Portada de la novela Nacen flores en la Antártida

Nacen flores en la Antártida

9.6 / 10.0
Oliver Foster, un magnate influyente, y su prometida Lía proyectan una imagen ideal, pero su felicidad pende de un hilo. Lo que nació como un vínculo genuino tras el apoyo de ella, hoy se ve amenazado por el inesperado regreso de Erika, el antiguo amor del millonario. En vísperas de su boda, Lía deberá lidiar con un pasado sombrío y revelaciones inquietantes que acechan su relación. Proteger su futuro implicará encarar verdades capaces de destruirlo todo.
Resumen de Nacen flores en la Antártida
Oliver Foster, un magnate influyente, y su prometida Lía proyectan una imagen ideal, pero su felicidad pende de un hilo. Lo que nació como un vínculo genuino tras el apoyo de ella, hoy se ve amenazado por el inesperado regreso de Erika, el antiguo amor del millonario. En vísperas de su boda, Lía deberá lidiar con un pasado sombrío y revelaciones inquietantes que acechan su relación. Proteger su futuro implicará encarar verdades capaces de destruirlo todo.
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Nacen flores en la Antártida Capítulo 1

La maleta cayó en el agua sucia, desparramando toda la ropa, ensuciándose de lodo.

Lía soltó un respingo al escuchar un fuerte grito sacado desde el diafragma. Dio un paso hacia atrás, golpeando su espalda con una anciana que se quejó y le dio un pequeño empujón. Rápidamente miró hacia atrás y se disculpó, acomodando su paraguas rojo y volviendo la mirada al frente.

El joven se abalanzó a la maleta e intentó recoger la ropa, pero en cuestión de segundos se dio cuenta que estaba echada a perder. Volvió la mirada fulminante al hombre que estaba subido en los escalones de la entrada del edificio escoltado por dos guardias de seguridad y le gritó maldiciones.

La lluvia apretó más y se escuchó un trueno.

No era una pelea de enamorados como Lía creyó cuando se detuvo a chismosear. Al parecer el chico que intentaba recoger la que evidentemente era su ropa, discutía con su compañero de cuarto que lo estaba corriendo del apartamento.

Se gritaban cosas como: "Yo soy el que se mudó primero, lárgate de aquí", "¡págame el dinero que me robaste!", "¡no te pagaré nada, lárgate de aquí, desgraciado!" y "maldito, por tu culpa lo perdí todo". El de la maleta agregaba a sus reclamos fuertes declaraciones y amenazas como: "¡Te haré llorar lágrimas de sangre por todo lo que me has hecho!", "¡te voy a enviar al infierno!" y "¡jamás debí confiar en un maldito ladrón como tú, idiota, te voy a matar!"

De pronto, el joven de la maleta se abalanzó hacia el otro, tacleándolo y enviándolo al suelo. Las personas que veían el que ya era un espectáculo, comenzaron a gritar y los dos guardias de seguridad tuvieron que interceder.

Lía no supo cómo pasó, pero se acercó más, bajando del andén y mojando sus zapatos con los charcos. Pudo notar mejor al dueño de la maleta: hombre alto, atlético, de al menos un metro con noventa centímetros; cabello castaño oscuro y una piel blanca. Era guapo, lo que hacía más interesante la situación. Y por el edificio donde pasaba todo, debía ser de los ricos que vivían ahí. Bueno, antes él debía vivir ahí, lo que lo hacía un chico rico... o antes era rico.

Estaba presenciando el proceso de cómo una persona pasaba de ser millonaria a pobre. Era sorprendente.

El otro hombre era de piel bronceada, considerablemente más bajo de estatura, pero más robusto. Y al parecer no sabía pelear, porque acababa de terminar con el rostro magullado y lleno de la sangre que le chorreaba de la nariz.

Una patrulla se acercó a toda velocidad por la avenida, las sirenas ahogaron el sonido de la lluvia. Se acababa el espectáculo.

Los dos guardias tenían que sujetar al chico guapo de la maleta que pataleaba y le gritaba todo tipo de groserías al otro hombre. Por un momento logró zafarse e intentó ir a por otra ronda de golpes, pero su contrincante retrocedió con rapidez, lleno de miedo y de sangre. Pero los guardias lograron apresar a su agresor una vez más.

Entonces llegó la policía y empezó a dispersar al grupo de personas que observaban la trifulca.

Y antes de que un policía le pidiera a Lía que se marchara, pudo cruzar mirada con el chico de la maleta. Su mirada estaba rebosada en una inmensa tristeza.

Aquel recuerdo se quedó grabado en lo más profundo de su mente y le creó un nudo de fuego en la garganta.

Sus ojos eran color miel intensos y rebosaban en lágrimas. Eran unos ojos que conocían lo que era perderlo todo. Le manifestaron que ya no tenía nada más en el mundo.

El chico de la maleta fue esposado y le gritó a un policía que podía caminar solo a la patrulla.

Y Lía se marchó por la larga calle, bajo su paraguas rojo mientras la lluvia se convertía en tormenta.

❦❦❦

El chico de la maleta estaba en el parque. Lía podía reconocerlo, aquellos ojos rebosantes de tristeza bajo la lluvia eran imposibles de olvidar, había soñado con ellos dos noches seguidas.

Y ahí estaba, sentado en una banca, con un bulto de cosas a un lado.

Parecía estar mirando a la nada. Como si debatiera que hacer con su vida. Y por momentos a Lía le daba la impresión de que quería llorar.

Desde su balcón tenía toda la vista perfecta para apreciarlo. Tragó saliva y se alejó, intentando que aquel joven no le removiera todos sus adentros.

Entró al cuarto que usaba para trabajar y se sentó frente a su escritorio, tomando el lápiz digital para comenzar a dibujar.

Con el paso de las horas, terminó dibujando aquella mirada rebosante en tristeza: necesitaba sacársela de la cabeza.

Y cuando llegó la noche, volvió a asomarse, esta vez por la ventana. Se cubrió la boca cuando lo vio hablar por teléfono. Estaba ahogado en lágrimas.

Y Lía lloró con él. Era un desconocido, lo entendía, pero por alguna razón que no lograba comprender, empatizaba con su desgracia. Ella lo pudo ver cuando lo perdió todo. Cuando lo apresaron. Cuando la vida le había dado la espalda.

Lo vio llevarse las manos a la cabeza, cerrando los ojos.

Le esperaba una noche larga, una muy fría noche en una incómoda banca. Y la gran pregunta retumbaba en la cabeza de Lía: ¿por qué nadie lo ayudaba?

❦❦❦

Había pasado la noche en el parque, de eso estaba segura. Seguía usando la misma ropa que llevaba hace tres días, cuando lo vio pelearse en frente del edificio.

Estaba con los brazos apoyados en sus muslos y la cabeza gacha.

-¿Cuántos días lleva ahí? -preguntó su hermana mientras se asomaba en el balcón.

-Dos días, creo -contestó Lía desde la cocina.

-Es un vagabundo -declaró Amanda.

-No lo es.

-Dijiste que lo corrieron de su departamento. Ahora vive en la calle.

-Pasa por un mal momento, seguro y se repondrá -replicó Lía. Quería creérselo.

¿Por qué hablaban del chico de la maleta? No tenía sentido, porque... ante todo, ¿qué podía hacer ella por aquel hombre?

Lía no quería acercarse al balcón, pero necesitaba entregarle a su hermana el pocillo de café. Ver a aquel joven que quedó en la calle le partía el alma.

-¿Qué le habrá pasado para terminar así? -se preguntó Amanda en voz alta.

Lía le entregó el pocillo de café, también llevaba uno para ella y las dos observaron al joven que ahora se acomodaba en la banca, recostando su espalda al espaldar de cemento, alzando la cabeza, apreciando el cielo gris, como quien intenta descifrar si lloverá.

-Parece que su compañero le robó dinero -informó Lía-. O eso me pareció escucharle en la pelea.

-¿No habrá sido al contrario? -cuestionó Diana.

-Pues se veía demasiado enojado, me pareció que lloraba.

-Es por eso por lo que no debemos confiar en nadie, y mucho menos si hay de por medio dinero -sentenció Diana y le dio un sorbo a su café. Volteó a ver a su hermana-. ¿Irás a la cena el sábado?

A Lía le pareció brusco el cambio repentino de conversación. Volvió a mirar al joven de la banca y mordió su labio, intentando que su corazón no se estrujara al verlo en aquel estado.

-Lía -insistió su hermana-. Contesta.

-Sí, sí.

Cuando su hermana se marchó del departamento, Lía caminó en círculos, desesperada. ¿Y si le llevaba algo de comida?

Fue hasta la cocina y notó que no había prácticamente nada.

¿Y si le decía que se quedara con ella? No... eso era una locura, no se conocían.

Se asomó por el balcón.

Ay, la estaba mirando. Qué incómodo.

Volvió al interior del apartamento.

A ese punto sus miradas ya se habían encontrado un par de veces, ya sabía de su existencia. Si movía esa ficha, podría acercarse a él como quien no quiere la cosa y ofrecerle un poco de comida. O podía sentarse a su lado a platicar y ofrecerle su ayuda.

Se sentía inútil.

Fue a su cuarto por las llaves y su bolso de mano.

Salió del apartamento dispuesta a ir a hablar con él, ofrecerle su ayuda. Porque... ¿qué tan raro sería hablar con un desconocido que está sentado en una banca?

Cuando salió del edificio, logró saborear la humedad del ambiente cuando golpeó sus labios. Iba a llover pronto.

Lía lo vio fijamente. Él también la observaba acercarse, estaba cruzado de brazos. Se veía como un hombre común, un joven sentado en una banca, como si esperase algo. Y su mirada intimidaba.

Y Lía pasó de largo. Maldiciendo a sus adentros. Qué cobarde era.

Cruzó el parque y entró al supermercado. A fin de cuentas, debía fingir que iba a alguna parte, ¿no?

❦❦❦

Compró algunas sopas instantáneas, panes y otras cosas que podría comer esos días. Pensó en qué podría comprarle para al menos regalarle, cosas que pudiera comer con facilidad, que no necesitaran prepararse.

¿Comería salchichas? Bueno, con hambre uno come lo que sea...

Cuando Lía salió del supermercado con la bolsa pesada en sus brazos, lo primero en lo que pensó fue en que pronto volvería a caer una tormenta. Estaban en invierno, era inevitable que casi todos los días lloviera.

Mientras cruzaba el parque, trataba de idear una forma en la que pudiera ofrecerle la bolsa. "Mira, te he visto desde que te corrieron de tu departamento, sé que la estás pasando mal, bueno, al menos tienes esto para comer. Busca un refugio, va a llover pronto, no puedes quedarte ahí". Algo así podría funcionar.

Fijó su mirada en él. Y otra vez se la quedó mirando, pero ponía cara como de "¿qué tanto me miras?" Qué incómodo. Seguro y ya lo tenía fastidiado.

Pero era inevitable no verlo. Se sentía incómoda sabiendo que él estaba sufriendo. Era humana, quería ayudarlo de alguna forma.

Con tanta tensión dentro de su cuerpo, fue inevitable que ella no notara el bordillo por no darse cuenta dónde pisaba por andar mirándolo a él y se tropezó, cayendo de bruces contra el pavimento y toda la compra se desparramó en el suelo.

-¡¿Estás bien?!

Lía, completamente aturdida, con un fuerte dolor en la barbilla y con medio labio inferior palpitándole del dolor, intentó levantarse como pudo. Unas manos la tomaron de la cintura y le ayudaron a reincorporarse. Fue ahí cuando notó un fuerte dolor en la rodilla derecha.

Se había pegado durísimo. Fue una caída demasiado dramática para un tropiezo con un bordillo. Y era una presentación increíblemente absurda la que estaba dando.

-Dios mío, ¿te encuentras bien? -Era el joven de la banca, la miraba fijamente con aquellos ojos intensos-. Te sangra la boca...

Lía llevó una mano a sus labios, pero rápidamente la apartó al sentir el maltrato con un simple roce.

Qué vergüenza. Ella intentando ayudarlo y era él quien la estaba ayudando.

¿Qué podía decirle? Ay, me caí, pero mira, te traje esto, está todo tirado en el suelo, pero recógelo, es tuyo.

Intentó agacharse para recoger la comida del suelo, sin embargo, su cadera le dijo que era mal invento.

El muchacho se agachó rápidamente y recogió toda la comida, metiéndola en la bolsa. Lía se limitó a intentar estar de pie, apoyando su peso en la pierna izquierda, así que parecía coja, con el torso torcido.

Dios mío, qué dolor. Necesitaba sentarse. Empezaba a dolerle la cabeza y el cuello. Se había pegado demasiado fuerte y era imposible fingir que no era grave.

Él se la quedó viendo, frunciendo el entrecejo. Qué vergüenza, por su rostro, debía verse terrible.

Y se ofreció a llevarle las cosas a su apartamento. Lía intentó replicar, pero le dolía tanto el cuerpo que supo que era lo más sensato. Necesitaba recostarse.

Cuando caminaron al interior del edificio, el joven se la quedaba viendo por momentos, preguntándole si estaba bien, ella le contestaba que sí, pero no le creía, pues la veía cojear, con el torso inclinado hacia la izquierda.

Lía vivía en un quinto piso. Era un departamento pequeño de dos habitaciones, sala, cocina y un espacioso balcón por el cual podía apreciar al chico del parque.

Al entrar al apartamento, se sintió derrotada. La que iba a ayudar terminó siendo ayudada.

El joven puso la bolsa sobre el mesón de mármol. Era extraño verlo ahí, en su territorio, con todo ese silencio que generaba la intimidad de su zona de confort.

Se veía sumamente alto ahora que lo podía ver mejor. Tenía un perfil de alguien que no se ve como un vagabundo (se dijo internamente que no lo era), aunque usara una camisa de mangas largas que en algún momento fue blanca y un pantalón negro sucio de barro en las botas.

Lía se sentó como pudo en un mueble azul en la sala e inmediatamente se retorció del dolor. No entendía por qué le dolía tanto la cadera si se había lastimado era la rodilla derecha.

El muchacho la quedó viendo, como preguntándose si dejarla así y marcharse.

-¿Segura que te sientes bien? Porque no parece. Es que te golpeaste fuerte.

Lía soltó un chillido de dolor y como pudo, se acomodó a medio lado, así ya no le dolía la espalda.

Lo vio observar el balcón, más preciso, el tiempo. Iba a llover. La humedad se podía sentir en el ambiente.

-Disculpa... ¿puedo pedirte un favor?

Lía se lo quedó observando con curiosidad. Por favor, que se lo preguntara él, que le pidiera ayuda. Ella le extendería la mano sin dudarlo. Que tomara la oportunidad que tenía en frente.

-Sé que no nos conocemos y esto es algo repentino -siguió diciendo el chico-, pero... ¿podrías permitirme guardar mis cosas por unos días en tu departamento?

Un silencio incómodo consumió la estancia. Y él dejó salir un largo suspiro. Era evidente que le costaba hablar.

-No son muchas cosas, se trata de unos computadores -informó-, algunos papeles... Te pagaré, te lo prometo. Es que... va a llover y no tengo dónde guardarlos.

Lía lo observaba fijamente. Tragó saliva. ¿Era más importante sus cosas que su propio bienestar? Ese chico no iba a durar mucho en la calle. No sabía pedir ayuda, le pesaba más su orgullo.

-Quédate -contestó.

-¿Qué?

-Puedes quedarte aquí -respondió Lía-. Quédate el tiempo que necesites, hasta que estés bien. -Miró el sofá-. Puedes dormir aquí. Es sofacama, es cómodo.

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