Salí del baño después de tomar una rápida ducha cuando el olor a huevos y tocineta me despertó el hambre. Gabriel había organizado con Amelia y Marypaz estudiar el día de hoy. Él tenía esperanzas de que fuese en casa de Marypaz, pero Amelia fue la que terminó dándole su teléfono y la dirección de su casa. Quiero decir que me grabé la dirección y el número de su casa solo porque tengo una excelente memoria y retentiva, pero la verdad es que no fue por eso.
Después de desayunar y tratando de guardar las apariencias le pedí a Gabriel que me recordase la dirección, pero él se me adelantó a llamarla cuando comenzó a discar el número de su casa para avisar que iríamos en camino.
—Su mamá dijo que le avisaría. Va de salida.
Nos bajamos de la camioneta y fue Gabriel quien tocó el timbre. Tuvo que hacerlo varias veces lo que se logró mi exasperación, odiaba que me hicieran esperar, así que esperaba que Amelia tuviese una muy buena razón.
Cuando mi paciencia amenazó con agotarse escuchamos unos pasos acercándose a la puerta.
—Mamá juro que te colgaré la llave en el cuello...—dijo abriendo la puerta en medio de un inmenso bostezo que casi nos traga. Sus ojos se agrandaron de tal forma que pude detallar el punto exacto donde el café se fundía con el verde de su iris.
Dio un grito agudo, propio de ser niña y después soltó un estruendoso "Mierda" antes de lanzar la puerta en nuestras narices. Fue imposible que no comenzara a reír, mi hermano me miró extrañado, como si ya no pudiese reconocer mi sonrisa después de tanto tiempo, pero finalmente también se rió.
Un par de minutos después volvió a abrirnos la puerta. El primero en pasar fue Gabriel, le seguí de cerca pero se me olvidó respirar cuando vi a Amelia. Llevaba puesta una camiseta rosa de las chicas súper poderosas con unos pantalones cortos que dejaban a mi vista lujuriosa sus piernas. Esta vez no había prenda alguna que ocultara sus generosas curvas de mi mirada. Su cabello estaba enmarañado, acababa de levantarse, pero lejos de hacerla ver desarreglada se veía como si acabase de follar y me resultaba demasiado sexy, y así concordó mi amigo del sur, ese que se estaba comenzando a despertar.
Sus mejillas estaban rosadas, estaba avergonzada de que tuviésemos que verla así, pero yo estaba más que feliz de hacerlo. Me había perdido tanto detallando la curva de sus caderas, su cintura, sus senos, incluso sus pies descalzos que se me antojaban tan sugestivos, que cuando por fin la miré al rostro, encontré esos ojos clavados en los míos. No sé quién se ruborizó más rápido, si ella o yo, aunque ya ella estaba ruborizada antes de que se hubiese dado cuenta que la estaba ultrajando con mi mirada.
Intentó bajar la tela de sus pantalones, pero yo deseé arrancárselo. Los odiaba, unas piernas así no deberían estar ocultas de mi vista.
Me senté en el mueble de su sala, colocando sobre mis piernas mi bolso, quizás así no se notaría el bulto de mis pantalones, que definitivamente no estaba segundos antes.
Nos pidió que nos pusiéramos cómodos y se giró para subir las escaleras, iba a cambiarse la ropa; pude ver otra vez su redondo trasero, uno que casi no cabía dentro de esa pequeña pijama.
—Linda pijama...—y para evitar que notase mi voz ronca y libidinosa, traté de imprimirle cierta burla—Bombón.
Me gané una mirada matadora, que solo hizo que mi entrepierna palpitase con fuerza. Desvié la mirada en cuanto se perdió por el pasillo superior.
—Háblame claro y sin rodeos—Gabriel repitió la misma frase que le dije hace unas noches, tratando de imitar mi voz, había notado la forma como miré a Amelia.
Rodé los ojos, pero no logré convencerlo: —Era un pantalón muy corto—me excusé, pero el achinó sus ojos y desplegó una amplia sonrisa
—Es verdad, si me hubiese agachado un poco, tendría mucho material para...
—Suficiente...—le interrumpí advirtiendole, no me sentí cómodo que se expresase así de ella.
Su sonrisa se ensanchó cuan amplia era su cara.
Revisaba los locales rockeros de la ciudad, donde Cólton y los chicos de la banda pudieran presentarse, cuando escuché sus pisadas en la escalera. Solo le di una pequeña mirada y fue más que suficiente para ver su cambio. Iba con una trenza en su cabello y una camisa de Juegos de Trono, si ella quisiese seducirme, iba por el camino correcto.
Comenzamos a estudiar, con Gabriel interrumpiendo constantemente preguntando por Pacita. Era imposible intentar mantenerme enfocado mientras ella mordisqueaba la punta del lápiz cuando repasaba una idea, mientras arrugaba la nariz cuando no lograba entender ni su propia escritura o cuando clavaba sus ojos en los míos para saber si comprendía lo que me explicaba.
Y claro que entendía, pero ella me convertía en un estúpido cuando me miraba de esa forma. Se me olvidaba hablar e incluso respirar.
Cuando Pacita llegó, mi hermano por fin habló con ella, logrando que la tímida chica pudiera responderle lo que sea que le estuviese diciendo. Amelia seguía concentrada en sus apuntes, y yo concentrado en ella. De vez en cuando me miraba, como si mi mirada le pesase o como si quisiera también entablar una conversación conmigo, pero era yo quien no podía pronunciar palabra. No era el tipo de chica a las que usualmente abordaba, ella se veía tan dulce y delicada; tan distinta a cualquiera con la que hubiese salido. Ese era el problema.
Amelia para mí era una especie nueva de chica, una que me intimidaba, que me enmudecía y atontaba con una palabra.
Ella se merecía palabras dulces, poemas enteros, y yo odiaba la poesía.
— Nós vamos para o gelado, tente não se comportar bem na minha ausência.- Iremos por helado, trata de no portarte bien en mi ausencia.—me avisó Gabriel y rodé los ojos a su sonrisa pícara.
Cuando quedé a solas con Amelia tomé mi teléfono tratando de no lucir tan desesperado por escucharla hablar, y aproveché de responder algunos de los correos que recibí sobre los locales. No quería molestarla más de lo que mi presencia evidentemente hacía. Su mirada me quemaba, y sin poder evitarlo hablé
—¿Qué tanto me miras?—pregunté pero soné más brusco de lo que quería, me maldije internamente.
—Tu tatuaje—respondió con franqueza—, y tu falta de educación. ¿Siempre eres así de comunicativo?— me sorprendí con su ataque.
Estaba acostumbrado a dos tipos de chicas: las que se maravillan con mis tatuajes, que son las mismas que adoran los típicos "bad boys" y terminan tocando los dibujos en mi piel, como perfecto cliché literario; y las chicas que se intimidaban por mi apariencia y mis piercings, que me rehuían como si yo fuese un demonio hecho hombre.
Amelia no encajaba en ninguna de esas chicas, yo definitivamente no la intimidaba ni un poco, mis tatuajes no hacían que me saltara encima presa de algún deseo repentino, ni tampoco me rehuía como si fuese un delincuente.
Me agradaba que fuese así, resultaba... novedoso.
Con esa idea filtrándose a través de una sonrisa me levanté y me dirigí hacia las escaleras de su casa. Necesitaba conocer más de esta chica y lo haría en el mejor lugar para conocer a alguien: su habitación.
Era un cuarto blanco bastante clásico, pequeño en comparación con mi más reciente habitación, pero cómodo. Tenía una cama mediana, no llegaba a ser matrimonial, una mesa de noche, un pequeño escritorio, que servía también de cómoda con varios papeles, un cocodrilo de pisapapeles y lápices de muchos colores, un closet que se me antojó pequeño, una biblioteca con varios libros que había leído y muchos de autoayuda y superación que me intrigaron; y una pared llena de fotos de lo que asumiré eran sus amigos y familiares. Estaba todo en relativo orden.
—¿Terminaste de fisgonear?—me preguntó cruzando otra vez sus brazos y haciendo que su camiseta se apretase contra su generoso busto. ¿Por qué no lo exhibía? Muchas chicas quisieran tener esa talla de brasier, yo quiero poseer su talla de brasier...
Alcé mis hombros, no queriendo abrir la boca y que se me escapara alguna de las tantas cosas que pasaban por mi mente en ese momento, me lancé sobre su cama, olvidando cualquier delicadeza. Utilicé mis brazos como almohada mientras contemplaba las estrellas fluorescentes que estaban pegadas en el techo de su habitación. Desde donde me encontraba el olor de su perfume, impregnado en las sabanas, me aturdía agradablemente.
El timbre sonó y casi corrió escaleras abajo. Respiré profundo para que su olor se me quedase grabado en el cerebro. Me sentí un tanto psicópata haciéndolo, pero desde que la había visto a principios de semana no había logrado sacármela de la cabeza y esperaba que sobrecargando mis circuitos de ella, pudiese superar esa "curiosidad" que sentía constantemente por Amelia.
Me levanté cuando escuché la voz de mi hermano y bajé las escaleras con deliberada lentitud. Ya que Gabriel me acribillaría a preguntas, por lo menos le daría material para mantenerlo intrigado hasta que pudiese hacerlo. Le guiñé un ojo a Amelia cuando pasé por su lado y sus mejillas se mancharon de un perfecto color rosa.
Tengo que hacerla ruborizar más a menudo.
La noche cayó y aunque terminamos de estudiar permanecíamos en casa de Amelia. Desde hace más de una hora comenzó a intentar localizar a su mamá, sin ningún tipo de éxito. Su nerviosismo era contagioso, caminaba de un lado al otro de la casa, llamando a todos los números que recordó e insistiendo de forma irracional con el número de su mamá a pesar de que el aparato estaba apagado. Más de una vez profirió alguna maldición cuando la contestadora volvía a atender su llamada.
Pacita se ofreció a quedarse con ella, pero Amelia declinó su oferta, animándonos a marcharnos antes de que fuese más tarde. Pero ni loco me iría de esta casa y la dejaría en ese estado.
— Je vais rester avec elle, ce qui conduit à la maison Pacita- Me quedaré con ella, tú lleva a casa a Pacita — le pedí a Gabriel, lanzándole las llaves del auto sin esperar a que me respondiese.
—¿Qué dijo?—preguntó—.
— ¿Estás seguro?—consultó mi hermano, ya no lucía la misma sonrisa ladina que me dedicó cuando salió a comprar helado, estaba más que claro que mi actitud lo llevaba confundido—.
—¿Me piensan decir que es lo que están diciendo?—exigió Amelia, otra vez cruzando sus brazos. ¿Acaso no sabía lo bien que se le veían los pechos cuando lo hacía?... ¿O si lo sabía?
—Yo llevaré a Pacita a su casa y Rámses se quedará contigo—explicó Gabriel.
—Eso no es necesario—estaba incómoda, visiblemente apenada, lo que solo significaba una cosa, estaba a punto de pedirme que me fuese de su casa también y eso, no pensaba hacerlo.
— Je ne demandais pas s'il pouvait- No pregunté si podía — respondí en francés, sabiendo que la haría molestar.
Ella hace que me comportase como un niño de kínder.
—Si me vas a hablar, hazlo en un idioma que entienda—estaba molesta e incluso así me pareció linda.
—Dije, que no te estaba preguntando si podía— clavé mis ojos en los suyos, no me ganaría esta discusión, no permitiría que me intimidara, porque no estaba dispuesto a irme de su lado.
Cuando no dijo nada miré a mi hermano sintiéndome victorioso, pero la pequeña victoria que sentí se esfumó en cuanto vi su sonrisa, me había estado estudiando todo este tiempo, dilucidando lo que pensaba de Amelia, y creo que acababa de generarle una gran sospecha al respecto.
Cuando se marcharon, el silencio se hizo una vez más entre nosotros, pero no quería que fuese así: —Asumiré que no es normal que tu mamá se desaparezca de esta forma—afirmé y ella se sobresaltó, sus nervios estaban a flor de piel.
—Lo que no es normal es que tenga el teléfono apagado. Ella... no ha estado bien de un tiempo para acá. Siempre ha sido distraída, pero ahora su estado despistada es permanente—me explicó. Era la primera vez que me dirigía tantas palabras solamente a mí.
—¿Y qué cambió?— pregunté con miedo de que la asustara mi curiosidad y volviese a cerrarse a mí.
—Mi padrastro la engañó—respondió.
Permanecí callado, esperando que continuara su explicación y así lo hizo. Cuando comenzó a llorar tuve que apretar manos a mi costado, porque mi primer impulso fue apretarla con fuerza en mis brazos, borrar cualquier rastro de tristeza de su rostro, y moler a golpes al desgraciado que fuese capaz de hacerla sufrir.
Cuando dejó de hablar y pude estar seguro de que no me abalanzaría sobre ella asfixiándola para apresarla entre mis brazos, me levanté del sofá y la tomé de la mano haciendo que caminase detrás de mí hasta su cuarto.
Su mano cálida, pequeña, delicada y suave me enviaba corriente de energía por todo mi cuerpo. Deseaba estar haciendo este mismo recorrido, pero no para dar con su mamá, sino para llevarla hasta la cama y besar cada parte de ella.
Mi hermano y yo no éramos ningunos santos, lo sabíamos muy bien, mi papá también, nuestros padrinos también. Por eso, cuando tuvimos la inteligencia suficiente (pero no la edad) comenzamos a escaparnos de la casa buscando un poco de "aventura", sobre todo después de la muerte de mamá. Pero siempre mi papá nos conseguía con una impresionante exactitud.
Eventualmente descubrimos que su sexto sentido de padre, era en realidad un programa de rastreo de celular, que triangulaba nuestra ubicación. Después de esa revelación, se nos hizo más sencillo mantenernos ocultos cuando no queríamos que nos descubrieran.
Le pedí que se sentara en la cama y tomé su laptop para tener acceso al programa. Lo descargué desde mi correo y en pocos minutos, con los datos que le pedí que me diera, logré dar con un listado de las últimas direcciones donde estuvo su mamá. Tomé la silla de su escritorio y se la ofrecí para que se sentara.
Algo tenía que sacar de esto, no podía ser por nada. Por eso me coloqué todo lo cerca de ella que pude, respirando ese aroma florar que no sabía identificar y que me amenazaba con volverme estúpido. Mi corazón no se aceleraba como siempre las personas dicen, el mío se saltaba varios latidos y estuve muy seguro de que tendría que decirle a Hayden que me hiciera una revisión cardiológica, no podía ser normal que mi corazón bombeara de forma tan irregular.
—Hijo de pe...—exclamó y me causó diversión semejante obscenidad en su boca, esa tan dulce y provocativa que....
¡Concéntrate Rámses!
Ella colgó la llamada que le estuvo haciendo a su padrastro, con quien su mamá se encontraba, luciendo devastada en tantos niveles que no supe que hacer ni decir. Parecía una pequeña flor que comenzaba a marchitarse, allí, frente a mis ojos, sin que pudiese hacer nada para evitarlo.
Balbuceé alguna palabras sueltas que no tuvieron sentido alguno, sobre todo porque no debería estar hablando, debería estar es abrazándola, pero cuando cubrió su rostro con sus manos y comenzó a llorar no pude evitarlo por un segundo más.
Me acerqué a ella y la estreché en mis brazos, tenía miedo de espantarla, porque no quería soltarla, sin embargo ella apoyó su cabeza en mi pecho, y por fin sentí mi corazón bombear con regularidad, acelerado, pero regular. Acaricié su cabello, esa trenza que se había hecho en la mañana tenía varios mechones sueltos, que solo la hacían lucir más adorable, tanto como no querer mover ni un solo cabello de su lugar. La escuché sollozar con fuerza, rompiéndose por dentro sin que pudiese hacer nada, hasta que finalmente se calmó.
Sus ojos estaban enrojecidos y no era normal que aun así me parecieran bellos, pero lo eran. No era bueno en estos momentos, jamás lo había sido, ese era Gabriel que estas situaciones se le daban de forma tan empática, yo era una mierda. Así que no abrí la boca, solo la miré a los ojos buscando que ella misma me dijese lo que quería que hiciera, pero solo me dio un pequeño y muy falso "estoy bien", pero no le quise decir que no sabía mentir, no era el momento.
***
Debo decir que estoy un poco triste. Cuando quedó claro que me quedaría aquí la noche, para evitar de que no estuviese llorando sola, esperaba quedarme en su cuarto, cualquier otra chica lo hubiese hecho, y sin embargo estoy en el mueble de su casa. La puerta de su habitación quedó abierta, por lo menos si comenzaba a llorar a media noche tendría la excusa perfecta para ir a abrazarla otra vez.
Mi amigo es el que está muy decepcionado, diría que hasta molesto, porque está despierto desde que Amelia se colocó sus pijamas y me dio las buenas noches, lo que me dejó verla una vez más en esas míseras prendas de tela y por culpa del idiota de mi hermano, (porque fue él quien me dio la idea), cuando ella comenzó a subir las escaleras tuve que ladear mi cabeza para ver un poco más de esa fantástica vista trasera y maldición...
Amelia está jugando sucio, aunque no creo que supiese lo que provocaba en mí...
—Bien, organiza el día de playa—le tecleé a Gabriel con mi entrepierna palpitando con fuerza ante la sola idea de ver a Amelia con menos ropa de la que ya la había visto.