Capítulo 2

Camila siempre había sabido que debía evitar a Dylan Reed. Durante los años en la universidad, hizo todo lo posible por no cruzarse con él, el hombre del que todos hablaban en susurros, el "monstruo que finge ser humano". Los rumores lo seguían como una sombra oscura; algunos decían que con solo una mirada podía hacer que te sintieras insignificante, que su capacidad para manipular y destrozar a las personas era aterradora. Otros afirmaban que, de alguna manera, disfrutaba del caos que generaba a su alrededor.

Pero ahora, mientras lo miraba, sus sentidos abrumados por su presencia, Camila no podía entender cómo no lo había reconocido antes. Dylan Reed, el hombre que había hecho de su vida en la universidad una constante carrera para evitarlo, estaba ahí, a su lado, demasiado cerca.

Inhaló profundamente, el aroma a menta fresca que emanaba de él invadiendo sus pulmones. Era un olor tan adictivo, tan embriagador, que por un momento olvidó la incomodidad y el dolor que sentía en su cuerpo. Ese aroma hizo que sus pensamientos se nublaran, y entonces, lo comprendió. Ahora lo entendía. Por qué había caído en sus brazos la noche anterior. El alcohol había sido solo una excusa. La atracción que él proyectaba, esa fuerza magnética, había sido el verdadero motivo.

-Hmm... Todavía hueles tan bien -murmuró Dylan, inclinándose hacia ella para plantar un beso suave en su cuello.

Camila se estremeció ante el contacto, y un pequeño jadeo escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Su cuerpo se tensó, los nervios alertas mientras lo empujaba torpemente. No podía dejar que esto continuara, pero su resistencia parecía inútil. Dylan no se apartó, su rostro quedando peligrosamente cerca del de ella, tan cerca que su aliento rozaba su piel.

-¿Qué estás haciendo? -logró preguntar, su voz temblorosa, llena de confusión.

-¿Por qué te apartas? -respondió él con una sonrisa burlona. Sus ojos brillaban con una mezcla de satisfacción y diversión. El tono de su voz la hacía sentir expuesta, vulnerable-. ¿No es bueno esta vez?

La pregunta hizo que su corazón se acelerara. Camila desvió la mirada, incapaz de enfrentarse a esos ojos que parecían desarmarla con solo mirarla. Necesitaba que él se alejara. Necesitaba un espacio para respirar, para pensar con claridad.

-S... mantente alejado -susurró, con la voz rota, sabiendo que no tenía control sobre la situación.

Dylan frunció el ceño brevemente, pero su expresión cambió rápidamente, volviendo a esa sonrisa confidente que tanto la perturbaba.

-Anoche no te quejabas -dijo con suavidad-. Estuviste gimiendo hasta el amanecer. ¿Te duele el cuerpo?

¿Qué? Camila sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor. Sabía lo que él quería decir, lo intuía por el dolor que recorría su cuerpo, por las marcas rojas que adornaban su piel como un recordatorio de lo que había pasado. Pero escuchar esas palabras salir de su boca con tanta facilidad la dejaba sin aire. ¿Cómo podía hablar de eso de forma tan casual?

-N-no... S-sí... No lo sé... -tartamudeó, tirando desesperadamente de la manta para cubrirse, tratando de ocultarse tanto de su mirada como de la realidad de lo sucedido.

Dylan no dejó que su reacción lo perturbara. Al contrario, se acercó más, sus labios rozando su hombro con una suavidad que la hizo temblar. Un beso delicado, pero cargado de intención. Camila sintió que su espalda caía de nuevo contra el colchón cuando él la empujó, colocándola bajo su dominio, inmovilizada.

Esto estaba yendo demasiado rápido.

Sí, habían compartido algo la noche anterior, pero volver a ese estado ahora, en la mañana, era algo que no esperaba ni sabía cómo manejar. Aunque, para ser sincera consigo misma, le costaba admitir que no le desagradara del todo. La confusión la abrumaba, mientras sus emociones chocaban entre sí.

Los labios de Dylan se deslizaron hacia los suyos, tan suaves, tan hábiles, que Camila sintió cómo sus pensamientos comenzaban a desvanecerse, sustituidos por una sensación de placer que no debería estar allí. No debería sentirse así. No después de todo lo que había pasado, no con él, y mucho menos en este momento.

Pero sus manos no se movían para detenerlo, y en lugar de luchar, se encontró respondiendo a su toque, dejándose llevar por el calor que emanaba de él, por esa habilidad para hacerla olvidar sus propios límites.

¿Qué diablos estaba haciendo?

Sus labios eran como una droga, un escape temporal de todo el caos que la rodeaba. Aunque su cuerpo aún doliera, aunque las marcas en su piel le recordaran la realidad, el toque de Dylan era suficiente para que se perdiera en esa niebla seductora que él sabía cómo crear. Por un momento, olvidó el dolor, olvidó la confusión, y solo quedó el deseo, la atracción inevitable hacia un hombre que, de alguna manera, siempre había representado el peligro que tanto había tratado de evitar.

Pero ahora, atrapada en su red, Camila ya no estaba tan segura de querer escapar.

-Espera. ¡No, no deberíamos estar haciendo esto! -dijo Camila con una mezcla de pánico y confusión. Giró la cabeza hacia un lado mientras lo empujaba con más fuerza de la que pensaba que tenía.

Dylan se detuvo, sorprendido pero sin perder esa calma característica. Frunció el ceño levemente antes de alejarse un poco. -Oh... Lo siento. Debes seguir sintiéndote adolorida -dijo, su tono más suave, casi preocupado.

¡No! -quería gritar ella, pero las palabras quedaron atrapadas en su garganta. No era exactamente eso, el dolor no era el problema aquí. Le gusta, pero eso no significaba que estuviera bien. ¡Ese era el verdadero problema!

Camila lo miró con los ojos muy abiertos, luchando por procesar la situación. Dylan Reed, el hombre del que había intentado mantenerse alejada toda su vida universitaria, ahora estaba aquí, en su cama, disculpándose, como si fuera ella la que estaba en control.

-Pensé que estaba soñando -continuó Dylan, con una media sonrisa-. Incluso después de tomar una ducha fría, todo esto parecía irreal, así que volví a comprobar si era verdad. -Inclinó la cabeza hacia un lado, estudiándola con esa mirada que la desarmaba cada vez más. Se alejó de ella, apretando la toalla alrededor de su cintura-. Aunque, para ser honesto, pareces mucho más agradable esta vez, en comparación con anoche, cuando estabas borracha...

Las palabras resonaron en la mente de Camila como una bofetada. ¿Qué había pasado anoche? ¿Qué hizo para que Dylan la viera de esa manera? No recordaba con claridad, solo fragmentos vagos de su cabeza doliendo y su cuerpo moviéndose por inercia.

-¿Qué pasó anoche? -preguntó en un susurro, temerosa de la respuesta.

Dylan la miró por un largo segundo, antes de encogerse de hombros, como si realmente no fuera asunto suyo recordarlo por ella. -Me temo que tendrás que descubrirlo tú misma -dijo con voz firme-. No quiero que pienses que me aproveché de ti cuando, en realidad, fue al revés.

¿Al revés? La mente de Camila quedó en blanco por un instante. -¿Qué...? -empezó a decir, pero las palabras se desvanecieron cuando la realización la golpeó como una ola helada. ¿Había sido ella la que había forzado todo esto?

Capítulo 3

-¿A qué te refieres con aprovecharte de ti? -preguntó Camila, sintiendo un escalofrío recorrerle la columna. Algo dentro de mí me dice que no debo recordar lo que pasó anoche, pensó, intentando calmar la tormenta que se desataba en su mente. O terminaré arrepintiéndome para siempre. Aun así, la duda seguía latiendo. -Eres Dylan Reed, ¿verdad? -Las palabras salieron de su boca casi como un susurro, incrédula.

Dylan asintió con la cabeza como si fuera un niño inocente, una imagen extrañamente contradictoria con lo que siempre había escuchado de él. Tomó suavemente la mano de Camila y la besó en la parte posterior. ¡Dios mío! ¿Cómo podía alguien parecer tan inocente y al mismo tiempo tan... sexy? Una mezcla peligrosa, una combinación que hacía que sus pensamientos se nublaran. Coqueto, también. Pero, espera, esto no podía estar pasando.

-¡Mierda! ¿De verdad eres Dylan Reed? -preguntó de nuevo, su mente luchando por aceptar la realidad frente a ella.

No podía ser él. Sería más fácil aceptar que era solo alguien con la misma cara, aunque dudaba que hubiera otro hombre en el mundo que pudiera verse exactamente como este hermoso monstruo.

Monstruo... Esa palabra resonó en su mente, trayendo consigo los rumores oscuros que había escuchado en la universidad. Las historias sobre él, sobre cómo era capaz de torcer el cuello de alguien sin pensarlo dos veces, los susurros de su crueldad... ¿Qué estoy haciendo aquí con él?

Sin embargo, algo dentro de ella se resistía a creerlo por completo. ¿Podía ser solo otro hombre con una historia no contada? Además, parecía... agradable. O al menos, eso quería creer.

-Sí -respondió Dylan, sonriendo.

¿Cómo demonios puede sonreír tan dulcemente en una situación como esta? -se preguntó Camila, observando esa expresión serena y casi cálida en su rostro. ¿Qué estará pensando? ¿Estará considerando cómo deshacerse de mí ahora que todo terminó?, pensó con nerviosismo. Espero que los rumores no sean ciertos.

Después de todo, habían pasado dos años desde la universidad. Tal vez él había cambiado.

Pero los recuerdos de aquellos estudiantes temblando de miedo ante su mera mención seguían frescos. ¿Por qué, de todas las personas, tenía que ser Dylan Reed? Mis años de esfuerzo para evitarlo terminan hoy.

Camila se golpeó las mejillas ligeramente, intentando despertarse de lo que esperaba que fuera una pesadilla inducida por el alcohol. Esto no puede ser real. Tenía que despertar.

-No te lastimes -dijo Dylan de repente, tomándole las manos con una mirada preocupada. -No te hagas daño, Camila.

¿Camila? La mención de su nombre la hizo parpadear repetidamente. ¿Cómo sabe mi nombre? ¿Era esto realmente la realidad? No estaba soñando.

Esto es real.

Dios, ¿qué hago ahora? Su mente estaba en caos, buscando una salida. ¡Ya sé! La respuesta llegó de golpe.

-¡Dylan, olvidemos lo que pasó entre nosotros anoche! -exclamó, decidida. Era la única forma de salir de este lío. Sabía que los hombres odiaban que las mujeres usaran lo que había pasado en su contra, y si eso significaba liberarse de cualquier atención que él pudiera dirigirle, ella estaría más que feliz de olvidar todo lo que había ocurrido.

-No -respondió Dylan, su tono firme.

Camila lo miró, perpleja. ¿Eh? ¿Acaba de decir que no?

-Te lo dije anoche, Camila. -La miró directamente a los ojos, su voz llena de convicción-. No dejaré que esto sea solo una aventura de una noche.

¿Qué...? La mente de Camila se quedó en blanco. ¿No una aventura de una noche? ¿Qué estaba diciendo?

-Tú y yo... esto no termina aquí -continuó Dylan, dando un paso hacia ella. Sus palabras eran una promesa, pero también un desafío. Y Camila no sabía cómo procesarlo.

Esto no puede estar pasando, pensó, sintiendo su corazón acelerarse.

¿De qué está hablando ahora?, pensaba Camila, intentando procesar lo que Dylan acababa de decir. ¿Por qué no puede simplemente decir que sí y dejarla en paz?

-También me lo prometiste. -Las palabras de Dylan resonaban en la habitación, trayendo consigo una inesperada culpa que empezó a carcomer la mente de Camila-. Dijiste que asumirías la responsabilidad. Si no fuera por lo que prometiste, no te habría llevado... No me habría ofrecido.

¡Espera! Esto no suena nada bien. ¿Yo dije eso? La confusión se mezclaba con el creciente pánico. ¡Estaba borracha! ¡No puedo haber dicho semejante cosa!

-Está bien si lo olvidaste. -Dylan le lanzó una mirada que la atrapó en su sitio-. Tendré que dejarte recordar todo, ¿verdad? -Sus dedos se entrelazaron con los de ella, y su toque parecía quemar, aunque no de la manera que Camila hubiera esperado. -Yo me encargaré de ello. -Dylan sonrió, peligrosamente cerca-. ¿Qué opinas de repetir lo que hicimos anoche?

¡Maldición! ¡Es un monstruo! Camila luchaba contra el caos que se desataba dentro de ella. No debería estar aquí, teniendo sexo con Dylan de nueva cuenta. La angustia de los últimos días se desbordaba como un torrente imparable, y los recuerdos dolorosos se arremolinaban en su mente. Seis años... Seis años de silencio, de guardar un amor no correspondido por alguien que nunca la había mirado como algo más que su secretaria. Andréi...

Había tardado seis años en darse cuenta de que su amor siempre sería ignorado. Había sido su sombra, siempre en segundo plano, soportando sus miradas indiferentes, los gestos vacíos, y las palabras frías que le dejaban un hueco en el pecho. No importaba cuántos indicios de interés mostrara, él nunca los veía. Su presencia se sentía como un mero accesorio en la vida de Andréi, una herramienta que solo necesitaba para seguir escalando en su carrera. Y ella, en su torpeza, seguía aferrándose a la ilusión de que algún día, cuando todo estuviera en calma, él la vería de verdad.

Pero ayer, esa fantasía se rompió para siempre.

-No tienes que venir conmigo al baile de esta noche. Esta vez tengo una compañera -le había dicho Andréi al final del día, cuando ya estaba guardando sus cosas. Su tono era casual, como si no supiera que cada palabra era como una puñalada-. Si te preguntas quién es, bueno, ella es mi prometida.

¿Prometida?

Camila sintió cómo su mundo se desplomaba en ese momento. No era solo una acompañante cualquiera, ni una socia de negocios. Era su prometida, alguien con quien se casaría, la mujer que estaría a su lado para siempre. La esposa que nunca sería ella.

Por años, había vivido en esa pequeña burbuja de fantasías, engañándose a sí misma con la idea de que Andréi aún no había entregado su corazón a nadie. Pero ahora todo estaba claro. No solo había alguien a su lado, sino que esa persona era su futura esposa, su compañera de vida. ¿Qué quedaba para ella?

Nada.

Su único propósito en la vida de Andréi era ser su apoyo, un peldaño más en la escalera que él ascendía. Y con cada paso que él daba hacia arriba, ella se quedaba más y más abajo, hasta volverse completamente invisible.

Esa noche, las palabras "prometida" se sintieron como una losa de concreto aplastando su corazón. No pudo decir nada en respuesta, porque las palabras se negaron a salir de su boca. Y la verdad era que no había nada que decir, porque no importaba lo que sintiera, Andréi no estaba esperando una reacción de su parte.

Así que se dirigió a su lugar seguro, su pequeño paraíso: el bar. Y allí, entre tragos, se ahogó en alcohol. Su fiel acompañante, el único amigo de los corazones rotos.

Pero ahora, en la fría luz de la mañana siguiente, no estaba sola en su derrota.

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