Abril, totalmente desesperada, tomó a Maite de la mano y se la llevó rápidamente hacia el compartimento secreto, que su padre había enviado a construir hacía tiempo.
Le dolía en el alma dejar que su padre se enfrentara a El Manco, tan malherido como estaba. Pero no podía hacer más, si quería proteger su vida y la de su hermana pequeña. Lamentablemente, no podía enfrentarse al El Manco ni mucho menos acarrear en brazos a su padre hasta el búnker.
Una vez que ambas jóvenes estuvieron bien escondidas, Abril pegó la oreja a un pequeño ventanuco que no podía verse desde fuera y escuchó lo que sucedía en la sala.
—Dame el maldito mapa, Roberto. Hazte un favor. Estás por morir, ¿por qué seguir ocultándolo?
—No te lo daré —sentenció el padre de Abril—. No importa si muero o no, no importa lo que hagas conmigo, me llevaré el secreto a la tumba.
Roberto sabía que si lo decía lo mataría, aun si les decía donde estaba el mapa de El Gordo, el dueño de aquel tesoro que todos ansiaban, y por el que todos estaban dispuestos a derramar la sangre de quien fuera con el único fin de hacerse con él.
—¿Así que prefieres morir?
—Moriré de todos modos, te lo diga o no.
—¿O sea que prefieres una muerte terrible, antes que una simple ejecución?
—Tengo mis principios —respondió Roberto con seguridad, aun cuando su voz temblaba producto del dolor de sus heridas.
El Manco, con su única mano, lo cual le había granjeado su apodo, sacó un cuchillo y le hizo señas a un par de hombres que se habían mantenido en el umbral de la puerta a la espera de una orden de su parte.
—Átenlo —ordenó.
Una vez los hombres cumplieron con lo solicitado, El Manco comenzó a rajar lentamente la piel de Roberto. Primero, se dedicó a rasgarle la ropa y producir varias heridas en su pecho. No obstante, el hombre parecía ser inmune a aquel tipo de dolor. Por esto mismo, El Manco comenzó a hacer cortes, en su rostro y en el resto de su cuerpo, mucho más profundas que las primeras.
—Dime dónde está el puto mapa —repetía, una y otra vez, tras cada nueva herida.
—No lo haré. Mátame si quieres, tortúrame hasta la muerte, pero que sepas que de mi boca no saldrá absolutamente nada.
—Eres un maldito terco —espetó con los dientes apretados. A continuación, miró a sus hombres y les ordenó—: Vayan a la cocina a por sal, cloro y todo lo que encuentren, ya saben.
Roberto se retorció en el asiento, consciente de lo que se avecinaba. No obstante, se mantendría en sus trece hasta que la vida se le escapara del cuerpo.
En cuanto los hombres regresaron junto a El Manco, le entregaron todos los elementos que habían encontrado y que podían servir para su cometido.
El Manco tomó, en primera instancia, un salero que le ofreció uno de sus súbditos y comenzó a rociar sal sobre las heridas recién abiertas.
Roberto comenzó a retorcerse, pero no lo suficiente. Tenía un alto grado de tolerancia al dolor. No sabía por qué lo hacía, por qué se estaba sometiendo a esa tortura, pero no le daría el gusto de gritar siquiera. Sí, le ardía hasta el alma, pero no por ello dejaría de resistirse. Él era Roberto Cárdenas, uno de los hombres más fuertes que el mundo había conocido, y, aunque El Manco fuera cruel y despiadado, y terminara matándolo, no le daría el gusto de que lo hiciera viéndolo sufrir. No, tendría que conformarse simplemente con matarlo.
El Manco, irritado por la actitud y la poca reacción del hombre, tomó una botella de cloro y lo bañó por completo con ella. La sustancia desinfectante penetró en cada una de las heridas de Roberto, haciendo que tuviera que apretar los dientes para soportar aquel dolor. No obstante, en su rostro, más que un leve enrojecimiento, no apareció ni la más mínima expresión.
—¡Eres un maldito bastardo! —exclamó El Manco, soltando el cuchillo por un segundo y propinándole un fuerte golpe en el rostro.
Uno de los dientes de Roberto salió volando por la habitación y su boca y su nariz comenzaron a sangrar copiosamente. El gusto a salitre y a hierro invadió su lengua, la cual pasó por sus labios. A continuación, sonrió.
—No importa cuánto me golpees, no importa si quieres quemarme vivo. No importa nada de lo que hagas. No temo morir. Porque sé que, de una manera u otra, lo acabaré haciendo —dijo Roberto, ceceoso, por culpa del puñetazo recibido—. Así que mejor, mátame de una maldita vez y acaba con esto. Estás perdiendo el tiempo. No lograrás nada torturándome. Terminarás matándome tarde o temprano y te quedarás sin saber dónde está el mapa. No pienso decírtelo. No tengo nada que perder —sentenció, aun cuando no era así. Temía por sus hijas, aunque sabía que Abril podría apañárselas para poner a salvo a ambas.
El Manco continuó torturándolo por lo menos durante una hora más, en la cual Roberto no dijo ni una sola palabra.
Abril y Maite observaban la escena a través del pequeño ventanuco que había en el búnker en el que se habían escondido y que daba directamente a la sala en la que se encontraban los tres hombres y su padre.
Ambas muchachas temblaban de miedo y la angustia se había apoderado de sus cuerpos. Abril, por un momento, se tapó el rostro con su oscuro cabello, pero, aunque quería evitarlo, no podía dejar de mirar aquella macabra escena de su padre siendo torturado hasta la muerte.
Cuando El Manco comprendió que lo que había dicho Roberto era cierto, que no le sacaría ni una sola palabra de dónde estaba el maldito mapa, se giró hacia uno de sus hombres y ordenó:
—Mátalo.
A continuación, su subordinado, sacó un arma calibre 38, que llevaba sujeta en la parte posterior de sus vaqueros, apuntó y disparó sin siquiera pestañear.
Al momento de la detonación, Maite y Abril se taparon los oídos y, al ver a su padre, con la cabeza desplomada sobre su pecho, ambas comenzaron a llorar sin control, pero procurando hacer el menor ruido posible. No podían permitirse que El Manco y sus secuaces descubrieran su escondite.
Tras asesinar a Roberto, los tres hombres se dispusieron a registrar toda la vivienda, sin dejarse ni el más mínimo rincón.
—Ese maldito mapa debe estar en algún lado —murmuraba El Manco, una y otra vez, mientras le daba órdenes a sus hombres para que buscaran en rincones que, para él, con una sola mano, eran inalcanzables o imposibles de abrir.
Sin embargo, tras abrir todos los cajones, revisar cada mueble por dentro, arriba, debajo, detrás, en cada rincón de la bendita casa, ninguno de los tres fue capaz de encontrar lo que buscaban, por lo que, frustrados e irascibles, se marcharon de la vivienda, dejando atrás a Roberto.
Abril estaba horrorizada con todo lo que ella y su hermana habían presenciado. Y estaba segura de que jamás podría olvidar ese rostro. Ni siquiera le importaba la ausencia de su mano, en el mundo había muchas personas así, pero ese rostro, esa crudeza de su mirada y su sadismo jamás se le borraría de la mente.
Estaba totalmente aterrada y su hermana un poco más de lo mismo. Ambas sentían que sus cuerpos se habían quedado sin energías. Abril quería escapar cuanto antes, sin embargo, decidió esperar un tiempo prudencial para salir de la casa. Lo mejor sería escapar por la noche.
—Duerme un poco, Maite —le dijo a su hermana—. Pronto nos marcharemos de aquí —le aseguró.
Al caer la noche, ya de madrugada, Abril despertó a su hermana pequeña que, después de rehusarse por horas a cerrar los ojos, por fin se había quedado dormida y la obligó a ponerse de pie.
Abril se llevó el índice a los labios, indicándole que guardara silencio. A continuación, ambas salieron de su escondite, sigilosamente. Pasaron junto al cadáver de su padre y se encaminaron hacia la puerta trasera, que daba al patio.
Una vez que se sintieron un tanto más seguras, ambas inspiraron el fresco aire de la noche.
Cuando salieron a la calle, Abril miró a su alrededor y vio que había una gran cantidad de hombres con armas apostados en diferentes puntos estratégicos. Las estaban esperando y ella no podía permitir que le hicieran nada a su hermana ni a ella y, mucho menos, que se hicieran con el tesoro que su padre le había obligado a ocultar.
—Ven —le dijo a Maite y la tomó de la mano.
Rápidamente, la condujo hasta un callejón sin salida, lo completamente oscuro como para que nadie las viera. Los hombres se abalanzaron tras ellas. Sin embargo, cuando ellas llegaron al callejón y treparon el muro final, antes de que les dieran alcance, las perdieron de vista por unos minutos, los cuales las muchachas aprovecharon para cambiarse de ropa.
Abril tomó unas tijeras que había guardado en su mochila a modo de defensa y le cortó el cabello a Maite y luego le pidió que hiciera lo mismo con su cabello. Ambas tenían que cambiar de aspecto.
Se llenaron de barro que había en una de las esquinas del pasadizo y cuando volvieron a salir lo hicieron con toda la tranquilidad del mundo, rogando para sus adentros que las confundieran con unas simples vagabundas.
—Abril, no sé, pero me da que nuestro improvisado disfraz nos los distraerá por mucho tiempo —susurró Maite.
—No te preocupes, papá, hace un tiempo, me mostró un pasadizo secreto —le informó—. No sé por qué no se me ocurrió antes, pero tranquila, solo tenemos que llegar al final de la calle, girar a la derecha y cuando lleguemos al final de la siguiente, haremos lo mismo. Está detrás de casa. Pero apúrate y no levantes la perdiz.
Maite no tenía ni la más mínima idea de qué hablaba su hermana, pero siendo la mayor, le haría caso. A fin de cuentas, su padre siempre le confiaba los secretos a ella y eso la tranquilizaba.
Cuando llegaron a la parte posterior de la casa, Abril apuró el paso y fue en busca del objeto que, días atrás, había escondido debajo del enorme alce. Lo tomó entre sus manos y lo guardó en su mochila.
No estaba segura de si allí se encontraba el dichoso mapa que buscaba El Manco, pero lo mejor era no dejar atrás aquella caja, fuera lo que fuera que hubiese en su interior.
En cuanto estuvieron al resguardo del pasadizo secreto, Abril abrió la caja y comprobó que, tal y como había sospechado, allí se encontraba el dichoso mapa por el que El Manco había torturado a su padre hasta la muerte. Aquel, en efecto, era el mapa de El Gordo, el mayor traficante del siglo pasado. Abril no lo conocía más que por nombre, pero pudo deducir que se trataba de su mapa del tesoro, al ver su firma y reconocerla de inmediato. Aquella rúbrica era inconfundible. Su padre se la había mostrado tiempo atrás y ella, gracias a su memoria fotográfica, había logrado recordarla.
Rápidamente, guardó el mapa en la mochila, pensando en que la caja sería demasiado, por lo que la dejó a un lado del pasadizo mientras pensaba qué hacer a continuación.
—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Maite.
Abril suspiró y tomó su teléfono móvil. Buscó un número de teléfono de confianza y le dio al botón de llamada.
Luego de unos cuantos tonos de llamadas, en los que Abril comenzó a desesperarse ante el temor de no conseguir ayuda, el hombre al que había llamado atendió.
—Abraham, soy Abril. Necesito tu ayuda para infiltrarnos en México cuanto antes —dijo y, a continuación, pasó a narrarle lo sucedido y lo que necesitaba—. Gracias, confío en ti —repuso al final y cortó la comunicación.
—¿Qué pasó? —le preguntó su hermana.
—Nada, me dijo que nos ayudará, que lo esperemos aquí.
No obstante, lo que no sabía Abril era que Abraham no había hecho más que tenderle una trampa.
Tan rápido como cortó la comunicación, marcó el número del El Manco.
—Señor, tengo información que podría serle útil.
Abraham pasó a buscarlas por la casa de los Cárdenas, treinta minutos después de que Abril lo llamara.
Durante ese tiempo, ambas muchachas se dedicaron a intentar mentalizarse sobre lo que habían visto, sobre todo lo que había sucedido y lo que estaban viviendo. Ninguna de las dos se había imaginado, ni siquiera en sus peores pesadillas, encontrarse en aquella situación. Abril sabía que su padre se relacionaba con personas de dudosa moral, pero jamás creyó que él cayera a manos de uno de ellos por un trozo de papel. Sí, era cierto que, según lo que sabía, aquel mapa indicaba el tesoro de El Gordo, un reconocido mafioso narcotraficante del siglo pasado que había escondido sus tesoros, los ahorros de toda su vida, y había dejado un supuesto mapa, que ahora estaba en su poder, para poder dar con él.
Abril no comprendía por qué alguien haría algo como aquello, consciente del derramamiento de sangre que se sucedería por ello. No obstante, era un mafioso, que la sangre de las personas se derramara no era algo que le hubiese quitado el sueño alguna vez, de eso estaba segura.
Cuando Abraham llegó al escondite en el que ambas se encontraban y que él conocía porque Roberto se lo había revelado antaño, tomó a ambas muchachas, las condujo hasta un vehículo de vidrios tintados, sin decir palabras y comenzó a conducir hasta la frontera. La frontera entre Estados Unidos y México, para su fortuna, no se encontraba demasiado lejos de donde se encontraban. De hecho, hasta ese momento Abril, Maite y su padre habían vivido en una ciudad fronteriza. Para ser más precisos, vivían en Baja California del sur, a dos horas y cuarenta y cinco minutos de Tijuana, México, su destino.
—Cuando lleguemos a la frontera, tendrán que cambiar de vehículo —les comunicó Abraham—, ya que yo no puedo cruzar. Tendrán que entrar en el maletero de un coche que sí tiene permiso para pasar a México. —Miró por el espejo retrovisor, como ambas muchachas asentían, enmudecidas. Era más que evidente que estaban en estado de shock—. Una vez que crucen la frontera los recibirá uno de nuestros colegas. Así que estense tranquilas. —Su voz se entrecortó por un momento, pero ni Abril ni Maite se percataron de esto.
Luego de más de dos horas de viaje, Abraham se paró en el arcén y miró a las muchachas por sobre su hombro.
—Es ahora —les comunicó.
—Gracias, Abraham —dijo, sin ser consciente de lo que se avecinaba.
Ambas muchachas se apearon del vehículo del amigo de su padre y se trasladaron al que las estaba esperando. El hombre, de aspecto huraño, dueño del vehículo que las terminaría de transportar a su destino, abrió el amplio maletero del coche y esperó a que ambas se introdujeran en él.
Maite era claustrofóbica y por unos momentos dudó en hacerlo. Meterse en el maletero de aquel vehículo, propiedad de un completo desconocido, por Dios sabía cuánto tiempo, no le hacía la más mínima gracia.
Abril, quien era consciente de la fobia de su hermana de permanecer en lugares cerrados, sin la más mínima ventilación, la tomó por el antebrazo y se acercó a su oído.
—Tranquila, tan solo serán unos minutos —le aseguró en un susurro. No estaba segura de si realmente era así, pero quería confiar en eso y necesitaba infundirle ánimos a su pequeña hermana.
—Pero… estaremos encerradas… —Maite comenzó a agitarse, como cuando estaba a punto de tener un ataque de pánico.
—Vamos, Maite. Es esto o morir. ¿Qué prefieres? Hagámoslo por papá. Era lo que él quería. Tengo todo bajo control —afirmó, aunque no fuera del todo cierto.
Maite tragó saliva, asintió y, con todo el pesar del mundo, se metió en el interior del maletero.
—Estaremos juntas. No te preocupes —intentó tranquilizarla Abril, en cuanto ambas estuvieron en el interior del vehículo y el hombre cerró la compuerta del baúl del coche.
—Espero que sea rápido. —Maite suspiró y cerró los ojos, intentando visualizar un campo abierto, un lugar que la hiciera sentir en paz, tal y como le había enseñado su terapeuta durante los últimos años.
Los minutos dentro del coche se hicieron eternos, sin embargo, no fue demasiado en comparación a lo que ellas sentían.
—Vamos, Maite —le dijo Abril mientras movía lentamente el hombro de su hermana pequeña que, contra todo pronóstico, se había quedado dormida.
Ambas bajaron del coche y se despidieron del conductor, que se limitó a saludarlas con un escueto movimiento de cabeza.
Al cruzar la frontera, Abril comenzó a buscar a la persona que suponía que iría a su encuentro. No obstante, lo que encontró le puso la piel de gallina y le heló la sangre.
Aquello no podía estar sucediendo.
«¿Qué hace él aquí?», se preguntó al reconocer el rostro de El Manco.
—Hola, mis niñas —dijo y sonrió sádicamente.
Abril tomó a Maite de la mano y comenzó a correr. El Manco y sus hombres comenzaron a perseguirlas.
—¡Denme ese pinche mapa! —gritaba El Manco—. Sé que lo tienen ustedes. No se hagan. ¡Pendejas! —exclamó, cuando vio que ambas se metían por un pasadizo que llevaba a una zona de almacenamiento del puerto—. ¡Síganlas, no las pierdan de vista! —les ordenó a sus subordinados, que, en esta ocasión, eran más de una decena.
Una decena de hombres para dar caza a un par de muchachas.
«Todo por este maldito mapa», pensó Abril. «Si no fuera porque papá estuvo dispuesto a morir por él…».
Cuando las muchachas se sintieron acorraladas, Abril miró a Maite y, posando ambas manos sobre los hombros de la pequeña, le dijo:
—Quédate aquí, ¿sí? No te muevas. No dejes que te atrapen. —Suspiró y sacó el mapa de su mochila, lo colocó en el interior de una bolsa Ziploc. Lo último que quería era dañarlo—. Yo iré a distraerlos, ¿Okey?
Maite asintió, insegura. No le hacía ni pizca de gracia tener que quedarse a solas en el puerto, pero, como siempre, confiaba en Abril. Abril era firme, decidida y, para su gusto, demasiado temeraria. Pero siempre se salía con la suya. Por mucho que no le gustara el hecho de que se separaran, Maite no se lo impediría, quizás, lo que su hermana tenía en mente podría ayudarla.
Abril salió de su escondite y gritó:
—¡Ven por mí si puedes!
El Manco, que estaba a poca distancia de donde Abril se encontraba, le hizo señas a uno de sus hombres para que lo siguiera y corrió en la dirección de dónde provenía la voz. Al doblar la esquina de uno de los contenedores, se encontró de frente con la muchacha que agitaba en lo alto una bolsa con un papel en su interior.
—El mapa.
—¿Lo quieres? —Sonrió—. Ven por él —dijo a continuación y se lanzó en una carrera.
—Síganla, pendejos —les ordenó El Manco a sus subordinados, al ver que él había comenzado a correr y los hombres se habían quedado estáticos.
Ante aquella orden, los hombres intercambiaron un par de miradas y comenzaron a correr tras su jefe.
Sin saber para dónde diablos tomar, Abril se dirigió al borde de un precipicio. No estaba segura de qué haría a continuación, pero el mapa, estaba segura, no lo obtendrían.
«Al menos, no se acercarán a Maite», pensó.
Cuando llegó al borde del precipicio se dio media vuelta y agitó una vez más la bolsa. No sabía por qué, pero su única escapatoria, a donde no podrían atraparla, estaba tras ella.
—¡DAME ESE MALDITO MAPA! —vociferó.
—¿Lo quieres? ¿En serio? —preguntó en tono burlón—. Ven a buscarlo.
A continuación, saltó por el precipicio. Sabía que tenía altas probabilidades de morir, pero, al menos, debajo del océano no podría hallarla ni, mucho menos, al mapa.
—¡Maldita pendeja! —El Manco estaba fuera de sí.
Abril contuvo el aire lo máximo posible y permaneció sumergida un tiempo prudencial. Para su suerte, tenía buen manejo del aire, había practicado buceo y estaba acostumbrada al mar abierto.
Cuando salió a flote, vio que, como había imaginado, los hombres no la habían seguido y se habían marchado. Sabía que, si sobrevivía, no podría librarse fácilmente de ellos, pero no le importaba. Solo esperaba que su hermana estuviera a salvo.
Luego de nadar por lo que le pareció una eternidad, con la bolsa entre los dientes para no perderla, llegó a tierra firme y se encaminó hacia el sitio en el que se encontraría con su hermana. No obstante, la pequeña no estaba allí.
Su corazón dio un vuelco. ¿Dónde podía estar? ¿Acaso los hombres de El Manco habían dado con ella? No lo sabía ni tampoco conocía el país, por lo que le era imposible dedicarse a buscarla. Podía estar en cualquier parte de México. No tenía idea de los posibles escondites de esos hombres y si disponían de medios de transporte más rápidos que un coche o una camioneta.
Resignada y con un nudo en el pecho, Abril decidió que lo mejor para mantenerse a salvo, y luego poder encontrar a Maite, era seguir las indicaciones que su padre le había dado minutos antes de morir.
Sola y con el corazón en un puño, se dirigió a la dirección que su padre le había indicado.
Cuando pasó por un callejón oscuro, no pudo evitar ver a una prostituta que, en ese momento, estaba siendo acosada por un asqueroso vagabundo.
—¡Oye, tú! —gritó en dirección al hombre, quien inmediatamente dirigió la mirada hacia ella. Abril rápidamente tomó una gran trozo de ladrillo que encontró en una esquina del callejón y se lo lanzó, asestándole de lleno en la cabeza. El hombre se tambaleó y dio unos cuántos pasos hacia atrás—. Déjala en paz, si quieres vivir. Aunque con tu vida…
El hombre retrocedió unos cuantos pasos más mientras Abril se le acercaba con un palo que había tomado al pasar, tras guardar el mapa en el bolsillo de su humedecida chaqueta. Había practicado artes marciales y la verdad es que le estaba sumamente agradecida a su padre por haberla instado a que aprendiera sobre defensa personal.
—Ya, ya —dijo el hombre a media lengua. Era evidente que estaba más que borracho—. Tranquila. Ya me marcho.
—Espero no volver a verte por aquí. Yo que tú no sería tan pendejo y me marcharía ya mismo.
«Gracias, papá, por enseñarme tan bien tu castellano nativo», pensó con una media sonrisa.
El hombre se alejó tan rápido como se lo permitieron sus piernas.
—Gracias, niña —dijo la mujer—. La verdad es que ese wey estaba siendo insoportable. Ya no sabía cómo quitármelo de encima. Si no fuera por ti…
—No tiene nada que agradecer. Espero que su noche sea tranquila a partir de ahora.
Tras estas palabras, Abril dejó a la mujer, mientras ella se dirigía, gracias a la ayuda del GPS, —por suerte, recientemente, se había comprado un móvil a prueba de agua—, hasta la dirección indicada. No era difícil llegar, pero, con el cansancio a cuestas, le resultó toda una travesía.
—Hola —saludó al guardia, una vez llegó a su destino—. Necesito hablar con el señor Karlo.
—Lo siento mucho. El señor Karlo está de viaje por negocios —le informó el hombre.
Abril se mordió el labio inferior, pensativa. ¡¿Qué diablos haría?! No conocía a nadie en aquel país y no tenía dónde ir. ¿Dónde pasaría la noche? No se atrevía a hacerlo en la calle. Una desconocida en las calles ya era suficiente para que cualquier depredador se le acercara. Y mucho más peligroso resultaba que la vieran El Manco o alguno de sus hombres.
De pronto, tuvo una idea. No sabía si era lo mejor, pero era una opción, y eso siempre era mejor que no tener ninguna.
Rápidamente, se encaminó hacia donde se encontraba trabajando la prostituta que había defendido minutos atrás.
Al llegar junto a ella, la mujer la miró con el ceño fruncido, extrañada de volverla a ver.
—Hola, niña, ¿qué sucede?
Abril le explicó a grandes rasgos la situación en la que se encontraba, sin entrar en demasiados detalles.
—Entiendo, no tienes dónde quedarte. —Abril negó con la cabeza—. No te preocupes, mi casa no es demasiado espaciosa, pero cabemos las dos. Si quieres, vamos ahora. Yo ya terminé mi turno. Es demasiado tarde y no creo que aparezca ningún otro cliente. —Sonrió—. Por cierto, mi nombre es Sheila.
—Un gusto, Sheila, mi nombre es Abril —dijo y esbozó una sonrisa—. Gracias por ayudarme —agregó, cuando ambas comenzaron a andar.
—No hay de qué. Tú me ayudaste primero. Una mano lava la otra y las dos lavan la cara, o algo así dice el dicho. Creo. Nunca me acuerdo bien de esas cosas. —Rio.
Una vez que llegaron a la vivienda de Sheila, esta la invitó a pasar y le indicó dónde podía dormir.
—También tienes comida en la nevera. Siéntete como en casa.
—Gracias, solo estaré poco tiempo, lo prometo.
—No seas pendeja. Si te puedo ayudar, lo haré todo lo que pueda —le aseguró Sheila—. Ahora ven, te prepararé unas enchiladas. ¿Te gustan las enchiladas?
Abril asintió. Las había comido pocas veces en su vida, pero, por lo poco que recordaba, eran deliciosas.
Al día siguiente, Abril se despertó al temprano y comenzó a buscar a su hermana. Realmente, no sabía por dónde buscar, pero, por suerte, en su móvil tenía varias fotos de Maite, por lo que visitó cada sitio que encontró, mostrando el rostro de su hermana a todo aquel que pudiera saber algo. No obstante, después de varios días de intentarlo, sintió que sus intentos eran totalmente en vano. Nadie en, prácticamente, toda la ciudad había visto a la pequeña.
Aun así, no se daría por vencida. Sin embargo, era consciente de que necesitaba ayuda, por lo que, todos los días, se dirigía hasta la dirección que le había facilitado su padre y preguntaba por Karlo. Eso era todo lo que sabía y todas sus esperanzas estaban puestas en ese sujeto desconocido, pero que, según le había dicho su padre, era de fiar.
Cuando por fin Karlo regresó de su viaje de negocios, Abril lo estaba esperando en la puerta, dado que el guardia le había informado de que ese día regresaría. Abril no tenía idea de a qué hora lo haría, por lo que, para no perderlo de vista, decidió pedirle al guardia que le permitiera esperarlo allí, cosa que el hombre, sorprendentemente, aceptó de buen grado.
Mientras esperaba, Abril vio un coche que se detenía frente al edificio y de él se bajó un hombre alto, de cabello oscuro y de piel de color cobrizo.
—Ese es el señor Karlo —le informó el guardia.
Cuando el hombre se giró en su dirección, Abril abrió los ojos de par en par. No, no podía ser. Eso no podía estar ocurriendo. Él no podía ser Karlo, el hombre de confianza de su padre.
¿Cómo era posible que Karlo fuera el mismo que, días atrás, en el bar, la había amenazado de muerte si se iba de la lengua?