Pov: Roma Bruno Duarte
Tomo la botella que dejó y le doy un trago largo que quema mi garganta. Lo sigo.
Camina entre las personas donde la música fuerte no deja de sonar.
Voy tras él, no comprendo por qué huye.
Me muevo al ritmo de la música mientras camino, tratando de alcanzarlo.
Se dirige a la salida de emergencia, ¿en serio huye de mí? Por favor, no soy tan mala.
Esto no me ha pasado jamás.
Logro alcanzarlo y, para que no se escape, lo abrazo por la espalda.
— Te atrapé —me carcajeo y siento como ese trago que le di a ese licor era fuerte.
— ¿Por qué me haces esto, Dios? —se voltea apartando mis brazos que lo rodeaban.
Está todo macizo su cuerpo, eso me gusta.
— Haces que suene como castigo y me ofende un poco que me rechaces —confieso mirándolo a los ojos, aunque las luces no me dejan verlo bien.
— No te rechazo, yo no puedo, está prohibido, lo tengo prohibido —enarco una ceja.
— ¿Bailar? —no sé de qué habla.
— No, pensar lo jodidamente hermosa y sexy que eres, eso está prohibido, está mal, déjame ir porque si me quedo yo no sé qué podría hacerte —eso me acaba de calentar.
Hace sonar que puede ser intenso en la cama y nada mejor que un hombre maduro que te folle como nunca.
Eso quiero.
¡Carajos!
Necesidad desbloqueada.
— ¿Eres un salvaje reprimido? —me pego a él, sugerente.
— Yo soy un buen hombre, un hombre de bien —me carcajeo porque más me pego a él y no se aparta.
— ¿Tú crees que un hombre de bien puede arrancarme la ropa y hacerme gritar un poquito, solo un poquito? —paso mis manos por su cuello y muevo mi cuerpo al son de la música.
— ¿De dónde has salido? No puedo pensar si estás tan cerca —entrelazo mis manos en su cuello y me acerco a su oído.
No me toca, pero tampoco me aparta.
— Imagina cuando te la esté chupando, no vas a poder siquiera recordar tu nombre, cariño—niega.
— No puedes ser real, no soy ese hombre, no me tientes —lamo el lóbulo de su oreja y sus manos se presionan en mi cadera.
Tiene unas manos grandes y fuertes.
— Que ganas de que hagas que me olvide de todo mi dolor, aunque esté mal y peque al desearlo, quiero hacerte gritar. ¡Maldita sea! Quiero esa boca traviesa ocupada con mi verga —mi centro palpita ante su arrastrada voz diciendo todo eso—. Soy un bastardo, mierda, soy lo peor y tú…
— Déjame ayudarte, déjame reemplazar el dolor por mucho placer, cariño —sus manos me aprietan más fuerte.
— Como un sueño, esto parece un sueño y estoy cansado de sufrir, hace tanto que no siento más que dolor y… quiero… quiero que me hagas olvidar hasta mi nombre —lo miro a la cara.
— Solo procura no olvidar el mío, cariño, porque cuando me tengas a tus pies recuerda el nombre que debes decir cuando te haga pecar —su mano sube hasta mi nuca y me toma del cabello con fuerza. Jadeo de gusto.
— ¿Y cuál es el nombre de quien me enviará directo al infierno? —se acerca a mi boca con la suya y su mirada ya no se ve triste, se ve completamente cegada, ardiente, parece un animal cegado por el instinto.
— Soy Roma… —sin soltar mi nuca muerde mis labios y succiona de ellos.
— Dios mío, estás deliciosa, si empiezo no voy a parar hasta dejar tu cuerpo lleno de mí. ¡Maldición! —tomo su otra mano que está en mí cintura.
— Salgamos de aquí ahora —suelta mi nuca y lo estiro para sacarlo del club, justo al lado hay un hotel, ni siquiera debemos caminar demasiado de la salida, al lado hay acceso.
Este hombre es divino, ardiente. Dejó mis labios quemando y mis muslos empapados, siento como chorreo por la ansiedad de sus promesas.
Entramos al hotel y él solo se deja hacer, está completamente entregado a mi guía.
— ¿Qué es este lugar? —mira la recepción del hotel que es solo una ventanita muy desorientado.
— No te preocupes, yo me encargo de todo —me acerco a la ventanilla y pido una habitación para toda la noche.
Espero sí me tenga toda la noche.
Tomo la llave sin soltar su mano y lo llevo caminando para encontrar nuestra habitación, aquí todas son con salida al exterior.
— ¿Y ahora? No entiendo qué has hecho —me carcajeo y me detengo frente a él.
— Esta es la llave de nuestra habitación, cariño, no me digas que nunca has estado en un hotel —pestañea y me mira con esos ojos que aunque se ven oscurecidos, son entre sexys y tiernos.
Me encanta, me encanta.
— Si te digo que es mi primera vez, ¿me creerías? —susurra cerca de mi rostro.
— No… aunque suena verdad. ¿De dónde ha salido, sexy y misterioso, señor? —me toma del mentón.
— Del infierno, yo salí del infierno y quise llegar al cielo y tú no me dejas, te me apareces, así no es fácil cumplir mi palabra —me besa y con su lengua recorre mi boca arrancándome un gemido.
No sé si es el alcohol, él hace estallar como fuegos artificiales dentro de mí.
— Hasta te sientes igual de bien. ¡Maldición! —de todo lo que dice solo le entiendo la mitad y me vale.
Algo en él me tiene completamente vuelta loca. Encendida a un nivel que jamás estuve, deseo ser profanada por todo él, nada me importa.
Me separa un poco estirando su mano para seguir caminando, sus ojos me observan con tal lasciva que me enciendo más.
Mi coño palpita ansioso, mis fluidos no dejar de salir y el cosquilleo instalado allí es tortura pura.
Encuentro la habitación y apenas puedo meterla al cerrojo, abro la puerta con descuido y casi me caigo.
— Cuidado —quiere ayudarme, pero él también casi se cae—. ¡Mierda! No soy el mejor para ayudar en estos momentos —se apoya en la puerta que se cierra detrás de él.
— No te preocupes, tú sólo concéntrate en mí —me acerco y bajo el cierre de mi vestido que está a un lado dejándolo caer a mis pies.
Su boca se comienza a abrir como la de un pez fuera del agua.
La luz intensa y clara de la habitación no deja mucho misterio, todo se ve con claridad, sus ojos azules se ven intensos y sus pupilas dilatadas son solo la prueba de lo caliente que está y espero me haga gritar con esas ganas que sus encendidos ojos me muestran.
— Eres un sueño —me acerco a él caminando a paso lento solo con mi tanga y mi brasier puestos.
— Tócame y verás lo real que soy —voy a su camisa y comienzo a desabotonarla.
Sus manos no dudan en ir a mis tetas y apretarla arrancándome un gemido.
— Muy real —susurra y debe soltarme cuando quito su camisa y veo todos los tatuajes que tiene en los brazos.
Eso es sexy.
— Y todavía te pones mejor, el sueño pareces tú, no yo —dejo caer su camisa al suelo y veo sus pantalones.
Salivo, lo miro a los ojos relamiéndome. Sus pantalones de verdad parece estallarán, un gran bulto presiona la tela y ansío ver qué hay debajo.
Interrumpe mi contemplación cuando me pega a su cuerpo y devora mis labios con una voracidad que me pone a gemir.
— Sabes tan bien, que ganas de enterrarme en ti, de terminar con esta tortura, de caer al infierno contigo —mis manos van a sus pantalones y comienzo a desabrocharlos ansiosa por ver qué tiene para mí.
— Hazlo, quiero gritar mientras me tienes empotrada en cualquier lugar —dejo caer sus pantalones dejándolo solo en bóxer y veo lo grande que se vislumbra su verga metida dentro de esa fina tela.
Dios mío.
Se quita los pantalones dejándolos en el suelo sin soltar su agarre en mi cintura.
— Prometiste hacerme olvidar todo—lo miro a los ojos y tomo el elástico de sus bóxer para liberar su erección.
Jadeo al verla mejor, rebota cayendo por el peso a pesar de estar muy dura, es gruesa, llena de venas y…. Paso saliva, me va a romper toda, qué rico.
Mi boca se hace agua y no lo dudo, me dejo caer golpeando mis rodillas con el suelo sin pensar en nada y abro la boca sacando la lengua.
— Oh, no, Roma… —comienzo a jadear anhelando que me folle la boca sin clemencia.
— Dámele, cariño, dámela toda —niega y se agacha tomando mi mentón para acariciar con su pulgar mis labios.
— No, preciosa, esa boquita tendrá que esperar —un beso lujurioso toma mis labios—. No sé cuánto resistiré y me odiaré por no sentir tu cálido coño rodeándome si agoto mi única oportunidad, en llenar esa hermosa boca, eres tan hermosa, tan real —vuelve a tomar mis labios y suelta mi mentón para levantarme en sus brazos como si no pesara nada.
No dudo en enredar mis piernas a su cadera y mi piel rechina cuando me estampa con fuerza contra uno de los espejos en la pared, sin dejar de besarme me acorrala rozando mi centro con su dureza.
Su boca me posee, muerde mis labios, su lengua recorre mi boca como si fuera su dueño, se siente como si conociera cada centímetro de mí, la forma segura con la que me acaricia.
Estoy hecha agua y solo quiero sentirlo, necesito un condón, quiero que me penetre, quiero sentir cómo es ser llenada con una verga así de grande.
— Yo tengo condones, ya hazme gritar, te lo ruego —se pega más a mí rozando mis pliegues.
— Ya voy, no seas ansiosa, deja que me tome mi tiempo, déjame disfrutar de esto —sin soltarme nos deja caer en la cama—. Ha pasado tanto tiempo que me había olvidado lo bien que te sentías, preciosa —quiero entender lo que dice, no logro hacerlo porque sin aviso me arranca el brasier de encaje y comienza a morder mis tetas con un salvajismo delicioso.
Baja sus mordidas a mi vientre y arranca mi tanga para comenzar a lamer todos mis jugos que se escurren por mis muslos.
Flexiona mis rodillas y comienza a hacerme el mejor oral de mi vida, con una dedicación y vicio que me hago agua en su boca. Grito ardiendo y llena de placer, sus murmullos de gusto mientras me devora como si fuera su platillo favorito me pone a gemir más aún, me abre para él, me aprieta con fuerza mientras el éxtasis me envuelve.
— Oh… maldición, bendito seas —retuerzo mis pies y comienzo a temblar cuando el orgasmo me envuelve, me corro con fuerza y el chapoteo de su lengua es solo la prueba de que aún no se ha hartado. Este hombre promete. ¡Carajos!
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Roma no se caracteriza por su vergüenza y nuestro hombre misterioso, parece completamente desinhibido por el alcohol.
¿Quién es? ¿Por qué habla como si la conociera? Roma no parece conocerlo.
Pov: Roma Bruno Duarte
Siento que va a dejarme sin aire si no se detiene, de tanto gemir apenas puedo respirar y en un intento de tomar una bocanada de aire, gimo en medio y me quedo sin respirar.
Quita su exquisita lengua de mi clítoris que está sensible, empapado y atendido como nunca.
— Respira, pequeña —se acerca a mi boca acariciando mi mejilla—, respira y toma mucho aire porque no voy a detenerme, no quiero ni puedo. Eres hermosa, divina como un ángel y ardiente como el mismo infierno —toma mis labios con suavidad mientras sus dedos atienden mi entrada—. Estás lista, mira lo dilatada que estás —me estimula y gimo de nuevo—. Solo son mis dedos, pequeña, ¿qué harás cuando te la meta toda?
— Ohh… voy a gritar… voy a… hartarme de gritar —muerde mi labio inferior.
— Procura gritar mi nombre, muy fuerte, tanto que lo único que recuerde sea eso, solo quiero olvidarme de todo, morir aquí, sintiendo lo que siento —me besa voraz mientras abre mis piernas flexionándolas para que toquen mi pecho.
Su mirada va a la mesita al lado de la cama y hay condones, toma uno, con sus dientes rompe el envoltorio.
— Aún no me dices tu nombre y estás a punto de hacerme gritar —se coloca el condón y salivo sin poder evitarlo cada que lo veo.
Qué linda y grande está.
Estoy segura que nunca vi una así, muy segura.
— Adrián… ese es mi nombre, pequeña, si me dices cariño no me molesta, solo quiero oír esa dulce voz gritando por mí —mordisquea mi cuello y sube a mi boca—. No olvides respirar —invade mi boca con su lengua y quiero gritar, pero me quedo sin voz cuando comienza abrirse paso entre mis pliegues, abre mi entrada y dilata mis paredes dejándome sin voz.
Clavo mis uñas en sus brazos y me arqueo de dolor y de gusto a la vez.
— Estás completamente llena de mí, pequeña, dime cuánto te gusta —flexiona más mis piernas y mis rodillas están en mi pecho.
— Mucho… me gusta tenerte enterrado hasta… ohh —entra más profundo y clavo mis uñas en su espalda por la desesperación.
No sé cómo carajos voy a caminar mañana.
— Ahí está hasta el fondo, pequeña preciosa —jadea y da su primera estocada.
Me hago trizas, mi garganta parece desgarrarse por los gemidos que salen de ella, una tras otra, siento como mi piel pone resistencia cada que vuelve a entrar.
— Necesitas estar más mojada —no sé de dónde puedo sacar más, si siento que estoy hecha agua, aun así, cada que sale y entra siento que va a romperme.
Lo veo dejar caer su saliva entre nuestros cuerpos y la calidez se siente, con sus dedos acaricia mi clítoris y mientras da estocadas todo comienza a sentirse más rico.
Arremete contra mi cuerpo, rabioso y sediento, no tiene contemplaciones, me tiene completamente abierta para él y no deja de bombearme enérgico y estoy en un jodido transe, todo es placer, cada movimiento es placer puro, como un infinito orgasmo que no acaba.
— Oh, cariño, qué rico… más… dame más ..
Separa mis piernas para acomodarse entre ellas y moverse más pausado mientras me estimulo contra su pelvis, apenas unos pocos roces y estoy temblando debajo de él.
— ¿Así, pequeña? ¿Te gusta así? —asiento sumida en el orgasmo.
Una vista increíble me da, mientras apoya su mano a un lado de mi rostro y lo veo desde abajo, su pectoral marcado y esos ojos divinos que me tienen perdida.
Creo que me enamoré, Dios mío, mientras el clímax me atrapa y lo veo tomarme con tanta vehemencia, solo puedo admirar lo bien que se ve. ¡Carajo!
Me besa, nunca nadie me había besado tanto durante el sexo, él no suelta mi boca, la besa con ganas, unas ganas que jamás sentí.
— Ven arriba, quiero verte cabalgándome —se arrodilla en la cama y sin salir de mi interior me toma de las caderas para levantarme y que enrede mis brazos en su cuello—. Quiero chuparte esas hermosas tetas mientras me montas cual amazona —se sienta en la cama y me dejo caer gimiendo por el dolor que se instala en mi vientre por lo profundo que llega.
Con una de mis manos me sostengo de su hombro y con la otra me apoyo en la cama para moverme con más soltura.
Sus manos están apoyadas a los lados de su cuerpo y se inclina hacia atrás.
— ¡Maldita sea! Qué delicia, eres muy buena para moverte, pequeña —sigo en mi tarea de moverme y su boca desesperada busca uno de mis pechos el cual comienza a chupar y no logro contener el orgasmo que me atraviesa mientras sigo moviéndome enérgica.
Cada movimiento es estímulo puro dentro de mí, me muevo rítmica y con suavidad para sentir cada centímetro meterse y qué delicia de hombre.
Suelta mi pecho y va al otro, sus manos presionan mi cadera hacia abajo para enterrarme más.
— Métela toda —me aprieta y me presiona hacia él moviendo mi cadera en círculos y sentir como todita la estoy disfrutando.
— ¿Así? —comienzo a moverme sin sacarla, frotando mi clítoris contra su pelvis.
Abraza mi espalda con esos brazos divinos, tatuados. Qué preciosura de hombre, no sé de dónde salió.
— Tú sabes como moverte —abrazo su cuello pegando mis tetas a su torso.
Su boca atrapa la mía y mis gemidos chocan con los suyos. Me voy a correr demasiado intenso.
— Oh… Adrián… —susurro en sus labios y gruñe tomando mi cabello en una de sus manos.
— No puede ser, Dios mío, no puede ser —mis labios tiemblan cuando me corro con tanta fuerza y es peor cuando siento como se hincha corriéndose conmigo.
¡Carajos! Qué divina coordinación.
No sabía que podía pasar esto, correrse a la vez, eso es… uff, rico muy rico.
Acaricia mi cabello.
— Creo que no puedo más —me besa suave—, me has exprimido, pequeña —con sus dedos acaricia mi cuello cerca de mi oreja, con su pulgar mis labios—. Estás hermosa, muy hermosa —sus halagos suenan tan sinceros y lindos.
— Admito que estoy sensible, aunque si descansas y te dan más ganas, cariño, no diría que no —sonríe y suspira.
— Creo que estoy mareado, maldición, quiero quedarme así dentro de ti, dormir y al despertar que esta sensación increíble no se haya ido —sigue acariciando mis mejillas y la forma que me mira con una sonrisa en su rostro…
Nadie me ha mirado así nunca, se siente raro.
Me aparto para sacarlo de mi interior y acomodarme en la cama.
— Puedo chuparla para ver si se vuelve a poner dura —sugiero con descaro.
— Eres una descarada —sonrío y relamo mis labios.
Es que estoy pecando mucho, mi vagina está toda sensible y yo queriendo más.
Me recuesto en la cama y suspiro.
Observo cada uno de sus movimientos, se levanta y se quita el condón dejándolo en el cesto de basura cerca del pequeño baño. La ducha es completamente traslúcida y camina hacia ella, algo inestable, de pasada hay una barra y abre una botella de licor bebiendo un gran trago, frunce el ceño porque eso le habrá quemado.
— Mucho mejor —murmura y se mete a la ducha, sosteniéndose de las paredes.
Observo como el agua cae por su cuerpo. ¿De dónde has salido, Adrián?
Dejo la cama para caminar a la entrada de la ducha tomando un condón de pasada y me apoyo en el marco a mirarlo.
Siento mi vagina tan delicada y sensible, eso no me impide sentir los latidos de la misma cuando lo veo ducharse. Si no me meto con él sería una gran tonta.
Yo tonta no soy.
Me acerco y sus ojos están cerrados mientras el agua le cae por el rostro, paso mis manos por su cabello y las dejo caer una a cada lado por sus hombros.
— ¿Hay un poco de agua para mí? —sonríe y sus manos abrazan mi cintura.
— Yo creo que sí —su aliento huele a licor—. ¿Qué tienes? Explícame, pequeña, ¿qué tienes que me pones así? —poso mis labios en los suyos incitándolo a besarme.
— Ganas inagotables ¿quizás? —me besa, un beso delicado y profundo.
El agua nos baña a ambos y no tardo en sentir su virilidad dura otra vez.
— Eso me provocas, no puede ser que tenga más ganas de ti —me levanta tomándome de las pierna golpeando mi cuerpo contra el cristal de la ducha—. Sabía que me llevarías al infierno, pequeña provocadora—sonrío sobre sus labios y le enseño que traje un condón—, tú piensas en todo —toma el condón abriéndolo sin cuidado, escupe el pedazo de empaque que queda en su boca y maniobra para ponérselo sin dejar de aprisionarme contra el cristal.
— Yo solo estoy pensando si se romperá o no el cristal de tan fuerte que me follarás —abro mi boca y mi garganta se cierra.
— ¿Tú que crees? —entra de una vez y da una estocada dejándome sin neuronas—, ¿esto —otra más—, es lo sufriente —gimoteo gustosa—, fuerte? —comienza a embestirme con fuerza y rapidez golpeando mi cuerpo contra el cristal mientras el agua sigue cayendo.
Mañana que me traigan una silla de ruedas por favor, porque a este ritmo me dejará sin caminar.
Y ni siquiera eso me importa.
¿A quién le importa caminar si ahora puedo gozar sin descanso?
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Adrián se nos descontroló ¿Qué pasará al despertar cuando el alcohol ya no esté en su sistema? Acaba de cautivar a la pequeña Roma.