Capítulo 2.
Alexander Blackthorn, contemplaba con una mueca que su hermana estaba desaparecida. Para ser sincero, nunca había tenido tanto desapego con ella, desde aquella… ocasión. Ya habían pasado trescientos años, y para ser sincero, aún no se recomponía de aquel… evento.
—Elizabeth… —susurró entre sus labios. El dolor amargo de su recuerdo, aún seguía latiendo en su pecho, como un fuego ardiente y doloroso. Cerró los ojos, y sus bellos ojos verdes lo persiguieron con una sonrisa cálida, sosteniendo su vientre pequeño entre sus manos. Golpeó la madera del escritorio con furia.
Recordó las antorchas y los gritos de su amada por última vez.
Se levantó de su despacho, y algunas hojas fueron elevadas de su sitio. Pronto, llegó al exterior y guardó las manos en los bolsillos observando el bosque. Emitió un silbido, y no pasaron ni dos minutos cuando a su alrededor unos veinte hombres se acercaron a él.
—Mi hermana ha desaparecido, busquen el rastro y en cuanto la encontremos, la recuperaremos.
—Ella sabe defenderse sola –comentó una voz entre la multitud. El hombre, lo fulminó con la mirada –lo lamento jefe.
—Andando –ordenó ignorando rotundamente al sujeto cuyos ojos, desaparecieron al igual que su persona.
Pocos eran los que enfrentaban al poderoso Alexander Blackthorn. Y muchos quienes intentaban cortejar a Emilia. El rapto no le llamaba la atención, pero ya había transitado un largo tramo desde el ultimo… rapto.
Caminó sin prisa, hasta el último sitio donde la policía la encontró. Fingió pena y preocupación extrema, frente a un oficial, antes de robarle la planilla de pruebas de sus manos. Con una sonrisa, avanzó hacia el bosque y echó un vistazo en cada detalle.
Después de varias horas, intentando localizar el sitio, lo hallaron. Al parecer una camioneta color negra, la había tomado a su hermana. Gruñó furioso, al descubrir aquello.
—Humanos tontos –comentó con desagrado y asco. Alexander, odiaba a los humanos. Les daba asco y repulsión. Había llegado al grado, de odiarles por sobre todas las cosas. En ese caso, debía perder el tiempo ayudando a su hermana.
Hace cincuenta años, que no la veía. Ahora, tendría que reencontrarse con ella. Pasaron algunas horas, se encontraba frente a un edificio abandonado. Las paredes cubiertas de hongo negro, le daba un aspecto tétrico. Pero el hombre, no se inmutó ante el ambiente y aroma fétido que desprendía el lugar.
Sus pasos, se camuflaron con el sonido de los animales nocturnos, hasta llegar a un enorme portón de metal. Estiró su mano, antes de dar un golpeteo con sus blancos nudillos. Acomodó su cabello, detrás de su espalda y sus manos se apoyaron sobre sus caderas.
—¿Qué quieres? ¡Vete! –exclamó un guardia de seguridad, lo apuntó con la linterna y él, sonrió.
—Déjame pasar y no ocurrirá nada aquí –anunció aburrido, mientras estiraba el cuello.
—¡Largo! –exclamó y cuando hizo el amague para cerrar la puerta, no pudo. Alexander, lanzó una fuerte patada. El hombre, cayó de espalda y él junto a sus hombres ingresaron. Algunos se transformaron en lobos y él, continuó en su forma humana.
Se miró al espejo, y se odió a sí mismo. Siguió avanzando, y cuando vio a un sujeto con un arma, se acercó a una velocidad irreal antes de tomarlo del cuello y lanzarlo lejos. Comenzaron a luchar rápidamente con todos los hombres, él caminó tranquilamente hasta encontrar una celda. Su hermana, abrió la puerta con disimulo para salir, y luego regresó.
Aquel gesto, le llamó la atención. Emilia, no se preocupaba por nadie. Tomó de la mano a una asquerosa humana, pero la perdió de vista por las pisadas de algunas mujeres. Le dio igual, en silencio se giró.
Pero algo, lo detuvo. Al girar la mitad de su cuerpo, hizo una mueca. Su hermana lo detenía —¡Debemos ayudarla! –exclamó y el rodó los ojos.
—Vamos, es una humana asquerosa –comentó y ella se negó a detenerse.
—Debes escucharme… ella es…
Pero no pudo continuar, al escuchar: ¡Auxilio! Era un grito desesperado de dolor, en cuanto Emilia se giró, cubrió su rostro. La mano de Kiara, estaba atrapada entre el metal, y comenzaba a derramar… un color rojizo.
—Nos vamos –comentó sin una pizca de arrepentimiento o lástima. Mientras avanzaba hacia la salida, y vio a su hermana mirándolo con enojo profundo al ser arrastrada por otros hombres, lo sintió.
Un aroma fuerte a cedrón y laurel. Era un aroma único… solamente, una persona en toda su existencia, medio siglo de ella, había sentido.
—Elizabeth… ¿Elizabeth? –empezó a preguntar sintiendo su corazón congelado por los años, latiendo con mucha aprensión en su pecho. Se giró corriendo, intentando localizarla —¡Elizabeth! –exclamó sintiendo sus ojos llenarse de lágrimas, ¿hace cuánto había llorado? ¿Cien años, doscientos años?
—A—ayuda… —comentó una voz, y algo se aferró a él con una fuerza muy débil, pero lo suficiente para detenerlo. Confundido, observó a aquella mujer convaleciente, casi desmayada por el dolor. El aroma, era de ella.
—No… no puede ser ¡Hueles a ella! –exclamó furioso y la liberó con una fuerza descomunal. La tomó entre sus brazos, y su asquerosa mano humana lo tocó pero se desmayó. —¡Es un insulto que huelas a ella!
Kiara, cuando abrió los ojos su visión se mostró borrosa. Solamente podía apreciar algunos murmullos lejanos, y sintió que su mano le dolía. Cuando se incorporó, apoyó sus manos sobre el acolchado suave.
—Estas despierta, déjame ver tu mano –comentó una voz conocida, al abrir completamente sus ojos verdes, la vio.
—¡Emilia estas bien! –exclamó y la envolvió en un fuerte abrazo.
—Lo estoy –comentó con una tierna sonrisa y ella suspiro de alivio.
—¿D—dónde estoy? –quiso saber y de pronto, se percató que algo sostenía sus muñecas —¿Por qué tengo estas… correas? ¿Emilia? –preguntó con la voz temblorosa y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo lamento… fueron ordenes –comentó con la voz temblorosa y su pecho subía y bajaba.
—¿O—ordenes? –preguntó y dio un respingo, al escuchar unos fuertes pasos aproximándose. A continuación, su tranquilidad se disipó. El miedo, remplazó su respiración calmada y observó sus ojos con sorpresa.
—Dime quién eres –comentó el hombre de cabello blanco, con voz firme. Su agarre sobre sus hombros, era fuerte. A pesar que sentía mucho miedo, extrañamente, se sintió… excitada. Su cercanía produjo estragos en su vagina y aquello la sorprendió.
—Y—yo… soy Kiara –comentó con dificultad, sus labios fueron presionados por sus dientes. Mantuvo la mirada fija en aquel extraño hombre, y sus ojos se fijaron en su boca. Era gruesa y elegante. Su mentón, cuadrado pero parejo le pareció esculpido a mano.
—¿Y? –Preguntó lanzándola hacia atrás, ella se golpeó contra la cabecera de la cama —¡No me interesa humana asquerosa! –exclamó y levantó la mano para golpearla, se detuvo. Kiara empezó a sollozar, de la misma manera que lo hacía Elizabeth: arrugaba la nariz y cerraba los ojos, pero tenía una peculiaridad, apoyaba el dorso de la mano sobre sus labios.
Se apartó, dudoso. Su pecho bajaba y subía sin comprender las similitudes con aquella, criatura.
—¡Responde! –exclamó, luego de intentar concentrarse, moviendo la cabeza de un lado al otro —¿Eres una bruja? –preguntó y ella negó con los ojos cubiertos de lágrimas —¡Responde humana idiota!
—¡Basta Alexander la lastimas! –gritó Emilia, interponiéndose. Se abrazó a Kiara, la misma comenzó a llorar con más fuerza acurrucada en su amiga.
—Emilia parece que quieres morir –masculló con una voz grave que erizó la piel de Emilia –te recomiendo que te apartes.
—Estaré bien –comentó con voz firme o eso intentó Kiara. Sus ojos verdes encontraron los azules oscuros de la chica, la misma negó –confía en mí…
Aunque aquella pequeña promesa, era una mentira. Emilia, asintió pero amenazó con estar en la puerta escuchando todo. Los dejó solos.
—No sé de qué hablas… tengo mis padres seguramente preocupados y… llegaba tarde a la universidad y…
—¿Acaso te pregunté?
—Yo… no sé qué decir ¿por qué no me matas? –quiso saber sintiendo que su pecho se sentía tembloroso. En cuanto a la pregunta dada, Alexander la observó unos segundos. La humana asquerosa, tenía razón.
“¿Por qué no la asesino?”, se preguntó y una sonrisa escalofriante apareció en su rostro. Se sentó sobre la cama, y los ojos de Kiara se ampliaron al observarle.
En pocas palabras, la vida de Kiara pendía de un delgado hilo. Al mismo tiempo, no sabía que hacer o decir. Por consecuencia, era una humana. Él parecía odiar a la humanidad, la observaba como si fuera un insignificante bicho que podía aplastar.
Al mismo tiempo, Emilia, parecía querer protegerla. Habían conectado de una manera extraña, era como si la conociera de antes. Eso era extraño.
—Mátame –demandó y cerró los ojos, sintiendo una lágrima caer por su mejilla.
Él mismo, asintió en silencio. Levantó la mano, junto a una daga. Observó el pecho de la mujer, y el cuello. Decidió hacer un corteo limpio, por respeto a su propia hermana, no le haría sufrir. La daga, fue clavada sobre el cuello delicado. Ella gimió de dolor, pero no abrió los ojos y tampoco pidió misericordia o salvación alguna.
Pudo notar como la vida de aquella criatura asquerosa, se iba perdiendo en sus propias manos. El hombre, sonrió sintiéndose satisfecho de terminar con la vida humana. Odiaba a esos seres. Eran egoístas, cobardes y vendían a cualquier persona con tan solo obtener un beneficio.
Destruían el mundo, con su presencia y contaminaban todo a su paso. Recordó el rostro de dolor de Elizabeth, cuando sin piedad la mataron estando embarazado de siete meses. Había sufrido tres abortos antes de quedar embarazada y toda la manada estaba muy feliz de la llegada del heredero.
Cuando perdió a su familia, dejó que la soledad y el olvido abundaran en su alma y corazón. Por eso haber sentido la voz de su antigua amada, le había llenado de esperanza; una que había perdido hace muchos siglos atrás.
Al ver que se trataba de una simple humana, sintió furia. Su mente, le había jugado una mala pasada. Había sido engañado, por su propio deseo de volver a ser feliz. Pero era un ser inmortal, siempre estaría acompañado de la soledad.
Lo que más añoraba, era la muerte. Por eso, había hecho aquel pacto.
Mientras sentía que el filo de su cuchilla, se teñía de un color rojizo, sonrió. Hasta que tuvo que quitar el cabello, porque no podía seguir cortando. Se detuvo abruptamente.
Debajo de la oreja izquierda, había un lunar en forma de luna.
Igual al de Elizabeth, idéntico.
Kiara, abrió los ojos y se sobresaltó. Un portazo, le produjo un susto. Sin embargo, comenzó a sentirse débil y mareada.
—Dios mío ¿qué te hizo mi hermano? –preguntaba una voz, pero comenzaba a ver borroso. La voz de su amiga se sentía lejana, como si estuvieran en un terreno muy grande. —¡No te duermas!
Pero no pudo escucharla, porque sintió una enorme fuerza que la arrastró y vió todo borroso.