Capítulo 2

Sean llegó al apartamento que compartía con su novia Zoe, sus manos temblorosas delataban el nerviosismo que sentía mientras introducía la llave en la cerradura. Cuando la puerta se abrió, el murmullo de una conversación se apoderó de él, señalando que había visitas inesperadas. Lo que menos necesitaba después de un día agotador era enfrentarse a una reunión familiar.

Al entrar, se encontró en la sala con sus padres y los de Zoe, compartiendo anécdotas y risas. El contraste entre su agotamiento y la vivacidad de la escena le hizo sentir una punzada de incomodidad. Su madre fue la primera en notar su presencia y, con una sonrisa cálida, comenzó a levantar las manos y agitarlas.

-Hijo, te estábamos esperando.

Sean caminó hacia ellos, esforzándose por sonreír.

-Hola mamá, papá, no sabía que vendrían hoy. Si lo hubiera sabido, habría llegado más temprano.

Su padre sonrió, levantando su copa para darle un sorbo antes de responder:-Ya sabes lo impaciente que es tu madre. Decidimos sorprenderte.

Sean asintió, ocupando el único sofá disponible, mientras su suegro, con un tono jovial, tomó la palabra: -Estábamos hablando sobre la boda. Margaret ha encontrado una planificadora de eventos espectacular.

La mujer mencionada, sentada a su lado, sonrió con satisfacción.

-Es un poco costosa, pero es la mejor de Italia -dijo, con una sonrisa que irradiaba orgullo y confianza.

Sean sintió una presión creciente en su pecho.

-No tenemos dinero para pagarle a una mujer por hacer algo que podríamos inventar nosotros mismos, si fuera algo más íntimo.

Zoe, notando la tensión en su voz, se acercó y le preguntó suavemente:-¿Amor, te pasa algo? Hace unos días estabas muy entusiasmado.

Sean suspiró, tratando de mantener la calma: -Estoy cansado, Zoe. Las cuentas no dan. ¿De dónde vamos a sacar tanto dinero? ¿Una boda tan grande para qué?

Su madre intervino, con un tono maternal que intentaba calmarlo:

- Mi vida, uno se casa una sola vez con la persona que ama. ¿Por qué no tener lindos recuerdos?

Su padre asintió, añadiendo:

-Es cierto, Sean. Además, tenemos muchos amigos que no podemos dejar fuera en las invitaciones.

Zoe, con una mezcla de ternura y firmeza, se acercó más a él.

-Siempre soñé con una boda de ensueño y eso es lo que quiero.

Sean sintió un nudo formarse en su garganta. Tratando de ocultar su frustración, anunció:

-He encontrado un segundo trabajo para reunir algo de dinero.

-¿De qué se trata? -preguntó su suegro, con interés.

-En una galería de arte en las afueras de Italia -mintió sin titubear-. Trabajo tres veces a la semana y me pagan bien. Pero aún así, no será suficiente en dos meses.

Zoe, siempre optimista, se sentó en el brazo del sofá cerca de él y dijo alegremente:

-Bueno, como no tenemos nada preparado aún y ni siquiera lo hemos hecho público, podemos alargarla un poco más. He esperado seis años, puedo esperar seis meses.

La sala se llenó de un silencio incómodo. Sean sabía que su mentira era una solución temporal, pero no podía evitar sentir una profunda desazón. Mientras miraba a su alrededor, sus padres y los de Zoe continuaban discutiendo los detalles de la boda, ajenos a la tormenta interna que lo consumía. Sabía que había tomado una decisión desesperada, una decisión que podría cambiarlo todo.

Cuando la visita culminó y las despedidas se acercaron a la puerta, Sean sintió un alivio palpable. Soltó un extenso suspiro, liberando la tensión acumulada durante la reunión. Zoe cerró la puerta detrás de sus padres y lo miró directamente, su rostro reflejando una mezcla de preocupación y determinación.

-¿Qué es lo que pasa, Sean? Noté tu molestia y créeme, mis padres también.

Sean, incapaz de contener su frustración, replicó con un tono cortante:

-Ya dije lo que me pasa, Zoe. No me hagas repetirlo.

Con un gesto impaciente, se dirigió a la cocina en busca de una botella de agua. Zoe lo siguió, su expresión transformándose de preocupación a algo más desafiante.

-¿Pero por qué estás tan arisco? -preguntó, sentándose en uno de los taburetes junto a la barra de la cocina.

Sean apoyó sus manos en la meseta, sintiendo el frío del mármol bajo sus palmas. La frustración lo inundaba y sus palabras salieron en un torrente amargo:

-Si lo que quieres es casarte conmigo, ¿por qué insistes en tener una boda que dure dos días? No somos celebridades.

-No lo somos, pero me gustaría sentirme como una. Quiero que se hable de mi boda por semanas.-respondió Zoe, herida pero decidida.

La mirada de Sean se oscureció. No podía creer lo que estaba escuchando. Se volvió hacia ella, su voz cargada de exasperación: -Déjate de tonterías, Zoe. No podemos permitirnos eso.

El silencio que siguió fue tenso, casi tangible. Zoe se levantó del taburete y se acercó a él, su expresión suavizándose un poco.

-Sean, lo que más deseo es casarme contigo. He soñado con este día desde que era una niña. Quiero que sea perfecto.

-Perfecto no significa lujoso -replicó Sean, tratando de moderar su tono-. Podemos tener una boda hermosa sin gastar una fortuna. Lo importante es que estemos juntos, no cuánto dinero gastemos.

Zoe se cruzó de brazos, su mirada fija en el suelo.

-Entiendo lo que dices, pero también quiero que sea especial. Quiero recordar este día como el mejor de nuestras vidas.

Sean se acercó y la tomó de las manos, buscando un punto medio entre sus deseos.

-Zoe, te prometo que tendremos una boda maravillosa. Pero necesitamos ser realistas. No podemos gastar lo que no tenemos. Necesitamos encontrar un equilibrio.

Ella lo miró a los ojos, las lágrimas brillando en sus pupilas.

- Solo... no quiero que este sueño se convierta en una pesadilla por el dinero, podemos hacer un esfuerzo ahora que conseguiste otro empleo.

Sean la miró, sintiendo su tensión palpable aún. ¿Se podía ser más egoísta?

-Está bien, Zoe, haré todo lo posible por que tengas tu boda de ensueño.

A la mañana siguiente, Sean se despertó con una sensación de inquietud. La habitación estaba sumida en la penumbra matutina, y solo el suave murmullo del ventilador rompía el silencio. Miró a Zoe, quien aún dormía plácidamente, su respiración rítmica y tranquila. No quería despertarla, especialmente después de la tensa conversación de la noche anterior.

Se deslizó fuera de la cama con cuidado, intentando no hacer ruido, y se dirigió a la cocina. Mientras caminaba por el pasillo, los pensamientos sobre su nuevo trabajo a tiempo parcial invadían su mente. La paga era sorprendentemente buena, casi demasiado buena para ser verdad, y esa duda se había instalado en su cabeza como una nube persistente. ¿Qué tipo de bar pagaba tanto por un camarero? Y, lo más inquietante, ¿qué le esperaba en ese ambiente nocturno tan distinto a las aulas de la universidad?

Al llegar a la cocina, Sean se tomó un momento para absorber la calma del hogar. La luz suave del amanecer se filtraba por las cortinas, bañando la cocina en tonos dorados. Era un contraste tan marcado con la inquietud de sus pensamientos que le hizo detenerse y respirar hondo. A menudo encontraba consuelo en las tareas simples y cotidianas, y decidió que preparar el desayuno podría ser justo lo que necesitaba para calmar su mente.

Sacó una sartén y encendió la estufa, dejando que el aroma del café recién hecho comenzara a llenar la habitación. Mientras los huevos chisporroteaban suavemente, sus pensamientos volvían al bar y a Arón Rossi, el dueño. La imagen de Arón, con su sonrisa burlona y actitud desinhibida, no dejaba de rondar en su cabeza. Sean se preguntaba cómo sería trabajar para alguien como él y si realmente podría mantener su empleo en secreto de Zoe.

A medida que los minutos pasaban, el olor del desayuno se intensificaba. Sean se movía por la cocina con destreza, sus movimientos automáticos después de tantos años de rutina. Preparó tostadas y exprimió un par de naranjas, intentando concentrarse en la tarea en lugar de en las preocupaciones que lo asaltaban. Pensó en Zoe, en cómo ella había imaginado su boda, y en cómo él había prometido hacer todo lo posible para cumplir esos sueños. Sin embargo, la realidad económica era una sombra que no podía ignorar.

De repente, sintió una presencia detrás de él. Se giró y vio a Zoe en la entrada de la cocina, envuelta en su bata de dormir, con una expresión somnolienta pero curiosa.

-Buenos días -dijo ella, su voz todavía rasposa por el sueño-. ¿Qué haces levantado tan temprano? Tus clases son en la tarde ¿cierto?

Sean sonrió, intentando esconder su preocupación.

-Buenos días, amor. Quería sorprenderte con el desayuno. ¿Por qué no te sientas y disfrutas mientras yo termino aquí?

Zoe se acercó y le dio un beso en la mejilla antes de sentarse en la mesa.

-Eres un encanto -dijo, observándolo con ternura-. Aunque me preocupa que no hayas dormido bien.

Sean se encogió de hombros, sirviendo los platos.

-Solo tengo muchas cosas en la cabeza. Pero nada que no podamos manejar juntos.

Se sentaron a la mesa y comenzaron a desayunar en un silencio cómodo. Sean observaba a Zoe, preguntándose cuánto tiempo podría mantener su secreto. Sabía que eventualmente tendría que contarle la verdad, pero por ahora, solo quería disfrutar de un momento de paz antes de que el caos del día comenzara nuevamente.

Capítulo 3

James se preparaba para marcharse a la universidad. Cerró la puerta de su casa y, casi al instante, recibió uno de los numerosos mensajes que su mejor amigo, Mark, le había dejado en el buzón de voz aquella tarde.

Mark sonaba bastante irritado: "¡Despierta! Estamos esperándote desde hace diez minutos." James guardó su móvil mientras se dirigía al estacionamiento y se subía a su motocicleta.

Esa mañana había quedado con Alex y Mark para merendar algo, como solían hacer cada día de la semana en los que tenían la clase del Profesor Dante a primera hora de la tarde. A menudo llegaban tarde, y esto en gran parte se debía a que James disfrutaba molestando al hombre que no solo era su profesor, sino que también ahora, trabajaba en el bar de Arón.

La idea de ver al profesor enfadado y, por ende, imponerles castigos absurdos, le resultaba extrañamente excitante.

Al estacionar frente a la cafetería, James supo que recibiría una reprimenda por parte de Mark. Tomó una respiración profunda, aparcó frente a la entrada y entró al lugar.

De inmediato reconoció la resplandeciente cabellera rubia de su amigo gruñón, Mark, quien movía su pierna mientras murmuraba algo con mal gesto, llevándose el teléfono a la oreja. Antes de que el de James pudiera empezar a sonar, él tomó asiento con una gran sonrisa en sus labios.

-¡Hey! -saludó Alex, repartiendo unos extraños choques con sus manos-. Menos mal que llegaste, Mark estaba a punto de irse.

-Oh, joder, James -gruñó el rubio, exasperado mientras bebía del jugo que sostenía entre sus manos-. Lo siento, pero tardaste demasiado y ya comimos. Espero que aprendas a ser más puntual.

- No es mi culpa -se excusó James, moviendo su mano como si espantara un mosquito-, anoche tuve un altercado en el bar.

Mark lo miró con ojos entrecerrados, mientras Alex reía.

-No era necesario saber eso, no es nuevo -comentó Alex, divertido.

-Voy a comprar mi merienda, esperen aquí. -Con una sonrisa irremediable, James le dio un ligero empujón a su amigo, quien soltó un gruñido, garantizándole su mal humor.

Cuando volvió con su comida, notó que Mark había relajado su rostro. Justo cuando tomó asiento una vez más, la incomparable risa de su amigo lo llenó. Supuso que Alex habría estado contando las mismas estupideces de siempre, pero no se interesó en indagar. Más bien, le dio una enorme mordida a su sándwich y bebió jugo al mismo tiempo, sintiendo las miradas burlonas de sus amigos sobre él, que pronto se posaron en la entrada del lugar.

-¿Estás viendo lo mismo que yo? -preguntó Alex, con una sonrisa espontánea en su rostro, haciendo que Mark asintiera de inmediato. Sin querer perderse de lo que ellos estuviesen observando, James volteó la cabeza.

Una chica de baja estatura, con una cola de caballo amarrada en el centro de su cabeza y unas enormes gafas, caminaba dentro del lugar. James tragó la comida, evitando escupirla cuando la risa lo atacó, y mirando a sus amigos con divertida extrañeza, se aclaró la garganta.

-James también la vio -afirmó el rubio, con una risa suave escapando de sus labios-. Parece un gnomo, ¿eh? Qué graciosa.

-Oh, Dios. Debería ser ilegal que tus anteojos sean más grandes que tú -se burló Alex, robando un mordisco de la comida de James. Este de inmediato negó con la cabeza, riendo ante los comentarios de sus amigos.

-No creí que les atrajeran las nerds -bromeó James, dando una nueva mordida mientras observaba a la chica dirigirse a la caja. La siguió con la mirada, sintiendo cómo esta quemaba cada segundo que transcurría-. Joder, qué fea.

Tras ese comentario, dos nuevas risas estallaron, acompañadas por la de James, quien no pudo evitarlo por más tiempo. La chica había volteado sobre su hombro, dándose cuenta de que había llamado la atención de los tres escandalosos jóvenes. Intentando ignorarlos, deseó no haber entrado sola al lugar.

Su plegaria pareció ser escuchada cuando una nueva presencia apareció. Una enorme sonrisa que no pasó desapercibida para Alex y Mark, quienes, sorprendidos, golpearon la pierna de James por debajo de la mesa.

James enseguida volteó, esperando encontrarse con otro motivo de burla, pero una sonrisa apareció en su rostro al admirar al hombre que tanto le gustaba. Sean estaba allí, y se veía guapo; el hombre mayor no parecía darse cuenta de que el lugar estaba habitado por tres de sus peores estudiantes. Caminando con seguridad, llegó a la caja, ofreciendo un abrazo protector alrededor de la nerd.

-¡Qué mierda! -exclamó James, poniéndose blanco y en cuestión de segundos, rojo. Pero no de furia ni mucho menos, una carcajada salió de su boca-. Oh, mierda. ¡Miren, miren!

Sus amigos lo acompañaron en nuevas carcajadas, sin poder creer lo que sus ojos sorprendidos admiraban. Y cuando comenzaron a reír más fuerte, el moreno volteó, abriendo los ojos como platos al cerciorarse de quiénes eran y de que les hacía gracia encontrarlo allí.

-Por Dios, ahora entiendo por qué me rechaza tanto -asintió James, cesando su carcajada-. ¡Tiene unos pésimos gustos!

-De todas las personas que imaginé, no creí que sería una potencial cita de tu sexy profesor -aseguró Mark, recostándose del respaldo de la silla. Alex golpeaba la mesa, mientras conseguían otras contadas miradas más.

James permaneció inmóvil un minuto, deshaciendo la felicidad de su rostro y analizando la situación. Cuando Sean besó la mejilla de ella y pareció susurrarle algo, él alzó una ceja, celoso; aun así, sintió terribles ganas de reírse en su cara.

-No lo puedo creer, ¿Es en serio? Por favor, golpéenme -pidió, su voz baja y sus amigos pararon de reír-. ¡Parece una renacuaja de laboratorio!

Tras esas palabras, reanudó su carcajada, sus amigos sin poder evitarlo mucho más, y la mirada miel dirigiéndose hacia él. Sean estaba enojado; James ya podía reconocer esa forma de mirarlo, estaba en problemas.

-¡Hey, Profesor Dante! -gritó James, levantándose un poco de su silla y levantando la mano. El moreno apretó la mandíbula, esperando que les dieran su pedido para largarse de allí-. ¿No debería estar en el salón preparando la clase de hoy?

-¿Son tus alumnos? -murmuró Zoe a su lado, manteniendo su mirada desagradable en torno a los tres sujetos ruidosos.

Sean soltó un pesado suspiro y, cogiendo la bolsa con la comida, entrelazó su mano con la de la chica y la jaló de regreso a la salida. Cuando pasó al lado de la mesa, escuchó la martillante risa de James y supo que ese día había ido demasiado lejos.

Sin siquiera responderle, la sacó de allí, no sin antes echar una mirada reprobatoria a sus alumnos, que, al verlos irse, rieron con más ganas. Cuando James se cansó, quedó en completo silencio, su ceño fruncido y su cabeza moviéndose de un lado a otro.

-¿Por qué nunca dijo que era heterosexual? Está trabajando en un bar gay y tiene novia -dijo, su voz sonando furiosa. Dos pares de ojos lo miraban, y sus hombros se encogieron mientras jugaba con la pajilla en su vaso-. Peor aún, qué mal gusto tiene.

Después de terminar en la cafetería, James y sus amigos se dirigieron directamente al salón de clases. El sol de la mañana iluminaba los pasillos de la universidad, y el sonido de sus pasos resonaba en el ambiente, marcando un ritmo apresurado. James, con su actitud despreocupada, lideraba el grupo, mientras Alex y Mark intercambiaban bromas y comentarios sarcásticos sobre el encuentro reciente con el Profesor Dante y su acompañante.

Al llegar al aula, la puerta ya estaba abierta, y desde el pasillo podían escuchar la voz firme y modulada de Sean impartiendo la clase. Sin dudar, James entró primero, seguido de sus amigos, sin preocuparse por interrumpir. Sean apenas les dirigió una mirada fugaz, manteniendo su concentración en la lección que estaba dando.

James se acercó a la mesa más cercana al frente, eligiendo el asiento que le proporcionaría una vista directa del profesor. Con un movimiento deliberado, apoyó su brazo en el respaldo de la silla y miró a Sean con una expresión divertida, casi desafiante. La clase continuaba su curso, y los estudiantes tomaban notas o escuchaban con atención, ajenos a la tensión sutil que comenzaba a formarse en el ambiente.

-En la lección anterior les hablé sobre las obras de Shakespeare -dijo Sean, recorriendo la clase con la mirada-. Hoy profundizaremos en algunas de sus obras más significativas.

James aclaró su garganta de manera ruidosa, captando la atención de varios de sus compañeros. Con un tono que destilaba irreverencia, preguntó:

-¿Existe alguna obra de Shakespeare que sea homosexual?

El comentario resonó en el aula, y un murmullo de risas maliciosas se extendió entre los estudiantes. Sean se detuvo en seco, su expresión endureciéndose al tiempo que clavaba una mirada severa en James. Las risas de los estudiantes eran una burla insoportable, un eco que amplificaba la falta de respeto y el desafío que James acababa de lanzar.

Sean inhaló profundamente, intentando mantener la compostura. Podía sentir la tensión en sus hombros, un peso que parecía incrementarse con cada carcajada que resonaba en el aula. Sin embargo, no iba a permitir que James lo desestabilizara. Su voz, cuando habló, estaba cargada de una frialdad controlada.

-La obra de Shakespeare aborda muchos aspectos de la condición humana, incluyendo temas de amor y deseo en diversas formas -respondió Sean, manteniendo su tono profesional-. Si tienes un interés genuino en explorar esas temáticas, te sugiero que leas "Soneto 20", que algunos críticos interpretan como una expresión de amor hacia un joven.

James sonrió de manera burlona, disfrutando de la incomodidad que había provocado. Sin embargo, la firmeza en la voz de Sean y su control de la situación empezaron a disipar la atmósfera de burla en el aula.

Sean continuó con la clase, ahora más decidido a no dejar que la interrupción de James desviara el propósito de su lección. Con paciencia y precisión, habló sobre la riqueza literaria de Shakespeare, sus contribuciones al teatro y la poesía, y la universalidad de sus temas.

James, aunque aparentaba desinterés, no pudo evitar sentir una chispa de admiración por la forma en que Sean había manejado la situación. Había esperado enfadarlo o avergonzarlo, pero en su lugar, el profesor había transformado la provocación en una oportunidad educativa.

El resto de la clase transcurrió sin mayores incidentes, y al finalizar, Sean recogió sus materiales y se dispuso a salir. James, Alex y Mark se quedaron unos momentos más, comentando entre ellos y preparando su próxima movida. James sabía que había cruzado una línea, pero también sabía que la batalla apenas comenzaba.

Al salir del aula, James miró a Sean que se alejaba por el pasillo. Había algo en su porte, en su manera de enfrentar los desafíos, que le resultaba irresistible. Una mezcla de respeto y deseo, de admiración y provocación, que lo empujaba a seguir buscando la manera de romper esa fachada de control que Sean mantenía con tanto esfuerzo.

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