Capítulo 1
El Derrumbe.
El café humeaba en la taza de cerámica blanca, esparciendo un aroma que, en otro momento, habría sido reconfortante. Pero en ese instante, nada podía aliviar el nudo en la garganta de Samantha Brown.
La notificación en su celular parpadeaba insistente, como si quisiera obligarla a enfrentar la peor noticia de su vida. Respiró hondo y deslizó el dedo por la pantalla, sin saber que aquel gesto sencillo marcaría un antes y un después.
El titular en la revista digital de sociedad brillaba con crueldad:
"El empresario Leandro Sandoval y la heredera Olivia Decker anuncian su compromiso en una lujosa gala".
Samantha sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Un zumbido sordo reemplazó todos los sonidos a su alrededor. Sus ojos se deslizaron por las palabras con incredulidad, buscando desesperadamente algún indicio de que se trataba de un malentendido.
Pero no lo era. Había fotos.
Leandro estaba de pie, con su porte impecable y su sonrisa encantadora, esa misma sonrisa que una vez había sido solo para ella. Pero ahora pertenecía a Olivia Decker, la mujer que se aferraba a su brazo con una elegancia casi ofensiva. El anillo de compromiso en su mano relucía como una burla silenciosa.
El dolor se convirtió en furia. Pero lo que más le dolía era ver una y otra vez esos pequeños fragmentos de videos donde Leandro, su novio, se puso de rodillas ante otra mujer, con un lujoso anillo de diamante en su mano y una sonrisa auténtica grabada en su rostro.
-No puede ser... -murmuró Samantha, su voz apenas un hilo.
Pero lo era. Era real.
La notificación explotó en más mensajes. Su celular vibró con llamadas de amigas, de conocidos, de personas que se morían por saber cómo se sentía ser reemplazada por una mujer como Olivia, así de la noche a la mañana.
Pero lo peor no era el compromiso.
Lo peor era la última línea del artículo:
"Leandro Sandoval, quien recientemente colaboró con las autoridades en un caso de fraude empresarial, ha sido reconocido por su compromiso con la justicia."
El celular resbaló de sus manos.
-No...
Sus piernas flaquearon, y tuvo que apoyarse en la mesa de la cocina. Un escalofrío helado recorrió su espalda y se extendía rápidamente por todo su cuerpo.
Sabía perfectamente qué caso mencionaban.
Su padre.
Su padre estaba en prisión por un crimen que no había cometido. Un fraude que jamás habría sido capaz de ejecutar. Y ahora entendía quién había estado detrás de todo. Leandro.
El mismo hombre que le había prometido amor eterno.
Las lágrimas nublaron su visión, pero no las permitió caer. No ahora. No cuando la verdad la golpeaba con tanta fuerza.
La traición tenía un sabor amargo, una mezcla de desesperación y rabia que le quemaba la garganta.
La noche cayó sobre Nueva York con una frialdad acorde a su estado de ánimo. Samantha se sentó en el suelo de su apartamento, rodeada de cajas de pizza vacías y botellas de vino a medio terminar. No tenía fuerzas para nada.
Las luces parpadeaban en la ciudad, y el eco lejano de bocinas y voces le recordaban que el mundo seguía adelante, ajeno a su tragedia.
El sonido del teléfono de casa la sacó de su ensimismamiento.
Era su mejor amiga, Valeria.
-¿Sam? ¿Por qué no me contestas las llamadas?
Samantha cerró los ojos. No quería hablar. No quería escuchar más palabras de lástima.
-Estoy bien -respondió en un hilo de voz-. No hay de qué preocuparse.
-No, no lo estás. ¡Vi la noticia! Dios, Sam, lo siento tanto. Ese maldito bastardo...
Samantha dejó escapar una risa amarga.
-No sé qué duele más, si el hecho de que me haya cambiado como si yo no significara nada o que haya destruido a mi familia en el proceso.
-Te juro que esto no quedará así -gruñó Valeria-. Hay que hacer algo, demandarlo, exponerlo.
-¿Con qué abogado, Val? Leandro tiene todo el dinero del mundo, y Olivia... bueno, su apellido lo dice todo. Nadie se enfrentaría a ellos.
Un silencio tenso se instaló en la línea.
-Tal vez haya alguien -dijo Valeria con cautela.
-¿Quién?
-Liam Decker.
El nombre cayó como un ladrillo en su estómago.
-El hermano de Olivia -susurró-. Debes estar bromeando.
-Sí... pero también el mejor abogado del país. Es implacable, y si hay alguien que pueda desenredar esta maraña de mentiras, es él.
Samantha frotó su frente con frustración.
-Dudo que quiera ayudarme -sopesó
-No lo sabes hasta intentarlo.
La idea quedó suspendida en el aire mientras Samantha finalizaba la llamada.
Se levantó tambaleante, sintiendo el peso del cansancio y la tristeza sobre sus hombros. Caminó hasta la ventana y miró la ciudad.
No podía quedarse así. No podía permitir que Leandro ganara.
Apretó los puños, sintiendo que una nueva determinación comenzaba a formarse en su interior.
Si Liam Decker era su única opción, entonces haría lo que fuera necesario para que la ayudara. Incluso si eso significaba entrar en la boca del lobo.
La ciudad se extendía ante ella como un mar de luces titilantes, indiferente a su dolor. Samantha presionó la frente contra el vidrio frío de la ventana, tratando de encontrar algo de claridad en medio del caos que se había convertido su vida.
Pero no había claridad. Solo había un torbellino de emociones en su pecho, un revoltijo de ira, desesperanza y algo que comenzaba a parecerse peligrosamente a la sed de venganza.
Su padre estaba en prisión. Leandro estaba celebrando su compromiso con otra mujer. Y ella... ella se estaba hundiendo en una espiral de autodestrucción que no podía permitirse.
No podía quedarse así.
Tomó aire profundamente, alejándose de la ventana. Con pasos tambaleantes, se dirige al baño. Encendió la luz y se miró en el espejo.
La imagen que le devolvió el reflejo era devastadora. Ojeras profundas marcaban su rostro pálido, su cabello enmarañado caía en mechones caóticos, y sus labios estaban secos y agrietados. No parecía la misma mujer que tres años atrás había creído en el amor.
Lentamente, abrió el grifo y dejó que el agua helada corriera sobre sus manos antes de llevársela al rostro. Sintió el frío despertarla, sacudirla, obligarla a salir de su letargo.
Capítulo 2
Recuerdos y sensaciones.
Samantha no podía permitirse ser una víctima más.
Con un último respiro tembloroso, salió del baño, tomó su celular y, sin darse tiempo de dudar, buscó el número de Valeria.
-¿Sam? -respondió su amiga al segundo tono, con voz preocupada.
-Necesito verlo -dijo, sin rodeos.
Valeria tardó un par de segundos en responder.
-¿A quién?
Samantha cerró los ojos.
-A Liam Decker.
El silencio al otro lado de la línea fue denso.
-Sam, ¿estás segura?
-No tengo otra opción. Es eso o sentarme a ver como mi padre se pudre en la cárcel por un crimen que no cometió.
-Liam no es... -Valeria suspiró-. No es un hombre fácil. Es frío, calculador, arrogante. Si vas a pedirle ayuda, más te vale estar preparada para jugar bajo sus reglas.
-No me importa cómo sea -afirmó Samantha, con una determinación recién nacida en su interior-. Si él es el único que puede ayudarme a sacar a mi padre de prisión, entonces haré lo que sea necesario para lograrlo.
Valeria maldijo en voz baja.
-Está bien. Puedo conseguirte una reunión con él. No será fácil, pero lo haré.
-Gracias, Val.
-No me lo agradezcas todavía. Y, Sam... no bajes la guardia. Liam Decker no es un hombre con el que se pueda jugar.
Samantha terminó la llamada y dejó el celular sobre la mesa.
Sus dedos se cerraron en puños mientras su mirada se endurecía.
No tenía intención de jugar. Tenía intención de ganar.
Dos días después, Samantha se encontraba en el vestíbulo de uno de los edificios más exclusivos de Nueva York. La oficina de Liam Decker ocupaba el último piso, un símbolo claro de su estatus y poder.
El recepcionista, un hombre de traje impecable, la miró con escepticismo cuando mencionó su nombre.
-El señor Decker no suele recibir visitas sin cita previa -dijo con voz cortante.
-Dígale que Samantha Brown está aquí -insistió, tratando de mantener la compostura.
El hombre la evaluó con la mirada, claramente dudando de que su nombre tuviera algún peso. Sin embargo, tomó el teléfono y marcó un número interno.
-Señor Decker, hay una señorita Brown aquí. Dice que quiere verlo.
Hubo un silencio tenso mientras escuchaba la respuesta del otro lado.
Finalmente, el recepcionista colgó y la miró con expresión neutra.
-El señor Decker la recibirá en cinco minutos. Puede subir en el ascensor privado.
Samantha sintió un extraño alivio y nerviosismo al mismo tiempo.
El ascensor subió con rapidez, y cuando las puertas se abrieron, se encontró en un pasillo minimalista con paredes de vidrio.
Al fondo, una puerta de madera oscura se abrió, y una mujer de traje negro la hizo pasar.
El despacho de Liam Decker era imponente. Una pared de cristal revelaba la ciudad a sus pies, y el mobiliario era sobrio pero lujoso.
Y allí estaba él.
Liam Decker.
Alto, con el porte de un depredador, vestido con un traje perfectamente confeccionado. Su rostro era severo, con rasgos afilados y una mirada que irradiaba inteligencia y peligro.
Se encontraba de pie junto a su escritorio, con las manos en los bolsillos de su pantalón, observándola con una mezcla de curiosidad y desinterés.
-Señorita Brown -saludó, con voz profunda y controlada-. Me intriga saber por qué está aquí.
Samantha sostuvo su mirada.
-Necesito su ayuda -fue lo más directa posible.
Liam enarcó una ceja, sin moverse.
-¿Y por qué debería ayudarla?
Ella tragó saliva.
-Porque sé que le gusta ganar. Y si me ayuda, esta será una victoria que nadie podrá ignorar.
Liam sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un hombre que disfrutaba del juego.
-Interesante respuesta. Tome asiento, señorita Brown. Vamos a ver si tiene algo que valga la pena.
Samantha exhaló lentamente y se sentó.
El juego había comenzado.
Samantha sintió el peso de la mirada de Liam Decker sobre ella, fría y calculadora, como si pudiera diseccionarla con solo observarla. Sus ojos, de un gris acerado, la escrutaban con un matiz de interés apenas perceptible.
Y entonces, sin previo aviso, su mente la traicionó.
Un destello.
Un recuerdo enterrado que la golpeó con la fuerza de un latigazo.
Aquellos ojos...
La música retumbaba en el bar, un murmullo constante de risas, vasos chocando y conversaciones entrecortadas. Samantha había llegado allí sin un plan, sin un destino. Solo quería perderse en la multitud, ahogar su dolor en tragos amargos y olvidar, aunque fuera por una noche, la pesadilla en la que se había convertido su vida.
-Otro -pidió, deslizando su vaso vacío hacia el bartender.
El hombre le lanzó una mirada de advertencia antes de servirle más whisky.
-¿Noche difícil?
Samantha soltó una risa seca.
-Podría decirse que la peor de mi vida.
Se llevó el vaso a los labios y sintió la quemazón del alcohol recorriendo su garganta.
-No deberías beber sola -dijo una voz masculina a su derecha.
Giró la cabeza con lentitud y lo vio.
Un hombre alto, de porte impecable, vestido con una camisa negra y el primer botón desabrochado, lo que le daba un aire de peligro innegable. Su rostro era severo, con una mandíbula fuerte y unos labios que parecían esbozar una sonrisa apenas insinuada.
Pero lo que la atrapó fueron sus ojos.
Grises.
Fríos.
Hipnóticos.
-No recuerdo haberte pedido compañía -respondió Samantha, con la lengua un poco torpe por el alcohol.
El desconocido apoyó un codo en la barra, estudiándola con una intensidad que la hizo estremecer.
-No lo hiciste. Pero aquí estoy.
Había algo en su presencia que la hacía querer apartar la mirada y, al mismo tiempo, quedarse atrapada en ella.
-Entonces, dime, ¿qué hace un hombre como tú en un bar como este?
Él escuchó, pero no le respondió de inmediato.
Tomó su propio vaso y bebió con calma, como si sopesara si valía la contestar.
-Tal vez lo mismo que tú -dijo finalmente-. Olvidar.
Samantha dejó escapar un suspiro amargo.
-No creo que puedas superarme en eso.
Él inclinó levemente la cabeza.
-¿Quieres apostar?
Había un atisbo de desafío en su tono, algo que encendió una chispa en el pecho de Samantha. Una chispa peligrosa, que la hizo sentir viva por primera vez en mucho tiempo.
Y así empezó todo.
No recordaba exactamente en qué momento la conversación se volvió coqueteo o cuándo su risa se mezcló con la suya. Solo recordaba la calidez de su aliento cuando se inclinaba para susurrarle algo al oído, el roce de sus dedos sobre su muñeca, la forma en que su corazón latió con fuerza cuando la tomó de la mano y la sacó de ese bar.
La noche se desdibujó en sensaciones.
El ascensor del hotel.
Los labios de él sobre los suyos, demandantes, hambrientos.
El calor de su piel bajo sus manos, el aroma a whisky y algo inconfundiblemente masculino.
Las sábanas frías y la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente con el suyo.
Samantha cerró los ojos un instante, atrapada en el recuerdo.
Había huido antes de que amaneciera, antes de que pudiera verlo a la luz del día, cuando todo habría sido demasiado real. No sabía su nombre. No quise saberlo.
Hasta ahora.