El sol y el cielo era lo único en paz, parecía que nada hubiera ocurrido, las calles seguían como siempre, pero algunas personas no; desde que aquella nube se posó sobre la ciudad algunas personas cambiaron sus rutinas, hasta ese momento sus rutinas siempre habían sido las mismas, pero ahora tenían que hacer un espacio para ir a los diferentes hospitales de todo el estado. En uno de esos hospitales se encontraba Ana con su cabellera rubia y sedosa posada en una mesa de madera al lado del cuerpo de John, pese a no poder moverse, hablar, comer o beber, su cuerpo aún estaba funcionando, podía respirar por sí mismo, pero estaba inconsciente, durante todo ese tiempo John fue alimentado por sondas e hidratado por tubos, se encontraba en un estado de coma, un coma muy profundo.
Los doctores no se explicaban que había sucedido con aquellos cuerpos, las familias pedían a gritos respuestas, pero los doctores no las tenían, pero ¿acaso había alguna respuesta lógica para este “fenómeno”? De pronto todos los jóvenes que estuvieron expuestos a esa “niebla” habían caído en un coma profundo sin razón aparente y sus cuerpos no presentaban ningún problema médico ¿Cómo darle explicación a eso? ¿Había acaso una respuesta para empezar?
En su cuarto John seguía igual que hace semanas, sin moverse, hablar o despertar, Ana seguía observándolo sentada a la izquierda de su cama, observando y buscando algo en John, buscaba lo que faltaba en su cuerpo, su conciencia, parecía que todo su espíritu se había ido y solo quedaba su cuerpo, como el cascarón de un águila después de nacer, inerte y sin nada, John estaba igual, ahora solo era un cascarón inerte en el nido esperando a desaparecer con el tiempo, pero Ana no se había rendido, ella aún seguía buscando la vida que tanto le faltaba a su querido John:
- ¿Cuánto tiempo ha pasado? – Preguntó la voz de Gabriela.
- 8 semanas, 3 días y 18 horas – Contestó Ana secamente.
- ¿Estás bien? – Pregunto Gabriela.
- No – Respondió Ana.
- ¿Quieres ir a comer algo? – Pregunto Gabriela con amabilidad y preocupación.
- ¡¿DE VERDAD ME ESTÁS PREGUNTANDO ESO AHORA?! – Gritó Ana con desesperación mientras las lágrimas caían de sus ojos como si también estuvieran desesperadas.
La habitación quedó en silencio por unos segundos casi eternos, Gabriela se acercó y abrazo a su amiga quien empezó a llorar en su hombro, después de unos segundos Ana se separó y se secó las lágrimas que aún caían sin control:
- Perdón Gabriel – Dijo aun llorando.
- No te preocupes, entiendo lo que sientes, Luis también está aquí y no es que su situación sea diferente – Explico Gabriela con compasión y preocupación.
- ¿Cómo está él? – Pregunto con preocupación.
- Igual que John y no parece que vaya a despertar pronto – Explico mientras Ana la miraba, mientras una pequeña lagrima caía por su mejilla, Gabriela al sentir como la lagrima caía por su cara rápidamente se limpió el rostro y trato de aparentar que nada de eso la estaba afectando – En cualquier caso, no es sano que te quedes aquí todo el día, apenas comes y no puedes quedarte sentada todo el día te hará mal para la espalda – Explico tratando de parecer feliz – ¿Qué tal si vienes conmigo a la cafetería y comemos algo? Yo invito – Propuso Gabriela con un entusiasmo repentino.
- No creo que sea una buena idea – Contesto Ana decaída, la verdad era que la idea de dejar a John solo era solo una pequeña excusa para no ir con Gabriela a la cafetería.
- Mira, entiendo que estés preocupada, yo también lo estoy, pero de nada nos sirve permanecer encerradas aquí, además ¿quieres que lo primero que John vea cuando despierte sea a su madre en tu estado actual? – Pregunto Gabriela con preocupación.
- ¿Qué tiene de malo mi estado? – Pregunto Ana confundida y hasta cierto punto se sentía ofendida.
- Pues siendo honesta – Hizo una pausa mientras la miraba de arriba abajo con una mueca en la cara – Tu cara se ve terrible, pareciera que te hubieras desvelado, tu ropa está totalmente arrugada, has perdido alrededor de dos kilos y...
- ¡YA! – La paró Ana en seco mientras su amiga se reía – Tampoco es que me vea tan mal – Respondió Ana mientras se reía también.
- ¿Entonces? Vendrás a comer o ¿no? – Pregunto Gabriela curiosa.
- Si – Contesto Ana secamente, después volteo a mirar a Gabriela – Gracias Gabriel – Dijo finalmente.
- ¿Por qué? – Pregunto Gabriela confundida.
- Siempre que me sentía así tú me levantabas el ánimo, solamente tú y Brandon lograban hacerlo – Dijo Ana recordando viejos tiempos.
- Y siempre te levantaré el ánimo – Dijo Gabriela mientras se agachaba al lado de la silla de su amiga, apoyando una rodilla en el suelo – ¿Sabes por qué? – Preguntó mientras tomaba su mejilla y la volteaba para que Ana la mirara, por su parte, Ana sentía su corazón latir a mil por hora – Porque nadie te conoce como yo – Dijo para después besar la frente de Ana, quién empezó a sentir un leve ardor en sus mejillas acompañado de un sentimiento de sorpresa bastante familiar – Bueno, vamos a comer algo – Dijo mientras se levantaba del suelo, Ana solamente la siguió.
Los pasillos del hospital eran blancos y estaban impregnados con un olor a lágrimas y llanto, sin mencionar que estaban abarrotados de padres que aguardan respuestas por parte de los doctores, los sentimientos de dolor y angustia, acompañados de negación e incertidumbre rodeaban a todas aquellas familias que aguardaban por saber algo de sus hijos. Todo ese dolor era causado por una situación que no tenía precedentes, era un misterio total si los muchachos despertarían o morirían, pero algo estaba claro, solo podían esperar a que algún milagro sucediera. Las dos amigas llegaron a la cafetería y pidieron algo para almorzar, mientras esperaban su comida fueron a sentarse en una pequeña mesa en un lugar apartado, un instante de silencio invadió el ambiente entre las dos, hasta que Gabriela se volteó hacia su bolso y poso su mirada hacia abajo por unos instantes, después alzó la mirada y casi de inmediato Ana sintió la vibración de su teléfono en su bolsillo, procedió a sacarlo para revisar que era lo que había provocado esa notificación; al mirar la pantalla se percató de que tenía un mensaje de texto y procedió a abrirlo:
- <<¿Recuerdas el Festival Deportivo de hace 20 años?>> – Leyó mentalmente y de pronto sintió un choque de emociones dentro de todo su ser, por un lado sentía algo de dolor por recordar sentimientos que tardo años en enterrar, y también molesta por que le preguntaran algo como eso en una situación así y por cómo se lo estaban preguntando, pero por otro lado se sentía aliviada de que no fuera la única de las dos que recordaba lo ocurrido hacia tantos años – Pensé que lo habías olvidado – Dijo finalmente aunque se sentía algo desanimada.
- ¿Cómo podría olvidar la cara que puso el director cuando nos vio? – Respondió Gabriela mientras se reía, esforzándose por no soltar una carcajada.
- Ahora mismo no estoy para bromas Gabriela – Contesto Ana con más firmeza y sequedad – Lo que pasó ese día no debió de ocurrir – Continuo desanimada, pero firme.
- Entonces ¿Por qué ocurrió? – Pregunto Gabriela con curiosidad – ¿Sabes? Yo no creo en las coincidencias, más bien creo que todo pasa por una razón – Sentencio con seguridad y confianza.
- ¿Dices que fue el destino? – Pregunto con fastidio, pero al mismo tiempo estaba intrigada.
- Nunca dije eso, solo dije que no creo en las coincidencias – Replicó segura de sus palabras.
- No quiero hablar del tema ahora y mucho menos quiero revivir el pasado – Dijo subiendo un poco el tono – Ahora tengo un hijo, una carrera y un trabajo, no voy a echarlo todo por la borda solo por un sueño del pasado – Explicó con firmeza en su voz, pero una parte de ella sabía que aquellas palabras eran mentira y de pronto dijo algo que jamás le había dicho a Gabriela – Tuve muchos problemas con mi familia ese día.
- Si lo sé – Contestó un poco desanimada – Me enteré por las malas, pero también me enteré de que recibiste un título y que terminaste tu maestría – Señaló Gabriela cambiando de tema para evitar molestar a su vieja amiga.
- Y yo me entere de que te volviste bióloga marina, me alegro por ti – Respondió Ana regresándole el cumplido a su amiga, pero faltó emoción en su voz.
- Si quieres algún día tú y John pueden venir al centro en Florida, yo les pagare los boletos para el avión – Propuso Gabriela con entusiasmo.
- Quizás – Respondió secamente Ana – Supe lo que paso con Brian – Dijo finalmente con algo de lastima.
- Era un idiota, solamente me alegra que el divorcio se terminara – Respondió con un fastidio y enojo bastante notables.
- ¿Cómo lo tomó Luis? – Pregunto Ana con curiosidad.
- Para ser franca, no me esperaba la reacción que tuvo, lo tomó mucho mejor de lo que pensé, no sabía que fuese tan maduro, a su edad yo solo hacia tonterías – Contestó orgullosa.
- Al menos él si tiene a su padre – El pesar en su voz era obvio.
- Lamento lo de Brandon – Dijo con un tono comprensivo – Pero tienes que superarlo – Sus palabras se volvieron directas y muy duras, si bien la intención no fue herir a Ana, para ella fueron como una fría puñalada al corazón.
- No es tan fácil como tú lo crees – Contesto Ana molesta por las palabras de su amiga – Apenas pasó un año desde que él murió ¿y quieres que lo supere así de fácil? ¡Murió Frente a mis Ojos! – Sentencio alzando su voz con ira y tristeza.
- Lo entiendo y lamento si te ofendí, pero no es sano que te aferres tanto a él, tienes que dejarlo ir Ana – Contestó Gabriela con serenidad y firmeza en su voz, pero la verdad era que estaba muy preocupada por su vieja amiga, Ana tenía 35 años, pero parecía rondar los 50, era como si su depresión y el estar reprimiendo sus verdaderas emociones por tanto tiempo la hubieran hecho envejecer más rápido de lo que debía – Perdona, no quería hacerte enojar.
Ana se calmó al escuchar esas palabras, no quería aceptarlo, pero Gabriela tenía razón, había estado llorando la muerte de Brandon durante un año entero y hasta ese momento no había conseguido superar la muerte de su amado, el padre de John, quién hubiera querido que ella siguiera adelante, aquel hombre era de las pocas personas en su vida que la conocía al derecho y al revés, junto con Gabriela. Ella sabía que su amiga, por mucho que le doliera aceptarlo, tenía razón, ya era tiempo para pasar página y seguir con su vida. Ana estaba a punto de agradecerle a Gabriela, pero algo la interrumpió, levanto su vista y vio algo que le llamó mucho la atención, detrás de la barra donde habían ordenado su almuerzo había un televisor que estaba transmitiendo las noticias, alcanzo a distinguir un título que decía: << ¿Posible Pandemia Global? >> Esto la alarmo y se paró de golpe, sobresaltando a Gabriela, camino hasta la barra y le habló a la mesera:
- ¿Disculpe? – Dijo amablemente – ¿Podría subirle el volumen? – Pregunto con gentileza, pero se le notaba la preocupación.
- Si, por supuesto – Respondió la mesera con amabilidad y después tomo el control remoto y le empezó a subir el volumen al aparato.
- Muchas gracias – Dijo Ana ante la acción de la mesera.
- A su orden – Respondió la mesera con amabilidad.
Ana se quedó mirando y escuchando el reportaje del noticiero meridiano, cuando de pronto sintió que alguien le tocaba el hombro con suavidad, esto hizo que se sobresaltara y volteara a ver quién la había llamado, percatándose que era Gabriela, después de darse cuenta que no pasaba nada, se volvió para seguir viendo el reportaje:
- Han pasado ya 2 meses desde aquella “eventualidad” en donde los jóvenes del todo el mundo cayeron en un estado de coma – Decía la reportera, informando sobre una situación que hasta ese momento, tanto Ana como Gabriela desconocían, ¿Qué quiso decir con “los jóvenes de todo el mundo”? – Varios expertos han estado investigando este “fenómeno” y hoy uno de ellos está con nosotros el biólogo, químico, genetista y experto en armas biológicas el Dr. Malcolm Gein – Finalizaron sus palabras mientras la imagen de la reportera cambiaba a la del Dr. Gein.
- Es un placer poder estar aquí señorita Sawger – Dijo Gein agradeciendo a la joven reportera.
- Por favor, llámeme Katty – Pidió la joven reportera.
- De acuerdo Katty – Contestó el Gein con amabilidad
Malcolm Gein era un afamado científico y un respetado medico en la comunidad de medicina, se vislumbraba un hombre de mediana edad, vestido con un traje negro con una corbata de color azul marino. Gabriela se sorprendió mucho al ver al Dr. Gein sentado frente a Katty Sawger:
- ¿Lo conoces? – Pregunto Ana percatándose de la reacción de su amiga.
- Si, una vez dio un seminario en la Universidad – Respondió Gabriela aún asombrada.
- Díganos Dr. Gein ¿Qué es lo que les paso a estos jóvenes? – Pregunto la reportera dirigiéndose tanto al doctor como al público que los veía.
- Por desgracia Katty aún no encontramos la causa de este repentino “brote” – Contesto Gein con pesar en su voz – Los cuerpos de todos los afectados no presentan señales de ningún tipo de virus o infección externa, solamente están – Hizo una breve pausa, buscando las palabras adecuadas para expresarse – Hibernando – Dijo finalmente.
- ¿Hay algún tipo de conexión entre estos jóvenes para que todos fueran afectados de esta forma? – Pregunto Katty como le habían enseñado a lo largo de su profesión.
- La única conexión que hemos podido encontrar es que cada uno de los jóvenes afectados no superan los 18 años de edad – Respondió el doctor con seguridad y calma.
- ¿Podría por favor explicarse mejor? – Pregunto la joven reportera con asombro.
- Para ser más claro, los jóvenes que se encuentran en estado de coma ahora mismo, son aquellos que tienen edades de entre los 10 a los 18 años de edad – Respondió el doctor calmado, pero al mismo tiempo se notaba el pesar en su voz.
Tanto la reportera como Gabriela y Ana quedaron impactadas ante las palabras del Dr. Gein, solamente los adolescentes y niños de 5 años estaban en esta situación, no podía ser coincidencia, pero si no era una enfermedad entonces ¿Qué era? ¿Qué estaba pasando en el mundo? Todas estas preguntas rondaban en el aire esperando a ser respondidas, pero no había una respuesta para ninguna de ellas, justo en ese momento Ana y Gabriela recibieron su almuerzo y se sentaron en la misma mesa de antes para comer.
El almuerzo fue rápido, no se dijeron nada mientras comían, ninguna de ellas tenía palabras, estaban en shock por lo que habían escuchado, fue como recibir un baldazo de agua fría en todo el cuerpo, no podían hablar de la impresión. Después del almuerzo regresaron a las habitaciones de sus hijos, pero mientras iban regresando unos gritos llamaron su atención:
- Señor lo que usted propone es una locura ¡ES INCONCEBIBLE! – Gritó una voz con miedo y desesperación.
- Esto no está a discusión – Respondió una voz mayor con firmeza y frialdad.
- No podemos envenenar a estos jóvenes – Replicó la voz joven con más miedo que antes.
- Hay más pacientes que necesitan la comida y los líquidos, debemos priorizar a los que sí se pueden salvar – Contesto la voz mayor con frialdad.
Las dos amigas se dieron cuenta de que la discusión venía desde una oficina cerca de donde se llega a las habitaciones, Ana y Gabriela se acercaron para poder escuchar mejor, cuando llegaron escucharon con atención la discusión más que todo hablaban de las finanzas o el dinero del hospital, pero todo se centraba en una sola cosa, los pacientes en coma, Gabriela volteó a ver a Ana solo para darse cuenta de que estaba temblando, tomo su mano y la apretó con fuerza, esto hizo que Ana se sorprendiera, pero los pasos que producían aquellas voces la saco de sus pensamientos, Gabriela tomo a Ana y la jaló hasta un pequeño armario y cerró la puerta rápido, pero sin emitir sonido alguno, el armario era pequeño, casi sin espacio, lo cual provocaba que las dos estuvieran muy juntas. Mientras miraban por la pequeña ventana del armario se dieron cuenta de que las voces eran un doctor de mediana edad y un hombre también de mediana edad que usaba un traje marrón con corbata negra:
- No voy a dejar que unos niños arruinen mi hospital – Dijo fríamente el hombre de traje.
- Señor debe entender, no podemos envenenarlos, eso sería un crimen para todos los involucrados y el hospital si cerraría y todos perderían sus empleos – Respondió el doctor con firmeza.
- No hay suficiente alimento para todos ellos – Replico el hombre del traje – Es mejor librarlos de su sufrimiento – Sentencio fríamente.
El doctor estaba furioso, eso se notaba a leguas, pero debía controlarse ya que aquel hombre vestido de traje no era cualquier persona, finalmente el doctor habló en un último intento para disuadir al hombre del traje:
- Sus cuerpos están funcionando con normalidad – Dijo el doctor esforzándose para mantener la calma.
- Sé perfectamente el estado actual de estos jóvenes – Respondió el hombre del traje.
- Entonces seguramente sabrá que todavía pueden despertar – Replico el doctor, estas palabras llamaron la atención del hombre con el traje quien volteó y miró fijamente al doctor.
- Prosigue – Dijo con firmeza.
- La mejor forma de describir el estado de estos jóvenes es que se encuentran en un proceso de hibernación y pueden despertarse en cualquier momento – Explico el doctor con firmeza y serenidad – Lo único que le pido señor, es que les de unos días más para poder despertar de su “hibernación” – Pidió el doctor en un tono de súplica.
- 2 días – Dijo finalmente el hombre del traje – 48 horas, si en ese tiempo no se despiertan yo mismo los liberare de su sufrimiento – Sentencio el hombre del traje con frialdad y firmeza.
- De acuerdo señor – Respondió el doctor con resignación, quería pedirle más tiempo, pero sabía que si lo hacía lo más probable es que envenenara a los jóvenes antes del tiempo acordado.
- Si para el martes no despiertan…
- Entiendo señor – Interrumpió el doctor, quien no podía escuchar al hombre del traje finalizar esa oración.
En ese momento el hombre del traje volvió a entrar a la oficina y el doctor se fue en dirección a la cafetería, finalmente cuando ya no había nadie cerca la puerta del armario se abrió y ambas mujeres salieron de ahí, estaban sudando, debido a una combinación entre los nervios por lo que habían escuchado y el hecho de que se estaban cocinando en el armario, Gabriela trato de hablarle a Ana, pero esta se fue corriendo hacia la habitación de John, era obvio que necesitaba estar sola, Gabriela también lo necesitaba, después de todo ahora sabía que si su hijo no despertaba en dos días iba a morir envenenado.
Ana finalmente llego a la habitación de su hijo y se sentó a su lado y miro el monitor cardiaco con preocupación, buscando signos de que algo estuviera mal, pero no vio nada que indicara algún problema, todo estaba en orden, agarro la mano de su hijo y la apoyo contra su frente y empezó a rezar, sabía que si su hijo no despertaba en dos días moriría, rezó con todas sus fuerzas hasta que algo la interrumpió:
- Mamá.
Confusión, miedo, alivio, rabia, una mezcla de emociones que no se llevaban bien combinadas, John miraba a su madre muy confundido ¿Cómo explicar lo que una madre siente ante una situación así? ¿Cómo reaccionar cuando ves a tu madre mirándote con diferentes emociones cruzándose por su rostro? Un mar de lágrimas inundó los ojos de Ana solo para después desbordarse y empezar a caer en dos pequeñas cascadas que Ana luchaba para no convertirlas en algo más grande. John estaba confundido, no entendía dónde estaba, por qué su madre estaba llorando, ni mucho menos que había pasado, después de un rato se aventuró a preguntar:
- Mamá – Dijo John finalmente – ¿Dónde estamos? – Preguntó sentándose en la cama.
- En el hospital – Respondió limpiándose las lágrimas – ¿No recuerdas nada de lo que pasó? – Preguntó un poco más calmada.
- Lo último que recuerdo fue haber tumbado la puerta de la escuela y luego caerme al suelo, después de eso no recuerdo más nada – Contestó aún confundido.
- Estuviste dormido por 2 meses – Dijo y John la volteo a ver con auténtica sorpresa en su rostro.
- ¿Señora? – Llamó el doctor mientras entraba al cuarto – ¿Acaba de despertar? – Preguntó con bastante interés.
- Si hace unos dos minutos – Respondió Ana
- Ya veo – Dijo mientras comenzaba a anotar en una hoja – Esto no tiene precedentes.
- ¿Qué quiere decir? – Preguntó la madre con preocupación.
- No, no es nada de lo que deba preocuparse señora – Respondió el doctor mientras se volvía a verla – En cualquier caso puede que su hijo deba hacer terapia física por un tiempo.
- ¿Por qué? – Esta vez fue John el que preguntaba, sabía perfectamente porque lo decía, pero no entendía porque se lo decía a él.
- Veras, tu cuerpo estuvo 2 meses y 3 días sin moverse, puede que tus músculos se hayan atrofiado y necesites ciertos ejercicios para volver a moverte como antes – Explicó el doctor, Ana estaba preocupada por su hijo, pero John solo estaba confundido.
- Puedo mover mis piernas con normalidad – Dijo haciendo que su madre y el doctor se volvieran a ver como movía sus piernas de un lado a otro, la sorpresa invadió los rostros tanto de su madre como del doctor.
- Tal vez puedas moverlas mientras estás sentado en la cama, pero no creo que las puedas mover estando de pie – Explicó el doctor – En todo caso es buena señal, eso significa que no es tan grave y no estarás mucho tiempo en terapia – Mientras el doctor explicaba, no se daba cuenta de lo que su paciente estaba haciendo.
John se movió, quedando sentado al borde de la cama y antes de que el doctor o su madre siquiera pudieran decir o hacer algo, él se puso de pie, para sorpresa del doctor y de Ana, John no tenía ninguna parte del cuerpo atrofiada, por el contrario, no parecía que hubiera estado durmiendo por dos meses, parecía que se acabara de levantar por la mañana después de una noche de sueño. El doctor estaba sorprendido, por un lado le alegraba que su paciente no tuviera nada, pero por el otro lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos iba en contra de todo lo que le habían enseñado durante su formación como médico:
- Me alegra que seas capaz de moverte – Dijo con algo de dificultad debido a la sorpresa – Si no tienes nada grave supongo que puedes irte hoy mismo.
- Mi único problema es que tengo mucha hambre – Protesto llevándose la mano al estómago y volviéndose a sentar en la cama.
- Para eso si hay una cura rápida – Respondió el doctor riéndose entre dientes.
- ¡Doctor! – Llamó de pronto una voz femenina joven – Lo necesitan urgentemente en la sala del personal de seguridad – Dijo nada más entrar en el cuarto, se notaba la fatiga en ella por haber corrido, era bastante obvio que era una enfermera y era aún más obvio que algo importante estaba pasando.
- ¿Es por qué todos despertaron ya? – Preguntó el doctor.
- ¿Cómo se enteró? – Preguntó la enfermera confundida y sorprendida.
- Me avisaron mientras venia para acá – Respondió.
- ¿Todos los muchachos despertaron ya? – Preguntó esta vez Ana.
- Si, así es – Le contesto el doctor.
- ¿Me perdí de algo? – Esta vez fue John el que hizo la pregunta, estaba muy confundido por la situación ¿Qué había pasado mientras estaba inconsciente?
- No fuiste el único que estuvo en coma – Comenzó a explicar el doctor – Todos los que estuvieron en tu escuela ese día entraron en coma, estuvieron en ese mismo estado por el mismo tiempo que tú, dos meses, y hoy despertaron.
- ¿Qué causó el coma? – Le preguntó esta vez Ana.
- No lo sabemos, pero lo único que sabemos es que tanto el cuerpo de John como el de los demás muchachos entro en una especie de hibernación.
Era la primera vez que John escuchaba esa explicación, pero la tercera vez que Ana lo escuchaba, no obstante la pregunta seguía en el aire ¿por qué habían entrado en hibernación? Pero no importaba cuantas vueltas se le diera, no había respuesta real para aquella pregunta. Después de aquella conversación, John por fin pudo comer algo sólido después de dos meses, luego del almuerzo le dieron el alta y se fue a casa, Ana estaba feliz de abandonar el hospital, pero se sentía decaída por no despedirse de Gabriela, ella se preguntaba el por qué era tan cobarde ¿por qué no podía aceptar el pasado o a ella misma? Después de una media hora de viaje llegaron, la casa de John y Ana era simple, pero al mismo tiempo moderna, con dos pisos, dos baños, cuatro habitaciones, un gran patio trasero y una cocina que combinaba bastante bien con el exterior de la casa, con unas baldosas que iban en un patrón de marrón turquesa y con un negro grisáceo, las despensas hechas de madera, divididas en varias zonas y con agarraderas de metal en varias puertas y las que no tenían agarraderas eran puertas corredizas, todas estaban llenas de los artículos de cocina más comunes, la vajilla, los cubiertos en los cajones y los alimentos guardados en una gran nevera que, aunque no era de último modelo, tampoco era de principios de siglo.
Al llegar John fue directo a su cuarto y se dejó caer en la cama haciendo que el colchón rechinara, Ana se acercó y se quedó observando a su hijo, varios recuerdos se cruzaron por su mente, recuerdos de cuando John aún no había abierto la boca por primera vez, recuerdos de cómo su esposo Brandon y ella concibieron a John, recuerdos de cuando John había nacido y los recuerdos que más le pesaban, los tres años y medio que ella, John y Brandon convivieron antes de la muerte de este último, esos recuerdos eran los que más le pesaban, le pesaban porque Brandon siempre mantuvo esa sonrisa y alegría, incluso cuando dio su último aliento lo hizo con una sonrisa en el rostro, Ana salió del trance y se volvió a mirar a su hijo quien también la miraba:
- Recordabas a mi padre – Era una afirmación.
- Si – Contestó – ¿Cómo te diste cuenta?
- Eres demasiado obvia.
- Últimamente parece que todos pueden leerme – Dijo mientras se sentaba al lado de su hijo.
- Tal vez es el estrés, deberías tomarte unos días, se te notan demasiado las ojeras – Respondió mientras observaba la parte de abajo de sus ojos – Parecen bolsas de supermercado muy llenas – Sentencio burlonamente.
- Eres el segundo que me dice eso hoy.
- ¿Quién fue el primero? – Pregunto con interés.
- Gabriela – John solo se rio entre dientes.
- ¿Cómo están ella y Luis? – Pregunto para desviar el tema.
- Ella está bien y Luis seguro ya despertó – Respondió cambiando el tono por uno más relajado – Estaban en el mismo hospital que tú.
- ¿No estaban en Massachusetts? – Ahora había más curiosidad en su pregunta.
- Me dijo que iba a dar una clase en la universidad de la ciudad – Respondió mientras John se sentaba – Debes estar cansado por todo lo ocurrido.
- Eso es lo extraño, no me siento cansado para nada.
- Bueno pues quizás dormir por dos meses seguidos te haya dejado lleno de energía, yo estoy exhausta – Sentencio con algo de burla en su voz.
- Quizás estar sentada en la misma posición dos meses seguidos te haya dejado sin energía – Replicó devolviéndole la broma.
- En eso tienes razón y ya se está haciendo tarde – Dijo volviéndose a la gran ventana del cuarto de su hijo – Me voy a la cama, trata de dormir un poco.
- No prometo nada – Respondió burlonamente John – Oye, ya que Gabriela está en la ciudad deberíamos invitarla a comer algo – Propuso mientras Ana se volvía a verlo.
- Me gustaría, pero no creo que pueda costear comida para cuatro – Respondió mientras hacía los cálculos mentalmente.
- No tiene que ser en un restaurante – Comenzó a decir John, la mirada de Ana cambió por una que reflejaba intriga – Podemos invitarlos a comer hamburguesas aquí en la casa, recuerdo que en la nevera estaban casi todos los ingredientes, solo falta el queso y el pan – Explico mientras su madre lo escuchaba con atención.
- Me parece bien y eso si lo puedo costear – Dijo eso último en tono de burla – Solo tendría que comprar el pan y el queso, y puede que para el sábado tenga todo listo.
- Por cierto ¿qué día es? – Pregunto John, con todo lo que había pasado John no se había percatado del detalle de que no sabía que día era y tampoco la fecha.
- Jueves – Respondió Ana.
- Ya veo – Dijo más para sí mismo que para su madre – Descansa mamá.
- Descansa hijo – Respondió y luego le dio un beso en la frente.
Justo como John le había dicho, no conseguía conciliar el sueño y decidió ponerse sus grandes audífonos negros y escuchar música, Ana había bajado a la cocina y se sirvió un vaso de agua, cuando se lo bebió miró por un momento su teléfono, tenía la pantalla encendida con el número de Gabriela listo para marcarle, ni siquiera recordaba cuando había encendido la pantalla, eso no le pasaba desde sus días en la secundaria, por un momento se lo pensó, el haberla visto ese día le hizo revivir viejos recuerdos de su pasado, recuerdos de antes de conocer a Brandon, y algunos eran muy dolorosos para ella, pero por muchas vueltas que le diera, sus opciones siempre eran las mismas, tal vez porque se sentía acorralada o quizás su cerebro estaba bloqueando sus demás opciones y la empujaba a marcar, finalmente pulso la pantalla y colocó el teléfono en su oreja, escucho como sonaba unas cuatro veces hasta que la otra línea finalmente se abrió:
- ¿Buenas noches? – Dijo con un tono de cansancio en su voz.
- Hola Gabriel – Respondió Ana.
- ¿Ana? – Preguntó sorprendida – ¿Todo está bien?
- Si – Respondió al notar la preocupación en la voz de su amiga, quizás debió decirle algo antes de irse del hospital – Es solo que John y yo queríamos invitarte a ti y a Luis a una reunión el sábado aquí en la casa.
- Claro, no hay problema – Contesto inmediatamente – Mándame la dirección y hora y el sábado estaremos ahí – Continuo muy animadamente.
- ¿Te parece bien a las tres? – Pregunto Ana.
- Sí, claro – Respondió con el mismo ánimo en su voz – Será un placer ir.
- La dirección te la enviare por mensaje.
- De acuerdo.
- Ten buena noche, descansa – Dijo despidiéndose.
- Igualmente Ana.
Y la línea se cortó, los recuerdos volvieron a inundar la mente de Ana, esos recuerdos eran de varias fechas, pero los que más se repetían eran de su época en la secundaria, la primaria y todo lo que había hecho con Gabriela, era algo un poco extraño, normalmente no se molestaba en recordar el pasado si no era para algo importante, no porque no quisiera, sino porque le resultaba muy doloroso, pero esta vez parecía que era todo lo contrario, una sonrisa se formó en su cara y sintió como se aligeraba el peso que había sobre su hombros, pero no se había ido, al menos no del todo, pero había una sensación de ligereza en todo su cuerpo que no sentía desde el último año en la secundaria, volvió a subir a su cuarto, se acostó en su cama y se quedó dormida nada más tocar su almohada.