"¡Jonathan! ¡Ella no es más que una ladrona!", exclamó Tatiana con la voz quebrada. "¡Deberíamos llamar a la policía inmediatamente!".
Sonya, siempre fingiendo amabilidad, avanzó con un suspiro. "Papá, mamá, no saquemos conclusiones apresuradas. Tal vez solo fue un malentendido. Quizás Yelena guardó la pulsera en su bolso sin darse cuenta. Estoy segura de que no fue su intención".
"¿Qué? ¿No fue su intención? ¿Me estás diciendo que la pulsera simplemente cayó en su bolso? No es una simple baratija; es un diseño original de Yvonne, una verdadera obra maestra. No tiene comparación. Yelena conoce muy bien su valor, y es muy codiciosa. ¡Es exactamente lo que temía! No importa cuánto la criemos, no podemos cambiar su naturaleza".
Las palabras de Tatiana fueron como un látigo de desprecio.
"Mamá, en serio, olvídalo", intervino Sonya compasivamente. Con otro suspiro, se volvió hacia Yelena y esbozó una sonrisa ligeramente comprensiva. "Si ella la quiere tanto, puede quedársela. De todas formas, no volveremos a verla. No puedo negar que esa pulsera siempre ha sido especial para mí. Yvonne es mi ídolo y sus diseños lo son todo para mí".
Yelena observó su actuación sin decir nada. Cada palabra y gesto era interpretado con la precisión de actores experimentados.
Si algún día decidían renunciar a sus vidas privilegiadas, podrían hacer una fortuna con la actuación. Lo absurdo del asunto casi la hizo lanzar una carcajada.
Tranquilamente se inclinó y recogió la pulsera, dejando que la luz reflejara su brillo. Luego, se acercó a Sonya y le puso el broche a la cara. "Míralo bien", espetó. "Lee lo que está grabado".
La sonrisa de la otra vaciló y su confianza se desvaneció. Entrecerrando los ojos, se inclinó para leer la inscripción. Claramente se destacaban las letras Y.R.
"¿Cómo... puede ser?", tartamudeó, exhibiendo la sorpresa en su tranquilo rostro.
"Sonya, ¿no eres una devota fanática del trabajo de Yvonne? Debes saber que esta línea fue diseñada con la opción de grabados personalizados, por lo que cada pulsera es única para su propietario. Además, al ser una edición limitada, cada una tiene registrado un código de identificación. Es único en su tipo, imposible de duplicar". Yelena esbozó una sonrisa irónica. Su comentario mordaz era una espada afilada a la perfección.
Antes de que Sonya pudiera responder, escuchó unos pasos apresurados. Una sirvienta bajó la escalera con una pulsera en la mano.
"Señorita Roberts, ¿esto es lo que estaba buscando?".
Todos se quedaron en un silencio atónito mientras veían la joya.
Sonya se recuperó enseguida, esbozó una sonrisa forzada y lanzó un suspiro exagerado de alivio. "¡Oh, ahí estaba! No puedo creer que haya estado aquí todo el tiempo. ¡Qué tonta soy!".
Estaba exhibiendo alegría, pero en realidad había pánico burbujeando justo debajo de la superficie. ¿Qué había pasado? Estaba segura de haber metido esa pulsera en el bolso de Yelena.
Esta la observó gélidamente con una sonrisa condescendiente. "Bueno, ¿todavía crees que te robé tu preciosa pulsera? ¿Estás segura de que quieres involucrar a la policía?".
La compostura de Sonya vaciló por unos momentos antes de responder: "Esta pulsera vale una pequeña fortuna. Dime, Yelena, ¿cómo pudiste comprarte algo así? A menos que...". Hizo una pausa y su sonrisa se convirtió en una mueca. "A menos que hayas recurrido a algo... poco decente. Después de todo, ahora hay chicas capaces de cualquier cosa por un buen precio".
La sonrisa de la joven se afiló hasta convertirse en una espada. Sus ojos resplandecieron con gélido desdén. "Pareces saber mucho de ese tema, Sonya. Dime, ¿sabes cómo funcionan esos oficios por una experiencia de primera mano? ¿Te vendías antes de entrar a la familia Roberts? ¿Por eso eres tan versada en esos detalles?".
El rostro de la aludida se volvió carmesí, y su boca se abría y cerraba con indignación. "¡Estás... haciendo acusaciones sin fundamento!".
"¡Yelena, eres una mocosa insolente!", rugió Tatiana mientras golpeaba su puño contra el apoyabrazos. "¿Cómo te atreves a hablarle así a Sonya? ¡Vete de esta casa! ¡Vete de esta familia! ¡Y no vuelvas nunca más!".
La sonrisa de Yelena se volvió más desafiante y adquirió una mirada de resolución. "Ni siquiera rogándome de rodillas volvería a poner un pie en este lugar", siseó.
Dio media vuelta, se colgó el gastado bolso negro al hombro y caminó hacia la puerta. No dudó ni miró atrás. La familia Roberts y sus vanas pretensiones ya eran un capítulo cerrado. No sentía tristeza, sino alivio. La farsa había terminado.
"¡Hasta la vista!", se burló Tatiana venenosamente.
Luego, se desplomó en su asiento, exhalando profundamente, y sus labios se curvaron en una sonrisa satisfecha. Por fin la familia se había librado de una carga indeseada.
Yelena salió al aire fresco de la tarde mientras la villa se volvía más pequeña detrás de ella. Su celular vibró en su bolsillo, así que respondió sin detenerse.
"Yelena, ¿es cierto que te echaron?", preguntó Brody Hewitt, muy agitado.
"Sí", respondió ella.
Tras una pausa, Brody espetó con indignación: "¡Esa gente es tan desvergonzada! Después de usar a alguien, lo dejan de lado. Sin ti, Jonathan Roberts seguiría hundido en la oscuridad. Ni siquiera saben que tú fuiste la razón de su éxito...".
"Ya es suficiente", interrumpió Yelena. "¿Alguna novedad sobre mis padres biológicos?".
Jonathan había afirmado que se trataba de un error del hospital, una confusión más que un acto intencional. Ella no podía dejar de pensar en eso; estaba más determinada en encontrar a su familia.
Brody exhaló un audible suspiro, controlando su frustración. "Sí, ya están buscando. Deberíamos tener resultados pronto".
"Bien", respondió la chica secamente y terminó la llamada.
Mientras se acercaba a la carretera principal, sintió un olor metálico y penetrante en la brisa fría de la noche.
Se detuvo en seco y frunció el ceño con una inquietud en la nuca.
De repente, una figura emergió de las sombras y se tambaleó hacia ella. Su camisa blanca estaba empapada en sangre, manchando su pecho y sus manos. Cada paso parecía más pesado que el anterior y su fuerza claramente estaba disminuyendo.
"¡Deja de correr, cobarde! ¡Acepta tu destino!", exclamó una voz amenazante detrás de él.
Yelena se volvió hacia la fuente de la conmoción. Unos hombres vestidos de negro perseguían al hombre herido como depredadores que se acercaban a su presa. Era evidente lo que querían hacer.
El hombre herido, Austin Barton, se detuvo entre tambaleos, pero los miró desafiante. A pesar de que tenía el rostro pálido y la respiración agitada, preguntó severamente: "¿Para quién trabajan?".
"¡Cállate! Ya terminamos de hablar". El otro se volvió hacia su grupo. "Acabemos con él".
"Espera". Otro hombre se detuvo bruscamente y se volvió hacia un lado. "Hay alguien más aquí".
Yelena se quedó congelada cuando todos se volvieron hacia ella.
Su corazón se hundió. Perfecto, simplemente perfecto. Hoy había experimentado una serie de desastres, y ahora esto.
Para su mala suerte, esos hombres no se veían con la intención de dejar testigos.
La causa estaba frente a ella, el hombre ensangrentado que seguía tambaleándose en su dirección.
El líder del grupo, un varón corpulento con una sonrisa cruel, dio un paso adelante. Sus ojos la recorrieron durante un largo rato y esbozó una sonrisa depredadora.
Sus compañeros se rieron oscuramente, como si tuvieran una vil intención.
"No tengas miedo, cariño", se burló uno mientras la observaba. "Una vez que nos ocupemos de este tipo, te cuidaremos muy bien. Todo lo que tu lindo corazón desee, será tuyo".
Yelena no se inmutó. Sus ojos inflexibles lo vieron con una intensidad que congeló el ambiente. Luego, cortando la tensión como una espada, pronunció una sola palabra de manera autoritaria: "Váyanse".
Los hombres intercambiaron miradas divertidas, todavía burlándose. No obstante, sus risas vacilaron cuando vieron un destello plateado en la tenue luz.
En la mano de Yelena, había unas agujas largas y elegantes con puntas afiladas.
Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona y su mirada se agudizó hasta volverse letal. Antes de que alguno de ellos pudiera procesar el cambio en su postura, ella se movió con fluida precisión. Su brazo trazó un arco y las agujas atravesaron la oscuridad como rayos de luz.
Todas dieron en el blanco con una precisión infalible: garganta, hombros, piernas. Los hombres quedaron incapacitados antes de que pudieran gritar.
Uno por uno fueron cayendo y sus armas se les escaparon de las manos. Su confianza burlona se disolvió en un silencio atónito cuando entendieron muy tarde lo que acababa de pasar.
Austin, todavía intentando mantenerse en pie, observó todo con incredulidad.
¿Quién era esa mujer?
Sus movimientos habían sido precisos y calculados, mucho más allá de todo lo que había visto. No solo era hábil. ¡Era extraordinaria!
Yelena les dio una rápida mirada a los hombres tendidos en el suelo antes de volverse hacia el que estaba herido.
Sus rasgos afilados eran sorprendentes: ojos oscuros y una expresión estoica, como si estuviera tallada en piedra.
A pesar de su palidez y su evidente dolor, irradiaba una aura de calma resistencia.
Yelena quiso alejarse y dejar esa escena caótica, pero algo en ella vaciló. Una de sus debilidades, su bondad, la terminó deteniendo.
Con un suspiro resignado, se arrodilló al lado del hombre y examinó sus heridas.
"Gracias", murmuró Austin sinceramente.
"No es nada", respondió ella con un tono distante, pero sus acciones sugerían lo contrario.
Al tomarle el pulso, frunció el ceño.
Aunque el sangrado era severo, no era la preocupación más urgente. Tenía un pulso débil y errático, un signo de que había veneno corriendo por sus venas.
Yelena abrió su bolso y sacó una pequeña botella de porcelana. La destapó y roció un fino polvo medicinal sobre sus heridas sangrantes. Casi de inmediato, el sangrado disminuyó y un reconfortante frescor reemplazó el dolor punzante.
Luego, sacó una pequeña pastilla y se la entregó.
"Toma esto, contrarrestará el veneno", declaró con firmeza. "Sin un buen tratamiento, no durarás mucho".
Austin la estudió vacilantemente, como si intentara evaluar sus intenciones.
Yelena, por su parte, siguió vendando sus heridas. Justo cuando terminó, escucharon unos pasos. Al girar la cabeza, ella vio otro grupo de personas acercándose. "Señor Barton...".
"Están conmigo", explicó Austin con alivio. Sus hombros y su postura se relajaron.
Yelena se puso de pie. "Ya que tus subordinados están aquí, me iré", declaró mientras se daba la vuelta.
"Señorita", la llamó él, con mayor amabilidad. "Por lo menos dime tu nombre para corresponder a tu amabilidad".
"No será necesario", respondió Yelena secamente.
Antes de que pudiera decir algo más, ella ya se había ido. No podía permitirse tener problemas.
Tras ser salvado, Austin se quedó mirando a la mujer que se alejaba. Una chispa de intriga iluminó su férrea expresión.
¿Cómo había podido localizar el veneno solo tomándole el pulso?
Le resultaba difícil creer en su precisión, su calma inquebrantable y su evidente experiencia.
Pero estaba seguro de que, mientras ella permaneciera en Eighfast, él volvería a encontrarla.
Yelena se alejó sin mirar atrás, pues ya estaba concentrada en el siguiente paso de su viaje.
De repente, el suave zumbido de un auto interrumpió sus pensamientos. Un elegante y largo Rolls-Royce, construido a medida, se detuvo frente a ella. Su pulido exterior resplandecía incluso bajo las tenues luces de la calle. Ella se quedó congelada. Solo había visto tanta extravagancia en revistas y en la televisión.
La puerta se abrió con suavidad y salió un hombre de mediana edad. Sus movimientos deliberados, su postura inmaculada y su expresión transmitían una tranquila elegancia. "¡Señorita Harris, por fin la encontramos! Mi nombre es Sebastian Holden y soy el mayordomo de la familia Harris. A petición de los señores Harris, estoy aquí para llevarla a casa".
"¿Yo? ¿Señorita Harris?", preguntó Yelena con incredulidad. ¿De qué estaba hablando?
Los Roberts habían dicho que sus padres biológicos eran pobres aldeanos de la remota región de Phurg.
Pero ahí estaba un hombre con una postura y vehículo que solo destilaban riqueza y privilegio.
"¡Sí, usted!", respondió Sebastian cálidamente. "Es la hija mayor de la familia Harris. Cuando se enteró de su existencia, su madre se emocionó tanto que casi se desmaya. Su padre me dio instrucciones para que yo mismo asegurara su regreso sana y salva. Por favor, venga conmigo".
Con una expresión serena y respetuosa, el hombre dio un paso adelante y abrió la puerta del auto para ella.
Yelena empezó a reflexionar. ¿La investigación de la familia Roberts había sido errónea o engañosa?
Su perplejidad dio paso a la resolución. Siempre había querido encontrar a sus padres biológicos. Si alguien había venido a llevársela, ¿por qué estaba dudando?
Tras respirar profundamente, subió al auto y cerró la puerta con un suave chasquido. El vehículo se alejó de la acera.
Villas Elite era el pináculo del prestigio en Eighfast, un enclave exclusivo de solo doce residencias lujosas, y cada una albergaba a las personas más poderosas e influyentes de la ciudad.
Mientras el auto conducía por los sinuosos caminos privados que llevaban al exclusivo distrito de villas, Sebastian explicó con entusiasmo: "Señorita Harris, usted tiene un hermano mayor, Cayson Harris, y una hermana menor adoptada, Bella Harris. Sus padres la han extrañado profundamente. Durante años, han recorrido el país y no escatimaron esfuerzos para encontrarla".
Hizo una pausa y agregó con mayor gentileza: "El señor Harris proviene de Phurg. Hace décadas, él y la señora Harris regresaron ahí para rendir homenaje a sus antepasados. Fue durante ese viaje que usted nació en un hospital local. Pero ocurrió una tragedia, las circunstancias se salieron del control de sus padres y usted desapareció poco después de su nacimiento. El señor Harris la buscó incansablemente, pero cuando perdieron el rastro, se vieron obligados a regresar a Eighfast. Aunque tenían los corazones rotos, enterraron su dolor y canalizaron su energía en construir su legado".
Luego, señaló con mucho orgullo: "¡Y qué legado formaron! A lo largo de los años, los Harris han creado un imperio y se convirtieron en la familia más rica de Eighfast. Sus logros son excelentes, pero nunca dejaron de querer llevarla a casa".
Yelena se quedó callada. Su mente daba vueltas mientras las palabras del mayordomo desenterraban piezas de un pasado que nunca había conocido.
Pronto el auto disminuyó la velocidad y se detuvo frente a una enorme villa que parecía surgir del paisaje como un espejismo.
Yelena abrió la puerta, salió del vehículo y observó la escena. Dos figuras salieron de la amplia entrada. Estaban tan emocionados que ni siquiera podían esconderlo.
El hombre se veía refinado y tenía unos rasgos afilados suavizados por una gracia discreta. A su lado, estaba una mujer elegante, que se movía con un aplomo inconfundible.
La postura de Donna Harris se disolvió en cuanto vio a Yelena. Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras corría hacia ella y la envolvía en un abrazo feroz. "Yelena, mi querida hija", susurró con la voz temblorosa de emoción. "Por fin te encontramos. Todos estos años... Y el dolor que debiste haber soportado. ¡Es nuestra culpa! No pudimos protegerte".
Mientras seguía abrazándola, Donna observó su rostro y se impresionó por el innegable parecido. Fue entonces cuando juró que su hija nunca volvería a sufrir las dificultades que había enfrentado.
Yelena se puso rígida, pues no estaba acostumbrada a tanto afecto. El abrazo de Donna se sentía extraño, casi abrumador. Pero había algo en esa cruda calidez que lentamente empezó a erosionar sus defensas. Estaba quieta, pero ya no tensa.
"Estoy bien, de verdad", murmuró, más para tranquilizar a Donna que para expresar lo que sentía.
Esta se apartó de mala gana. Sus ojos brillaban por las lágrimas no derramadas. "Yelena, te prometo que, a partir de ahora, nada ni nadie volverá a lastimarte".
Callum Harris se encontraba cerca. Su habitual serenidad estaba siendo traicionada por las lágrimas en sus ojos. Aclarándose la garganta, afirmó con emoción: "Ya estás en casa, Yelena, y eso es todo lo que importa. Vamos, entremos".
Los tres ingresaron a la villa.
Justo en la entrada, Bella observó el reencuentro. Tenía la mirada gacha mientras la frialdad se apoderaba brevemente de sus ojos antes de ocultarla.
Rápidamente se recompuso y esbozó una sonrisa educada, aunque un ligero temblor delataba su esfuerzo. "Yelena, bienvenida a casa", dijo con una gentileza medida. "Soy Bella".
En cuanto vio a Yelena, su asombroso parecido con Donna le dijo todo lo que necesitaba saber. Sin duda era una Harris.
Yelena vio los ojos de Bella y notó que había algo ahí, un destello de resentimiento.
Recuperando la compostura, Donna las presentó con una cálida sonrisa: "Yelena, esta es Bella, nuestra hija adoptiva. A partir de ahora, es tu hermana menor. Tu hermano Cayson está en el extranjero por negocios, pero muy pronto regresará. Y tu abuela está en un viaje de retiro; recién volverá a fines de mes".
Yelena asintió sutilmente con una expresión inescrutable. Una familia de ese estatus debía tener relaciones complicadas y agendas ocultas, así que no se hacía ilusiones al respecto. En silencio, decidió pedirle a Brody que investigara la historia de la familia Harris cuando sea el momento.
"Oh, Yelena, hay algo que he querido darte", declaró Donna con una mirada brillante. Se desabrochó elegantemente una pulsera de esmeraldas de su muñeca.
"Esta pulsera siempre ha estado conmigo, pero ahora quiero que tú la tengas".
Donna no recordaba bien los detalles, pero sabía que se la había regalado alguien importante y la había apreciado desde entonces.
Yelena vaciló con sorpresa debido a la importancia del momento. Esa pulsera no solo era hermosa, sino que sin duda valía más de diez millones. Su valor era innegable.
"Esto es demasiado", murmuró con cautela. "No puedo aceptar algo tan valioso".
"Querida, todo lo que tengo algún día será tuyo. Solo es una muestra de lo que está por venir".
Antes de que Yelena pudiera volver a protestar, la pulsera ya estaba asegurada alrededor de su muñeca. La brillante esmeralda resaltaba sobre su piel casi abrumadoramente.
Al otro lado de la habitación, la sonrisa de Bella se quedó congelada. Sus dedos se crisparon y apretó los puños. Sus uñas se clavaron en sus palmas hasta que el escozor se convirtió en entumecimiento.
¡Qué injusticia tan descarada!