Sofía se encontraba en su oficina, nerviosamente mirando el reloj. Había intentado llamar a la señora Imelda, la mujer que solía conseguirle mujeres para su jefe, pero no había podido localizarla. Ya era casi la hora de la cita y no tenía a nadie que pudiera sustituir a la chica que había cancelado.
El miedo de que la fueran a despedir la invadió y comenzó a sudar frío. Sabía que su jefe era muy exigente y que no toleraba errores. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo iba a explicarle que no había conseguido una sustituta? Se sentía atrapada y sin salida. Fue entonces cuando tomó la absurda decisión de ir personalmente a explicarle a su jefe lo que había sucedido en vez de llamarlo.
Tomó su bolso y salió corriendo, sin pensar en las consecuencias de su decisión. Un taxi parecía que esperaba por ella justo en la entrada. Cuando llegó al sitio, no se esperaba que fuera como aquel. El lugar era extraño, con luces rojas que apenas le permitían distinguir los rostros de las personas. Sofía se detuvo y miró al taxista con incredulidad, preguntándose si se había equivocado de dirección. Pero éste le aseguró que ese era el lugar que señalaba la tarjeta que ella le había mostrado.
Sofía se sintió cada vez más insegura y asustada. ¡Sí que los ricos hacían cosas raras!, se dijo en lo que descendía . No sabía en qué tipo de lugar era aquel y qué iba a pasar a continuación. Con duda se introdujo en el estrecho recibidor donde un robusto guardia le cerró el paso.
—Identifíquese —le pidió extendiendo la mano, tomando la tarjeta que ella tenía, y enseguida llamó a una mujer. —Ya llegó la cita del cliente Vip.
La mujer que llegó era alta y delgada, con una falda corta y un escote pronunciado. Sofía se sintió incómoda al verla y se preguntó, ¿qué tipo de lugar era ese que frecuentaba su jefe? No parecía ser de la alta sociedad como el hotel que ella se imaginaba. La mujer la miró de arriba abajo y luego a la tarjeta que tenía en la mano la cual le arrebató.
—¡Cada día las escogen más raras! —dijo
Y sin esperar a que Sofía le explicara a que había ido, la arrastró por un pasillo hasta llegar a una habitación oscura y lúgubre. Las paredes estaban cubiertas de un papel tapiz desgastado y manchado, y el techo estaba lleno de telarañas. En un rincón de la habitación había un perchero lleno de disfraces y máscaras extrañas, algunas de ellas parecían ser de animales y otras parecían ser de personajes de películas de terror. Pero todos con escenas del acto sexual.
En el centro de la habitación había una mesa pequeña con una silla, y al lado de la mesa había una puerta cerrada con llave. La mujer le indicó a Sofía que se cambiara en esa habitación y que dejara todas sus cosas en la mesa.
—Pero, yo solo vine a ver a mi jefe…
—Si quieres ver al dueño de esa tarjeta, cámbiate. Con esa ropa que traes, no puedes pasearte por aquí, ¡pareces una monja! Luego te llevaré —dijo con desprecio en lo que se alejaba protestando por tener que luchar con novatas.
Sofía se sintió aún más incómoda al ver la habitación. No sabía qué tipo de lugar era ese y se preguntó si su jefe estaba involucrado en algo ilegal. Con tanto dinero que poseía, ¿qué hacía en un lugar de mala muerte como aquel? Se preguntaba en lo que trataba de buscar algo no tan descubierto. No tenía otra opción, así que se cambió rápidamente y se puso una máscara que le pareció la menos grotesca.
Dejó todas sus cosas en la mesa, incluyendo sus espejuelos, haciendo que su visión disminuyera grandemente, y esperó a que la mujer regresara para llevarla a ver a su jefe. Se sentía vulnerable y asustada, sin saber qué iba a pasar. Le explicaré todo a mi jefe y me iré enseguida, pensaba mientras trataba de estirar el vestido negro que se había puesto, que no iba más allá de la punta de sus redondos glúteos.
La mujer al regresar la observó con detenimiento. A pesar de que Sofía no era una belleza por su forma de vestir y sus enormes espejuelos. Notó que tenía un cuerpo muy bien formado y un espeso y hermoso cabello que le llegaba más allá de la cintura y que seguía amarrado en un moño.
Se acercó y le soltó el cabello, dejándolo caer. Sofía se sintió incómoda por la atención que estaba recibiendo y se preguntó qué estaba pasando. La mujer la miró con una sonrisa maliciosa y le dijo.
—Si que eres una cajita de sorpresas, tienes suerte de tener un cuerpo tan hermoso, y deberías usar lentes en vez de esas gruesas gafas, no eres fea.
Sofía se sintió aún más incómoda al escuchar esas palabras y trató de alejarse, pero la mujer la agarró por el brazo y la obligó a quedarse en la habitación.
—Se..., señora, solo quiero hablar con mi jefe—susurró. —Necesito decirle algo urgente.
—Seguro, lo verás en un momento, espera aquí. No te muevas, no trates de escapar, si te portas bien, todos tus problemas se acabarán.
Sofía se preguntó qué estaba pasando, porque ella le había dicho eso. Se sintió vulnerable y asustada, por un momento pensó que mejor se iba, pero después que ya era tarde para arrepentirse. Debía decirle a su jefe que la chica no llegaría y que se buscara otra o se retirara.
Esperaba nerviosa, escuchando los extraños sonidos que provenían de diferentes lugares. Se abrazó acobardada, pero no podía perder su trabajo. No quería regresar al orfanato y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para mantener su empleo. Pensó llamarlo por teléfono y hasta se dirigió a su bolso con esa intención. Pero en ese momento, la mujer regresó y sin decirle nada, la tomó por una mano y la llevó casi a rastras por un angosto y aún más lúgubre pasillo, mientras le daba indicaciones.
—Tú solo sigue el papel que quiera el cliente que juegues, no dejes que te quite la máscara, aunque creo que no lo haga.
—¿Cliente? Es..., es mi jefe —tartamudeó
—Correcto, es tu jefe. Entonces, si lo conoces mejor —dijo ella sin dejar de arrastrar a Sofía por el lúgubre pasillo—. Nosotros no sabemos de quién se trata. Si es tu jefe sabrás como complacerlo. Al terminar, regresa a la habitación por tus cosas y me verás allá. Con ese cuerpo tienes un gran futuro, linda. Solo es cuestión de que te arregles.
Sofía apenas escuchaba lo que le decía por el ruido ambiente, ni veía por dónde iba, ya que no llevaba sus espesos lentes y caminaba con dificultad por los altos tacones. Escuchaba aterrorizada los diferentes sonidos al pasar por delante de las puertas, sin saber qué había detrás de ellas. Finalmente, la mujer la detuvo delante de una y la impulsó dentro de la habitación oscura.
—Aquí es donde está tu jefe. Hazlo bien y tienes el futuro garantizado —le dijo la mujer empujando a Sofía dentro justo antes de cerrar la puerta tras ella.
Sofía se encontró con un hombre que estaba sentado en una silla, el cual ella trataba de distinguir si era el señor López, sonriendo con deseos mientras se sobaba su miembro. Se sintió incómoda y asustada, pero recordó las palabras de la mujer y trató de comportarse de la manera que le habían indicado. Después de todo no tenía porque temer, era su jefe. Avanzó despacio porque no veía decidida a decirle la verdad.
—Disculpe se.., señor que haya venido —tartamudeó
El hombre seguía mirándola con deseos mientras ella avanzaba lentamente por la habitación oscura, tratando de adivinar si era su jefe o no. Por su cuerpo le parecía que sí, pero por la manera que se comportaba no estaba segura. A pesar que la máscara que llevaba puesta le daba cierta seguridad, pues su jefe no vería lo avergonzada que se sentía por aparecerse vestida así en su presencia en su lugar de recreo, pero aún así, se sentía vulnerable. Finalmente, llegó hasta donde estaba el hombre.
—Señor….
—Sussss…
—Se..., señor, solo vine a decirle...
—Susss
Le indicó el hombre y se puso de pie, mientras ella intentaba hablar sin resultados. Sofía se sintió aterrorizada cuando el hombre le colocó algo en la boca que le impedía hacerlo. Intentó resistirse, pero se sintió completamente indefensa ante él. El hombre comenzó a jugar con su cabello largo, mientras Sofía trataba de liberarse sin éxito. Negaba con la cabeza tratando de decirle quien era, incluso trató de quitar su máscara sin resultados, él se lo impidió. Parecía que estaba drogado o poseído. Resoplaba fuerte en lo que la devoraba.
Se sentía humillada y desesperada. Sabía que tenía que hacer lo que fuera necesario para mantener su trabajo, pero no podía soportar la idea de ser tratada así por mucho más tiempo. Y ni siquiera sabía si ese hombre detrás de aquella máscara era su jefe. Las lágrimas brotaban de los ojos de ella sin poder contenerlas. Sentía como las manos deseosas del hombre recorrían su cuerpo y la despojaban de su ropa.
Se sintió abrumada por una mezcla de emociones: miedo, desesperanza, desolación e incredulidad. Era su primera vez y no podía creer que estuviera sucediendo en un lugar tan tenebroso y lúgubre. A pesar de que ella intentó resistirse, se sintió completamente vulnerable y sin poder hacer nada para evitar lo que estaba sucediendo.
No importaban los esfuerzos que hacía por escapar, el hombre había logrado colocarse encima de ella desnuda en la cama, y sin más apuntaba a su interior. Aterrorizada, trató de cerrar sus piernas, y su llanto se incrementó. Él se detuvo y curioso bajó una mano introduciendo de a poco un dedo, para luego mirarla con incredulidad. Ella lloraba y lloraba, haciendo que el desconocido de a poco comenzara a tratar de tranquilizarla.
Y eso fue algo que la llenó de vergüenza, a pesar de la situación en que se encontraba, sin poder evitarlo, comenzó a disfrutar de todas las nuevas sensaciones que el desconocido la estaba haciendo experimentar en su primera vez. Su llanto se mezclaba con los gemidos que se le escapaban por el placer prohibido.
Por un momento pensó que la iba a dejar ir luego de haberla hecho experimentar la mayor sensación que ella había imaginado con su lengua en su centro. Pero fue todo lo contrario, parecía poseído por ser el primero en poseerla, se introdujo en ella despacio, dejándose deslizar, ella sentía que perdía algo valioso e irreemplazable, y que nunca volvería a ser la misma persona de antes.
La experiencia la dejó con una sensación de vacío y desesperación. No sabía cómo podría recuperarse de lo que había sucedido y se preguntaba si alguna vez podría volver a ser ella de nuevo. La incredulidad de que algo así pudiera sucederle a ella la invadió, y se preguntó cómo había llegado a ese punto en su vida. Y lo peor, era que no sabía si había sido con su jefe. Pues otro hombre había entrado y se lo había llevado en lo que ella lloraba y salía de aquel lugar.
¿Y ahora qué iba a hacer? Había ido allí para que su jefe no se quedara esperando a alguien que no iba a llegar, y había sufrido la peor de las desgracias. Encima de eso, estaba segura que la despedirían cuando regresara el lunes al trabajo, ¿qué iba a ser de su vida? Se preguntaba, no sabía cómo iba a sobrevivir sin su trabajo, sin un hogar y sin nadie en quien confiar. Se sentía completamente sola y desesperada, en lo que recogía sus cosas y salía llorando, después de que el hombre se marchara. ¿Cómo diablos se le ocurrió ir a ese lugar? ¿Qué va a ser de su vida ahora?
Sofía nunca en su vida se había sentido tan desorientada y confundida como ahora, mientras caminaba tambaleante por el angosto y oscuro pasillo de aquel tétrico lugar. Se sentía completamente perdida después de la terrible experiencia que acababa de vivir.
Había crecido en un orfanato después de que sus padres murieran cuando ella era pequeña. Nunca fue adoptada y tuvo que soportar el desprecio y la lástima de todos por su apariencia poco agraciada. Usaba unos enormes anteojos que resaltaban su fealdad. Desde muy joven, Sofía decidió volverse útil y valiosa a través de su honradez, integridad y bondad. Con el escaso dinero que ganaba trabajando en el orfanato logró comprarse esos anteojos. Aunque había intentado conseguir otro trabajo, siempre la rechazaban sin considerar nada más que su apariencia.
Finalmente, había logrado un excelente trabajo con un gran salario y vivía en un hermoso apartamento. Por eso no podía entender por qué le había ocurrido esta terrible desgracia Y lo peor, es que se sentía culpable de lo que le había sucedido. ¡Ella sola había venido y entrado! ¿Cómo no salió huyendo al ver el sitio que era? ¿Por qué fue tan ingenua? ¿A quién iba a culpar de lo que había pasado?
Al salir de la habitación se había encontrado con aquella mujer esperándola en el pasillo. Le dijo que volviera por sus cosas. Sofía sabía que tenía que hacer lo posible por escapar de ese espantoso sitio. Debía encontrar la forma de salir adelante después de esto. La mujer la dejó vestirse y le dio un sobre con dinero.
—El cliente quedó más que complacido y te dejó más de lo que acostumbramos a pagar, toma, y esta es mi tarjeta, si quieres puedes venir cada vez que quieras.
Aturdida y ausente, Sofía permitió que le guardara el dinero y la tarjeta en su bolso. La llevó hasta una puerta trasera que daba a una calle húmeda y oscura. Sin saber qué hacer o a dónde ir, la dejó allí completamente desorientada. Avanzó descalza por la oscura y solitaria calle. En su confusión, había tomado unos zapatos que no le servían y tuvo que quitárselos. No se atrevía a regresar a ese horrible lugar para cambiarlos.
Sentía el frío suelo húmedo bajo sus pies. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, que aún conservaba la sensación fantasmal de las manos de ese hombre sobre su piel. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras una profunda desesperanza se apoderaba de ella.
¿Cómo había llegado a esto? Hasta hace poco tenía una vida envidiable, un buen trabajo, un apartamento. Y ahora, ultrajada y humillada, deambulaba descalza y perdida en medio de la noche. Se sentía como una muñeca rota, algo que habían usado y luego desechado sin contemplaciones.
El miedo se mezclaba con la rabia, la impotencia y la vergüenza. ¿Cómo pudo ser tan ingenua? Se odiaba a sí misma por haberse colocado en esa situación de vulnerabilidad. ¿En qué estaba pensando? Debió sospechar que algo andaba mal, por las cosas que le decía la mujer. Ahora no le quedaba nada, ni siquiera su dignidad.
Los sollozos sacudían todo su cuerpo mientras avanzaba sin rumbo. ¿Adónde iría? No tenía a nadie en este mundo a quien recurrir, estaba completamente sola, como cuando era niña en aquel frío orfanato. Pero esta vez no había nadie que la protegiera o le tendiera una mano amiga.
Sofía sintió que se hundía en un pozo oscuro de desolación. Ya no le quedaban fuerzas para luchar o salir adelante. Lo había perdido todo. Solo deseaba desaparecer para siempre de este mundo cruel que la había maltratado desde el día en que nació. El timbrar insistente de su teléfono hizo que reaccionara y lo tomara, no conocía quién la llamaba, pero lo tomó con miedo.
—¿Hola?
—Hola —respondió una voz de mujer. —¿Eres la nueva asistente del señor López?
—Eso creo —respondió aguantando las ganas de sollozar,
—¿Sabes dónde está? —preguntó la voz apremiante sin hacer caso a la respuesta indecisa de ella. —Esto es una emergencia, localízalo y dile que venga urgente, su padre se está muriendo.
—¿Muriendo? ¿A dónde debe ir? —preguntó ansiosamente, olvidando por un momento lo que le había sucedido y buscando con desesperación el número de su jefe, quien le contestó con la voz muy ronca y adormilado.
—Hola Sofía, ¿qué quieres a esta hora? Estoy cansado, sabes que no debes llamarme a no ser que sea urgente.
—Señor, señor…, me acaba de llamar una mujer diciendo que tenía que ir urgente porque su padre estaba muriendo —hablaba lo más rápido que podía, como si de esa manera fuera a evitar cualquier cosa que le fuera a reclamar su jefe.
—¿Qué? ¿Muriendo? —Sofía pudo escuchar claramente como su jefe había salido de la cama y caminaba presuroso por la habitación, en lo que seguía interrogándola. — ¿Dijiste que mamá llamó para decir que papá está muriendo?
—Sí, sí, pero colgó, no dijo nada más. Y, y.., no sé si fue su mamá, señor, no lo dijo y nunca he hablado con ella antes, no sabría decirle. Tampoco me dio tiempo a preguntar, porque como le dije colgó.
—Está bien, tuvo que ser ella, te dejo a cargo de todo. Me voy en el avión y no sé cuando regresaré. Yo trabajaré desde allá, ¿de acuerdo? ¿Cuento contigo, Sofía? De que hagas exactamente todo lo que te diga depende que la empresa no se vaya a la bancarrota. ¿Entiendes?
Sofía guardó silencio sin comprender ahora mismo lo que estaba sucediendo. Su jefe hablaba como si nada, y un terror muy grande se fue adueñando de ella. Pues por cómo reaccionaba el señor López, parecía que no estaba molesto con ella. Sin que respondiera, él siguió dándole órdenes de lo que debía y no debía hacer. Para colgar después de decirle que confiaba en ella. Entonces si no había sido su jefe, ¿con quién ella había estado en ese lugar infernal?
Sofía colgó el teléfono con manos temblorosas. Un escalofrío recorrió su espalda. Si su jefe no estaba molesto con ella y actuaba como si nada hubiera pasado, eso solo podía significar una cosa: ¡él no había estado en ese espantoso lugar!
Entonces... ¿con quién había estado? ¿Quién era ese hombre que abusó de ella? Un terror paralizante se apoderó de Sofía. Alguien la había engañado y atraído hasta ese sórdido prostíbulo, ¿sería el taxista? No podía recordar su rostro para ir a denunciarlo. Ya le parecía extraño que su jefe frecuentaba un lugar tan miserable como ese. Tenía que investigar todo primero.
Trató de calmarse y pensar. Buscó en su bolso y encontró la tarjeta que le había dado aquella mujer. Decía "Club Atlantis" y tenía una dirección. Sofía sintió náuseas al verla. Rompió la tarjeta en pedazos y los tiró al suelo con rabia.
Necesitaba respuestas. ¿Quién le había hecho esto? ¿Y por qué? Ella no era nadie importante, no entendía qué podrían ganar lastimándola de esa forma tan cruel. Sofía había dedicado su vida a trabajar duro y en silencio, sin meterse con nadie.
Mientras caminaba de regreso a su apartamento, su mente formulaba posibles teorías, cada una más descabellada que la anterior. ¿Y si alguien poderoso la había elegido como víctima al azar? ¿O tal vez era una venganza contra su jefe, usándola a ella para darle una lección? Cada sospecha que surgía la llenaba de más preguntas sin respuesta.
Al llegar a su edificio, Sofía se detuvo en seco. Observó las ventanas oscuras, preguntándose si alguien la estaría vigilando. ¿Podía confiar siquiera en sus propios vecinos? El terror de no saber la invadió. Necesitaba averiguar quién estaba detrás de todo esto, antes de que volvieran a por ella.
Mientras tanto, el señor López, que hacía nada se había acostado, después de la llamada de Sofía avisando que su padre estaba en el lecho de muerte, salió corriendo dando voces a su guardia de seguridad.
—¡Rápido, rápido! ¡Tenemos que ir al aeropuerto ya!
El guardaespaldas, sobresaltado por los gritos, se montó rápidamente en el auto y salieron a toda velocidad hacia el aeropuerto. Durante el camino, el señor López no dejaba de pensar en su padre y en llegar a tiempo para despedirse. Estaba angustiado, hacía meses que no lo visitaba por sus constantes viajes de negocios. Se reprochaba no haber estado más pendiente de su salud.
Al llegar al aeropuerto, corrió hacia los controles, para luego correr hacía la pista donde ya su avión estaba listo para despegar. Al abordar el avión que salía en media hora, llamó a su madre para tener más detalles, pero no lograba comunicarse.
Finalmente, cuando el avión despegó, el señor López se reclinó en su asiento con una mezcla de tristeza y arrepentimiento. Rogaba poder llegar a tiempo para ver a su padre con vida por última vez y despedirse apropiadamente. Estaba tan concentrado en sus pensamientos que no se percató de la misteriosa persona que desde el aeropuerto en la distancia, lo observaba fijamente
Sofía finalmente llegó a su hermoso apartamento y corrió directo al baño. Abrió la ducha y dejó que el agua casi hirviendo cayera sobre su cuerpo. Talló fuertemente su piel, como si quisiera borrar toda huella de lo que le había sucedido esa noche.
Las lágrimas se mezclaban con el agua mientras Sofía frotaba una y otra vez, hasta dejar su piel enrojecida. Se sentía tan humillada, tan impotente. Había momentos en que la rabia y la indignación la invadían, queriendo gritar y romper todo a su paso.
Luego venían olas de vergüenza y culpa, preguntándose una y otra vez cómo pudo permitir que esto pasara. Se suponía que era una mujer fuerte e independiente, que podía cuidar de sí misma. Pero la habían engañado y usado como a una muñeca.
Tras una hora bajo el agua hirviendo, Sofía se miró al espejo. Apenas se reconocía, con los ojos hinchados de tanto llorar y la piel lastimada por el tallado. Se sentía como una cascarón vacío, sin esperanzas. Pero en el fondo, muy en el fondo, una pequeña llama de rabia seguía viva. No podía permitir que esto quedara impune.
Secándose las lágrimas, Sofía se prometió encontrar al culpable y hacerlo pagar. No sabía cómo, pero tenía que haber una pista, una forma de descubrir quién estaba detrás de todo. Y cuando lo hiciera, se aseguraría de que se pudriera en la cárcel por el resto de su miserable vida. Ese pensamiento fue lo único que le dio fuerzas para seguir adelante.