Mi voz era calmada, casi inquietantemente. Era un marcado contraste con la Cecilia a la que él estaba acostumbrado, la que ya estaría llorando, suplicando o gritando. La que se habría aferrado a él, desesperada por cualquier migaja de consuelo. Pero esa Cecilia se había ido. Estaba empacada en una de esas cajas, una reliquia de un pasado que estaba decidida a dejar atrás.
—Tú mismo lo dijiste, Damián —continué, dando un paso más cerca, forzando el contacto visual. Mi mirada era firme, inquebrantable—. Si salías por esa puerta, terminábamos. ¿Recuerdas esa conversación? Justo la semana pasada.
Un destello de algo —culpa, quizás, o simplemente fastidio— cruzó el rostro de Damián. Sus ojos se desviaron por una fracción de segundo antes de volver a los míos, un brillo defensivo apoderándose de ellos.
—Dijiste que era un "viaje estúpido". Dijiste que estaba siendo "dramática" —le recordé, mi voz aún pareja, aunque cada palabra era un martillazo—. Dijiste que era "controladora" y que necesitabas "espacio" de mi "actitud encimosa". —Cité sus palabras exactas, las frases grabadas a fuego en mi memoria—. ¿Recuerdas haber dicho esas cosas, Damián?
—¡Ya basta, Cecilia! —rugió Damián, azotando el bolso de diseñador que Brandon sostenía contra la barra. El costoso bolso de piel se deslizó por la superficie pulida con un raspón áspero, deteniéndose peligrosamente cerca del borde.
Brandon se estremeció, sorprendido por el arrebato repentino. Había dado un paso atrás cuando hablé por primera vez, creando sutilmente distancia, pero ahora retrocedió aún más, un ligero temblor en su mano.
—¿Ves lo que te digo, Damián? —intervino Brandon, su voz aguda e indignada, dirigida a mí—. ¡Está tratando de manipularte! Siempre haciéndose la víctima. Sabe que solo estabas desahogándote con tu mejor amigo, pero tiene que hacerlo todo sobre ella.
Se volvió hacia Damián, bajando la voz en tono de conspiración.
—Solo está ardida porque sabe que me contaste lo mucho que te vuelve loco a veces.
Los observé, el familiar baile de víctima y cómplice. El rostro de Damián era una mezcla de confusión e ira, pero no corrigió a Brandon. Nunca lo hacía. Simplemente absorbía la narrativa conveniente.
Mi estómago se revolvió. Se sentía como una repetición enferma y retorcida de cada discusión que habíamos tenido. La forma en que Brandon siempre se metía, siempre torcía mis palabras, siempre validaba los peores instintos de Damián. Era un círculo vicioso tóxico, y yo estaba tan, tan cansada de estar atrapada en él.
Damián, aparentemente envalentonado por las palabras de Brandon, dio un paso adelante. Buscó mi mano, sus dedos tratando de entrelazarse con los míos.
—Mi amor, vamos. Sabes que no lo dije así. Brandon a veces me prende. Él no entiende nuestra relación. —Sus ojos, usualmente tan seguros, ahora suplicaban, casi desesperados—. Te compré el bolso porque de verdad te extrañé. Quiero arreglar las cosas. Solo hablemos, ¿sí? Podemos olvidar todo esto. Puedes volver a meter tus cajas.
Intentó levantar mi mano, como para colocar el anillo de compromiso imaginario que había mencionado antes. Brandon, mientras tanto, me dedicaba una sonrisa triunfante y cómplice.
—Incluso está hablando de matrimonio, Cecilia. Siempre habla de matrimonio cuando intenta arreglar las cosas. Es lo que quieres, ¿verdad?
Matrimonio. La palabra quedó suspendida en el aire, pesada y frágil, como un viejo cristal a punto de estallar.
Recordé la última vez que Damián había ofrecido el matrimonio como un tratado de paz. Fue después de que lo encontré, no con otra mujer, sino con Brandon, en un bar oscuro, riéndose mientras Brandon imitaba mis ataques de ansiedad.
—Es un dolor de cabeza, güey —había arrastrado las palabras Damián, su voz espesa por el alcohol y el desdén—. Siempre preocupada por algo. Siempre necesitando que la tranquilice. ¿No puede simplemente ser feliz?
Le había exigido una explicación, una línea trazada en la arena.
—Damián, tu mejor amigo se burla de mí. Constantemente nos sabotea. ¿Cómo puedes permitirlo?
Él había puesto los ojos en blanco.
—No seas tan sensible, Cecilia. Es solo cotorreo de hombres. Brandon es mi hermano. Necesitas relajarte.
Me había llamado "controladora" por pedirle que no compartiera detalles íntimos de nuestra vida con Brandon. Me había llamado "egoísta" por querer que priorizara nuestra relación. Me había llamado "loca" por sentirme herida cuando había ignorado mis llamadas durante días, solo para publicar fotos de él de fiesta con Brandon.
Recordé el tono frío y despectivo de su voz cuando finalmente lo localicé, histérica y preocupada.
—Cecilia, ¿por qué siempre eres tan dramática? Estoy bien. Solo divirtiéndome un poco. Tienes que dejar de ser tan encimosa.
Le había suplicado entonces.
—Damián, por favor. Te necesito. Tengo miedo.
—Estás bien —se había burlado—. Solo tómate un calmante. Volveré cuando vuelva. No me esperes despierta.
Esa noche, le di el ultimátum.
—Damián, si sales por esa puerta ahora mismo, si priorizas a Brandon y ese viaje sobre nosotros, entonces realmente terminamos. Esto es todo. No hay vuelta atrás.
Su rostro había sido ilegible entonces, una extraña mezcla de irritación y algo más, algo que no pude descifrar. Pero dudó. Solo por un momento.
Se había quedado allí, congelado, con la mano todavía en la perilla. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un tamborileo desesperado y frenético. Vi el brillo de las lágrimas en sus ojos entonces, lágrimas reales, nublando su visión. Me había mirado, realmente me había mirado, por primera vez en meses.
—Damián —había susurrado, mi propia voz espesa por las lágrimas no derramadas—. Por favor. No te vayas. Te necesito. Nos necesito.
Mis súplicas eran crudas, despojadas de orgullo. Le había contado todo. Cuánto odiaba la influencia de Brandon, lo sola que me sentía, cómo su constante desprecio minaba mi autoestima. Había derramado todos mis miedos, todas mis ansiedades, todo el dolor de sentirme un distante segundo lugar frente a su mejor amigo.
—Solo quiero ser tu prioridad —había logrado decir entre sollozos, las lágrimas corriendo por mi rostro—. Solo una vez. Solo elígeme a mí. Elígenos a nosotros.
Tragó saliva con fuerza, su mirada fija en mi rostro bañado en lágrimas. Por un segundo fugaz, vi un destello del Damián del que me había enamorado: el que era tierno, comprensivo, que me abrazaría y prometería que todo estaría bien. Contuve la respiración, la esperanza floreciendo frágil y feroz en mi pecho. Iba a elegirme. Lo sabía. Tenía que hacerlo.
Entonces, su teléfono vibró.
Lo sacó, una rápida mirada a la pantalla. El nombre de Brandon brilló, acompañado de un mensaje frenético. *¡Güey, ya van a empezar los shots en el Mandala! ¡Si no estás aquí en cinco, nos vamos sin ti! ¡No seas puto!*
La expresión de Damián se endureció. La ternura se desvaneció, reemplazada por un viejo y familiar resentimiento. Me miró, luego al teléfono, luego de nuevo a mí. Aspiró bruscamente.
—Brandon tiene razón —murmuró, su voz fría, distante—. Estás siendo irracional, Cecilia. No intentes controlarme. Te dije que iba a ir.
Abrió la puerta.
—¡Espera, Damián, por favor! —grité, corriendo hacia adelante, tratando de bloquear su camino—. ¡No hagas esto! ¡Si te vas, terminamos!
Me miró con una expresión casi compasiva.
—De verdad eres dramática, ¿no? Siempre dices eso. Y siempre me aceptas de vuelta. Te calmarás. —Cruzó el umbral—. Te traeré algo bonito de Cancún.
Luego, se fue. La puerta se cerró de golpe con un ruido nauseabundo, vibrando por todo el departamento. El sonido resonó en el repentino y cavernoso silencio.
Me quedé en el umbral vacío, el aroma de la cena que había preparado con tanto amor para su regreso ahora frío y burlón. Dos platos, todavía humeantes sobre la mesa. Mis velas favoritas, encendidas y parpadeantes. Todo para nada.
Más tarde esa noche, las primeras fotos aparecieron en el Instagram de Brandon. Damián, del brazo de Brandon, fotos de ellos bebiendo cervezas, apostando, riendo con un grupo de chavas con poca ropa. Los pies de foto de Brandon eran burlones, casi presuntuosos. *¡Cancún, bebé! ¡Cero drama aquí!* Luego, un golpe directo: *Algunos simplemente saben cómo vivir. Otros solo saben cómo encimarse.*
Miré las fotos, la comida que me había obligado a comer subiendo por mi garganta. Corrí al baño, vomitando hasta que mi estómago estuvo vacío y ardiendo. Las lágrimas llegaron entonces, violentas e incontrolables, sacudiendo mi cuerpo con sollozos hasta que no pude respirar.
Esa fue la noche en que terminé en urgencias, luchando por respirar, mi corazón acelerado sin control. Ataque de ansiedad agudo, dijeron los médicos. Provocado por estrés extremo. Me dieron sedantes, monitorearon mi corazón y me enviaron a casa con una receta y una advertencia de evitar los detonantes.
Durante mi estancia, había revisado compulsivamente las redes sociales de Brandon. Más fotos. Más videos. Damián, luciendo vibrante y despreocupado, viviendo su mejor vida, completamente ajeno al hecho de que yo estaba conectada a un suero, luchando simplemente por existir. Las constantes actualizaciones de Brandon eran un cruel montaje de mis peores pesadillas.
Brandon (en el pie de foto de Damián riendo con una mujer en una fiesta en la alberca): *¡Damián pasándola de huevos, finalmente libre!*
La sección de comentarios estaba llena de gente animándolos, elogiando su "código de compas", y criticando a la "novia controladora" de Damián. Y entonces, el giro final del cuchillo: una de las publicaciones de Brandon, una foto grupal en una mesa de póker de altas apuestas, tenía un "me gusta" del propio Damián.