"Y claro, Ximena" , dijo mi madre de repente, mirándome fijamente por encima de su plato. "Tú, como hermana mayor, tendrás que ayudarnos. Es tu responsabilidad" .
La miré, confundida. "¿Ayudarles? ¿Cómo?"
Mi padre intervino con su tono autoritario de siempre.
"Tu hermano va a necesitar muchas cosas. Ropa, pañales, fórmula… y más adelante, la escuela. Tú tienes un buen trabajo, y Mateo también. Es lo justo" .
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. No podía creer lo que estaba escuchando. Nunca me habían apoyado. Mi infancia estuvo marcada por su indiferencia. Fui criada principalmente por mi abuela materna, quien siempre me protegió de su egoísmo.
"Nosotros… nosotros también vamos a tener un bebé" , tartamudeé, sintiendo la mano de Mateo apretar la mía bajo la mesa.
"Pero no es lo mismo" , replicó mi madre con una naturalidad que me heló la sangre. "Ustedes son jóvenes, tienen toda la vida por delante. Nosotros ya estamos grandes, este niño es nuestra última oportunidad de tener un varón" .
La conversación se desvió hacia un tema aún más increíble.
"Por cierto, Ximena" , dijo mi padre, limpiándose la boca con una servilleta. "Hablamos con un abogado. Para que todo quede claro desde el principio, la casa familiar será exclusivamente para tu hermano. Y tu antiguo cuarto, pues legalmente será suyo también. Solo tenemos que firmar unos papeles para que renuncies a cualquier derecho" .
Era como una pesadilla. No solo esperaban que yo mantuviera a su hijo, sino que también querían despojarme formalmente de cualquier lazo con el patrimonio familiar, por poco que fuera.
Mi padre luego se dirigió a Mateo, con una mirada dura.
"Y tú, Mateo. Espero que entiendas que esto es un asunto de familia. Ximena sabe cuáles son sus obligaciones. No queremos que un extraño se meta donde no le llaman" .
Mateo no dijo nada, pero su mandíbula se tensó. Yo sentí una oleada de rabia y tristeza. Ya no eran mis padres, eran dos extraños con un plan perfectamente trazado para explotarme.
No dije nada más durante el resto de la cena. Comí en silencio, sintiendo el peso de sus expectativas sobre mí. Sabía que esto era solo el principio.
Cuando nos fuimos, Mateo me abrazó con fuerza en el coche. No necesitaba decir nada. Su silencio era un apoyo incondicional, un refugio contra la locura que acababa de presenciar.