VIVIANA
La madre joven se queda llorando durante más minutos u horas, pues la tristeza le hace perder la noción del tiempo, hasta que Mariela vuelve a entrar y le dice: -Hija, tengo buenas noticias: Moncho vino conmigo. Acordamos que él se encargará de tu bebé y te llevará para que vivan juntos.
Un hombre de raza africana con una barba blanca escasa, que era lo único que evidenciaba su edad avanzada, se acerca; habla muy tranquilamente. Como si fuera algo normal para él, como si estuviera haciendo un sacrificio o un favor. En caso de que sea cierto, te ofrezco hospedarte en mi modesta casa; en ese lugar te llevaré para que me ayudes a cuidar mi bar, a lavar la ropa, a cocinar y a asumir todas las responsabilidades de ser mi esposa.
Mariela aplaude con alegría, imaginándose que ahora podría embriagarse sin pagar cuando su hija atendiera la cantina; interviene añadiendo: -Si ves, hija, te dije que todo saldría perfecto, ya se le arregló la vida, quedarás con una casa y con negocio. Siempre estuve contigo.
La joven madre siente en su cerebro un cortocircuito al escuchar tantos improperios. Lo cual hace que no resista, que se le rebose el aguante y explote furiosa, reclamándole: -Mamá, no sé cómo es posible que apoyes a este animal. A quien deberías denunciar ante las autoridades para que lo cojan preso por lo que me hizo y no premiarlo convirtiéndome en su esclava. Este monstruo me lleva muchos años; es que es mayor que mi padre, bien podría ser mi abuelo.
-Hija, respeta que, aunque sea, es mejor que esos amiguitos tuyos que se la pasan en las esquinas, consumiendo porquerías y con las orejas llenas de aretes. -Mariela de nuevo estira la mano amenazando con pegarle una cachetada.
El asqueroso de Moncho, arrugando su frente, agrega: -Pues usted verá, mija, si aprovecha la oportunidad que le estoy dando, para que quede con su honra intacta, y desde luego que a usted y a la carajita no les va a faltar un plato de comida.
Viviana sintió que le jalaran cada fibra de su cuerpo e intentó pararse a golpearlo, pero su condición de postparto no se lo permitió. Lo único con lo que pudo descargar su rabia fue gritándole: -¡Asqueroso, usted se aprovechó de mí, usted me violentó, no me puedo ir a vivir con usted, lo aborrezco, me da fastidio, le juro que algún día me voy a vengar de usted y ni imagine que le dejaré ver a mi hija!
Moncho se mete la mano en los bolsillos alzando los hombros, anunciando indignado: -Muchachita, no seas tan grosera. Mira, te dejo unos pesitos encima de los otros, y cuando necesites para pañales o algo, me buscas, eso sí, te portas bien. También deja de decirme violador, que cuando pasó lo de nosotros ni te quejaste. Aparte de todo, que lo único que me puede decir que la niña es mi hija es por el color de piel, pero no soy el único moreno del barrio; uno no sabe si te fuiste de resbalosa con uno de los otros niches. -Saca unos billetes arrugados del bolsillo izquierdo del pantalón, dejándolos en la mesa encima de los otros.
Esta vez Viviana explota en furia, intentando arañarlo como una fiera, pero por sus pocas fuerzas él la esquiva fácilmente. Ella, sin rendirse, continúa queriendo hacerle daño con algo y, al no encontrar alguna cosa cercana que lanzarle, su mano se desliza por debajo de la camilla hallando algo de un metal helado, que se lo arroja sin ni siquiera pensar qué era, y resultó ser un recipiente que recibe los fluidos corporales. Lástima que estaba medio vacío, porque le da a Moncho en la cara y el contenido le llena la cabeza y le ensucia la camisa, dejándolo manchado y con un olor ácido desagradable. Haciendo valer la pena cada insulto de la señora Mariela que le dice mientras se marcha jalando a ese despreciable ser que estúpidamente intenta limpiarse con un pañuelo que también alcanzó a ser chispeado con sus meados.
Por lo menos esto ayuda a que Viviana se calme al desahogarse un poco; mejor decide alzar a su hija, quien cesa el llanto mirándola sonriente, y al ver esa carita hermosa la abraza tranquilizándose, y mejor piensa en buscar otras soluciones; supone que le tendrá que salir a tocar puertas, quizás donde una tía o una hermana mayor. Lo que sí llega a la conclusión es que tiene que salir adelante por su bebé, que es un ser inocente y puro.
-Señorita, ya tiene salida, ¿quién va a venir a recogerla? Toca que llame a un familiar. -Era lo que le decían las enfermeras a cada cambio de turno; esta vez entró una enfermera algo arrogante.
Ella únicamente pudo entre lágrimas contestarle: -No, señorita, no tengo a nadie, mis padres me echaron de la casa, me toca ir a buscar quién me ayude.
La enfermera hace una mueca de risa; era lo que acostumbraba para no mostrar que tenía pocos dientes. Le responde agarrándole las manos y acariciando al bebé: -Señorita, me pareció escuchar eso, es terrible. Cálmese, que yo la puedo ayudar por unos días, aunque sea. Yo vivo en una casa muy grande; le propongo que, al finalizar el turno, yo las llevo; le abriré un campo; allí nada le va a faltar, tranquila.
Viviana juzga que su situación se está arreglando, que el sol sale después de la tormenta y contéstale: -Le agradezco mucho, pero me da vergüenza.
La enfermera, colocándole una mano en el hombro, la mira a los ojos diciéndole: -Las personas estamos para servir; el que no vive para servir no sirve para vivir. Quédese en mi casa mientras se recupera y consigue trabajo.
A Viviana le duele la boca al volver a sonreír mientras le dice: -Usted es una bendición, un ángel, el cielo me la envió. Yo sabía que no podía ser tan salada; le acepto su ayuda, muchas gracias. Ya había escuchado que en los momentos más oscuros conocemos a los ángeles.
En ese instante, esa enfermera fue como una ventana de luz que se abría en la oscuridad de su desgracia, aunque después se estrellaría con un muro de mentiras que le mostraría lo equivocada que estaba; solo era un pasillo a algo más tenebroso.
JOHN
Un mes después, en una de las zonas más opulentas de la ciudad, donde el precio exorbitante de las propiedades hacía creer que la tierra desprendía una energía especial, un operativo policial rodeaba por completo un edificio espléndido. La policía lo rodeó tanto desde el suelo como desde el aire, utilizando drones y helicópteros.
Adentro, el objetivo ni sospechaba que venían a capturarlo; ya llevaba viviendo varios años en ese complejo, siempre se había camuflado bien entre los personajes de mayor influencia en el país. Esta vez lo estaba haciendo; estaba encerrado en la privacidad de su suite con una bella modelo, la que estaba saliendo en comerciales y revistas. Tenía solo cuatro escoltas para su seguridad; inclusive eran más de lo habitual que usaba en la ciudad, donde le gustaba tener un perfil bajo; muchas veces se vestía con harapos y recorría las calles de la ciudad sin compañía. De esta manera se sentía libre por no tener la presión de un atentado o una captura. Lo que más le agradaba era la sensación de adquirir lo que quisiera y romper sus límites, algo que disfrutaba sin moderación. Eso le sería útil para entretenerse recordando en la pequeña celda que tendría en la prisión de máxima seguridad.
Mientras tanto, los cuatro guardaespaldas custodiaban el pasillo, hablando entre ellos. Jefferson, el más antiguo, un ex-militar, calvo, fuera de forma, les comentaba a sus compañeros:
-Estoy tratando de adelgazar para conseguir trabajo como cuidador en algún país petrolero; tengo muchos amigos que lo hicieron y ganan mucho dinero. Pero descubrí que no hay cosa más complicada que hacer ejercicio para bajar de peso. Era más sencillo cuando patrullaba kilómetros en el monte con el equipo y aditamento, que trotar un metro con toda esta grasa en mi interior.
En otro extremo se hallaba Juan, quien se ganó el trabajo porque un día salvó que robaran al jefe; es que él primero pretendía estafarlo, por eso el capo lo nombró escolta. Es que ni porte tenía, era flaco y bajito, aunque muy despiadado, producto de vivir muchos años en la calle, le contesto. -Sencillo, gordo, tiene que ir seguido al baño.
Otro de ellos escuchó esta barbaridad, un hombre de estatura mediana, también flaco, vestido de gris, cabello negro, medio moreno, llamado John. Este llegó al puesto porque era el hijo de una comadre del jefe. Intento ser amable reponiéndole mejor. -Don Jefferson, lo que tiene que hacer es la dieta del agua, del ajo y la sierra... Agua-ntarse, ajo-derse y sierra tu boca para no comer.
Finalmente, de últimas, se encontraba Carlos, un hombre corpulento, a quien le gustaba hacer ejercicio, quien soñaba con el amor de una bella mujer. Que no lo lograba porque estaba traumatizado por las múltiples burlas de su nariz aguileña que sufrió por parte de sus compañeros de colegio. También fue policía, pero echado debido a que fue video grabado recibiendo sobornos; le agrego esto a la charla: -Don Jefferson, lo que tiene que hacer es mentalizarse; recuerde que todo está en la mente. No suponga que puede adelgazar de un día para otro; de igual que no engordó en un instante, no le podrá dar reversa. Tiene que empezar dé a poquitos. Simplemente, practique comer una cucharada menos, quedar con un poquito de hambre, solo eso; además, si le da ansiedad, tiene que tomar agua; de todas maneras, tiene que controlar su peso por salud, más que por cualquier otra cosa.
De pronto Jon interrumpió la conversación anunciándoles, en voz baja: -¡Huy, se nos metieron! Observen con disimulo, viene subiendo un poco de policía con trajes blindados.
Jefferson se asomó a las escaleras, dándose cuenta del oscuro panorama, y exclamó: -¡También están bajando del techo, HP, tenemos que avisarle al jefe!
Juan se dirigió a la puerta del jefe, pero después regresó diciendo: -Es tarde, ya no llegamos, ya nos metieron, no tenemos posibilidad de salvarlo. Debemos tratar de salvarnos nosotros mismos; llámenle al celular. Nada de sacrificarse por el patrón, eso ya está pasado de moda.
Carlos le timbró al celular de su jefe, quien le respondió en tono altanero: -¿Qué sucede, mequetrefe? Les dije muy claro que no quería que me interrumpieran; más les vale que sea para algo urgente.
El guardaespaldas solo le pudo exponer: -Señor, nos cayeron.
La policía entró explotando la gruesa puerta de seguridad, irrumpiendo con furia por todas las habitaciones, encontrando lujo en exceso, ropa en el suelo y un par de botellas vacías, pero a ninguna persona, aunque aún se podía oler un perfume de rosas exquisitas.
-¡Traigan a los perros! -ordenó el capitán de la misión, con su mágica voz que provocó que en instantes tres canes entrenados hurgaran con su olfato cada cuarto del edificio. Un labrador dorado se detuvo ladrándole al armario de la habitación principal, el cual los policías no pudieron correr ni abrir, hasta que uno de ellos lo golpeó con la culata de su arma para romperlo en astillas. Como la falsa pared detrás de eso, que tenía un túnel pequeño que llevaba a una escalera pequeña, desde donde varios policías se lanzaron con el armamento preparado para actuar cuando dieran con su objetivo. Lo cual no fue necesario, ya que al momento de capturarlo estaba tan indefenso que ni siquiera tenía ropa interior puesta, al igual que su despampanante acompañante.
Los cuatro escoltas sí se salvaron, gracias a que a John se le ocurrió forzar el apartamento continuo y entraron presionando a la familia para que fingieran que vivían con ellos, hasta que se pudieron marchar. Jefferson, quien era el líder por su experiencia militar, les dijo: -Chicos, aquí hemos perdido. Lo que nos queda es conseguir trabajo, pero tenemos la suerte de estar vivos.
Juan, el muy astuto, quiso marcharse primero sin hacer ruido, a lo que Carlos lo detuvo observándole: -Espere, socio, no es justo lo que usted está planeando, usted se quiere quedar con el dinero que está en el auto del jefe, usted es el que tiene las llaves.
Se alertaron todos y Jon agarró a Juan del cuello amenazándolo. -Espere, bebe, ese dinero no lo merecemos todos, sería como nuestra liquidación, lo vamos a repartir en partes iguales y si podemos vender el auto, también nos lo dividiremos.
Juan se liberó, tratando de ganar su confianza; habló en voz bajita: -Es que ese dinero es del jefe, qué tal salga y nos lo cobre con la vida, como está acostumbrado a hacer.
Les sembró la duda, a lo que Jefferson propuso: -Pero necesitamos dinero mientras conseguimos trabajo; además, si lo dejamos aquí, de seguro que tarde o temprano la policía lo encontrará. Mejor sugiero que lo repartamos en partes iguales; no obstante, hagámoslo con precaución, por si liberan al jefe y podamos reponerlo sin dificultad.
Todos estuvieron de acuerdo en este pacto de cesantes en lugar de verlo como una traición al jefe de la mafia.
Se marcharon haciéndose pasar por indignados residentes. Pasaron por entre los policías que aún custodiaban el lugar, tomaron el auto del garaje, marchándose a guardar el dinero en un sitio seguro. Y todo iba bien hasta que a Juan se le dio por hacer una fabulosa propuesta: -Compañeros, tengo sed, vamos, nos tomamos algo para celebrar este cambio forzado, vamos tranquilos, que yo les gasto lo que quieran. ¿Quién sabe si nos volvemos a ver? Aprovechemos hoy, que puede ser nuestra última noche juntos.
John, malhumorado, le objetó: -No estamos para celebrar, la policía nos puede estar buscando; además, cogieron preso al patrón, eso no es motivo de celebración.
Una mano se alzó en el auto; era Carlos quien lo interrumpió exponiendo: -Celebraremos que estamos juntos y libres. Si encontramos una iglesia abierta en el camino, rezaremos por el gran jefe para que lo liberen pronto. Mejor relajémonos y vamos a un sitio que conozco, que es muy bueno, donde la vamos a pasar muy tranquilos; de todas maneras, ya nada puede salir mal.
Otra equivocación; en esa noche aún les esperaba otra aventura, incluso sería la última noche para uno de ellos.