Capítulo 2

El teléfono sonaba, un tono frío y distante que parecía burlarse de mi desesperación. Cada segundo de espera era una pequeña tortura. Mi mano temblaba, aferrada al viejo móvil como si fuera mi única tabla de salvación en el mar de deudas que me ahogaba.

Finalmente, una voz cortante respondió.

"¿Qué quieres, Sofía?"

Era Mateo. La misma voz que una vez me susurraba secretos al oído en los viñedos de La Rioja, ahora sonaba como el hielo.

Tragué saliva, intentando que mi voz no se quebrara.

"Mateo, es por tu abuela. Abuela Carmen."

Silencio al otro lado. Un silencio pesado, cargado de años de rencor.

"¿Qué pasa con ella?"

"Está muy enferma. El médico ha llamado... dice que le queda poco tiempo. Quiere verte."

"¿Y por qué me llamas tú? ¿No tienes nada mejor que hacer que seguir metiéndote en los asuntos de mi familia?"

Su acusación me golpeó, pero ya estaba acostumbrada al dolor.

"Ella me pidió que te llamara. Sabes que siempre me ha querido."

"Sé que siempre has sido una experta en manipular a la gente para conseguir lo que quieres", escupió él. "Dime la verdad, ¿cuánto dinero necesitas esta vez?"

Cerré los ojos con fuerza. El olor a humedad de mi pequeño y miserable apartamento en Madrid me llenó los pulmones.

"No es por dinero, Mateo."

"Siempre es por dinero, Sofía. Todo lo que haces es por dinero."

Una risa amarga escapó de mis labios.

"Si supieras...", susurré, más para mí que para él.

Hubo una pausa. Por un instante, solo un instante, creí oír una fisura en su armadura de frialdad. Quizás un recuerdo. Quizás nada.

"Estaré en la estación de Atocha en una hora. No llegues tarde."

Colgó.

No me dio tiempo a responder. No es que importara. Él ya había decidido quién era yo. Una parásita. Una mentirosa.

Me levanté, mirando mi reflejo en el cristal sucio de la ventana. La chica que me devolvía la mirada era una extraña. Pálida, delgada, con ojeras que hablaban de noches sin dormir y días de trabajo agotador como limpiadora. La ropa, barata y gastada, colgaba de mi cuerpo.

Esta era yo ahora. Sofía Vega, la heredera de una fortuna en viñedos reducida a cenizas, sobreviviendo en Madrid.

Una hora después, bajé del metro en Atocha. El bullicio de la estación era un caos de gente yendo y viniendo, un mundo indiferente a mi pequeña tragedia.

Lo vi de inmediato. Apoyado en un Mercedes negro reluciente, impecable en su traje a medida. Mateo Reyes, el presidente de un imperio inmobiliario, el hombre que una vez fue mi todo.

Caminé hacia él, sintiendo las miradas de la gente sobre mí. La diferencia entre nosotros era un abismo.

Cuando llegué a su altura, sus ojos me recorrieron de arriba abajo. Vi la sorpresa, seguida de una mueca de puro desprecio.

"Dios mío, Sofía", dijo, su voz un murmullo helado. "¿Qué te ha pasado?"

No me ofreció ayuda con mi vieja y raída mochila. Simplemente abrió la puerta del copiloto.

"Sube. Hueles a pobreza."

Capítulo 3

El interior del coche olía a cuero nuevo y a un perfume caro que no reconocí. Era el olor del mundo de Mateo, un mundo del que yo ya no formaba parte.

El silencio en el coche era denso, casi sólido. Miraba por la ventanilla las calles de Madrid, que pasaban veloces. Recordé nuestros viajes de niños, en el viejo coche de su padre, cantando y riendo. ¿Dónde había quedado ese chico? ¿En qué momento se convirtió en este extraño de mandíbula apretada y mirada de acero?

Mis ojos se posaron en su mano, firmemente agarrada al volante. Un anillo de diamantes brillaba en su dedo anular. El anillo de compromiso. El anillo de Isabella.

Aparté la vista, un gesto pequeño y casi imperceptible. Un reconocimiento silencioso de mi lugar. Yo era la extraña, la pieza del pasado que no encajaba en su presente perfecto.

Fue él quien rompió el silencio.

"¿Por qué no me dijiste que estabas tan mal?"

Su pregunta no tenía calidez. Era una acusación.

Quise responder, quise gritarle todo. Quise llamarle por el apodo que usaba de niña.

"Teo, yo..."

"Soy Mateo", me interrumpió, su voz afilada como un cuchillo. "No me llames así. No tenemos esa confianza."

Asentí, tragándome las palabras. La relación entre nosotros era clara. Transaccional. Distante. Yo estaba aquí por una única razón: su abuela.

"No quería molestarte", respondí finalmente, con la voz vacía.

Él resopló, una risa sin alegría.

"Claro. Molestarme."

El resto del viaje fue en silencio.

La mansión de los Reyes se alzaba imponente en el exclusivo barrio de Salamanca. Era un monumento al poder y la riqueza, un lugar donde yo había pasado veranos felices. Ahora, se sentía como una fortaleza enemiga.

En cuanto entramos, mis ojos buscaron una sola cosa.

"¿Dónde está Abuela Carmen?", pregunté, mi voz apenas un susurro. Era la única persona en este mundo que todavía me miraba con cariño.

"En su habitación. El médico está con ella", respondió Mateo, sin mirarme. "Está grave, Sofía. No esperes un milagro."

La fragilidad de ese último vínculo me golpeó con la fuerza de una ola. Cuando ella se fuera, no quedaría nada. Absolutamente nada.

Subí las escaleras, cada escalón un peso en mi alma. El corazón me latía con fuerza, una mezcla de miedo y anhelo.

La puerta de la habitación de Carmen estaba entreabierta. Me asomé. La vi, tan pequeña y frágil en la enorme cama. Los monitores a su lado emitían un pitido suave y constante.

"¿Abuela?", susurré.

Ella giró la cabeza lentamente. Una sonrisa débil se dibujó en sus labios arrugados.

"Mi niña... has venido."

Me acerqué y tomé su mano. Estaba fría, pero su agarre, aunque débil, era firme.

"Estoy aquí, abuela. Estoy aquí."

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

"Sabía que vendrías. Eres una buena chica, Sofía. Siempre lo has sido."

En ese momento, en esa habitación que olía a enfermedad y a recuerdos, sentí un breve respiro. Un instante de paz en medio de la tormenta. Pero sabía que era temporal. Afuera, en los pasillos dorados de la mansión, me esperaba el infierno.

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