Isabela miró el papel que acababa de firmar.
"¿Qué es exactamente?", preguntó, con una pizca de curiosidad.
Javier le quitó el papel rápidamente. "Ya te lo dije, una sorpresa. No seas impaciente."
Guardó los papeles en el bolsillo interior de su chaqueta. "Tengo que irme, unos asuntos urgentes."
Isabela asintió. "¿Te acompaño a la puerta?"
"Claro, mi vida."
Salieron del salón.
Mateo se quedó allí, de pie, sintiendo el peso de la escena.
Acostumbrado. Esa era la palabra. Se había acostumbrado a ser invisible, a ser el segundo plato.
Se retiró a su estudio, el pequeño espacio donde intentaba dar forma a sus sueños de restauración.
Al cabo de un rato, Isabela regresó.
Entró en el estudio. Lo vio de espaldas, mirando unos planos.
Se acercó, lo abrazó por detrás. Apoyó la cabeza en su hombro.
"Perdóname por lo de anoche," susurró. "Fui una tonta."
Mateo no se movió. Su cuerpo estaba rígido.
"Javier ya está mejor. Solo fue un susto."
Intentó besarle el cuello.
Mateo se apartó suavemente. Se giró para mirarla.
"Estoy cansado, Isabela."
Ella lo miró, confundida. "¿Cansado? ¿De qué?"
"De intentarlo. De esperar. De ser el último en tu lista." Su voz era baja, sin emoción aparente. Pero por dentro, era un volcán.
Isabela frunció el ceño. "No digas eso. Sabes que te quiero."
"¿Ah, sí? ¿Cómo lo sé? ¿Porque me dejaste plantado en nuestro aniversario? ¿O por las otras innumerables veces que has corrido a socorrer a Javier por cualquier tontería?"
"No fue una tontería. Estaba preocupada."
"Siempre estás preocupada por él," dijo Mateo, con un deje de sarcasmo. "No te preocupes, Isabela. Ya me he acostumbrado."
Ella intentó tomar su mano. "No te pongas así. Mañana será otro día. Podemos desayunar juntos, como siempre."
Mateo retiró su mano. "No. No como siempre."
Algo había cambiado en él. Una frialdad que Isabela no reconoció.
Al día siguiente, Mateo notó algo diferente en su coche.
El ambientador. Olía a la colonia cara que usaba Javier.
Y la emisora de radio estaba sintonizada en una de esas cadenas de música moderna que a él le horrorizaban, pero que a Javier le encantaban.
Isabela había usado su coche el día anterior para llevar a Javier "al médico".
Cuando ella bajó a desayunar, Mateo preguntó, con la mayor naturalidad que pudo fingir:
"Cariño, ¿has tocado la radio de mi coche?"
Isabela lo miró, sorprendida. "No, ¿por qué?"
Mintió. Con una facilidad pasmosa.
"Por nada," dijo Mateo. "Oye, ¿has visto mi viejo llavero? El de la concha de peregrino que me traje de Santiago."
Era un objeto pequeño, sin valor material, pero con mucho valor sentimental. Se lo había regalado su abuelo.
Isabela rebuscó en su bolso. "Ah, creo que se rompió. Lo tiré."
Lo tiró.
Mateo sintió como si le hubieran arrancado algo de dentro.
Ese llavero había estado en su coche durante años. Era parte de él.
Y ella lo había tirado. Sin más. Probablemente para hacer sitio a alguna horterada de Javier.
Esa noche, tenían una cena con antiguos compañeros de la universidad.
Javier, por supuesto, estaba allí. Con Isabela pegada a su brazo.
Durante la cena, Javier no paró de hablar de los gustos de Isabela, de sus manías, de anécdotas que solo ellos dos conocían.
"A Isa le encanta el helado de pistacho, pero solo de esa heladería artesana de la Alfalfa," decía Javier, guiñándole un ojo a Isabela.
"Y odia que dejen la tapa del váter levantada," añadía, provocando risas cómplices.
Los demás asentían, sonreían.
"Siempre han estado tan unidos," comentó una antigua compañera. "Parecen almas gemelas."
Mateo apretó los dientes. Bebió un sorbo de vino.
Alma gemela de Javier. Y él, ¿qué era? ¿El marido de conveniencia?