Portada de la novela NEGOCIOS DEL ALMA

NEGOCIOS DEL ALMA

7.8 / 10.0
La analista Alexandra Morgan llega a Rusia con planes de expansión empresarial, pero termina vinculada a Mikhail Baranov, el peligroso soberano de la mafia local. Mientras ella desafía su autoridad con astucia, surge entre ambos un deseo tan intenso como arriesgado. En un mundo definido por conspiraciones y traiciones constantes, la pareja debe determinar si su unión es solo un pacto de conveniencia o un amor auténtico frente a una guerra inminente.
Resumen de NEGOCIOS DEL ALMA
La analista Alexandra Morgan llega a Rusia con planes de expansión empresarial, pero termina vinculada a Mikhail Baranov, el peligroso soberano de la mafia local. Mientras ella desafía su autoridad con astucia, surge entre ambos un deseo tan intenso como arriesgado. En un mundo definido por conspiraciones y traiciones constantes, la pareja debe determinar si su unión es solo un pacto de conveniencia o un amor auténtico frente a una guerra inminente.
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NEGOCIOS DEL ALMA Capítulo 1

"Alexandra Morgan irradia una belleza que trasciende lo evidente. Morena de piel cálida, sus ojos marrones claros son como un atardecer que guarda secretos: profundos, intensos, capaces de desarmar con una sola mirada. Esa mirada -peligrosa, casi felina- no solo observa, sino que conquista.

Su elegancia no es solo una cuestión de estilo, sino de presencia. Se mueve con la gracia de quien sabe que no necesita alzar la voz para ser escuchada. Hay algo fino en su forma de ser, como si cada gesto suyo estuviera trazado con delicadeza y firmeza a la vez.

Y su sonrisa... su sonrisa es un hechizo. No es solo bella, es magnética. Aparece con la misma suavidad con la que cae el rocío y, al hacerlo, transforma el ambiente, envolviendo a quien la ve en un instante de magia suspendida.

Alexandra no solo es hermosa; es inolvidable"

- Quien escribió todas esas barbaridades debe de estar enamorado de ella - Expuso Mikhail Baranov.

Mikhail Baranov no camina por Moscú: la gobierna con el silencio de un imperio sin necesidad de coronas. Dueño de la ciudad desde las sombras, es el jefe indiscutible de una organización mafiosa que controla desde los clubs más exclusivos hasta los pasillos ocultos del poder político. En su presencia, hasta los hombres más duros miden sus palabras.

Su elegancia es legendaria. Viste trajes italianos hechos a medida, siempre en tonos oscuros, con una sobriedad que impone. Nada en él es casual. Desde su reloj suizo de platino hasta los puños de su camisa que ocultan discretamente un tatuaje de la vieja prisión soviética. Su estilo es refinado, como un lobo vestido de diplomático.

Tiene los ojos de un azul profundo. No parpadea más de lo necesario. Quienes lo miran fijamente aseguran que en su mirada hay algo más que frialdad: hay cálculo, hay historia... hay peligro.

Una característica única lo distingue: su voz. Grave, pausada y perfectamente articulada, es capaz de calmar una tormenta o sembrar el pánico con una sola frase. Nadie la olvida. En las calles, se dice que cuando Baranov te llama por tu nombre completo, ya no eres dueño de tu destino.

Nadie sabe exactamente cuántos enemigos ha enterrado ni cuántos favores le deben los que aún respiran. Solo una cosa es segura: en Moscú, no se mueve una hoja sin que Mikhail Baranov lo permita.

- Es una de las Herederas del Poderoso Alessandro Morgan quien en su momento fue dueño de toda Inglaterra.

- ¿Con quienes tiene nexo? ¿Quien le ha dado autorización para instalarse en Moscú? - Mikhail golpea la mesa.

- Nexos políticos además su hermano está casado con Katherine Volkov, hija de alguien que fue un miembro importante de nuestro mundo aquí.

- Conozco al viejo Volkov, se que Morgan había salvado a la niña Volkov de quedar en manos de un enemigo.

- Otra Morgan esta casada con Dante Moretti, el Italiano más respetado, al igual que la más pequeña de las Morgan esta casada con Naven Fort.

- ¿Fort? ¿Moretti? Vaya, las Herederas Morgan han elegido muy bien para cruzar su linaje. Pero Alexandra Morgan no tiene mi autorización para estar aquí - Vuelve a espetar Mikhail, golpeando por segunda vez la mesa.

El silencio que siguió al golpe sobre la mesa fue denso, cargado de una furia contenida, el salón privado del Petrov Palace, sólo se oía el leve zumbido del reloj antiguo marcando los segundos. Mikhail Baranov no necesitaba levantar la voz para imponer terror. Bastaba con el movimiento de su mandíbula, tenso como acero bajo presión.

-Nadie entra a Moscú sin mi permiso. Mucho menos... una mujer como ella y los líderes lo sabían - Aquellas palabras lo escupió como si fuera veneno.

En la penumbra, Viktor, su más cercano lugarteniente, tragó saliva.

- ¿Hace cuánto ha llegado me dijiste?

-Se instaló hace dos semanas, jefe. Compró la mansión Orlova, la restauró en seis días, y ahora... ahora organiza una gala esta noche. Dicen que toda la élite rusa ha sido invitada. Y que ella... asistirá vestida de rojo.

Mikhail entrecerró los ojos.

-Rojo.

Una palabra. Una amenaza. Un símbolo. En su mundo, una mujer que usaba el rojo era una advertencia. Una que desafiaba, seducía y declaraba guerra sin pronunciar una sola palabra.

-¿Quién más ha sido invitado? -preguntó con la voz tan baja que hizo temblar al reloj.

-Políticos, oligarcas, diplomáticos... incluso el Ministro de Defensa. Y... -Viktor dudó-. También Konstantin Fedorov.

Mikhail giró lentamente su cabeza hacia él. El nombre de su mayor rival en Moscú.

-Ah... entonces esto no es una visita. Es una conquista.

El silencio volvió, esta vez más pesado

- Pero que bajo ha caído Fedorov para tratar de encajar con una mujer para darme frente - Mikhail sonríe con burla.

La mansión Orlova, restaurada con una precisión milimétrica, resplandecía entre mármol y cristal como si la historia misma hubiese sido lavada de sangre para convertirse en arte. El eco de violines flotaba en el aire, y cada rincón brillaba bajo una coreografía de luces suaves que hacían olvidar, por un instante, que afuera el invierno azotaba Moscú con rabia.

Alexandra Morgan descendió la escalera de mármol lentamente, con la elegancia silenciosa de una reina que no necesitaba corona. Vestía un diseño en rojo sangre, espalda descubierta, con detalles finos de encaje francés que insinuaban más de lo que mostraban. Su postura era firme, cada paso calculado, y sus labios pintados del mismo rojo que su vestido eran una promesa de que ninguna palabra saldría de su boca sin propósito.

-La realeza inglesa ha llegado a Moscú -susurró uno de los invitados, hipnotizado.

Pero los murmullos cesaron de golpe cuando la gran puerta de roble se abrió.

Mikhail llegó sin anunciarse, como un eclipse. Todo se volvió silencio cuando cruzó las puertas. Alexandra, al otro extremo del salón, giró despacio. Sus miradas se encontraron. Un segundo, dos. Y bastó con eso.

Él no sonrió. Ella tampoco.

Mikhail Baranov no necesitó anunciar su entrada. Su sola presencia absorbió la atención de la sala como si el aire mismo reconociera al verdadero poder. Traje negro, guantes de cuero en la mano izquierda, y una mirada que parecía perforar la arquitectura. No saludó. No sonrió. No lo necesitaba.

Los asistentes se apartaron a su paso, no por cortesía, sino por miedo.

Alexandra lo vio desde la distancia. Y aunque su pulso se alteró apenas un segundo, no se permitió parpadear. Mikhail caminaba directo hacia ella como si cada baldosa le perteneciera.

-Señor Baranov -saludó ella cuando él estuvo frente a frente-. Es un honor tenerlo esta noche. Aunque me han hablado mucho de usted, pensé que esta noche no tendría el honor de conocerlo personalmente.

Su tono era sereno. Su voz firme. No bajó la mirada. No inclinó la cabeza. Tampoco sonrió, pero su presencia irradiaba hospitalidad... sin servilismo.

Mikhail la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. En sus ojos, el azul cielo encontró por primera vez algo que no pudo dominar de inmediato.

-Señorita Morgan -dijo al fin, su voz grave como un trueno contenido-. Su reputación la precede.

-Espero que para bien -replicó ella con una inclinación apenas perceptible.

-Eso depende -respondió él, con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Moscú no está acostumbrada a recibir flores extranjeras sin raíces.

-Las rosas también crecen en invierno -dijo Alexandra sin perder el ritmo-. Y esta ciudad tiene terreno fértil... si se sabe cómo sembrar.

Un silencio cargado se instaló entre ellos. No había insultos, pero cada palabra era un movimiento en un tablero que ninguno estaba dispuesto a ceder.

-¿Quién la ha autorizado? -preguntó él, sin rodeos.

-Mi familia tiene tratados comerciales con empresas rusas desde hace décadas. Morgan Enterprises se ha expandido legalmente. Estoy aquí como empresaria, no como invasora.

-Toda expansión tiene un precio -dijo él, acercándose apenas un paso más, invadiendo su espacio con una sutileza amenazante.

-Y toda amenaza... tiene consecuencias -replicó ella, manteniendo su postura, sin retroceder.

Por un segundo, el tiempo pareció congelarse. Dos imperios, frente a frente. Él, forjado entre la sangre y el acero. Ella, nacida en la cima pero curtida por la disciplina del poder legítimo.

Fue él quien se apartó primero, apenas girando la cabeza.

-Tenga cuidado, señorita Morgan. Moscú no es amable con los que no conocen sus reglas.

-Yo no vine a ser amada, señor Baranov -dijo ella con calma-. Vine a trabajar y enaltecer el Imperio de mi Familia.

Él la miró una última vez antes de retirarse hacia la barra, donde su escolta personal lo esperaba.

Natalia, que había estado cerca, se acercó rápidamente a Alexandra con los ojos desorbitados.

-¡Dios, Alex! Es el mismísimo Baranov. ¿Sabés que dicen que si él pronuncia tu nombre completo, estás acabada?

-Entonces que practique mi pronunciación -respondió ella, volviendo a mirar en la dirección de Mikhail.

Pero lo que vio la hizo fruncir apenas el ceño.

Él también la estaba observando.

Desde el otro lado del salón, entre copas de cristal y diplomáticos encorbatados, Mikhail Baranov tenía los ojos puestos en ella como un cazador estudiando a una criatura que no entiende... pero que le fascina.

Alexandra se obligó a mirar hacia otro lado. No le daría más de lo que él buscaba. Pero por dentro, supo una cosa: Mikhail no estaba acostumbrado a sentirse amenazado. Y ella, sin haberlo planeado, acababa de convertirse en su desafío más incómodo.

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