Estamos yendo de camino al médico, son aproximadamente seis horas en coche, el viaje es largo e incómodo; hay que ir hasta la capital, porque en donde vivimos no hay médico que se especialice en lo que tengo y pues él me ha llevado en control desde la última recaída que tuve.
Por milagro de Dios pudimos encontrarlo, literalmente es el único que conocía en todo el el país hasta hace cinco meses que escuché hablar de la existencia de otro. Si soy honesta, no quiero ir, ya se que es lo que diga, me se de memoria las preguntas rutinarias, siempre pide los mismo análisis, nunca hay cambio en la mediación a menos que sea para aumentar la dosis o aplicar una nueva; no quiero escuchar otra respuesta pesimista, no necesito que me repita que esto es de por vida o que lo estoy haciendo bien, que estoy mejorando, ni que me veo mejor, porque no lo siento así, no me veo así y no lo creo tampoco, pero mi padre a insistido en ir a ver si hay algún modo de reducir el dolor en mis piernas para que estas puedan sostenerme.
No querrán saber esto pero, antes de hoy por la mañana, tenía cinco días de no bañarme, no podía más con el dolor, no podía bajar a la regadera del baño, a duras penas lavaba mis partes íntimas sentada en la taza del baño o "me aseaba” como lo llama mi mamá. Me arrastre al baño –literalmente– esta mañana para poder ducharme, y cualquiera creerá que tengo los ojos inflamados de tanto dormir, pero la verdad es que he pasado quince minutos llorando al tratar de salir del baño y no conseguirlo.
Trate de llamar a mi mamá, pero la casa es muy grande así que no me escucho, no podía llamar a mi hermano porque no estabas ni siquiera con el sujetador puesto; recordar eso me está doliendo, así que mejor me concentro en ver pasar los coches a mi lado, releo alguno que otro letrero y escucho música para despejar mi mente. Estás en el consultorio del doctor, mi padre y yo, esperando que nos de una solución, mi padre los espera, yo solo quiero estar de vuelta en casa.
—Voy a inyectarle las rodillas, dos inyecciones en cada una, no tiene permitido pararse ni para ir al baño por tres días consecutivos, tiene que estar en absoluto reposo y sin mover las piernas con demasiada frecuencia; luego de los tres días me envían un video para ver el resultado.
—¿o sea que después de estas inyecciones puedo volver a pararme sin sentir dolor?, preguntó con mucha más esperanza de la que quiero tener.
— En teoría si, así debe de ser. Tus análisis están normales, tu nivel de inflación está normal, pero tienes los glóbulos rojos bajos, voy a recetarte algo para eso. ¿Estás bebiendo tu medicación al pie de la letra?, me mira con los ojos entrecerrados.
—protector de estómago en ayunas, zamen luego de desayunar, la vitamina luego del almuerzo, metrotexato una vez por semana. Le recito a manera de respuesta. Asiente con orgullo y me guiña un ojo. Desde que me conoció me ha tratado como una hija, me mima, me hace chistes, me toca con cuidado y me revisa a conciencia, es el mejor doctor que he conocido en toda mi vida.
—Bien, ahora quiero pesarte antes de aplicarte la inyección, ¿crees que puedas párate en la balanza? Sino puedes no pasa nada, no quiero forzarte si sientes mucho dolor.
—No puedo hacerlo. Agacho mi cabeza para ocultar el dolor que siento en mi pecho.
—Vale, déjame ayudarte a subirte a la camilla, ven me sujeta del brazo.
Pablo me coloca anestesia en ambas rodillas para luego aplicar el medicamento que hará el verdadero efecto, al parecer duele mucho sin la anestesia. Luego de vendarme las rodillas y darme indicación de quitarme las vendas veinticuatro hora después para prevenir cualquier infección me despide con una hermosa sonrisa.
Mi doctor es muy guapo, siempre he pensado que si no estuviera muy mayor y casado, podría enamórame de él. Ya han pasado los tres días y estoy muy nerviosa, no quiero pararme y darme cuenta que no funcionó la medicación, no creo soportar más decepciones. Me sostengo con un brazo de la mesita de noche que está al lado mi cama y con la otra hago fuerza impulsándome de la cama para pararme… y sorprendentemente no me duele nada, pero no me puedo sostener, me tiemblan las rodillas como si fueran un par de gelatinas recién sacadas d dos nevera, ¿por qué no puedo sostener mi cuerpo si no tengo dolor? ¿Qué salió mal?
Nota: Holissss, ¿se encuentran bonitos y gorditos? Chic@s si tiene cualquier duda sobre los términos de medicamentos o quieren saber algo en específico, los leeré y trataré de contestarle. Un abrazo psicológico.💋
Le escribí a mi doctor para explicarle lo sucedido y poder obtener una respuesta que me devolviera el juicio que me devolviera la esperanza.
***
Defne: hola, Doctor. Me he parado después de los tres días, pero me tiemblan las piernas demasiado, no siento dolor pero tampoco pueden sostener mi cuerpo.
Dtr Pablo: hola Defi, eso es normal, tus músculos están débiles por todo el tiempo que no estuvieron en movimiento; te recomiendo hacer terapia, tienes que ir a un centro de rehabilitación, ellos te ayudarán.
Dtr Pablo: me alegra que ya te sientas mejor; recuerda enviarme informe de tu avance, cualquier cosa que necesites me escribes.♥️
***
Siento que puedo respirar con normalidad ahora que se porque tiemblo más que una cama con un terremoto, ahora solo me queda hacer fisioterapia. No quiero dejar que mis expectativas aumenten, pero no puedo controlarlo.
Tan pronto como le dije a mi padre sobre lo que hablé con el doctor llamo a todos sus contactos para buscar información sobre los centros, cómo funcionaban y qué debíamos de hacer junto con el papeleo que había que presentar; siento que mi padre está más entusiasmado que mi, mañana mismo me llevará al centro más cercano que encontró a casi una hora de nuestro lugar.
Siento que el corazón volará de mi pecho mientras espero a que llamen mi nombre sentada en la sala de espera; no quiero ser pesimista pero sé que no habrá solución, no habrá tratamiento o ejercicio que pueda devolverme la fuerza, no me tengo que ilusionar.
La persona que sale de el consultorio me dice que ya puedo pasar. Papá me ayuda a levantarme y me sostiene mientras acomodo las muletas bajo mi brazo; entramos al consultorio y nos sentamos frente a un hombre que está leyendo mi historial, me hace un par de preguntas sin siquiera levantar la cabeza, eso me revuelve el estómago, se que no dirá nada bueno al final.
—Chica, te has enfermado demasiado joven, y tiene las rodillas muy dañadas, puedes pararte por favor, necesito evaluarte.
El doctor levanta su cabeza para dirigirme la mirada, y yo mi cerebro queda en blanco, solo veo chispas y juegos artificiales; él está haciendo uso de una mascarilla, pero puedo decir que es demasiado joven y tiene los ojos más hermosos que había visto nunca, lástima que no puedo ver su cara; vuelvo a la realidad y siguiendo sus órdenes me pongo de pie haciendo un esfuerzo gigantesco.
—Bien, veo que tienes muy débiles los músculos, ven siéntate en la camilla, ¿puedes hacerlo?
—Si, puedo intentarlo. Me siento servidos y no se porque.
El doctor ojos míticos posa sus manos en una de mis rodillas y la rota con suavidad; mi corazón va a salir corriendo y no creo que sin siembro, no, correrá hacia el dueño de esos ojos míticos y manos de algodón.
A mis casi veintidós años podía decir con orgullo que ningún nicho había logrado ponerme nerviosa y mucho menos había logrado llamar mi atención lo suficiente como para que mi corazón quisiera provocarme una taquicardia.
—¿Te duele si hago esto?, preguntó con suavidad. ¡Jolines!, casi olvido donde estaba y el porque.
—No, solo siento una pequeña incomodad. —Vale, vamos a mandarte al área de gimnasia. Chequea uno de los muchos papeles que tiene sobre el escritorio antes de girase de nuevo hacia mi.
—¿Crees que puedes venir cuatro días a la semana por media hora?, me ve inquisitivo. Yo me giro hacia papá para ver qué responder.
—No puedo traerla todos los días, pero puedo hacer el esfuerzo de traerla dos veces por semana. Responder mi padre.
—Entiendo, entonces, la recuperación será más lenta, pero lo importante es que venga. Mis ojos arden, están calientes de alegría, voy a volver a caminar, voy a volver saltar y correr, prepárate vida porque vuelvo.
—Bueno señorita, eso sería todo por ahora, te asignaré dos meses al gimnasio y luego de ellos tú y yo volveremos a vernos, veremos si necesitas más tiempo o puedo darte de alta. No sabía que una cita médica sonará tan pronto extrañamente romántica; santo cielos! Ni se lo que estoy pensando, este hombre ya ha de estar casado con un bebé en camino.
—Muchas gracias, Doctor. Digo mientras me bajo de la camilla y camino hacia la puerta de salida con papá detrás mío. Papá me lleva a recepción, donde me dan una tarjeta pequeña con mi nombre en ella y los días con los horarios de mis sesiones.
—Está tarjeta es gratis, pero si la pierdes tendrás que pagar para obtener una nueva ¿vale?, debes traerla cada vez que vengas y presentarla a tu fisioterapeuta. Me explico la recepcionista.
—Copiado, muchas gracias, tenga buen día. Le dije y salí con todo el esplendor con que una puede haciendo uso de muletas.
El camino de regreso a casa se me está haciendo largo, me siento siento mareada y estoy comenzando a ver borroso, la cabeza me palpita, siento… siento que no puedo respirar más, me estoy ahogando, creo que voy a morir, el aire no me pasa a los pulmones.
—Papá, papá!, me estoy ahogando, papi me muero, yo lo respiro. Gritó desesperada.
—Defi, Defne me oyes, ¿que es lo que sientes? No se a que hora paró el auto, ni en qué momento me tomo en sus brazos, pero lo siento, lo siento tratando de calmarme, de averiguar que me pasa, pero no yo lo sé.
—Defne, respira mi amor, respira cariño.
—No puedo papi, trato pero el aire no me pasa, no logro enfocar la vista todo se ve blan…