se había resignado a menos, y que quería que yo me resignara también.
-¿Tan poco me respetas? -me preguntó con los ojos llenos de rabia.
Me acerqué un paso, con la voz firme.
-No hablo de respeto. Hablo de sobrevivir. Estoy harta de compararme con las demás y perder siempre. No más.
Él se quedó en silencio, con los puños apretados. Yo también temblaba por dentro, pero no lo dejé ver. Ya no iba a callarme.
Esa noche no dormí. Me giraba en la cama, viendo cómo Alexander respiraba pesado a mi lado. En mi cabeza se repetían las imágenes del programa: mujeres felices, hombres impecables, dinero fácil. ¿Era tan impensado? ¿Acaso no era peor ver cómo nuestra vida se consumía en cuentas y excusas?
Al día siguiente, la vida siguió igual en apariencia. Los niños, la escuela, el auto viejo. Pero yo ya no era la misma. La idea me perseguía en cada gesto, en cada mirada.
En el mercado, cuando veía a otras mujeres elegir carne de primera mientras yo pedía lo más barato. En la fila del banco, escuchando a una señora presumir que su esposo le había comprado un anillo nuevo. En casa, mirando a Alexander llegar cada noche más cansado, más derrotado.
Me sentía atrapada. Como si el mundo avanzara y yo estuviera clavada en el mismo lugar, con el mismo bolso viejo, el mismo auto, la misma vida de nunca alcanza. Y lo peor era la vergüenza. Esa sensación constante de no pertenecer. De ser la que no puede pagar, la que no puede lucir, la que siempre dice "quizá después". ¿Cuándo me tocaba a mí?
Días después, la respuesta se presentó sola.
Lucía, nuestra hija de ocho años, se desmayó en la escuela, y fue trasladada a un hospital. Le hicieron pruebas, los médicos hablando de anemia aplásica, tratamientos carísimos. Yo sentía que me arrancaban el aire del pecho, mi hija tenía una enfermedad terrible y muy costosa.
Alexander se desplomó en el pasillo, con la cara entre las manos. Yo lo miraba, sentía que lo amaba, sí, pero también lo odiaba. Odiaba que no hubiera solución, que todo dependiera de un sueldo que nunca alcanzaba.
Me acerqué y lo dije en voz baja, porque ya no podía callarlo:
-Alexander... hay una forma.
Él levantó la cabeza, los ojos rojos.
-Ni se te ocurra.
-Escúchame. No es por mí esta vez. Es por Lucía. Por los niños.
Me gritó, golpeó la pared. Yo lo entendía, yo también estaba aterrada. Pero lo miré a los ojos y dije la verdad que me consumía:
-¿Qué prefieres? ¿Ver cómo nuestra hija se deteriora porque no puedes pagar? ¿O hacer lo único que puede salvarnos?
Él me odió en ese momento. Lo vi en su mirada. Pero también vi algo más: el miedo. El mismo miedo que me comía a mí.
Y ahí supe que había ganado. Que tarde o temprano cedería.
No sé en qué momento pasé de ser una mujer frustrada a una mujer dispuesta a arrastrar a su esposo a ese mundo. Tal vez fue el día que Marta me mostró fotos de Cancún. Tal vez fue la noche que Lucía durmió conectada a un suero.
O quizá fue cuando entendí que lo único peor que venderse... era quedarse sin nada.