Capítulo 2

Capítulo 2

Verdades a la cara

La joven Elha viró sus ojos con molestia y golpeó fuerte al cerrar su libreta. La idea de almorzar con su padre le parecía realmente molesta.

Se levantó silenciosamente de su silla y caminó al comedor, donde espera al rededor de unos cinco minutos la llegada de su padre.

El hombre se sienta en la esquina derecha de la mesa y a un lado su esposa Martina.

-Pensé que no vendría hasta el final del verano -Elha interrumpe el silencio incómodo en la mesa-.

-Hola Elha; Estamos bien. Que gusto verte después de más de dos meses. También me alegra que estés de maravilla -responde Ricardo con sarcasmo-.

-Lo siento, papá -agacha su cabeza, nerviosa y guarda silencio unos minutos antes de continuar-. Quiero contarles una cosa.

-¿Qué cosa, cariño? -responde Martina y le regala una sonrisa repleta de hipocresía-.

-He invitado a alguien a almorzar con nosotros, quiero que lo conozcan -comenta sin levantar su mirada del plato que tiene al frente.

-¿Estás haciendo amistades nuevas? -pregunta Ricardo restándole importancia- ¿Se trata de alguna de las hijas de mis colegas?

-¿Tienes un amigo imaginario, cielo? -Martina se burla-.

-No... Sé llama Adrián.

-¿Adrián? Ese nombre no me dice nada, ¿Cuál es su apellido? -interroga Ricardo con voz rígida, poniendo a temblar a la chica-. No quiero sorpresitas, Elha. No es como si pudieses decidir algo en esta casa. Si es lo que estoy pensando jamás te daré el permiso. Ahórrame el disgusto. Ahora come y vuelve a tus clases.

A Elha le costó pasar saliva, se quedó inexpresiva y atemorizada. Sabía que hablar de Adrián con su padre no sería una tarea fácil y por un momento sintió miedo de seguir... Pero sabía que Adrián venía en camino y esta conversación sería inevitable.

Elha suspiró profundamente, le costaba levantar la mirada hacia su padre, sabía que lo que estaba a punto de hacer era lo una locura, pero no quería seguir escondiéndose de nadie y creía que hablar con su padre era necesario para dejar de ocultar su relación. Esperaba con todo esto, conseguir su permiso para casarse con él.

-¿De qué familia proviene tu "amigo", Elha? No conozco su apellido, ni tengo referencias de él -agregó Don Ricardo mirándola fijamente-. ¿Puedes decirme a que se dedica? ¿Y qué industrias manejan sus padres?

-López, Su nombre es Adrián López -responde temblando de miedo-. Y no sé a qué se dedica su familia.

-Pues no conozco a nadie con un apellido tan corriente como ese, así que tu amiguito no pondrá un pie en esta casa -agregó con molestia-. ¿Te quedó claro?

-Pero ¿Por qué? Si ni siquiera lo conoces. Solo dame una oportunidad para...

-Suficiente Elha -Don Ricardo gritó enfurecido-. He dicho que no y si no obedeces tendré que castigarte. Otra palabra más sobre este tema y tendré que enviarte a estudiar a Italia. Nadie que no te merezca puede tenerte. Eres una Brucelli, compórtate a la altura.

En ese momento se acerca Eva con la cara pálida y sus manos temblorosas acompañada de Adrián, la anciana estaba a punto de sufrir un desmayo, de lo nerviosa que se encontraba, solo miraba a Elha fijamente, que se encontraba en la misma situación.

-Buenas tardes, señor y señora Brucelli; me presento, soy Adrián López.

«"Esto no puede ser cierto, ¿En serio se atrevió a pasar a mi comedor?», -pensó Don Ricardo muy enojado, mientras tiraba la servilleta a un lado de su plato y soltaba un bufido de disgusto-.

-¿Así que tu eres López? Estoy seguro de que su rostro lo vi en una de las nóminas de trabajo -interrumpe Don Ricardo mirándolo de manera desafiante-. ¿Este no es el jardinero? -pregunta dirigiéndose a Eva-.

-Es mi maestro de música, papá -respondió Elha, casi en un susurro- Y mi novio.

Don Ricardo se ahogó con el agua que recién se llevaba a la boca, haciendo un terrible desastre al toser y esparcir el líquido sobre la mesa.

-¿Qué Diablos acabas de decir, Elha? -gritó- ¿Cómo que tu novio? ¿Te has vuelto completamente loca? ¿Quién te ha dado autorización para buscarte a un pata en el suelo como este?

-Papá, por favor -suplicó Elha, avergonzada.

-¿Qué futuro vas a tener a su lado? ¿De verdad planeas dedicar tu vida a lavarle las medias a un tipejo que no podrá darte ni para ir de compras?

-Cariño -intervino Martina-, baja la voz. No es algo de otro mundo, son jóvenes y los jóvenes hacen tonterías, se le pasará en unos días.

-Yo también lo fui, y no tomé decisiones tan ridículas como esta. ¿Qué sigue? ¿Va a abandonar sus estudios para dedicarse a criar a los hijos del asalariado profesor de piano? No merece sentarse en mi mesa, ¿Qué le hace pensar que puede merecer a mí hija?

-Cielo ¡Ya basta!, deja que la niña te explique bien las cosas -agregó Martina una vez más, con una leve sonrisa de burla en su rostro-.

-¿Cómo crees que puedo calmarme? -gritó-. Esto es algo realmente intolerante y estúpido. ¿Qué se ha creído esta insulsa como para atreverse a decir semejante estupidez?

Don Ricardo estaba enrojecido de cólera, sin poder entender como su hija había sido capaz de ligarse con un hombre de bajos recursos, sabía que esta acción podría destruir su reputación en un segundo.

-Anhia.. Ella tiene 17 y ya ha tenido más de cuatro novios legales, pensé que yo... Quizás podía tener solo uno -respondió Elha en un hilo de voz, muerta de miedo, sabía de lo que su padre era capaz de hacer al contradecirlo-.

-¿Pensaste? -Don Ricardo gritó enfurecido-. ¿Desde cuándo piensas? Si usarías un poco esa cabezota y una pizca de sentido común te darías cuenta de que no debes meterte con gente como él. La prensa nos haría picadillo en un segundo. No pienses solo en ti.

-Pero Anhia...

-Deja de compararte con tu hermana y acepta de una vez que tú no eres igual a ella -comentó Martina tratando de arrojarle más leña al fuego-. Mi niña, si tus hormonas comenzaron a revolotear tenemos al chico perfecto para ti.

-Disculpe mi Don-interrumpió Adrián muy ofendido por su comentario y el de Martina-. Sé que yo no poseo sus mismas riquezas, pero estoy seguro de que su hija estará bien conmigo. Trabajaré duro, me aseguraré de tenerla cómoda y que viva como lo que es, una princesa.

-"Esto se pone bueno" -murmuró Martina, con una sonrisa malintencionada-.

-Tú ni te atrevas a decir una palabra más, con tu salario difícilmente puedes mantenerte con vida, ¿Cómo es que piensas darle a mi hija todos los gustos a los que ella está acostumbrada? -Don Ricardo lo mira fijamente desafiándolo-. ¿Si mi hija se enferma a donde la llevarías? ¿Al dispensario público del pueblo? Pues déjame decirte que ella está acostumbrada a los mejores especialistas del país. ¿Tienes al menos para costearle un control pre menstrual? ¿Sí se embaraza crees que puedas costear los gastos de su bebé, sin descuidar los de ella?

-Honestamente no podría llevarla a una de sus clínicas privadas, pero daré lo mejor de mi para que ella sea atendida de manera adecuada, no importa donde sea, el dinero no lo es todo en la vida -responde Adrián seguro de si mismo-. Mientras más insista en separar a su hija de mi, más le voy a gustar. Nadie ha dicho que hay que ser multimillonario para tener un amor bonito.

Capítulo 3

Capítulo 3

Sueños rotos

Ricardo y Adrián se miraron fijamente a modo de desafío, pero Adrián sabía que tenía todas las de perder, nunca podría contar con él permiso de la familia de su novia, así que la boda que tenía planeada en su cabeza, posiblemente no se llevaría a cabo.

-Mira, muchachito. Si comprendieras por lo menos un poco el desánimo y la angustia que genera el no tener un centavo en el bolsillo, no estuvieras recitando ese discursito mediocre de que el dinero no compra la felicidad. Porque está muy claro que si la compra y no por lo material, sino por la calidad de vida, comidas, gastos, un techo sobre tu cabeza, un vehículo para transportarte a tu trabajo. El cuidado y bienestar de la familia. Todo, absolutamente todo te lo da el dinero, así que no le vengas con cuentos a quien claramente sabe de historias. Estar económicamente estable, te ayuda a estar estable en muchas cosas más. Espero no ofenderte con lo que estoy diciendo. No es mi intención hacerte sentir menos, pero debes tener la madurez necesario como para aceptar que mi hija está totalmente fuera de tu alcance.

Las palabras de Don Ricardo le cayeron a Adrián como un balde de agua fría encima, sus manos sudorosas temblaban, sus ojos se volvieron vidriosos y su voz se quebró por completo. Mientras que Elha sólo lloraba en silencio, sin atreverse a decir una sola palabra.

-Comprendo sus palabras, Don Ricardo y admiro su dedicación para los cuidados de su hija, sé que como padre quiere lo mejor para ella, pero seguiré pensando que podremos ser felices juntos, sin poseer riquezas. Ella ahora mismo puede tener dinero, lujos, carros, viajes, lo que desee. Pero no será feliz porque a pesar de que quieran emparejarla con otro hombre es a mi a quien ama. Sé que no poseo su mismo nivel social, pero haría hasta lo imposible por hacerla feliz. Y me imagino que usted debe saber que mientras más le prohíba verme, a ella más le va a gustar acercarse a mi.

-No seas ridículo -respondió Don Ricardo, enojado-. ¿Qué es para ti la felicidad? ¿Por qué la gente como tú insiste en romantizar la pobreza? Seamos honestos. Ni en esta, ni en dos vidas prestadas tú podrás darle a mi hija la mitad de lo que tiene en su casa. No me malinterpretes, no menosprecio tu esfuerzo, todavía quiero que triunfes y tengas un futuro brillante y una carrera espléndida, me gustaría verte comer cada día, solo que no en mi mesa.

-Papá, no sigas por favor -Elha suplica entre sollozos-. Ya tenía mi decisión tomada, solo tienes que respetarla, voy a irme a vivir con Adrián. Únicamente quería que lo supieras, de igual forma, no esperaba contar con tu apoyo en esto.

-Ya basta Elha, termina de aceptar cuál es tu lugar en esta casa -responde Don Ricardo y se levanta de la mesa-. Quiero que dejes de decir estupideces y termines de una vez con esa absurda relación, me urge que no sigas comportándote como la golfa que te parió y comiences a actuar como una mujer decente, ya que muy pronto anunciaremos tu compromiso con Massimo Rinaldi ante la sociedad.

Elha se quedó perpleja sin siquiera pronunciar una sola palabra, mientras que Adrián se quedó estático, con los ojos bien abiertos y su cara de asombro.

Se sintió humillado y poca cosa, era primera vez que tenía un sentimiento de inferioridad hacia otra persona, y lo odiaba. Miró fijamente el rostro de su amada, pero ella fue incapaz de devolverle la mirada.

 Él solamente se despidió de manera educada y se marchó de ese enorme comedor con un nudo en el pecho, lleno de tristeza e impotencia y sobre todo miedo de perderla a pesar de que sabía a lo que se arriesgaba al involucrarse con ella.

-Con su permiso, Don Ricardo Brucelli, pero sigo pensando que es ella quien tiene que elegir con quien desea compartir su vida

Adrián sacó de su bolsillo un pequeño estuche color blanco, lo abrió dejando ver un anillo de compromiso, con una piedra tan diminuta que le sacó una carcajada a Martina. La colocó frente a Elha y se marchó a pasos apresurados.

-¿Qué es eso? -preguntó Martina con una sonrisa de burla en su rostro-. Parece una piedra que consiguió tirada a la mitad de la calle. ¡Qué poca cosa!

-¿Quién es el? -preguntó Elha, sin despegar sus ojos de ese anillo. ¿En qué momento me comprometiste en matrimonio con un desconocido? ¡Por Dios! Es como su me estuvieras cambiando por tres pollos en el mercado. ¿No te das cuenta? -gritó enfurecida-.

-Baja la voz, y no se te ocurra volver a gritarme. Es lo que tienes que hacer y punto -respondió Don Ricardo.

-Yo... No acepto casarme con alguien que no conozco -Elha suelta las palabras como si estuviera arrastrando el alma en cada una de ellas-.

-Primero, tú no tienes voz ni voto para tomar decisiones en esta casa -advierte Don Ricardo-, segundo, ese compromiso ya estaba pautado desde antes de que te pudieses imaginar. Cuando estabas en el vientre de tu madre biológica yo ya tenía toda una vida planeada para ti, y desde que supe que eras una niña decidí que te casarías con Massimo Rinaldi y de esa manera obtendríamos la mejor cooperación del siglo en la industria de nuestra rama empresarial. Así que déjate de estupideces y no te atrevas a oponerte ante mis decisiones porque no conoces de lo que soy capaz. ¿Te quedó claro?

Amenazó Ricardo con un tono de voz bajo, pero certero. Cosa que puso a temblar aún más a la chica. Quien pide disculpas y se levanta de la mesa rumbo a su habitación.

Se hicieron las cuatro treinta de la tarde, en la mansión Rinaldi era muy respetada la hora del té. Cuya tradición inglesa provenía de las costumbres de los antepasados de Adele; la madre de Massimo.

El joven se presenta puntual, a petición de sus padres, sabía que esto no se trataba de algo bueno.

Había alcanzado a escuchar en los pasillos de la empresa, que su padre le estaba buscando una esposa, cosa que hasta sus veintiocho años había rechazado y lo seguiría haciendo el tiempo que considere necesario.

Massimo se sentía cómodo con la vida loca a la que estaba acostumbrado a llevar, donde solía cambiar de mujeres más rápido de lo que se cambiaba de ropa interior.

Solo había repetido en la cama a una misma mujer y esa era Irina; su mejor amiga de infancia.

Con ella la relación era agradable, el libertinaje de ambos le permitía juntarse al mismo tiempo que buscar más diversión afuera, sin problemas, sin reclamos.

Dichas acciones le daban ese toque picante y explosivo a su extraña relación abierta y era la ausencia de un compromiso lo que lo hacía divertido para ambos.

Irina nunca le había hecho una escena de celos, era lo suficientemente inteligente como para deshacerse de cualquier intrusa que llegara a la vida de su hombre y planee quedarse en ella.

Massimo llega a la terraza, saluda a sus padres y se sienta junto a ellos.

-Me alegra que nos hayas sacado algo de tiempo, es necesario hablar del crecimiento de la empresa, hijo y de tus responsabilidades.

Comenta Paolo y Massimo vira sus ojos con molestia, sabía por dónde venía todo esto.

-Por favor no me salgas de nuevo con el cuento de las cláusulas de la maldita herencia -respondió con aburrimiento-. No quiero casarme con nadie.

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