Portada de la novela Mundos Diferentes (cuidado con los hijos del capo)

Mundos Diferentes (cuidado con los hijos del capo)

8.1 / 10.0
La vida de la universitaria Verónica Vásquez da un giro drástico tras conocer a Roland Sandoval. Detrás de su imponente imagen de empresario exitoso, Roland oculta su rol como despiadado jefe de la mafia. Pese a la ausencia de ética del magnate, ambos se sumergen en un romance cargado de peligro. Atrapado entre su imperio criminal y sus sentimientos, él deberá decidir si deja su oscuro mundo para salvar a Verónica. ¿Renunciará este demonio a su reino por amor?

Mundos Diferentes (cuidado con los hijos del capo) Capítulo 1

—¡Lorena llévame!

Le insistí por enésima vez. No tenía nada que hacer, andaba aburrida en la casa. La universidad suspendió clases como por variar y ni de fundas me iba para la finca, visitar a papá con su habitual mal genio. Desde la muerte de mamá todo cambió y no quería incrementar su nostalgia al verme, según me parezco mucho a ella… Y la verdad no quería por el momento ser la causante de un dolor para él.

—No es una fiesta para ti Vero, ya sabes cuál es el mundo en donde me muevo.

Dejó de maquillarse, se giró quedando de frente, podía verla a través del espejo del tocador. Solo tenía su ropa interior puesta de encajes como le gustaban a los clientes «según ella».

—¿Todas tus fiestas terminan mal? —Me senté en su cama.

Mi compañera de apartamento era una linda modelo que estaba siendo reconocida en el mundo de prepagos. Estudiaba Bellas Artes, aunque quién sabe cuándo la termine. Tenía un cuerpo formado por el cirujano, con un corazón muy noble, pero con mala extraña cabeza y algo débil de espíritu. Su autoestima era un tanto bipolar, aparte de que sus fracasos amorosos la devastaban. Siempre su mirada reflejaba la tristeza en esos ojos cafés, su abundante cabellera del mismo color y en esta ocasión se la dejó con su ondulado al natural. Solo la animaba el mundo artificial donde se movía. Aun así, la quería mucho, me ha mantenido lejos de su mundo, en eso ha sido muy radical.

—¡Está bien! Cuando tengas algo no tan tu mundo, ¿puedes llevarme? —Sí que andaba aburrida.

—Te lo prometo. —suspiró—. Es agradable conocer a niñas como tú.

Terminó de aplicarse remiel en su ojo derecho, luego sacó un corto y vulgar vestido de su apretujado armario. Vive comentando qué no tenía ropa, pero mis ojos veían todo lo contrario, su ropero se encontraba a punto de desbordarse.

» Me queda bien, ¿cierto?

Afirmé. Se vistió, besó mi frente, tomó las llaves de su automóvil y a los pocos segundos escuché cuando cerró la puerta del apartamento. Salí de su habitación para tirarme en el sofá, busqué los audífonos para estudiar el nuevo idioma el cual quise aprender. La semana entrante era el examen final y no quiero perderlo, Timón se acercó, recostó su pesada cabeza en mis piernas.

—¡Qué! ¿Tienes hambre?, o ¿quieres aprender mandarín?

Ladró en señal aprobatoria, me levanté, caminé a la cocina, saqué una galleta para perro. Era mi eterno y fiel compañero.

Terminé de estudiar para el examen final del semestre de idiomas; Los he tomado como una segunda carrera desde que llegué a Bogotá. Mis padres se fueron de la capital para darnos un mejor futuro, «según su concepto de vida», pero no contaron con que jamás me gustó la educación en donde vivía. Desde mis dieciséis años regresé a la capital. El pueblo era increíble, amo los animales; estudiaba veterinaria, pero compartir en este momento con mi padre… No sería lo correcto, prefiero postergarlo. Lo adoro, pero desde la ausencia de mamá éramos otras personas. Cada uno trata con su duelo, y el tema de mi madre es delicado.

No puedo quejarme, pronto termino la carrera de veterinaria, cada año aprendo un idioma nuevo, vivo con Lorena; quien era hija de la mejor amiga de mamá. Me lleva dos años, pero su vida se mantenía un tanto intensa, demasiado en comparación a la mía. Yo solo he tenido un novio. Recordé ese inocente noviazgo el cual duró algo más de un año sin trascender lo necesario. A los padres de Juan les dolió más nuestra ruptura que al mismo idiota que me puso los cuernos. Ya había olvidado aquel incidente.

La tarde fue igual a las anteriores. Preparé cena, le dejé a Lorena su plato en el horno, luego me encerré en la habitación para ver una película. Puse una vez más «Mujer Bonita», era una de mis favoritas. Y en algún momento me quedé dormida con Timón a un lado.

Desperté sin ánimos. Me molestaba no tener clases; siempre había algún motivo para protestar, y cada vez que pasa quedaba sin hacer nada. Salí a trotar, vivía cerca de la universidad. Troté por una hora con mi bello perro, era un lindo labrador café.

Al regresar a la casa, mi compañera se bajaba de un gran Vitara último modelo negro. Había dos hombres en la parte de atrás a quien no les vi el rostro por los vidrios polarizados. Lorena caminaba en zigzag, no me imagino la resaca.

El chofer tocó la bocina del auto al verme y lo fulminé con la mirada; en otras palabras, lo mandé a visitar al demonio. Esperé a Lorena en la entrada de la reja, venía sonriendo cuál reina de belleza en pasarela. Mientras mi gesto le reprochaba su vergonzoso comportamiento.

—Te dije que no era una fiesta para ti amiguita.

No podía ni sostenerse. Volví hacerle mala cara a los tipos que miraban a Lore caminar como si el piso se le moviera en vez de ayudarla, «tremendos caballeros». El hombre sentado en el puesto del copiloto me lanzó un desagradable piropo.

—¡Patrón!, ¡La otra putita se hace la digna!

Su comentario desproporcionado me sacó de casillas, ahora sí volé de mis casillas.

—¡Mire señor, a mí usted me respeta!, no me conoces y dudo que lo haga algún día.

—Déjalo, él es el Negro loco. —comentó Lorena al llegar a mi lado, dando tras pies y sonriendo.

—¡Timón, a dentro!

La ayudé a ingresar al apartamento, como pude la dejé en su cama, le quité los tacones, la cobijé con su edredón, fui a la cocina a preparar un café bien cargado para sacarla de esa resaca. Si su madre la viera, le daría un paro cardíaco y a mí un par de cachetadas por alcahueta. La desperté, la obligué a beber un poco, pero vomitó.

» Sí, qué estás, ¡vuelta nada!

—Amiga, necesito una bomba y cuando salga de la cama tener dos cervezas bien frías, así ¡finiquito la rasca!

Realizó un gesto cómico con sus manos, luego sonrió con cara de ¡ayúdame!, porque muero de manera lenta.

» Por favor, amiguitaaaa.

—No tenemos analgésicos ni nada para prepararte la bomba. —Sus ojos de; soy su única salvación—. Me tardaré un poco.

Volví a salir enojada con Lorena, se divierte como no era debido y como siempre aquí me encontraba para cuidarle sus borracheras. Volví a trotar, medio cerré la puerta, aún era temprano; tomé el camino más corto para ir a la droguería cercana a la casa, no demoré mucho comprando lo necesario. Pasé la calle, en eso escuché el frenar de un vehículo, luego el chillido de un perro.

Todo fue en cámara lenta. Jamás imaginé que fuera mi perro el que yacía en la calle. El carro quedó atravesado bloqueando la salida de automóviles hacía la autopista, generando un leve trancón. Me devolví por inercia, caminé obligando a mis pies a moverse, un joven salió del auto con sus manos temblorosas. Era mi perro el que el atropellado, muerto, ensangrentado y tirado en la mitad del pavimento.

—¿El perro es suyo? —Los carros sonaban las bocinas, el muchacho se mostró avergonzado—. Perdóneme, no lo vi, salió de la nada. —Lo reconocí, era uno de nuestros vecinos, apenas lo distinguía.

—No se preocupe. —Me escuché decir—. La culpa es mía porque no cerré la puerta del apartamento, él solo me siguió.

Tenía un fuerte nudo en la garganta, las lágrimas comenzaron a salir. Una mujer muy bien arreglada se bajó de su auto para gritar que quitaran el carro, se había generado un trancón. Algo surgió desde mis entrañas.

—¡Pues, jódase!

No soy mal hablada, mucho menos suelo decir malas palabras, si mal no recuerdo era la tercera vez en expresarme de tal forma en mis veinte años. Nunca uso un vocabulario obsceno.

» ¡Retroceda y salga por la otra calle! ¿No ve lo que acaba de pasar?

—¡Es un puto perro muerto!

Sí, tal vez. Pero, ¡era mi perro!, me dirigí a ella con la intención de jalarle el cabello a la insensible gritona. El muchacho lo impidió.

—Vero. —Lo miré —. Ayúdeme a quitarlo de en medio, así poder correr el carro, no te rebajes a una pelea.

—¿Cómo sabes mi nombre? —Se encogió de hombros.

Le di la espalda a la mujer. Los señores de un carro negro parecido de donde se bajó Lorena también se bajaron, tenía los ojos tan nublados por las lágrimas que ni les presté atención. El joven fue quien lo cargó. Aparcó a un lado del andén, se bajó con una bolsa de basura y metió a Timón en ella.

Se formó un colapso de sentimientos, los cuales se estancaron en la garganta, la opresión de culpa, mi perro estaba muerto. Fue un regalo de mi madre hace seis años para no estar sola, su compañía reconfortaría la distancia. Timón era lo que quedaba de mamá. Los carros pasaban, no pude hacer nada, fue él quien se encargó de todo. Comencé a llorar y llorar.

—Perdóname. —Vi al joven, era de gafas, cara rellenita, de ojos y cabellos café—. Soy Carlos, ya sabes, tu vecino.

—No puedo enterrarlo —dije balbuceando—. Era el último regalo de alguien muy importante, ahora está muerto como ella.

—Lo lamento, yo me encargo —caminé distraída de regreso al apartamento, ingresé y fui directo al cuarto a llorar su ausencia.

Mi mente vagó entre los recuerdos de mi madre en nuestra casa. Estábamos entre las mejores familias del pueblo, aunque mis gustos siempre se han regido por los libros. Cuando les hablé el deseo por no estudiar más en la escuela del pueblo fue ella quien me ayudó con el permiso de mi padre. Del resto suelo ser autodidacta. Fue la primera en enfrentarse a papá evitando sus regaños. Ella fue la autora de matricularme a escondida, habló con su mejor amiga acordando el vivir con su hija. Quien trabajaba en una aerolínea y le pagaban muy bien.

Esa era la versión de la madre de Lorena, más no sabe de su mundo como prepago, cotizada y reconocida ante; los narcos, tráquetos, políticos de la ciudad o del país. Me dejó en el apartamento equipado con lo necesario para tener una habitación cómoda. Era algo infantil para mi edad, pero en aquel entonces no me pareció así. Ahora no la quiero cambiar, mantenerla intacta era un recuerdo de mamá. Recordé esa tarde, cuando me entregó el regalo que aliviaría la soledad y su ausencia.

Sacó de una caja un lindo labrador de un mes, desde entonces fuimos inseparables. Yo sin saber de su padecimiento contra el cáncer de mama en etapa avanzado. Jamás nos lo dijo para no deprimirnos… Debía dejar el recuerdo ahí, no quería volver a sentir el dolor de su muerte, preferí quedarme dormida para no llorar más.

—¡Vero!, ¡Vero! Despierta debes comer algo.

Lorena me despertó. Al abrir los ojos vi remordimiento en su mirada, imagino que estaba enterada de lo ocurrido. Raúl se sentó a un lado. Era mi mejor amigo, su inclinación sexual no era de conocimiento de su padre, pero su madre lo aceptaba. Ante los ojos de su familia él muestra otra imagen, ante nosotras puede ser libre, aunque siempre actúa de manera masculina. Fiel a la palabra amistad, estudiamos en la misma universidad; él, química pura. Tenía ojos y cabellos café oscuro, de cuerpo delgado pero trabajado. Su mirada también evidenciaba la noticia.

—¿Cómo lo supieron? —pregunté, las lágrimas volvieron.

—Carlos tocó, vino a decirte que lo había sepultado, expresó su lamento ante lo sucedido. ¿Cómo pasó? —La fulminé con la mirada.

—¡Por tu culpa! Por ir a comprarte algo para darte y pudieras pasar la resaca, no me di cuenta cuando se fue detrás de mí.

—Vero…

Raúl, con su típica voz conciliadora, pasando un mechón de cabello detrás de mi oreja, trató de calmarme, Lore bajó la mirada y salió de mi cuarto.

» No la trates de ese modo. —habló en voz baja—. Sabes lo que le afectará si no le hablas.

—¿Es qué no va a cambiar nunca? ¡Hoy llegó con varios tipos en un carro! Se pasa de descarada, créeme, ¡y si! Tengo mucha rabia. Solo vive para estar de mujerzuela y se la pasa de un pene al otro. No me parece justo que su desordenada vida debamos tapársela. Me duele que pierda si vida de esa manera.

—¿Viste a los hombres con quien estaba? —negué—. Me dijo que estaba con el duro de todos, con el mismo don Roland Sandoval. —¿A mí qué carajo me interesa ese hombre?

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