La noticia de la muerte de Isabela no sorprendió a nadie, se recibió con la misma indiferencia con la que se recibe una lluvia de invierno, una molestia pasajera que pronto se olvida.
En los platós de televisión, la noticia se convirtió en un circo.
Javier, su exmarido, ahora un ídolo del pop latino, estaba en el programa de máxima audiencia. Su rostro, cincelado para las telenovelas, mostraba una sonrisa fría.
"¿Isabela?", dijo, casi escupiendo el nombre. "Digamos que la vida le dio lo que se merecía".
El presentador, un hombre que vivía de la carroña, sonrió con complicidad.
"Palabras duras, Javier. Pero muchos opinan como tú. Se decía que era una trepa, que haría cualquier cosa por un poco de fama".
Javier asintió, disfrutando del momento.
"Cualquier cosa", repitió, saboreando la palabra.
En las redes sociales, el veneno fluía sin control. "Por fin se calló esa loca", "Una arribista menos", "Seguro que intentó chantajear a Javier hasta el final".
Nadie la lloraba, nadie la recordaba con cariño.
Isabela era solo una villana en la gran telenovela de la vida de Javier, un obstáculo que por fin había sido eliminado.
El presentador, viendo que la audiencia subía, jugó su carta maestra.
"Pues, Javier, para añadir un poco más de... color a esta historia, tenemos algo exclusivo".
Hizo una seña y un asistente le entregó una vieja caja de zapatos.
"Resulta que Isabela tenía un pequeño secreto, una especie de diario. Pero no escrito".
Abrió la caja y sacó un puñado de cintas de casete.
"Su diario en audio. Crudo y personal. Nos ha llegado a través de una... fuente anónima".
La cámara hizo un primer plano del rostro de Javier, que palideció por un instante antes de recuperar su máscara de arrogancia.
"¿Su diario? Qué patético", se burló. "¿Qué va a contar? ¿Sus planes para arruinarme la vida?".
"¿Nos das tu consentimiento para ponerlas, Javier? Por el interés del público, claro".
Javier se encogió de hombros, con una sonrisa burlona.
"Adelante. Que todo el mundo escuche la clase de persona que era. No tengo nada que ocultar".
El presentador frotó sus manos. Le dio una cinta al técnico de sonido.
"Pongamos la primera, a ver qué encontramos".
Un leve siseo llenó el plató, y luego, una voz.
Una voz joven, rota por la emoción, llena de una alegría tan pura que silenció al público del estudio.
Era la voz de Isabela.
"Javier... mi amor. Estamos casados".
La voz de Isabela, a través de los altavoces del plató, era un fantasma del pasado, vibrante y llena de vida.
"No puedo creerlo, mi Javier. La iglesia era tan pequeña, solo el Padre Miguel y tu madre. Cuando me ha abrazado... ha sido la primera vez que una madre me abraza desde que me dejaron en el centro. Sentí... sentí que por fin tenía una familia".
En el plató, la sonrisa de Javier se congeló. Su rostro era una máscara de piedra.
La cinta continuaba, la voz de Isabela era un torrente de felicidad.
"Me has prometido que me llevarás a Madrid, que cantaré en los mejores tablaos. Has dicho que mi voz es un clavel, el más rojo y bonito de toda Sevilla. Mi Clavelito, así me has llamado".
Un murmullo recorrió el público. El apodo, tan íntimo, tan tierno, chocaba brutalmente con la imagen de la "trepa" que Javier acababa de pintar.
"No tenemos ni un duro, pero me da igual. Te tengo a ti. Eres mi hogar, Javier. Siempre lo serás".
La cinta terminó con el sonido de un beso y una risa feliz.
El silencio en el plató era denso, pesado. El presentador, incómodo, intentó romperlo.
"Bueno... un comienzo... inesperado. Parece que al principio había amor, ¿eh, Javier?".
Javier no respondió, su mandíbula estaba apretada. Sofía, su actual pareja, sentada en primera fila, le lanzó una mirada nerviosa.
"Pongamos otra", dijo el presentador, ávido de más drama.
La siguiente cinta tenía un sonido diferente, el siseo era más fuerte, y la voz de Isabela estaba cansada, pero firme.
"Son las tres de la mañana. Vuelvo de cantar en la feria del pueblo. Los pies me matan, pero hemos pagado el alquiler de este mes. Javier está dormido, lleva toda la semana componiendo. Dice que va a escribir la canción que nos sacará de aquí".
Se oía el sonido de monedas cayendo sobre una mesa.
"No es mucho, pero es nuestro. Me ha dicho que no me preocupe, que su sueño es verme triunfar. Pero su sueño es el mío. Verle a él triunfar, eso es lo que quiero".
La voz de Isabela se quebró un poco.
"Hoy ha muerto Ana, una de mis amigas del centro. Una infección estúpida, no tenía dinero para el tratamiento. Pienso en ello y me da rabia. El traje que llevaba esa cantante famosa en la tele anoche... solo el traje... podría haberle salvado la vida. Qué injusto es todo".
En la pantalla, mostraron tuits que empezaban a aparecer.
"¿Ella pagaba las facturas?".
"Javier dijo que ella vivía de él".
"Pobre chica, la amiga...".
La narrativa empezaba a resquebrajarse. La villana tenía corazón.