Capítulo 2

La fiesta, más allá de ser una fiesta, es una divertida reunión de compañeros. Nuestras juntas constan de muchos aperitivos, gaseosas —o algo de alcohol, nunca demasiado—, música bailable, juegos de video, películas, karaoke… Son agradables, pues por un lado ves un grupo que juega ese popular juego de baile, y por el otro solo chicos conversando.

—¡Vamos, Alec! —porrea Britt a su mejor amigo, que está haciendo barras en el marco de la puerta de la cocina. Ya lleva veintidós, y si logra alcanzar las treinta todos los que apostamos en su contra tendremos que grabarnos diciendo lo mucho que admiramos al chico, y subirlo nuestras redes sociales.

Por supuesto, yo aposté en contra, y con mucha seguridad.

El chico cae de espaldas al suelo a solo cuatro números de alcanzar su meta, y entre risas disfrutamos de su cara echa un tomate por el esfuerzo dado.

Divertirme con mis compañeros de clases logró hacerme sentir bien luego de la vergonzosa charla con Ian Lukasiac, cuyas palabras me desanimaron más de lo que creí. En el camino a la fiesta, Jake me preguntó reiteradas veces qué me pasaba, y yo solo le dije que no sucedía nada.

Nunca nadie me había tratado así. Siempre he estado acostumbrada a caerle bien a la gente, pues hago lo posible para ser cordial y amigable. Sé bien que es imposible agradar a todo mundo, pero el que te digan en la cara que eres molesta es bastante desagradable.

Dejo la negatividad de lado, y busco con la mirada a mi amigo, que está destruyendo a los demás en el juego de baile.

—¿Ves de lo que te pierdes siempre? —me recuerda Emily—. Piénsalo dos veces la próxima vez que vayas a rechazar nuestra invitación a una fiesta.

—Lo admito, es divertido —asiento a la pelinegra.

Las tres nos separamos del resto un rato para charlar en el patio, viendo las estrellas. Me alegra haber venido hoy. Es muy probable que Emily se vaya a la ciudad por las vacaciones, así que las veces que vea a Britt serán las únicas donde disfrutaré con amigas. Tristemente, mi deseo de una chica de mi edad en el edificio fue frustrado, y en cambio recibí a un gruñón odioso.

—¿En serio te dijo todo eso? —pregunta Britt sorprendida, luego de que les he contado todo lo que pasó—. Yo lo hubiera golpeado, qué asco de tipo.

—Tú resuelves todo con golpes —Emily pone sus ojos en blanco—. No sabes que hay dentro de su cabeza, tal vez está triste por mudarse, o simplemente no era su día. Hay veces en que soy tan odiosa como él.

—¿Qué? No puedo creer que defiendas a un chico tan antipático —dice ofendida Britt.

—No lo defiendo, solo digo que Miranda no debe molestarse o tomarlo personal, no sabe que pasa en realidad.

—En realidad no estoy molesta con él ya —les interrumpo—. O sea, si fue feo que me hablara así, y me dio mucha vergüenza, pero no puedo hacer nada. Sólo lo dejaré en paz como quiere, supongo que también hablé mucho —me encojo de hombros.

—¿Ves? Ya le pegaste lo boba —me señala Britt.

Las tres reímos y no damos más cabida al tema. Aunque miento si digo que no me deja pensando un largo rato.

—Quién diría que alguien tan guapo como Jake tendría la afición de bailar en una consola —comenta la rubia, que desde siempre ha estado platónicamente enamorada de él.

—Y no es lo menos acorde a su apariencia —suelto una risita.

—¿En serio no tiene novia? —pregunta Emily curiosa.

—No, no tiene, lleva bastantes años soltero —respondo. Eso es algo que hasta a mí me sorprende.

—Me pregunto qué suertuda criatura se ganará su corazón —dramatiza Britt.

—Puedes intentarlo, si tanto te gusta. Solo digo —sugiero.

—Alto ahí, loca. Mi amor es meramente platónico —aclara—. No me imagino en una relación con él, ya es mucho que a veces me hable cuando estoy contigo.

Luego de esa muy femenina charla, volvemos adentro para ver quién ganará el torneo de baile de una vez por todas. Jake, contra todo pronóstico, es derrotado de forma salvaje por Abey, del grupo de porristas de la escuela.

La "fiesta" se vuelve más movida cuando ponen música en las bocinas a un volumen bastante alto, y como si el ritmo moviera a todos, nos volvemos un revoltijo de gente bailando. Algunos lo hacen muy bien, otros simplemente gozan de agitarse como gusanos con sal.

De un momento a otro tengo a Jake frente a mí, desparramando movimientos seguramente sacados del juego de baile. En comparación, yo solo doy pasos torpes mientras que él es un profesional. Es guapo, modelo, trabajador, divertido y además bailarín. Qué virtuoso es mi mejor amigo.

—No te vendrían mal unas clases de baile, ¿eh? —insinúa, acercándose a mí para que lo escuche por encima de la música.

—¿O sea que bailo mal? —pongo mi mano en mi pecho.

—No tanto, solo das un poquito de lastima nada más —me guiña el ojo.

Le golpeo el hombro entre risas, y así disfrutamos otro rato hasta que se hacen la una de la mañana y es hora de que nos devolvamos a la residencia.

—Adiós, chicos —me despido de mis compañeros, al menos de los que notan que me estoy yendo. Ellos responden agitando sus manos en el aire.

Emily y Britt me acompañan hasta el auto.

—Cuídate, linda —me dice la rubia—. Hablemos para salir luego.

—Te diría lo mismo, pero seguro no piso el pueblo hasta que acaben las vacaciones, así que… —Emily si encoje de hombros.

Chao, chao. Abrazos. Camino de vuelta.

Tengo bastante sueño, pues no acostumbro a dormir tan tarde. Al llegar, me voy directo a mi piso, casi sin despedirme de Jake, que decide comer algo antes. Entro con mucho silencio para no despertar a mi abuelo, cosa que es difícil a menos que haga ruidos justo en su habitación. Ese hombre es un tronco cuando duerme.

Apenas tengo energía para ponerme el pijama. Cuando lo hago, me tiro a la cama y no me doy cuenta en qué momento caigo dormida.

Se siente como un parpadeo, más han pasado horas hasta que me despierto. Lo raro es que no me levanta mi alarma, puesta a las siete de la mañana. Miro mi ventana, la cual me hace notar que aún no amanece, aunque debe estar a punto de hacerlo. Hace mucho frio, y mientras me abrazo a mí misma noto que dejé semi abierta la susodicha y aun no entramos en una época más cálida. Es un frio soportable, aunque no soy alguien que goce mucho de congelarse, por lo que me pongo un suéter.

Superando el hecho de que, conociéndome, no volveré a dormir, busco algo productivo que hacer a las seis de la mañana. Enciendo la luz y me dirijo a la ventana para cerrarla bien, pero algo llama mi atención.

Un sonido muy dulce viene de algún lado. Parece una guitarra, suena como una. Es casi imperceptible. Suena como un susurro en la distancia, ¿alguien estará escuchando música a estas horas? ¿Alguien estará tocando a estas horas? Me resigno a que quedaré con la duda de dónde provendrá tal melodía y cierro la ventana, matando mi curiosidad sin pensarlo mucho.

Suelto un suspiro y me acuesto en mi cama. Reviso mi celular, que dejé cargando anoche en la mesita a un lado. Tengo algunos mensajes, uno de Britt, preguntándome si llegué bien, y otro de un compañero solo para iniciar conversación. A ambos les contesto, solo porque abrí el mensaje y estoy segura de que no recordaré contestar después.

Ya de mañana, con todo el mundo levantado, me voy al comedor para ayudar a Jullie a hacer el desayuno.

—¿Qué tal te fue en la fiesta? —me pregunta ella sonriente.

—Genial, la pasamos muy bien —le respondo—. Tuviste que ver como bailó Jake, es todo un profesional.

De forma eventual va llegando más gente. Erick tiene una cara de muerto viviente —uno muy guapo, a decir verdad— y Chris ya se está preparando para su jornada en el hospital de la ciudad. Es enfermero, y aunque no trabaja todos los días sí que tiene horas duras y largas cuando le toca ir, tres veces por semana. Marieta se nos une, también preparándose para su trabajo en el hotel.

—Uh, panqueques, delicioso —celebra mi abuelo al entrar a la cocina.

Entre todos hablamos sobre cualquier tema que sale a flote, reímos y nos molestamos entre nosotros, justo como una familia.

—¡Buenos días! —exclama Jullie al ver al matrimonio Lukasiac entrar con cierta timidez—. No tengan vergüenza, adelante, les haremos a ustedes también.

—Buenos días —dice Ashley algo somnolienta—. ¿Podemos?

—Claro —asiente mi abuelo—. Mientras colaboren semanalmente con dinero para las compras y ayuden a cocinar o limpiar, son más que bienvenidos —les explica.

—Y sale más barato que cocinar en su piso, así que es ganancia por donde lo vean —anima Chris.

—Me agrada mucho este lugar —menciona Roy sonriente.

Ambos se unen a nosotros y ayudan a poner la mesa, aunque les insistimos que por acabar de llegar solo se sienten y dejen que les sirvamos. Ellos, en su lugar, no permiten que hagamos todo. Son absolutamente adorables, no sé cómo pueden tener un hijo tan gris y apagado como Ian.

Recordar al chico me trae un mal sabor de boca. No sé cómo soportaré cruzármelo, si es que llega a salir de su habitación seguido.

—Dudo que podamos ayudar en la limpieza por los próximos días, estaremos bastante ocupados buscando trabajo —menciona Roy mientras todos comemos—. Ashley tiene algunas

oportunidades en ambulatorios del pueblo. Yo soy electricista, así que si no consigo un puesto en algún negocio simplemente hare servicios a pedido.

—No se preocupen, entendemos que mudarse es algo difícil —comprende mi abuelo—. Mientras puedan aportar un poco estará bien.

—Aun así —prosigue Ashley—, nuestro hijo, Ian, pasa demasiado tiempo encerrado en su habitación. Él podría lavar los platos a lo menos, o cocinar. De todas formas, no hace nada muy productivo que se diga.

Tengo sentimientos encontrados hacia una charla en torno a Ian. Me gustaría conocer más de él, pero a la vez mi orgullo me hace no querer ni verlo.

—Si lo que quieren es que se distraiga fuera de su cuarto, aquí hay de todo —mi abuelo mastica un trozo de pan con café—. Tenemos caballos que cuidar, bosques para recorrer, hasta fuera de los límites de la residencia puede encontrar actividades como deportes, excursiones a la montaña, esquí…

—Creo que les podría ser de ayuda a ustedes en la residencia, tengo entendido que quienes más se encargan de esta son tú y tu nieta —me señala Roy con el tenedor.

Es cierto, y no es porque los demás no quieran ayudar, sino porque la mayoría trabaja y les cedemos el poder de ayudar cuando su tiempo se los permite. Por ello mi abuelo hace la mayor parte del aseo, dado que suele estar aquí todo el día sin hacer mucho. Yo, ahora que salí de vacaciones, tendré más tiempo para encargarme de la residencia.

—Si él quiere ayudarnos yo podría serle de tutor en cuanto al mantenimiento de varias cosas —se ofrece mi abuelo.

—No creo que quiera, pero lo convenceré —guiña el ojo Roy, y la comida sigue por otro rumbo, charlando ahora de las ocupaciones de cada uno de los presentes.

Jake no ha venido a comer, cosa que me parece extraña. Normalmente a esta hora ya está listo para ir a trabajar. Al terminar de comer, y dada mi preocupación hacia la nula señal de vida que emite el rubio, aclaro que yo me encargaré de limpiar todo y que volveré en unos minutos.

Subo a la segunda planta del edificio y toco la puerta de la habitación de Jake un par de veces. No hay respuesta. Vuelvo a tocar y esperar otras dos veces más. A la cuarta vez, el chico abre la puerta y no sé si veo a mi mejor amigo o a un fantasma. Está despeinado, con ojeras y bolsas debajo de los ojos, está algo sudado y hasta tiene su suéter de pijama sucio.

—¿Qué demonios te pasó? —le pregunto cuando entro y cierro la puerta.

Él se sienta en su sillón puff, uno de los dos que posee. No tiene muchos muebles ni decoraciones, pues la mayor parte de sus pertenencias las deja en su cuarto.

Me siento en el mismo puff con él. Tengo la confianza suficiente para acercármele de esta forma.

—Ayer cuando llegué revise un correo que me había llegado —suelta desganado—. Mi jefe me despidió, están haciendo reducción de personal —explica—. La verdad dudo que sea solo eso, nunca le caí bien. Además, creo que antes de la fiesta comencé a resfriarme.

—¿Tan mal te iba?

—Trataba de hacerlo lo mejor que podía, pero a veces hice el pedido incorrecto, o tuve problemas en la caja —se sorbe los mocos.

—¿Estabas llorando?

—Cállate —bufa—. Dije que me resfrié —yo levanto una ceja a modo de incredulidad—. Estaba demasiado mal, me dolía la cabeza, no dormí nada. Solo he pensado en lo que mis padres me dirán si se enteran, y el estrés me hizo llorar un poco —se sorbe los mocos de nuevo—. No quiero volver a vivir con ellos, Miranda, es horrible. Si no tengo trabajo en unas semanas, no tendré opción.

Sí que sabía todo aquello, aunque como mi amigo siempre parecía indiferente al tema de sus padres y su independencia, no creí que le afectara tanto. Se ve derrumbado. Entiendo que no quiera volver con sus padres, son muy estrictos, o eso me ha contado.

De alguna forma, Jake y yo huimos de lo mismo, de distintas maneras.

—Pero ese agente de modelaje te llama a veces, ¿no? —le recuerdo—. Pensé que te pagaban bien, por las horas y por tener que bajar a la ciudad.

—No es algo constante. Son solo trabajos ocasionales que no me funcionan, y no es suficiente para pagar mi habitación aquí.

—¿Y qué piensas hacer?

El silencio me responde.

Me siento mal por él. Se nota que no quiere volver con sus padres, que es su única opción si no encuentra un nuevo trabajo. Jake es dos años mayor que yo, y aunque no ha entrado a la universidad por decisión propia, cosa con la que en realidad no estoy muy de acuerdo, sé que tuvo una vida dura llena de restricciones y control de sus padres, que lo castigaban si no sacaba las mejores notas. Al final fue el mejor de su clase, eso sí, pero genero cierto repudio por los estudios al punto de que decisión darse un descanso temporal de estos. Eso le costó el techo de sus padres, quienes no aceptaron ello y lo pusieron contra la espada y la pared: o se quedaba allí bajo sus reglas o se iba.

—Amo a mis padres, y sé que me aman a mí —confiesa—, pero no quiero volver a un lugar donde me alejan de lo que quiero hacer realmente.

—Entonces habla con ellos como un adulto, no como un chico que a los dieciocho se fue de casa —le aconsejo de forma algo severa.

—Me matarán cuando les diga que quiero estudiar teatro.

Teniendo conocimiento de que sus padres querían que estudiara medicina, sí, sería un golpe duro para ellos.

—Tal vez no, ahora que has crecido —insisto, con mi brazo derecho sobre sus hombros—. Puedes intentarlo.

—Suena fácil, pero no lo es —asegura—. Entiendo que no lo comprendas, tú no pasaste por algo así con tus padres… —comenta con pesar.

—Sí… tienes razón —suelto algo de aire. No por tristeza, sino por culpabilidad.

La versión que cuento a la gente sobre mi razón de estar aquí con mi abuelo es que mis padres murieron cuando yo tenía doce años y que él se hizo cargo de mí desde entonces. Aquello no podría estar más lejos de lo que realmente pasó; sin embargo, tengo mis razones para guardar en secreto la versión original, esa que suena tan fantasiosa que, aunque la contara, no me creerían.

—Deberías descansar —le digo.

—No, me voy a dar una ducha, estoy asqueroso —se rasca la nariz—. Iré a buscar trabajo en el pueblo, si no encuentro, bajaré a la ciudad.

—Estará algo lejos —le recuerdo—. Y en estas condiciones…

—A una hora de ida y otra de venida, o un poco más, no es tanto —se encoje de hombros. Yo me levanto y él igual—. No te preocupes, un resfriado no me matará.

—Bueno, yo debo ir a limpiar —le digo—. La próxima vez que te pase algo así, sería ideal que me llamaras, para algo soy tu mejor amiga, y además vivo arriba —le regaño.

—Te llamé, pero alguien no contestó porque dejó su teléfono en silencio, como todos los días —me lanza una mirada ligeramente molesta.

Oh, creo haber visto unas llamadas perdidas en mi teléfono hace rato…

Lo dejo asearse y me voy de nuevo a la cocina. En el camino me encuentro con las dos amigas universitarias que pasan la mayor parte del tiempo fuera de aquí, quienes me saludan cortésmente y se van. Ya en el primer piso, despido a Chris que está por irse y sin más entro al comedor, donde me espera el desorden que prometí limpiar.

Despejo la mesa de los platos y utensilios que tiene encima, para pasarle un trapo y así limpiarla. Pongo frente a cada silla un mantel y me cercioro de que quede justo como cada día: inmaculada.

Cuando termino con la mesa paso a lavar lo demás. Pongo los platos en orden, al igual que los vasos y cubiertos, para así comenzar a mojarlos y enjabonarlos.

A penas llevo dos platos cuando escucho que alguien entra. Volteo, pensando que es mi abuelo, o tal vez Jullie, mas no es ninguno de ellos.

Es Ian Lukasiac, mi nuevo vecino, con pinta mañanera y una cara seria. Hacemos contacto visual por unos cuantos segundos. Él lo rompe, lanzando un bufido casi inaudible y dirigiéndose al refrigerador. Seguramente sus padres le mandaron aquí a tomar el desayuno, pues dudo que el chico, aun siendo como es, entre así sin preguntar a un lugar nuevo para él. Lo sé por eso y porque hay un plato tapado con servilletas que tiene un papel encima, que muestra el nombre del alto chico que se sirve un vaso de agua justo a mi derecha.

—Tus padres te apartaron el desayuno —suelto con naturalidad—. Está allí —le señalo con la mirada. El plato yace a unos centímetros de la loza que debo lavar.

Ian toma su vaso de agua con toda tranquilidad, como si no me hubiera escuchado. Sus ojos son oscuros, y es la primera vez que los veo porque ayer no se quitó los lentes en ningún momento. También detallo su nariz, algo peculiar por lo delgada que es, y que en cualquier otro rostro luciría rara. Deja el vaso en la barra de mármol beige y se dirige a donde está el plato. Le quita la servilleta de encima, o eso escucho, ya que prefiero no seguir viéndolo. Solo me hace vivir sus duras palabras de nuevo.

Y parece que no ha terminado con su desfile de quejas.

—Qué asco, ellos saben que detesto esto —murmura mirando el plato con panqueques.

—¿No te enseñaron a valorar la comida que te dan? —de alguna manera me hiere su comentario, puesto que junto a Jullie hice esos panqueques.

—Nadie te pidió opinar —dice a la defensiva.

Ya he lavado la mitad de los platos, y quiero terminar rápido para poder largarme y dejar solo a ese odioso chico.

—Deberías ser más agradecido. Me pidieron hacer unos extras para ti.

—Lo pidieron ellos, yo no, así que no es mi problema.

Toma el plato y se dirige a la mesa, o eso pensaba yo, ya que segundos después escucho como algo cae en una bolsa plástica.

Oh, ha tirado los panqueques a la basura.

Cierro la llave, me seco las manos y me volteo, echa un demonio.

—La forma en la que actúas es realmente terrible —niego con la cabeza—. ¿Cómo puedes hacer eso cuando tus padres, aún apurados por salir a buscar empleo, se acordaron de dejarte algo de comer?

—Cállate, ¿quieres? —escupe—. Tengo bastante con estar en este estúpido lugar como para tener que soportar a una desconocida que me reprende como si fuera mi madre —justo ahora seguiría peleando, pero me he quedado callada al mirar detrás de su hombro. A lo lejos, en la puerta al comedor, su madre presencia la escena—. Parece que no te quedo claro ayer, así que te lo diré de nuevo: no me molestes, ni opines sobre cosas que no te incumben, ni me dirijas la palabra. Eres un fastidio.

—¡Ian, basta! —entra Ashley, envuelta en humos de enojo—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué le estás hablando así?

El chico no reacciona. No luce asustado por un posible castigo, ni arrepentido por haber dicho de más. Permanece estoico, y mira a su madre justo de la misma manera en la que me miraba a mis instantes atrás.

—Si sigues actuando así hablaré con tu padre y… —continua Ashley.

—No me importa.

Ian se marcha de la cocina así sin más.

Capítulo 3

Ashley permanece paralizada, viendo hacia la dirección en la que su hijo se fue sin una pizca de duda. Yo estoy igual. Creo que es la primera vez en mi vida que veo a alguien tratar de esa forma a su propia madre. Eso crea coraje dentro de mí, lo siento crecer en mi estómago.

—Dios, Miranda, no sabes lo avergonzada que me siento —la mujer voltea y me mira, con un rostro decaído—. Te aseguro que no volverá a pasar, voy a encargarme de esto.

—Señora Lukasiac, descuide —niego con la cabeza—. Fue en parte mi culpa, le hablé mal, por eso estaba molesto.

La verdad detesto la actitud del chico, tan acida e hiriente, pero no quiero que me tenga más rabia cuando su madre le regañe.

—Sé que no es así, conozco a mi hijo —se sienta en la mesa.

Tampoco soy muy buena excusando cosas inexcusables. Que se haya molestado conmigo es aceptable, pero que le haya hablado así a ella, que estaba en todo derecho de reprenderle por su actitud… ¿De dónde sacó las agallas?

—Lo que voy a decir puede sonar algo grosero, pero ¿por qué Ian es así?

Ashley me mira y suspira de forma pesada. Llevo preguntándome eso dese el momento en que entró a la residencia, y no pretendo quedarme con la incógnita mucho más.

—La verdad nunca ha sido la persona más adorable del mundo —ella suelta una risa muy por lo bajo—. Ya sabes, no es de los amistosos —busca qué más decir—. Han pasado cosas, y con la mudanza creo que su ánimo empeoró, por eso lo entiendo un poco, aunque sigue en problemas por lo que hizo.

Por su expresión, creo que no debo indagar más en el tema: es algo personal. Como no quiero verme metiche, lo dejó ahí, con unas enormes ganas de saber qué hay detrás de Ian y su personalidad tan particular.

Ashley se despide diciendo que su esposo debe estar desesperado por que salga. Según ella, solo venía a tomar agua, y acabo metida en una discusión con su hijo.

Ahora vuelvo a estar sola en la cocina, lavando los platos pendientes y con demasiados pensamientos revueltos en mi cabeza. Entre ellos, se encuentra una seria comparación entre los padres de Ian y los míos. Los suyos, con los pocos momentos que he presenciado hasta ahora —porque, bueno, llegaron ayer apenas—, muestran mucho afecto hacia él. La forma en la que Roy me pidió que le preparáramos unos panqueques también me pareció adorable, pues el hombre comía rapidísimo para irse a vestir; con todo y eso se preocupó del chico.

De hecho, antes de irme a la fiesta, al pasar frente a ellos junto a Jake, ya que seguían charlando, Roy me preguntó si sabía cómo seguía Ian, a lo que mentí diciendo que el chico me había dicho que dormiría para dejar pasar el malestar. Al ser el hijo único, debe recibir bastante atención, aunque no la quiera.

Los Lukasiac son todo lo que los Vander nunca fueron, al menos no conmigo.

No importa donde vaya, no puedo escapar de ellos, no como quiero. Tampoco es que en la vida exista un botón de borrado, como si las cosas pudieran desvanecerse.

Con los recuerdos se vive a la buena o a la mala.

El apellido Vander es un privilegio que muchos codician. ¿Quién no quisiera todas las riquezas, propiedades e influencias que esa familia posee? Yo era heredera de ellas, y las negué voluntariamente, decisión que todos los días es refrescada en mi cabeza.

Mi padre, un actor y director cinematográfico. Mi madre, diseñadora de ropa y empresaria. Mi hermana, modelo y actriz. Por último, mi hermano, tenista profesional.

Una familia bastante afortunada. Cada quien sabía cuál era el área donde podía arrasar y buscar la fama, alcanzándola en cuestión de nada. Todos, menos la menor de los hermanos. La pequeña Miranda, quien no comprendía la vida siquiera, solo obedecía a su madre. Esta la vestía como muñeca, le alistaba en todo tipo de actividades: canto, ballet y teatro, tratando de despertar su talento, aquel que la llevaría por el mismo camino que el resto de sus parientes.

Cuando quedó bien claro que el canto era lo suyo, comenzó a ver clases en casa y a dedicar mucho más tiempo a este que a nada. La escuela fue reemplazada por una tutora, y apenas veía el mundo de vez en cuando, aunque nunca a la luz de los paparazis. De resto, hacer lo que ellos decían era de lo que trataba su vida.

El día en que la pequeña Miranda, o bueno, el día en que yo abrí los ojos, tenía unos once años. Siempre había estado harta de los lujos, las restricciones y el encierro, pero a esa edad llegué a mi punto límite. No sabía cómo quitarme a mi madre de encima para que dejara de forzarme a ensayar canciones que nunca cantaba a nadie más que a ella.

Mi familia era una cosa frente a los medios, y otra a puertas cerradas. "Los Vander: la familia perfecta". Eso decían, la realidad era otra. Tanto a mi hermano Mike como a mí nos llevaban casi a rastras a nuestras actividades; Madison, la mayor, era diferente, amaba la atención, las cámaras, salió bastante a nuestros padres. Poco a poco Mike se fue ganando fama por su gran habilidad con el tenis a su corta edad, y yo seguía tras bambalinas, sin querer seguir los pasos de ninguno de ellos.

Tenía doce años cuando ocurrió la pelea. Mi padre me dijo que habría un concurso de canto muy popular, versionado para niños, y que con mi voz podía destrozar a todo mundo —con eso y con dinero también, claro—. Lo que reventó el globo fue que, casi como un adulto, me crucé de brazos y dije que no.

Jamás había visto a mi madre tan molesta, y a mi padre tan decepcionado. Mis hermanos actuaron de forma indiferente, cosa que me rompió el corazón. Mientras mi madre me gritaba que era una malagradecida, mi padre observaba, y Madison se llevaba a Mike para escapar de la situación. Esperaba que al menos este ultimo me defendiera, pero no hizo nada.

A fin de cuentas, era solo otro modo para aumentar ingresos, para generar más fama a un apellido.

Lo último que mi madre dijo fue: "Si no vas a obedecer, entonces vete". Por supuesto, no esperaba a que yo, con toda la seguridad del mundo y sabiendo muy bien a donde me iría, respondiera: "Me voy". Su cara fue un cuadro.

—Si te vas, estás muerta para mí —amenazó mi madre, mirándome con sus ojos azules llenos de ira.

—Me voy —repetí, con los ojos aguados.

Pensé que mi mamá iba a llorar, o a arrepentirse, mas solo tomó el teléfono y se lo puso en la oreja.

—Alexis, te quiero en la entrada ya mismo —luego colgó. Alexis era su chofer.

Hubo una discusión entre mi padre y ella, él le cuestionó si era correcto, ella estaba muy segura de su decisión.

Y yo también.

Como si nada, mi madre me escoltó hasta la entrada, donde abrió la puerta y en silencio caminó a mi lado hasta la camioneta de su chofer privado. Este obedeció las ordenes de su jefa pues, por contrato, debía de hacerlo.

Acabe, un par de horas luego, en la residencia de mi abuelo.

Y aquí he estado desde entonces, formando parte de una pequeña farsa que poco se menciona. Para mis conocidos, mis padres murieron en un accidente. Para los medios y el mundo, la hija menor de los Vander fue la que murió por una enfermedad terminal de la que nunca hablaron por lo duro que era. La farándula no me conocía más que por fotos de cuando era una bebé. Nadie me reconocería, nadie me asociaría, así como nadie conectaría al anciano Emil Vander con el famoso Hans Vander, quien juraba ante las cámaras que era huérfano desde hace mucho.

Nadie, además de mi abuelo, sabe la realidad de mi vida, que se convirtió de una vez por todas en lo que yo quería: una vida de verdad.

Nunca tuve padres amorosos, que se preocuparan por mí genuinamente. Nadie me preguntaba qué quería, qué me gustaba, o tan solo cómo me sentía. No exagero al decir que no recuerdo una sola vez que cenáramos juntos como una familia normal, o en la que habláramos de las tonterías más insignificantes.

No extraño nada de esa vida. Aunque añoro a unos padres como los que Ian tiene, puede que por eso me haya enojado tanto con su forma de menospreciar los pequeños detalles que le dan.

—Miranda, llevas un buen rato algo dispersa —me devuelve a la tierra mi abuelo.

Cuando acabé de lavar los platos, él me pidió acompañarlo a darle otra revisada a las lavadoras. No le he comentado nada de lo sucedido con Ian, y tampoco pretendo hacerlo.

—Lo siento, tengo sueño, no dormí bien —no miento, estoy bastante cansada.

—Entonces ve a dormir, haberlo dicho desde un principio, ¿no? —se ríe, y yo fuerzo una sonrisa.

Lo dejo en la lavandería revisando las maquinas, para irme directo a mi cuarto y dormir algunas horas. El clima está fresco. Ya ha pasado más la mañana, por lo que no hace mucho frio, sino una brisa agradable que me lleva a abrir la ventana de mi habitación.

Suelto un largo suspiro y me tiro a la cama. Dios, estoy muy cansada. No dormí lo suficiente por haber llegado tan tarde, así que espero no despertar, a lo menos, hasta después del mediodía.

Parpadeo un par de veces hasta que abro los ojos. Dormí justo lo que quería, son las dos de la tarde. Bostezo y me siento en la cama. Una de las razones por las que no me encanta dormir ya siendo de día es porque cuando me levanto me siento mucho más cansada, cosa que pasa luego de algunos minutos.

Me paro de la cama y camino hasta la ventana para, como hago siempre que salgo de mi cuarto, cerrarla. Me detengo al ver que Ian, con quien sigo teniendo algo de molestia, se está metiendo en el bosque, cruzando la puerta de la cerca con algo grande en su mano. Mi vista es lo suficientemente buena como para detallar que es una guitarra, una de color negro. A mi mente viene el recuerdo de que hoy mismo, cuando aún no salía el sol, escuché el sonido lejano de lo que podía ser una de esas. No se me cruzó por la cabeza que quien produjo esa melodía haya sido Ian, pues algo tan bonito no puede salir de alguien como él, ¿no?

Cómo un rayo, me voy al baño para lavarme la cara y los dientes. También me peino y cambio de ropa por algo más presentable que una simple camiseta y mono de dormir. Me pongo un suéter blanco de lana y unos jeans simples, me dejo las sandalias que uso a diario y corro a la puerta. Bajo las escaleras del edificio mentalizada en seguir a Ian al bosque. La voz de Jullie y un olor delicioso me detienen frente a la puerta de la cocina.

—Linda, ¿vas a salir? La comida casi estará lista —me avisa.

—Volveré en unos minutos, solo… iré a ver a los caballos —miento y continúo mi camino.

Viviendo en la montaña, es normal que el cielo esté nublado siempre, aunque hoy es diferente por estar entrando en el verano, que no cambia demasiado el clima tampoco. Amo los días así, todo se ve más claro y alegre. Llego a la parte de atrás del edificio, lugar en que se encuentra la piscina temperada donde de vez en cuando pasamos el rato Jake y yo. Camino en dirección a la cerca de no más de un metro y algo, hecha de madera. La puerta siempre está abierta, solo hay que mover el seguro para entrar al bosque, y eso hago justo ahora.

El bosque comienza con árboles algo dispersos, pero basta con caminar dos minutos para ver cómo este va creciendo y, de no ser por el sedero que nosotros mismos creamos, sería sencillo perderse. El sendero lleva a una pequeña zona medio despejada, donde con Erick y Marieta pusimos troncos para sentarnos y una mesa de picnic que antes estaba en el terreno de la residencia donde hacemos parrilladas. Cerca de ese lugar hay un lago, uno muy frío como para desear bañarse en él.

Ya Ian debe haber avanzado bastante con todo el tiempo que perdí cambiándome, pero supongo que parará cuando llegue a la zona despejada. Dudo que sea tan tonto como para irse a otro lado. Mi suposición es correcta, porque comienzo a escuchar una guitarra que, si mi sentido auditivo no me falla, viene de más adelante. Comienzo a caminar en silencio para que el chico no me note. Con suerte, podré verlo a escondidas e irme sin que lo note…

Un momento, ¿para qué rayos lo seguí hasta aquí? Hasta este momento no me puse a reflexionar sobre lo que realmente busco haciendo esto. ¿Quiero verlo tocar la guitarra?, ¿Acaso debo ver para creer que en serio es tan bueno como escuché en la mañana? ¿Es la curiosidad que siempre me gana? Apuesto por la ultima. He hecho cosas más locas que esta por curiosidad.

Voy en silencio y con pasos cuidadosos hasta que veo a lo lejos a Ian sentado de espaldas a mí, tocando el instrumento de forma casi profesional. La melodía suena algo triste, pero no deja de ser bien desempeñada. Es sorprendente, y lo más increíble es que no se parece nada al muchacho que la toca.

Me paso de árbol en árbol para acercarme, escondiéndome detrás de sus gruesos troncos. Llego tan cerca que lo que me separa de Ian son solo unos cuatro metros. Este, perdido en su música, ni siquiera nota mi presencia. Tampoco es que haya hecho mucho ruido, soy delicada cuando quiero. Dedico los siguientes minutos a disfrutar de la canción que toca, la cual se me hace conocida, aunque no sé de dónde.

Si ya estaba algo hipnotizada con la gran habilidad que tiene para la guitarra, casi se me para el corazón cuando empieza a cantar. Su voz no es la mejor que he escuchado, pero vaya que suena bien. Es dulce, nada que ver con la manera en que habla.

Según escucho, la canción trata de una pérdida, del dolor de dejar a alguien que amas. Es muy triste, y suena como si realmente la sintiera.

¿Se tratará de eso? ¿Será que dejó a alguien allá en la ciudad? Por más que no estemos tan lejos, las relaciones a distancia a veces no funcionan si ambas personas no se ven seguido. Puede que haya tenido que terminar con una relación al venir hasta aquí, prefiriendo acabar las cosas antes de probables peleas gracias a los kilómetros de diferencia.

Algo se roba mi atención y me saca de mis pensamientos, algo que salta a mi pecho y queda allí pegado con un chicle.

Una rana, verde y babosa, está encima de mí.

Ahogo un grito mientras la miro, comienzo a respirar de forma más agitada. Un aire frio me recorre todo el cuerpo y trato con todo mi ser de no hacer ruido. No sé qué sea peor, si tener a esta criatura encima, o el que Ian se entere de que estoy aquí. Mis piernas tiemblan y la rana ni se mueve. Las odio, las detesto, les tengo un asco enorme. Es tonto, siempre me lo repito, pero se me hace imposible no correr y gritar cuando veo una.

En un intento de que, por arte de magia, se vaya, le soplo en toda la cara.

Mala idea, muy mala idea.

El anfibio salta a un costado de mi cara y siento sus viscosas patas en mi mejilla. No lo soporto más y lanzo un alarido de terror. Del susto, me caigo al piso y me muevo en este, sacudiéndome la cara. Cuando mi mano toca a la rana vuelvo a gritar. Se siente horrible. No dejo de graznar desesperadamente. De forma impulsiva vuelvo a tocar mi cara y ya no está allí, más no paro de agitarme y lanzar quejidos.

No sé a dónde ha ido la rana, y eso me aterra más, podría estar metiéndose en mi ropa, o en mi pierna, o… ¡¿Por qué no puedo salir corriendo de una vez?!

Siento como un brazo, sin ningún tipo de delicadeza, se posa en mi frente y estampa mi cabeza contra el suelo boscoso, mientras que lo que debe ser una pierna hace lo mismo con mis muslos. Ahora trato de moverme con más insistencia, pero Ian o es increíblemente pesado, o me supera en fuerza. Ambas opciones son difíciles de pensar dado su delgado cuerpo. El chico que está sobre mí mete su mano libre entre mi cabello, cerca de mi oreja. Pierdo el control de nuevo cuando siento como algo se mueve y me toca la piel. ¡La asquerosa rana está enredada en mi pelo!

—¡Quédate quieta, maldita sea! —me regaña Ian, a lo que como puedo obedezco, todavía respirando con mucha fuerza.

En cuestión de segundos, el chico me deja libre y se levanta. Me siento con rudeza y me abrazo a mí misma. Observo a Ian con la rana entre las manos, caminando unos metros lejos, posándola en la rama baja de un árbol. La criatura escapa sin pensarlo un segundo.

Él limpia sus manos en sus pantalones y toma la guitarra que había dejado sobre uno de los troncos, para volver a donde estoy yo, con una mirada llena de enojo.

—Graci…

—¿Eres estúpida? —tiene el ceño fruncido, mirándome con todo menos comprensión—. Me tienes harto.

—Yo… —paro de hablar cuando noto mi voz rota. También siento la piel debajo de mis ojos mojarse.

Estoy llorando.

—¿Te vas a poner a llorar por eso en serio? —comenta en tono burlón—. Solo era una rana, no te iba a matar —gruñe fastidiado.

Yo no respondo, solo me quedo mirando la cara del chico, con diversos sentimientos encontrados.

—No entiendo por qué eres tan insistente —se acomoda el cabello—. ¿Quieres que repita lo molesta que eres? Y ahora me espías como una psicópata…

¿Para qué vine en realidad?

Hoy mismo, hace nada, recibí un trato terrible de su parte, al igual que ayer. No sé qué rayos pensaba al seguirlo hasta acá y espiarlo. Él tiene razón, parezco una loca, y una tonta. Solo logré avergonzarme más. No pensé bien las cosas, ¿Qué otra cosa creí que iba a pasar? ¿Qué iba a salir desapercibida? ¿O que, de darse cuenta de que le estaba escuchando, iba a ser amistoso de la nada? Tal vez he visto demasiadas películas. La vida real no es así.

Me seco las lágrimas —de miedo y, ahora, de vergüenza—, me levanto y con la poca dignidad que me queda me sacudo la ropa.

—Lo siento —suelto de forma muy forzada—. No te molestare más, lo prome…

—Deja el drama —me interrumpe, sentándose de nuevo en uno de los troncos, sin dejarme ni acabar de hablar—. Vete y ya.

Ya no me mira, está concentrado en lo suyo.

En serio, ¿por qué creí que sería diferente? Ayer intenté ser buena con él, me trató como basura. Hoy le intenté corregir una forma errada de actuar, me trató como basura. Ahora se repitió lo mismo. Debería solo olvidarme de que Ian Lukasiac es mi vecino y regresar a lo bien que estaba todo antes de su llegada.

Muevo mis pies sin ganas en el camino de vuelta, alejándome lentamente. Cuando hay una distancia prudente, dejo que un par de lágrimas salgan de mis ojos, botando la decepción y la tristeza. El chico de verdad me odia, ¿por qué eso tendría que dolerme? A penas lo conocí ayer, y ni en un solo momento ha sido amigable.

Soy demasiado inocente, demasiado tonta. Pienso que todo el mundo me tratará bien si yo los trato bien, pero no es así. Hay gente que es odiosa, amargada y gris, así de simple.

¡Ian, pedazo de idiota! ¿Qué te costaba al menos fingir una actitud agradable?

¿Pero qué digo?, eso hubiera sido peor. La hipocresía duele más que una actitud venenosa. Tal vez es lo único bueno que se le puede ver a Ian: es un asco de persona, y no trata de ocultarlo.

Al llegar a la cerca de la residencia, me cercioro de que no haya muchas sospechas de lo que pasó. Me limpio el cabello de las ramas y hojas que se pegaron en el suelo, también la cara. Recuerdo cómo toque a ese asqueroso animal, por lo que me voy mentalizada en lavarme las manos y la cara, creo que cuando me duche también volveré a lavar mi cabello.

Entro, esperando que no haya nadie, más mi mala suerte continua y me encuentro a Erick. Al mirarme cambia su expresión a una de confusión.

—¿Estás bien? Tienes los ojos rojos… —me dice preocupado.

—Oh, sí —actúo natural, hasta sonrío—. Tengo alergia, sabes cómo me pongo con eso —miento, aunque no del todo. Sí tengo alergia a veces por el polen.

—Tú tienes alergia hasta del agua —bufa burlón y entra a la cocina. Dada la hora, puede que vaya a almorzar.

Yo tengo hambre, aunque primero iré a lavarme. Debo verme patética y, además, estoy asquerosa.

Todavía siento las patas de la rana encima de mí y me dan escalofríos.

Llego a mi piso y entro a mi apartamento, tratando de olvidar todo lo que pasó antes y solo empezar de nuevo. Me lavo la cara en el baño, con mucho jabón. Me miro al espejo y ya no parece que estuve llorando. Puedo ir a comer tranquilamente.

Suelto un suspiro de fastidio y me seco bien la cara. Casi a punto de salir del baño escucho el teléfono fijo de la sala sonar. No es raro que nos llamen, mi abuelo tiene muchos amigos, puede que hasta sea algún familiar que yo no conozco mucho. Voy hacia el teléfono negro y lo descuelgo, poniéndomelo en la oreja. Es viejo, aunque sirve a la perfección.

—¿Hola?, ¿Quién habla? —pregunto.

—¿Miranda? Soy Ashley, tu vecina. Tu abuelo me dio su teléfono fijo por si necesitábamos algo, espero no molestar.

—Oh, para nada, señora Lukasiac —sonrío, con solo escuchar su tono de voz tan amable y cariñoso me siento mejor—. ¿Qué necesita?

—Dime Ashley, linda —aclara—. Y, cómo no sé bien a qué hora lleguemos, tampoco sé qué comerá Ian. Sabe cocinar, más no nos dio tiempo de comprar nada, así que quisiera pedirte que le guardes algo de comida —demonios, no puedo negarme si me lo pide así—. Sé que él es difícil de tratar, pero puede que poco a poco se sienta bien contigo —qué buen chiste—. Hasta podrían ser amigos, no tiene ninguno, la verdad. Creo que hay que tenerle algo de paciencia.

Lo siento, señora, pero ya su hijo me dejó en claro que me detesta, y ya yo le prometí alejarme. Eso pienso.

—Claro, no se preocupe, me aseguraré de guardarle algo para almorzar —eso digo.

Luego de agradecerme. Cuelga.

Genial, justo cuando menos quiero tener algo que ver con él.

Almuerzo junto a mi abuelo —quien habló sobre contratar a alguien que arregle la lavadora defectuosa, pues la susodicha ya no enciende—, Erick, Jullie y Jake, quien acaba de llegar solo para comer, pues saldrá y seguirá entregando currículos en donde sea.

—En una zapatería necesitan a alguien, y cuando el gerente me vio dijo que hablaría con el jefe y si le parecía bien mi currículo podía entrar a trabajar el lunes —comenta mi amigo—. Me dijeron que llamarían, de todas formas, no me fío de nada.

Estamos comiendo espaguetis, muy buenos, por cierto. Los preparó Erick con Jullie. Cuando todos acaban de comer, vuelvo a ofrecerme para limpiar todo. Nunca me ha molestado limpiar la cocina, por ello suelo ser yo quien es voluntaria para hacerlo. Espero a que todos se vayan para, con un mal sabor de boca, hacerle a Ian sus propios espaguetis. Comimos mucho, así que no quedo nada. No me esmero demasiado, solo sofrío carne molida y le pongo salsa de supermercado. Dejo listos los espaguetis en forma de caracola y me enfoco en acabar rápido la salsa.

Simplemente dejaré la comida en el horno y una nota en su puerta, en algún momento la verá y vendrá a comer. Dudo que se enoje también por guardarle algo de comer. Aunque, viendo lo que pasó en la mañana… bah, que haga lo que quiera. No lo hago por él, sino por su madre.

Limpio la cocina rápido y tomo un papel y bolígrafo —siempre pegados con un imán al refrigerador para dejar notas— y pongo lo siguiente:

Tu comida está en el horno.

Ni más, ni menos. Luego, lo dejo en la puerta de la familia Lukasiac.

Después de todo lo que ha pasado, la verdad es que por mí se puede morir de hambre.

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