Capítulo 2

Por eso me vine de Manchester hasta Bournemouth, dispuesta a no renunciar con tanta facilidad; a decir verdad, jamás había abandonado un trabajo, no al menos por voluntad propia, aunque sí por motivos de fuerza mayor, que en esas circunstancias eran más que comunes; en muchas ocasiones, los casos se acababan pronto, justo cuando el cariño y la confianza tenían el sabor a momentos compartidos toda una vida.

Desde luego que la vida no es un pasatiempos, sino intensidad, y yo procuraba conseguir eso, intensidad en los días, felicidad o, al menos, el mayor bienestar posible, viendo, lo que unos tomaban como el final, el principio. Ese era invariablemente mi principio, uno que para mí duraba para siempre. Un montón de principios formando una cadena sólida.

Entre que yo iba perdida en mi arrebato de melancolía por culpa del olor a mar , te, pan caliente y todo lo demás, y que el tipo debía de ir con mucha prisa, por poco no pierdo mi hombro derecho.

El hombre se disculpó, y yo ni siquiera alcancé a poder ver su rostro. También le pedí disculpas, porque tampoco lo había visto; él creo que ni me oyó, siguió a paso raudo hacia mi derecha.

Mi camino quedaba hacia la izquierda y comenzaba al otro lado de la calle, por dónde daba el sol del mediodía, que en ese momento lograba atravesar la gruesa capa de nubes de acero, proporcionándome una visión estupenda del lugar, porque, cuando el sol brilla así entre las nubes de tormenta… resulta imposible no percatarse de la vulnerabilidad de ese fugaz instante de vida, en el que queda en evidencia que todo lo vivido luchará por resistir hasta que se agoten las opciones, hasta que la vida misma se rinda al infinito.

La gente, los árboles, incluso los coches allí fuera, todo estaba tan enmarañado en ese instante, indefenso a todo lo que pudiese suceder.

Puse un pie en acera, ya buscando a la señora Gomeri, cuando el cielo se cerró otra vez y todo perdió luz y fuerza para ponerse rígido y a la defensiva.

En cualquier momento iba a caer una buena tormenta de mucha lluvia, viento y esperaba, para entonces, estar ya en el coche de quien me había contratado.

—¡Anahí! —me llamó una voz desde mi derecha que me sonó ligeramente familiar.

Giré la cabeza espiando por encima de otras tantas y la vi. Lo primero que detecté fue su cabello blanco que llevaba con elegancia, con un corte con forma de garçon. Procurando contener mi sonrisa, pensé que aquella estructura seguramente resistiría la fuerza de un tifón.

—¡Anahí por aquí! —me llamó la señora Gomeri nuevamente, como si su mirada y la mía no se hubiesen cruzado ya.

Le pegaba su apariencia, si casi era lo que podía adivinarse de sus correos electrónicos y sus mensajes.

Llevaba un abrigo y pantalones de estilo tweed oscuros de un tono gris y opaco, un cárdigan morado y de su hombro izquierdo colgaba un bolso también en tono gris.

Su aspecto no podía ser más estricto y el mío no podía ser más extravagante sobre todo porque, con mi altura y complexión física, yo ya de por sí llamaba la atención.

Dando un primer paso con mis largas piernas, alcé una mano y la saludé para que comprendiese que ya la había visto.

Mi maleta blanca con mariposas verdes me siguió mientras yo reacomodaba mi pesada mochila sobre mis hombros y mi bolso sobre el derecho.

Sonó un trueno cuando pasé por delante de la patrulla de policía estacionada a un par de metros de la entrada de la estación. Los tres agentes que estaban fuera y yo alzamos la cabeza al cielo. Una primera gota cayó sobre mis mejillas.

Uno de los policías bajó la vista y me dio las buenas tardes para sonreírme con una resplandeciente sonrisa blanco.

—Buenas tardes oficial —respondí, llamando la atención de los otros dos, que me saludaron con menos entusiasmo y un poco de suspicacia.

Seguí mi camino porque no quería empaparme, no con mi abrigo azul brillante.

—Bienvenida seas Anahí.

—Gracias, señora Gomeri. Espero no haberla hecho esperar mucho; ha habido una demora en la estación anterior.

—Sí, sí, nos han informado, no te preocupes; mientras tanto he aprovechado para hacer unas llamadas. ¿Has tenido un buen viaje?

—Sí, tranquilo. Gracias.

—Por aquí , parece que va a llover de un momento a otro. ¿Qué tal si nos ponemos en marcha? En el trayecto te pongo al tanto. Thiago está ahora con Hebert. Ya lo he avisado de que tu tren llegaba con retraso. Nos espera allá.

—Ah, bien.

—Mi coche está por aquí. —Con un gesto un tanto vago de su mano apuntó en dirección al parking. Ella dio el primer paso y yo la seguí, agradeciendo que Thiago fuese bastante más amable y conversador que la señora Gomeri.

Con Thiago había hablado por teléfono en dos ocasiones en los últimos tres días, cuando al final se confirmó mi traslado allí para hacerme cargo del señor Hebert.

Thiago era su fisioterapeuta y uno de los pocos asistentes que sobrevivían al fuerte carácter del señor Hebert. De sus labios no salían más que elogios para con su paciente y, a diferencia de los que habían abandonado el trabajo, desde que Hebert fuera dado de alta del hospital, no tenía más que palabras de cariño para con él. Tanto era así que, Thiago pasaba a visitar a Hebert, fuera de sus horarios oficiales, él y algunos amigos y vecinos del señor, llevaban una semana ocupándose de él desde que su último cuidador se rindió.

Hasta lo que yo sabía, el señor Hebert no tenía familia en la ciudad. Su hijo vivía en Londres y eso era todo lo que me habían informado sobre él; hijo que no era ni el primero ni el único que dejaba a su padre a cargo del Estado.

De todos modos, por aquello de que la situación era más que común y que mi objetivo no era la familia del paciente, sino el paciente mismo, no me preocupaba lo que el hijo hiciera o dejara de hacer; allí el único que realmente era importante, era el mismísimo señor Hebert, y mi trabajo era cuidar de él.

Llegamos al coche de la señora Gomeri cuando las primeras gotas se hacían notar de un modo mucho más evidente, estallando contra la carrocería bordo y los cristales.

Las  dos tuvimos que correr a meternos en el coche, puesto que, en un mínimo parpadeo, el  cielo se cernió sobre nosotras.

Con la lluvia repiqueteando fuerte sobre la carrocería, la señora Gomeri, sin mayores preámbulos, me pasó una copia de la historia clínica del señor Hebert y también una del informe. Puso el motor en marcha y comenzó a explicarme  sus  rutinas.

Patricia, una de las voluntarias  de  la galería de arte  y amiga del señor Hebert  de toda  la vida, iba tres veces por semana  a leerle; su amigo    Gasper solía llevárselo a cenar los viernes por  la noche y a  pasear todas las tardes de domingo; Thiago lo veía tres veces por semana (oficialmente, y eso yo ya lo sabía porque había conversado largo y tendido tiempo con este), y la terapeuta  ocupacional, Rosie, lo visitaba dos veces por semana, lunes y miércoles.  Los sábados, sus  amigos del pub se turnaban           para llevarlo a comer con ellos.

La señora Gomeri, se puso a repetir el listado de medicaciones que debía administrarle  y cuya rutina yo ya me sabía de memoria porque había leído y releído, hasta aprendérmelas,    esas mismas líneas que en ese momento tenía delante, en el papel que sujetaba entre mis dedos, mientras           al otro lado de la ventanilla, además de caer  agua de  las nubes, se          abría una gran extensión de agua que en  ese     instante lucía tan gris y tormentosa como lo estaba el cielo.

Dejé de oír su voz e incluso la lluvia quedo en el olvido; dentro de mi cabeza sonaban suaves olas que acariciaban con pereza         la playa.

Thiago me habí contado que a dos calles de la casa había una salida a    la          playa, a          la           enorme          playa que          yo      ya          había visto  en          fotos y          por     la           cual          deseaba          hacer mi rutina matutina de trotar.

Tendría  al           menos           dos          ocasiones          de          hacerlo          por     las          mañanas,          cuando           él estuviera    con           Hebert,          y     posiblemente          las          tardes          de     los          fines de          semana,          cuando no          lunes y          miércoles,          cuando Rosie se          quedara          con   el          paciente,          o        bien          podría hacerlo       cada          mañana          muy          temprano          antes de          que          Hebert         despertara.

Thiago          también          me          había contado      que Hebert        no          iba    a          la          playa, pero          planeaba convencerlo          de  acompañarme,          porque           tenía          entendido          que   a          sus          amigos           les costaba       cada          vez    más          sacarlo          de     la           casa y          todos los          que          teníamos          la responsabilidad          de          cuidar          de     él           teníamos          muy          claro que,          encerrado,          su          estado          no haría          más  que          empeorar          a        paso           acelerado.

El          último          informe          de     la          psiquiatra          que seguía          su      caso          nos          ponía al          tanto de          un          creciente          estado          de          depresión acompañado          de     un          exilio que,          cuando          se       interrumpía,          era    para          dar    paso           a estallidos    de          su temperamento.

En los          últimos          quince          días   los          episodios           de          confusión          y          pérdida          de          memoria se      habían    incrementado          de          modo         destacable,          y        si          bien  los          médicos          que   lo trataban     consideraban          que          cabía la          posibilidad          de     que          fuese por          culpa del          estrés por          la          situación          con   sus        cuidadores,         tendríamos          que          estar          todos muy          atentos, porque,          además          del          accidente cerebrovascular          que   lo          había          llevado          al          hospital hacía más  de          un     mes,          sus          médicos          estaban      especulando          con   la          posibilidad          de     que también          padeciera          un          trastorno  neurocognitivo          mayor, sin contar su problema grave de corazón.

Sí así     era,          el          pronóstico no     auguraba           nada          bueno,          porque          su       estado        no          haría más          que          degenerar.

Tragué          saliva         intentando          digerir          todo           aquello,          sin          quitar          la       vista           de    la extensión   de          agua.          Thiago          había          prometido          ayudarme          con   todo           lo      que          estuviese en     sus manos           para          evitar que Hebert continuara     empeorando,          porque          había          modos de          retrasar          la      enfermedad;          no     eternamente,          pero sí        desacelerar           su          avance.

—¿Te          parece          bien? —le          oí      preguntarme          a        la          señora Gomeri,      sin          tener la menor         idea          de     a          qué   se           refería,          porque          yo          estaba          pensando          en el señor Hebert,       en          su estado,          en     el          tiempo           que        pudiésemos          compartir          juntos,          en     mis          ganas de          poder convertirme          en     una          compañía          agradable          y    reconfortante          para  él,          sino          mucho más, porque          mi          esperanza          residía          en     que          confiara          en     mí,          en     que    comprendiese que   me          tenía de          su       lado  y        que          yo      no          lo     abandonaría.

Parpadeé          un     par          de          veces a          toda           prisa y          la          miré.

El castaño gélido          de          los     ojos          de     la señora          Gomeri          me          dijeron           que  en          ese          instante          dudaba          de     mis       capacidades          para cuidar         del señor Hebert, porque         yo          debía          aparentar          que   me          había          perdido          en     el          limbo.

—¿Perdón?

—Decía que          si       te          parece          bien  que          de          ahora en          adelante          te          encargues          de          hacer las          compras.          Como          quedamos          en     que          le          cocinarías          tú,     me          parece          coherente          que…

—Sí,          claro, no          hay          problema.          Llevar al señor Hebert           a          comprar          conmigo          será  una buena          excusa          para          sacarlo           de     la          casa.

Sus         ojos     fueron desconfianza     cruda.

—Bueno,          tal     vez          al          principio          puedas          ir          mientras          alguien          se       queda         con          él. Costará      convencerlo.          Tienes          permiso          para          utilizar          su          coche,          Hebert           ya      no          tiene carnet         de          conducir.

—Claro,     veremos.

No tenía          planeado           rendirme          de          buenas          a          primeras          y        con          gusto          había          aceptado cocinar       para          el señor Hebert;          creía que          ese          podía ser          un          modo más          de          llegar a          él,      si          bien  la persona      que          solía   prepararle  las          comidas          había         renunciado          junto con          el          último          de sus         cuidadores          porque,          palabras          textuales          que          figuraban           en    el          informe,          «ya   no soportaba  a          ese          hombre   desagradecido          y    maleducado».

En el          dosier          figuraban           al          menos          tres          denuncias          de     la          persona          que          cocinaba para  él       por          maltrato          verbal.          La          relación          entre          ambos          se          terminó          cuando el señor Hebert lanzó contra          uno   de          los          armarios          de     la          cocina          la       que          fuera la          última          cena que          ella le          había         preparado,          diciéndole          que   era          una          bazofia.

—En     cuanto     lleguemos,     te     pondré     al       día     de     los     otros     gastos     de     la     casa.

Asentí    con     la     cabeza.

—¿La      casa     está  muy     lejos?

—Un          poco, pero           de          cualquier          modo se           llega          pronto.          No     te         preocupes,          hay   un centro          comercial          no     muy           lejos   de          la          propiedad          y        los          fines de          semana          instalan          un mercado     con          productos          de     la          zona. De          todas          maneras,        encontrarás          cosas en          la despensa    y          en     la          nevera.          Los          vecinos          han          estado     ayudándonos          con   las          cenas los últimos       días.

—Me     ocuparé     de     la     cena esta     noche.

Otra       vez     me    miró      con desconfianza.

—Anahí, hija. Admiro       tu           buena  predisposición,          pero  Hebert        es          una          persona          muy difícil.          No          estaría          mal   que          esta          noche          dejaras          que   sus          vecinos          le          acercasen          la cena…          para          evitar          fricciones          desde el          comienzo          —me dijo          ladeando          la          cabeza          en mi         dirección—.         Además,          debes          instalarte.       

Capítulo 3

—Yo puedo preparar la cena señora Gomeri todavía es  temprano. Además, la cocina, me encanta y se me da de maravillas.

—Sí, me lo dijiste, pero… Hebert no quería que llevásemos a nadie más a su casa. Accedió porque su hijo lo llamó para advertirle de que más bien cedía o bien tendríamos que ingresarlo en una residencia.  Hebert no quiere dejar a su hogar.

—Bueno, por lo que tengo entendido, eso no es necesario por el momento; él todavía…

—¡No! Él no puede quedarse a solas Anahí, y ha estado pasando todas esas noches sin compañía, solo, desde que se fue su  última cuidadora. No es lo mejor para él.

—A partir de esa  misma noche, ya no se quedará más solo en esa enorme casa, señora Gomeri.

—Esa  sería la intención, pero… —La señora Gomeri se interrumpió y por un largo período de segundos lo único que se oyó fue la lluvia cayendo y los limpiaparabrisas resbalando  por encima del cristal—,por eso mismo, porque no queremos que pase la noche solo, mejor no darle motivos para quejarse y echarte a tí también.

—Cuando pruebe mi comida, hecha por mis manos, no se  quejará y encima pedirá repetir otro platillo —insistí sonriéndole. Si comenzábamos con ella impidiéndome crear vínculos con el señor Hebert, eso no resultaría para nada, y yo no pensaba regresar a casa derrotada sin ni siquiera haberlo intentado.

Las cejas de la señora  Gomeri se  crisparon; yo, en respuesta, amplié mi sonrisa.

—Ojalá una de estas noches pueda pasar a cenar con nosotros,  eso sería agradable.

Le faltó reírse a carcajadas en mi cara; ella debía de creer que yo no podía ser, más que una niña ingenua.

—Entiendo que tú tengas muchísima experiencia…

—Le preguntaré cuál es su plato favorito, tal vez sepa  prepararlo —lancé interrumpiéndola.

No dijo nada más y siguió conduciendo, “Que alivio.”

Pasamos por encima del puente por encima del agua con la lluvia todavía cayendo sobre nosotras, más bien, del auto, nos  metimos por una zona de casas más bajas con vistas a la costa, a la hermosa costa y continuamos avanzando para que, a mi  derecha en la ruta, por fin apareciera la playa con su arena mojada por la tormenta.

Me dieron ganas de bajarme del coche y correr por la arena húmeda y blanca, inspirar profundo; la  mezcla de olor a lluvia con el mar, debía de ser más que exquisito.

Pero tuve que contenerme, y dejar que la idea se marche, mientras mi mente desaparece con la imagen de mi cuerpo tendido sobre la arena blanca, y también porque la señora Gomeri me empezó a explicar cómo se realizaban los pedidos en la  farmacia; también me pasó otra nota más, con los números de urgencia; me indicó dónde quedaba el hospital,  la biblioteca, el pub; y la galería de artes con sus esplendidas exposiciones, me contó algo acerca de los vecinos más cercanos al señor Hebert, y también volvió a repetir mi planificación de horas  libres y mis obligaciones… Lo que yo ya  sabía de antemano, porque, después de todo, no había aceptado hacer el trabajo a ciegas y a lo loca, más bien, yo necesitaba largarme de Manchester lo antes posible.

Todavía resonaban en mis oídos las opiniones de mal gusto y de negación, que tuve que escuchar de mis conocidos y familiares, cuando acepté el trabajo, las opiniones  que había  vuelto a recibir por mensaje de texto cuando venía hacia aquí.

—La casa te encantará, es muy bonita, la que será tu habitación la encontrarás estupenda. Hay un enorme jardín, lo está bastante descuidado pero  de cualquier modo es encantador. Y no te tienes que preocupar por nada, encontrarás que el sitio es súper tranquilo, incluso en pleno verano cuando llegan los turistas. Aquí es una zona residencial y los vecinos no solo aparentan ser muy respetuosos, lo son. De toda forma, no dudes en llamar a alguno si necesitas algo, lo que sea y la hora que sea.

—Gracias señora Gomeri. Eso haré, si el caso amerita—le contesté guardando la carpeta con los papeles dentro de mi bolso, lo que pareció no caerle muy  bien;  debía de estar esperando que los leyera a todos otra  vez. Me entraron ganas de recitar para ella los nombres de los medicamentos, las dosis y los horarios de todas  las tomas que debía administrarle al señor Hebert. Pero, no lo hice. No batallaría su desconfianza con palabras, sino con hechos, porque todavía estaba latente  aquello de  que ella no creía que fuese una buena idea que al señor Hebert, lo cuidara una mujer, “una cuidadora mujer”, puesto que con la persona que cocinaba para él habían surgido problemas de sobra; nada más allá de lo verbal, pero aun así fueron graves.

Yo le  había  explicado que el señor Hebert, no era el primer paciente hombre, con un carácter complicado que  tendría a mi cuidado.

No lo era, pero,  de todos modos, desde que le dije que  sí, no había  podido hacer otra cosa que  rogar para  que todo saliera bien con él. En cuanto había visto su fotografía y leído un poco acerca de su vida, sentí la desesperante necesidad de trasladarme allí a cuidarlo, y ni su mala fama había  podido con eso.

Hebert tenía unos ojos de un verde cálido que en la fotografía, que tenía al menos diez años de los que tiene ahora, sonreían igual que su amplia boca. Ya por aquel entonces poco cabello blanco le quedaba, pero ni aquel detalle ni las arrugas en su rostro  pudieron con lo que vi: a un señor Albert rodeado  de libros, pinturas y garabatos abstractos, que algunos eran pinceladas cargadas de color y energía,  sus escritos llenos de explosiones  de tonalidades, sabiduría y una bienvenida a un mundo de fantasía que estaba segura de que aún  debía vivir en algún rincón de su  cabeza. Hebert aparecía con la  ropa y los dedos de las manos manchadas de tinta y pintura, con un pincel en la mano, junto a una mesa repleta de papeles escritos, garabatos y varios botes de pintura, pinceles, tazas de te, café copas y montañas de papeles hechos bollos.

El señor Hebert llevaba varios años descuidando su arte y oficio, desde donde lo tengo entendido, pero su taller seguía en pie en la biblioteca de su casa. Su terapeuta ocupacional no conseguía  siquiera que él volviese a poner una mano en el pincel, o en el lápiz, mucho menos lograba que metiera un pie allí en la biblioteca.

Thiago me había  contado, que la casa estaba repleta de sus escritos y algunas pinturas, también las casas de sus amigos y vecinos, y que incluso había  un par de sus libros en la biblioteca y en la peluquería del sitio, donde la mayoría de sus admiradores leían mientras hacían un poco de barbería y corte.

Si tan  solo lograse que Hebert retomará la rutina de escribir, o tal vez pintar… Con la tecnología de hoy, él puede hablar y que la laptop escriba todo lo que dicte…

La lluvia tampoco cesaba, continuaba cayendo el resto del trayecto y la vi perderse entre frondosos arbustos y árboles que formaban tupidos bosques entre las casas, admire todo hasta que la señora Gomeri anunció que ya estábamos a algunas calles.

El lugar era  una preciosidad, realmente paradisíaco, incluso en un día tan gris como estaba.

La calles dibujaron una curva que se internaba tierra adentro.

—Esa  es, la segunda casita que ves allí —indicó apenas alzando un dedo del volante.

La vivienda resultó ser  muy bonita y no tenía nada de casita, era una nación y se veía muy acogedora, contaba con dos plantas más de altura, en ladrillos anaranjados que en ese instante se veían oscurecidos en un tono bordo por la lluvia que la mojaba. Sus ventanas blancas, y algunas chimeneas también, creo que una por habitación.

Resultaba más que evidente que el jardín delantero necesitaba una enorme limpieza, cuidado y plantas nuevas, el pasto estaba alto y tapado casi por completo por algunas malezas, si bien los arbustos que estaban formando el cerco perimetral, no se hallaban tan descontrolados en forma y altura, del terreno del señor Hebert.

Había una camioneta roja aparcada en  el camino que se perdía hacia el fondo de la propiedad. Entonces, supuse yo que debería de ser el vehículo de Thiago.

La señora Gomeri ingreso por el camino a la entrada y al instante la puerta delantera de la casa se abrió.

Reconocí su rostro porque Thiago me había pedido amistad por Instagram y Facebook, si bien a mí no me gusta usarlos casi nunca las redes, no pude decirle que no uno aceptar su amistad.

Thiago con su juvenil y varonil rostro sonriente, iluminaron el día e hizo más que eso. Las fotografías de sus perfiles no le hacen verdadera justicia a pesar de mostrar muy bien su apariencia.

Llevaba puesto un uniforme , uno típico  de enfermeros, pantalones y chaqueta de manga corta en verde agua,  pero encima se cubría con una chaqueta negra de punto de mangas largas que se había arremangado hasta los codos, dejando a la vista los antebrazos más sexis que yo hubiese visto en mi vida. Era demasiado hombre para mi salud mental, y para ser así de dulce y amable como me había parecido al teléfono.

Además era alto, tenía una melena castaña clara imperturbable por la humedad de la tormenta, la mirada almendra más cálida imaginable y una sonrisa que provocó que me entraran ganas de orinar (en el mejor sentido, porque hay un buen sentido en orinarse encima de la emoción al ver a un tipo con un ancho de hombros que es puro músculo, con una entrepierna que no se puede pasar por alto y que, además, alza unas manos enormes de dedos masculinos pero estilizados para saludarte con toda efusividad).

Atontada por la presencia de Thiago a unos tres metros de distancia, procuré recordar si el reglamento decía algo en contra de que los colegas pudiesen mantener relaciones más allá del ámbito laboral. Rogué que no fuera así, aunque tal vez estuviese yendo demasiado lejos. Que Thiago fuese amable conmigo al hablar de trabajo no implicaba que no tuviese novia o que estuviese interesado en mí. Otra vez me encontré intentando hacer memoria para recordar si en su perfil de Facebook figuraba su estado civil. Sí decía que tenía veintisiete añitos. Unos dulces y terriblemente sexis y arrebatadores veintisiete años, cuyo poseedor en ese instante exclamó mi nombre con emoción.

La señora Gomeri apagó el motor y me miró después de oír a Thiago llamarme con efusividad.

Un tanto nerviosa, le sonreí. Ella frunció el entrecejo, nada convencida con la situación.

Por el rabillo del ojo vi a Thiago abrir un gran paraguas negro para correr hacia el coche por el lado de la señora Gomeri, quien en ese momento abría la puerta para salir.

—¡Entren! Yo recojo el equipaje —nos avisó moviéndose hacia la parte trasera del vehículo.

Mientras yo recogía mi bolso y mi mochila, la señora Gomeri

abrió el maletero.

Cargando con eso, corrí hacia la entrada por detrás de la señora Gomeri mientras oía a Thiago luchar con mi equipaje.

Cerró el maletero de un portazo justo cuando nosotras, a resguardo del alero, nos sacudíamos la lluvia.

Giré la cabeza y lo vi cargando mi maleta. Thiago me dedicó una sonrisa que me dio la sensación de que era mucho más que la sonrisa de un colega. Para delicia de mi sentido de la vista, su sonrisa fue un gesto sexy, la demostración de que a ese chico debía costarle poco y nada ganarse a la mujer que quisiera.

Yo era un tanto torpe para ser considerada tan sexy como evidentemente lo era él, pero lo intenté y le devolví la sonrisa. No debí de hacerlo tan mal, o quizá él se compadeciera de mí, porque con su sonrisa de mil voltios todavía en alto me guiñó un ojo. Mis piernas, que en condiciones normales funcionaban estupendamente bien, piernas que podían correr kilómetros sin quejarse, se reblandecieron y apenas si fueron capaces de sostenerme en pie.

—¡Pero ¿qué es lo que sucede aquí?! —rezongó una voz áspera que vino acompañada de un andar cansino que se apoyaba en un bastón metálico de mango gris.

Mis ojos castaños dieron con los ojos acuosos de Hebert Strong.

Este no sonreía y, de hecho, lucía muy enfadado, además de elegante. Llevaba pantalones de vestir, mocasines, camisa de un blanco cremoso y chaleco. Su cabello, de un blanco grisáceo, aunque no era mucho, estaba meticulosamente peinado.

Se quitó las gafas de montura negra para estudiarme sin piedad de pies a cabeza y entonces vi que la mitad izquierda de su rostro estaba ligeramente caída; se notaba especialmente en su párpado superior y en la comisura de sus labios. Hebert se apoyaba sobre su lado derecho. Según constaba en el informe, después de sufrir el ictus había padecido dificultades con la movilidad de su lado izquierdo, por eso Jamie aún estaba por allí. Fue él quien me explicó que la mano izquierda de Hebert todavía daba un poco de problemas y que debía tener cuidado con los terrenos por los que andaba porque con la pierna izquierda no siempre acertaba las distancias, tanto al subir o bajar escaleras como al andar por superficies un tanto tramposas.

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