Portada de la novela PERDIDA EN TI

PERDIDA EN TI

9.4 / 10.0
Catalina despierta amnésica en una clínica de lujo, donde el poderoso Vittorio Leone asegura ser su futuro esposo. Pese al relato idílico del magnate, ella experimenta un miedo inexplicable a su lado. Bajo una vigilancia constante, la joven se debate entre el deseo y la desconfianza, hasta que un video grabado por ella misma le advierte que está rodeada de mentiras. Catalina deberá recuperar su memoria antes de sucumbir ante el hombre que podría ser su captor.

PERDIDA EN TI Capítulo 1

Desperté envuelta en una luz blanca que me hería los ojos.

No era una luz natural, sino esa luz que usan en la clínica, cruda, como la de un quirófano. Las paredes relucían con una limpieza inhumana. Todo olía a desinfectante. A encierro.

Mi cuerpo no respondía.

Sentí mi lengua pesada, como si hubiese dormido con piedras en la boca. El sabor metálico me revolvió el estómago. Vomité solo aire.

El silencio era tan absoluto que podía escuchar mi respiración quebrada.

¿Dónde estaba? ¿Quién era?

Un zumbido me perforó el cráneo. Me llevé la mano a la frente. No llegué. Algo me sujetaba la muñeca. Una vía intravenosa. La otra mano, atada al costado de la cama con una cinta blanca.

El terror subió como un río helado por mi espalda.

Una sombra se movió a mi izquierda.

-¿Catalina? -La voz era masculina. Grave. Suave. Como seda que oculta un cuchillo.

Giré la cabeza. Lo vi.

Tenía el rostro cincelado, elegante, de una belleza peligrosa. Pelo oscuro, traje sin arrugas, y esos ojos... demasiado claros para ser cálidos.

No lo conocía. Pero mi cuerpo sí. Mis poros lo reconocieron antes que mi mente. Una corriente me cruzó la piel.

Su presencia no me era ajena.

Me dio náuseas. Y deseo. Al mismo tiempo.

-¿Dónde estoy? -pregunté, con un hilo de voz.

-En una clínica de reposo -respondió, sin dudar-. Un lugar seguro. Cerca del mar. Italia.

Italia. La palabra me pareció ridícula. Como si la hubiera inventado.

Miré alrededor. Todo parecía demasiado perfecto para ser real.

Demasiado lujoso para estar enferma.

-¿Qué me pasó?

El hombre no respondió enseguida. Sus ojos me estudiaban. Como un científico que observa un experimento.

-Te hiciste daño, Catalina. Grave.

Tragó saliva.

-Intentaste... desaparecer.

Sentí un temblor en los dedos. No sabía si era miedo, rabia o frío.

-¿Quién eres tú?

-Vittorio  Leone.

Hablaba como si eso debiera decirlo todo.

-Tu prometido.

Mi corazón se detuvo por un instante.

¿Prometido?

La palabra se sintió absurda en mi boca.

No recordaba haber amado a nadie. No recordaba nada.

Pero algo me dolía al escucharlo decirlo. Como si algo perdido en mí llorara por volver.

-¿Por qué no te recuerdo?

-Has estado sedada. Tu cerebro... necesitaba descanso. Las emociones intensas te desbordaron.

-¿Me drogaron?

Él frunció los labios.

-Te protegemos. De ti misma.

La habitación giró. Un sudor frío. Vértigo.

Intenté incorporarme. Vittorio me tomó del brazo con rapidez. Sus dedos eran cálidos, fuertes.

Su tacto me provocó un escalofrío. Quise apartarme, pero mis músculos eran de trapo.

Él me sostuvo con una mezcla de ternura y control.

-No te esfuerces -murmuró-. Has estado muy enferma. Te tomará tiempo adaptarte.

-¿Adaptarme a qué?

Vittorio  sonrió. No era una sonrisa feliz. Era una sonrisa entrenada.

-A la verdad.

Pasaron horas. O días. No había relojes. Solo sol y sombras, turnándose en la ventana.

Las enfermeras hablaban poco. Algunas me evitaban la mirada. Otras eran amables... demasiado amables.

Como si yo fuera algo delicado que podría romperse al contacto.

Vittorio  venía todos los días. Siempre con flores. Siempre con esa voz suave que ocultaba algo más.

Un día, me trajo fotos. De nosotros.

Sonrisas. Vacaciones. Un anillo en mi dedo.

-Esto fue en Grecia -dijo, mostrándome una imagen donde yo sonreía junto a él.

-Aquí dijiste que querías pasar el resto de tu vida conmigo.

No me reconocí. Era como si me mostrara fotos de una extraña.

-¿Por qué no me acuerdo de nada de esto?

-Porque tu mente bloqueó lo que vino después. El accidente. La crisis.

-¿Qué accidente?

Él no respondió.

En cambio, se acercó y me besó la frente.

Mi cuerpo reaccionó con una oleada de calor. Cerré los ojos un segundo.

Y en ese instante...

...una imagen fugaz atravesó mi cabeza:

Una habitación en llamas.

Una mujer gritando mi nombre.

Una puerta cerrada.

Abrí los ojos de golpe. Mi respiración se agitó.

Vittorio  me miraba.

-¿Qué viste?

-Nada. Un... recuerdo. Al menos eso parece.

-Perfecto. Estás comenzando a sanar.

Esa noche, no dormí.

Me quedé sentada en la cama, mirando la luna reflejada en el mar. Todo era demasiado silencioso.

Había empezado a escribir en la parte trasera de un libro que encontré en la mesita. Palabras sueltas. Frases que no recordaba haber pensado:

No confíes en nadie.

No todo lo que sientes es real.

La piel también miente.

Me levanté. Caminé descalza hasta la puerta.

Cerrada con llave. Por fuera.

Toqué el pomo. Nada.

Vittorio  había dicho que era por mi seguridad.

Pero no me sentía segura.

Me sentía contenida.

El tercer día, encontré mi celular en el cajón de la mesita. Alguien lo había olvidado ahí. O me lo habían dejado a propósito.

Estaba bloqueado. Pero probé mi huella. Funcionó.

El corazón me latía en la garganta. Abrí la galería. Fotos. Videos.

Una vida entera que no recordaba. Una Catalina sonriente. Bronceada. Enamorada.

Y sin embargo, sentí asco.

Algo no encajaba.

Encontré una carpeta llamada "SÓLO SI OLVIDO".

La abrí.

Un video. Solo uno.

Le di play.

Aparecí en la pantalla.

Cabello revuelto. Ojeras. Pánico.

Yo. Pero otra.

Mi voz estaba quebrada.

-Si estás viendo esto... significa que olvidaste.

Tragué saliva. En el video. Y en la vida real.

-No confíes en Vittorio .

Pausa.

-Ni en tí.

El video se cortó.

Me quedé congelada, celular en mano, sintiendo que el mundo se desarmaba bajo mis pies.

Cuando Vittorio  regresó esa noche, fingí estar dormida.

Lo vi desde la rendija de mis pestañas.

Se sentó junto a mi cama. Me miró por largo rato.

Luego sacó un frasco del bolsillo. Lo colocó en la mesita. Pastillas rosas.

-Para tus sueños -susurró.

Me acarició la mejilla con el dorso de la mano.

-No quiero perderte otra vez.

Sentí lágrimas en los ojos. No sabía si eran mías. O de la otra Catalina que hablaba en los videos.

Esa madrugada, tuve un sueño.

Estaba en un jardín. Oscuro. Con flores negras.

Había una mujer de espaldas. Cabello largo. Vestido blanco.

Se volvió.

Era yo.

Pero tenía los ojos vacíos.

Desperté gritando.

Vittorio  no estaba. Pero la puerta estaba abierta.

Y en el pasillo, había huellas mojadas en el suelo.

Pequeñas. Descalzas.

Las seguí hasta el final del corredor temblando de miedo.

Una puerta entornada. Oscuridad adentro.

Alguien respiraba. Lento. Profundo. Como si me esperara.

Una mano se apoyó en mi hombro.

Salté del susto. Me giré.

No había nadie.

Cuando regresé a la habitación, mi celular ya no estaba.

Me dejé caer en la cama. Temblando.

La puerta volvió a cerrarse con el mismo clic seco.

Me sentí prisionera.

Pero lo peor no era la jaula.

Lo peor era que, en lo más profundo de mí, una voz decía:

Elegiste esto.Y eso...

me aterraba más que cualquier recuerdo.

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