Portada de la novela Paraiso de Amor

Paraiso de Amor

8.6 / 10.0
La famosa jurista y escritora Sarah Werne recibe una inquietante nota anónima con la imagen de Alicia Klisans. El mensaje la empuja a indagar sobre la extraña desaparición de la chica tras un ritual de medicina tradicional. En una búsqueda tenaz, Sarah centra sus sospechas en el dirigente de una congregación religiosa. No obstante, mientras intenta resolver el oscuro misterio, no percibe que el acecho es real y ella podría ser el siguiente objetivo.

Paraiso de Amor Capítulo 1

Se encuentra aún en su casa cuando recibe aquella sorpresiva llamada.

En la mañana el clima ha mejorado y el sol está radiante, por lo que se dispone a dar un paseo. Las calles se hallan llenas de agua por la intensidad de las recientes lluvias.

Sarah enciende el coche y conduce alrededor de cuarenta minutos. Se dirige en dirección norte, donde se ubican las playas oceánicas de la isla.

Maneja con cuidado y le cuesta transitar por las vías anegadas. Los recuerdos vienen a su memoria, uno a uno. Las cosas no han cambiado mucho —pensó.

Solo algunas calles están asfaltadas, las otras siguen siendo de tierra, por lo que se hacen intransitables en tiempo de lluvia. Sarah tiene muchos años que no circula por la zona. No obstante, llega sin dificultad.

Busca la calle donde está la antigua iglesia. El paisaje la deja embelesada: flores, helechos y árboles frutales se observan dentro del espeso follaje al pie de la montaña.

Continúa conduciendo por la carretera que ya está asfaltada bordeando las faldas del Guayamurí hasta llegar a una casa color ocre.

A partir de allí, el camino es de tierra, tanto si sigue recto hacia el cerro como si cruza a la izquierda. Ese es el lugar que busca y se detiene a mirar, al tiempo que se sobresalta por la presencia de un hombre moreno que sale de aquel camino. Usa un jean gastado y lleva un machete en su mano derecha, con su torso desnudo que deja ver su musculatura.

Ella está sorprendida y nerviosa, pero debe afrontar la situación o regresar. Es la única persona que se ha tropezado en los últimos kilómetros recorridos. De inmediato piensa en entablar conversación con él, antes de descender del vehículo.

—No me bajaré hasta estar segura de que este hombre no representa peligro —se dice, mientras abre la ventanilla para conversar con él.

Se estaciona en la esquina por recomendación del desconocido, que se presenta como Cristian.

Sarah sabe que es un punto seguro porque a lo largo de veinte años la gente de la iglesia ha aparcado sus carros allí sin novedad alguna, pero finge no estar al tanto.

Le dice que se dirige hacia la propiedad de Sandro, que queda bajando a la izquierda. Cristian contesta, con amabilidad, indicando que vive al final del camino y que, en cinco años, no ha escuchado nada al respecto; sin embargo, admite conocer a Joaquín, el dueño de la casa donde está aparcando su coche.

Sarah es solitaria y tiene pocos amigos. Adicional a ello, quedo huérfana de padre y creció con una madre ausente, por lo que le toco vivir sola desde los 21 años, luego de su primera separación. Hasta el momento lleva dos divorcios y se ocupa de criar a sus hijos sola, situación que le ha dado la paciencia necesaria para actuar con cautela.

Su casa está en la ciudad, próxima al mar y cerca de la zona comercial. Gusta de la vida tranquila, cocinar y mantener su vivienda limpia, con la menor cantidad de muebles posible.

Pasa los últimos años instaurando un nuevo estilo de vida: deshaciéndose de las posesiones materiales, va saliendo de todo lo que ha acumulado durante años y solo deja lo que en verdad usa. Se considera una mujer decidida y distante que confía en su intuición. Sus pasatiempos consisten en practicar yoga, escribir y leer. Así pasa sus ratos libres, que son muy pocos.

La mayor parte del día, se dedica a investigar. El trabajo le absorbe mucho tiempo. Sobre todo cuando debe viajar. Ser escritora ha sido su deseo desde niña y lo disfruta al máximo.

Vuelve con una hermosa vista ante sus ojos. Dirige su mirada al cielo y observa las hermosas aves marinas. Ellas parecen suspendidas en el aire. No ve nubes, está claro lo que significa que esa tarde no lloverá.

Cristian comenta que dos días atrás, tuvo que remolcar un carro atascado en el fango. Sarah no quiere pasar por una situación así.

Con ayuda de Cristian logra ubicar el coche, bien próximo de la cerca de alfajor. La idea es no estorbar el paso de los vehículos, en el angosto sendero.

Se ocupa de cerrar su coche, agarra el morral y una vara larga para andar por el camino de tierra, mientras se despide de él.

Da cada paso, con mucho cuidado, de no resbalar. Procura pisar por las raíces y la arena seca, sorteando los baches del sendero. A pesar de ello, es inevitable que se dé un gran resbalón, logrando de nuevo el balance del cuerpo sin llegar a caer.

Recuerda que ha transitado ese camino, en las mismas circunstancias, se repite la historia. Sarah mira atrás, lleva unos minutos andando y voltea a ver la senda que ha recorrido. Siempre se pone nerviosa en lugares solitarios.

Hasta donde alcanza su vista puede ver solo tierra y vegetación abundante. Intenta llamar a su amiga Lucia, pero no responde.

Sigue caminando hasta que se ve pasando por la parte trasera de la residencia de Joaquín. Desde el sendero escucha música y el sonido del aire acondicionado encendido.

Un trecho más adelante, ve una morada deteriorada al borde del camino. Sigue a la izquierda, allí está la entrada del sitio que busca. Todos sus sentidos permanecen en alerta. Por momentos se culpa, no deja de pensar que es imprudencia de su parte adentrarse sola en un punto solitario. Sin embargo, pasa tantas horas en su estudio escribiendo que, de vez en cuando, necesita sentir emociones nuevas. Esto le ayuda a alimentar su imaginación de escritora con otras experiencias.

Mientras camina, supone que no conoce al hombre que vive allí, a pesar de haber escuchado hablar de él muchas veces.

Sigue caminando con cautela, debido a los ladridos de un perro. Ingresa a la propiedad y toma un sendero estrecho hasta que ve a lo lejos la casita de su amiga. Saluda con una mano a Lucía mientras se acerca y ambas se abrazan.

El sitio es hermoso, libre de maleza, con fuego encendido y la montaña al fondo. Están rodeadas de vegetación que les aísla, dando la sensación de privacidad.

—Qué gusto me da verte querida, han pasado tantos años. Me alegra mucho que estés aquí ¿Llegaste bien? ¿Y tu coche? ¿Dónde lo aparcaste?

Sarah mira a su alrededor y queda encantada con la naturaleza. La vista de la montaña y aquel valle donde se encuentran les transmite una sensación de paz indescriptible.

—Qué bueno que estés de vuelta en la isla —responde Sarah—. Me encanta poder compartir contigo, en este magnífico lugar. El coche lo aparqué en la casa de la esquina. Por cierto, me salió al paso Cristian, me dijo que aparcara allí sin problemas ¿Lo conoces?

—No lo conozco aún, pero Joaquín es muy colaborador ¿Te acuerdas de él?

—Toda la vida escuchando comentarios de él y aún no lo he tenido el placer —comentó Sarah—. Mejor hablemos de otra cosa, me entusiasmó mucho tu llamada. Me dijiste que quieres comenzar a organizar todo para abrir de nuevo la iglesia.

—Ese es mi plan, colocar el techo a la estructura que dejó Sandro e iniciar con los trabajos. Estamos en una isla maravillosa, todos quieren venir a Margarita. Pero, tenemos que contar con las condiciones mínimas para que estemos a gusto —sonrió Lucia.

Continuaron caminando hasta la casa y Sarah se pone cómoda. Lo primero es descalzarse para sentir aquella tierra suave bajo sus pies.

—Ven junto al fuego que tenemos mucho de que conversar —dijo Lucia.

Hablaron durante un rato y merendaron un rico postre con café. Ella ha regresado después de pasar cinco años en Italia, piensa establecerse en la isla.

—Quiero que te quedes a dormir —le propone Lucía.

Sarah lo medita un momento. No tiene compromiso alguno y, el lugar es tan hermoso, que no vale la pena irse.

Durante la puesta del sol, el paisaje muda iluminando el cielo con los tonos rojizos, sin duda se tomará unas buenas fotos.

—Me encantaría pasarla contigo. Demos un paseo y muéstrame los alrededores, hace tanto que no vengo por acá.

Ambas sonríen y emprenden la caminata. Lucia se conoce todas las trochas de los alrededores. Entran por un sitio y salen por otro. La vegetación, en ocasiones, les dificulta el paso. Ella abre espacio como puede. Para Sarah, una chica de ciudad, resulta inquietante la experiencia.

—¿Quieres conocer a Joaquín? —dice Lucia, mientras señala su casa—. Y puede que también seas mi vecina, él está buscando mujer.

Sarah sonríe y asiente, caminando detrás de Lucía.

Le hace gracia el comentario de su amiga, pero no se lo toma en serio. Llegan a la calle y el coche está tal y como lo ha dejado. El portón que da acceso a la residencia sigue cerrado. Llama su atención el lindo jardín bien mantenido con la pequeña bienhechuría a la derecha. Al fondo ve una construcción más grande que casi no se distingue desde la entrada. Lucia le llama varias veces, pero no responde nadie.

Él debe estar allí, quizás no escucha —piensa Sarah.

Le agrada mucho el jardín, aunque le transmite cierto aire de misterio tanto silencio. Emprenden el camino de regreso mientras conversan acerca de él, lo que recalcan es que este no se anima a participar de los rituales, por lo que para Lucia queda descartado como posible pareja.

—En efecto, si dice que no le interesa nada relacionado con esas prácticas. Quizás por eso es que no me pude haber topado con él con anterioridad.

Al regreso, Lucia le habla de las razones por las que terminó su relación con Sandro y de lo mucho que le costó. Por eso, empezó de nuevo, sola.

Ambas, salieron con el mismo hombre. Aunque, en aquel entonces, ellos eran jóvenes, no le dieron la menor importancia. No les gustó estar con él, ni un poco, y encuentros así no es algo que desee recordar.

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