Portada de la novela No juegues conmigo

No juegues conmigo

8.4 / 10.0
Al cumplir los dieciocho años, una joven descubre la desgarradora traición de su padre: su vida ha sido vendida al crimen organizado. Ahora, obligada a ser la mujer de un influyente narcotraficante, debe navegar en un entorno hostil de peligros y violencia. Entre la crueldad de la mafia y el peso de su destino, surge un romance complejo y fatal. Esta historia de acción explora su lucha por sobrevivir tras ser utilizada como moneda de cambio.

No juegues conmigo Capítulo 1

Hoy es martes, 01 de noviembre de 2022. Salgo de San Juan de Las Galdonas por primera

vez en muchos años. Llevo en mi corazón la certeza de que llegaré bien a mi destino. Lo

que me inquieta es lo que me espera en Margarita, por más que me diga que todo está

arreglado. Eso fue lo que me dijo el amigo de papá, recibiré un pago y compraré el boleto

para ir a estudiar a Europa. Lo que he soñado desde niña.

Me acerco al muelle con mi bolso lleno de ropa, que pesa tanto como la tristeza que llevo

en mi corazón. Camino despacio, mientras busco con la mirada la embarcación. Solo hay

una lancha lista para zarpar. Me aseguro de ver si es la embarcación correcta. El nombre

«Sirio» en letras azules resalta en la lancha deportiva. Así que me acerco y le doy los

buenos días al simpático marinero. Veo solo un hombre a bordo, con ropa deportiva muy

bonita, quien al verme dice:

—Vamos, ¡Mila, date prisa! —, saludando con gracia.

—¿Sabes mi nombre? ¿Cómo te llamas?

—No te preocupes, estás segura. Ven de una vez, que tenemos que irnos lo más pronto

posible.

Me apresuro a subir con mucho cuidado de no resbalar. Me deshago del equipaje y me

agarro de la madera.

—¡Listo!, soy toda tuya —digo, con la mayor desvergüenza de que fui capaz, sin agregar

nada más.

Demasiado concentrado para hacer cualquier comentario, recorre las amaras para zarpar.

Pasaré fuera del poblado una temporada larga y ya siento que me va a hacer mucha falta.

Mi mirada está fija en el entorno, como si me despidiera de cada uno de mis recuerdos en la

paradisíaca costa. Veo las gaviotas que vuelan cerca de los peñeros y otras especies que

conviven en armonía. Conozco bien el océano y sus riesgos. Mi padre es pescador y crecí

rodeada de redes y peces, a la orilla del mar.

A medida que la lancha avanza, disfruto de la belleza del lugar. Si todo sale bien,

abandonaré muy pronto el país. Mi vida cambiará para siempre al llegar a la madre patria,

España.

El silencio se interrumpe por el ruido del motor y de algunas aves que nos observaban al

pasar. El recuerdo de mi madre me acompaña y me repito cada una de sus palabras.

La corriente impresiona tanto que no me gustaría caer, no podría nadar hasta la orilla. El

agua salada salpica mi rostro en los trayectos rápidos. El lanchero conoce bien el camino.

Sin embargo, uno que otro salto que da la lancha, le hace detenerse a vigilar la carga. Una

suerte de paquetes apilados cerca del camarote ameritan su atención constante. Nada está

quieto aquí, es un vaivén constante. No vi que es lo que lleva allí porque no me ha

permitido bajar. Me ha dejado vigilando que nadie se acerque a la lancha.

Una vez que el silencio empieza a hacerse incómodo, digo:

—Quiero fumar, ¿me acompañas? —Y saco un buen porro—En casa no me dicen nada,

tengo 18. También he traído algo de comida, descansemos.

Ya comenzaron mis mentiras, me prometí crearme una personalidad fachada y he iniciado.

Debo dejar de ser la tonta que siempre fui y aparentar lo que me convenga.

—¿Desde qué edad fumas? ¿No eres muy chica?

Un poco serio, puede ser, pero habló con suavidad. Y me le quedé mirando con coquetería,

sin responder a sus preguntas. Me atrae mucho como hombre.

Mateo ubicó un lugar para anclar y descansar. Bebimos café y merendamos pan con queso,

cuando nos atacó el hambre.

Llevamos apenas un rato anclado y me pasa los dedos sobre una de mis piernas. Trago

grueso y no me aparto, dando una clara señal de aceptación. Ahora fue él quien encendió el

segundo cigarro, aspiro y me explota en la cabeza. Me mareo y me muevo para sentarme a

su lado.

Apoyando la espalda sobre él me relajo y le cuento.

—Desde los trece años, en mi casa todos lo hacen. Es normal —le hago creer con un tono

bajo de voz, como una confesión. Quiero que se sienta a gusto conmigo.

Una sonrisa pícara le puso calor a la frase y le miré fijamente.

—¡Disculpa! —dijo, Mateo, al no haberme dado fuego—. ¿¡Así que te vas fuera del país!?

Es lo mejor que puedes hacer. Aunque creo que nos harás mucha falta. ¿No lo crees?

—Eso dice Hernán. Él es quien me está ayudando a salir. Mi papá no quiere que me vaya y

a mi mamá ni le pregunto.

—Nadie desea que sus hijos se alejen, pero toca. Muy pronto ni te acordarás de lo pasado,

la vida pasa demasiado rápido como para detenerse.

Lo observo, es aún joven, pero la esperanza ya no forma parte de su mirada. Y ese es el

comienzo de una muerte lenta. En cambio, yo me siento llena de vida. Sé que atravesaré el

mundo y nada podrá detenerme, como me gustaría contra con él.

—No me iré sola. Puede que me enamore y el afortunado se vuele conmigo de este país a

vivir deliciosas aventuras juntos.

Dejamos de hablar y estoy buscando acomodo para cerrar un rato los ojos. Ando

amanecida, anoche, no concilié el sueño por más que lo intenté.

Mateo, atrás, pudo notarlo. Se acomodó entre mis piernas y me acarició con su mano. Me di

cuenta de inmediato y no quise quitarme. Desde que sentí su piel me puse caliente. Creo

que notó que me dejaría porque se acercó un poco más y metió sus dedos en el escote de mi

blusa.

No se dijo más, en ese momento y minutos después. Sin mediar palabras, ni sonido alguno,

desvió el rumbo mirándome con deseo y yo a él. Llegamos a la costa, anclamos en una

playa solitaria entre dos pequeños cerros y me besó.

La sensación fue tan potente que apreté la entrepierna. Me encanta sentir la fuerza de aquel

hombre que me levanta y me pone de una y otra manera. Con tanta pasión que pienso en

decirle que pare y no puedo.

Me dejo acariciar con el propósito de decir que no más adelante. Pero cada cosa que me

hace es más deliciosa y no puedo apartarlo. Estoy borracha con sus besos y la manera como

me recorre entera.

Al cabo de un buen rato, una embarcación que viene en sentido opuesto, levanta una ola

que hace saltar la lancha. El movimiento brusco me despierta y abro los ojos. Observo la

luz del sol y las grandes rocas.

En esta área, la profundidad es menor y vamos despacio. El agua quieta se transforma en

espejo. La vegetación y parte de la embarcación, se reflejan. Puedo ver mi imagen y me

pregunto que hay debajo, en las profundidades. Al menos, tiburones y peces. Y en las

orillas, cangrejos esperando quizás ser atrapados por humanos.

No me hace gracia ese pensamiento y menos al no distinguir arena solo rocas. Quién sabe

por qué tengo que pensar en eso, mi ceño se arruga y permanezco activa el resto del viaje.

Cuando cierto tiempo pasa, pregunto:

—¿Cuánto falta para llegar?

—Mientras sigamos con esta velocidad llegamos en diez minutos. Cuando veas unas casas

muy bonitas en la montaña puedes alegrarte, son los ranchos. Seremos bien recibidos. La

propiedad lujosa, especial para una mujer como tú.

Por fin salimos de la zona rocosa y comienza la vegetación. Una montaña verde imponente

contrasta con el azul del mar. Mateo pudo incrementar la velocidad del motor y dejamos de

hablar. Me pongo al frente para disfrutar de la atractiva vista. No recuerdo los detalles de la

propuesta laboral, solo que es una casa muy hermosa donde me recibirán.

Deseo conocer el mundo, vivir una vida diferente y tener hijos, muchos. Lejos del pueblo

de pescadores donde crecí con tantas carencias materiales. Por eso, día y noche llevo en

mente solo una cosa. Casarme y no volver nunca más, mandaré a buscar a la familia cuando

me estabilice económicamente.

—Ya estamos cerca, señorita —dijo Mateo.

—Qué alegría, ya quiero llegar.

Un motivo para pensar en algo diferente. Juego, contando las casas que me parecen

imponentes. Con ansias de avistar el famoso muelle donde desembarcar.

—Por cierto, dijiste que nos darían la bienvenida.

—Sí, claro. Ya falta poco para eso. Te va a gustar mucho, eso me parece. Eres una mujer

muy sensible.

—No sé de qué me hablas porque nadie me conoce por estos lados.

—Ya lo verás, no seas impaciente. Es la primera sorpresa que tengo para ti.

—Ahora sí que me dejas curiosa, eso no se hace ¡Malvado!

—Ja, ja. No lo arruines, por favor. Te garantizo que te hará feliz.

—¿Más que tú? Eso espero. Mira que llevo el corazón arrugado. No es fácil dejar atrás

todo.

Se me vino a la mente el recuerdo de mi madre. Parece algo egoísta ir de viaje, en busca de

la felicidad. A pesar de lo sucedido con ella, en el momento en que más me necesita. Sé que

muchos criticarán la decisión de marcharme.

Me concentro y pienso en ella. Sus ojos y su dulce rostro se proyectaron en mi

pensamiento. En ese momento, veo en el muelle flores de todos colores y unos chicos

moviendo sus manos.

—Sin duda la mejor bienvenida, que bello —comenté llena de dicha.

Lo abracé y comencé a gritar de alegría.

—¡Qué bienvenida tan hermosa, Mateo! Eres muy especial.

—Sabía que te pondrías feliz de verlas, son ramos hechos con flores propias de aquí.

—Hay muchas, pero la más hermosa es el hibisco púrpura. Es una belleza. Gracias por la

sorpresa.

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