Denise no comprendía el porqué de la insistencia de Liam por ir en su búsqueda, sin embargo, se lo agradecía. No sabía cuánto le hubiese costado un taxi. Había deducido que la casa de su amigo no se encontraba demasiado lejos de la terminal, pero le alegraba no tener que gastar más. Sus ahorros habían prácticamente desaparecido al realizar aquel viaje.
Suspiró y miró por la ventanilla, mientras el bus comenzaba a adentrarse en la ciudad. Y sus ojos se abrieron de par en par al observar la arquitectura de aquel lugar.
Siempre le había llamado la atención todo lo que fuera antiguo y, a pesar de que había visto Waterford a través de fotos en Internet, no podía evitar sorprenderse ante la majestuosidad de todo lo que la rodeaba, aun cuando la noche había caído ya y no podía apreciar todos los detalles.
Al bajarse del autobús, sintió como el frío aire de enero, en Irlanda del Sur, golpeaba su rostro mientras esperaba que el hombre encargado del equipaje abriera el maletero del vehículo.
Al ver los cuatro enormes bultos de color fucsia, se acercó al hombre para reclamarle sus valijas. Quizás se había excedido un poco, sin embargo, todo lo que había llevado consigo era aquello que consideraba que no podía dejar atrás. Sí, había tenido que abonar una buena suma extra por el exceso de peso, pero no le había importado demasiado. No podía estar sin sus libros, su computadora portátil, ni mucho menos sin su guardarropa completo y su maquillaje. Había procurado organizar todo de tal forma que sus cosas cupieran en el menor espacio posible, y eso era todo lo que había logrado.
Le sonrió al hombre que le tendía las maletas y, haciendo un esfuerzo abismal por transportarlas, se dirigió hacia un pequeño banco y tomó asiento.
Sin perder de vista sus pertenencias —no sabía cuál era el índice de criminalidad de aquella zona—, tomó su móvil y marcó el número de Liam.
Liam miraba como llegaban, uno a uno, los buses provenientes de Dublín, sin ver a Denise por ninguna parte.
Frunció el ceño, dudoso, en el momento en que su móvil comenzó a sonar estridentemente. Sosteniendo la muleta derecha bajo su brazo izquierdo, sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta, miró la pantalla y sonrió antes de responder.
—Hola —saludó—. ¿Dónde estás? —preguntó, escuchando atentamente a su amiga—. Bien —asintió—, dame un par de minutos —agregó, dando por finalizada la llamada.
Guardó el móvil, sin prestarle mucha atención, y, tras acomodar sus muletas, puso rumbo hacia donde se encontraba Denise.
En cuanto vio que Liam se encaminaba hacia ella, Denise se puso de pie, admirando al hombre que se encontraba cada vez más cerca. No pudo evitar notar las grandes ojeras que adornaban y, en cierta medida, resaltaban sus ojos de incierto color. Sus iris jamás dejarían de ser un enigma para ella. Nunca había sido capaz de prever qué color encontraría cuando lo mirase a los ojos. Sonrió, al apartar la mirada del rostro de su amigo y al enfocarse en su rubio y cobrizo cabello, que había sido salpicado por unos cuantos mechones de color plata.
En el momento en el que Liam estuvo junto a ella, olvidó por completo sus pertenencias y se lanzó hacia él, envolviéndolo en un fuerte abrazo.
Sonriendo e intentando no perder el equilibrio, Liam le devolvió el abrazo con un suave apretón. Ya casi había olvidado la efusividad con la que Denise siempre se dirigía a él. Aquel abrazo logró que sus ojos, que en ese momento eran de un azul intenso, se anegaran en lágrimas. Había perdido la cuenta de cuánto tiempo hacía que no recibía una muestra de afecto como aquella; ni siquiera se había percatado de cuánto lo necesitaba, hasta ese momento.
Denise se separó con lentitud.
—No te recordaba tan delgado ni tan viejo —dijo con una sonrisa cansada, mirándolo de arriba abajo.
—Muy graciosa —respondió Liam, observándola del mismo modo—. Yo no te recordaba tan bajita y extravagante —agregó, valorando el atuendo de la muchacha.
Denise había escogido para aquel largo viaje un ajustado y para nada cómodo jean, roto en partes estratégicas, y una escotada e igual de ajustada blusa color rojo que dejaba muy poco a la imaginación. Sobre esta última llevaba una chaqueta de cuero color negro, lo único de aquel atuendo que Liam podía considerar apropiado para un viaje tan largo como el que había realizado. Alzó las cejas, pensativo, mientras continuaba observando a su amiga, percatándose de como las prendas se amoldaban a sus prominentes curvas, favoreciéndolas y resaltándolas. ¿Cuántas miradas habría recibido de camino a allí?
—Me alegro de que ya estés aquí —dijo, mientras Denise se alejaba unos pasos de él y tomaba sus maletas, luego de colgarse al hombro su bolso de mano—. Me encantaría poder ayudarte, pero… —agregó con una sonrisa de disculpas, mirando significativamente hacia donde debería encontrarse su pierna izquierda.
—No te preocupes, no creas que lo había olvidado —respondió, con una sonrisa—. No quiero que por mi culpa te quedes sin tu pierna derecha también. —Liam rio, poniendo los ojos en blanco—. Creo que podré sola, mientras no hayas dejado el coche demasiado lejos.
—No, está en casa, a unas diez cuadras de aquí. Denise lo fulminó con la mirada.
—Ay, no seas así, es solo una broma. ¿Acaso no eres tú la que siempre dice que soy amargado? Solo intenté dejar de serlo y mira quien es la amargada ahora —dijo, mientras Denise bajaba la cabeza y lo observaba a través de sus largas pestañas—. Vamos —agregó—. El auto está en el estacionamiento. Es obvio que no he venido andando, si de casualidad puedo permanecer parado.
Denise rio, mientras blanqueaba sus ojos y lo seguía hacia el aparcamiento de la terminal de buses. No sabía cómo, pero Liam siempre, absolutamente siempre, lograba mejorar su humor. Mientras la pregunta de lo que había sucedido en Buenos Aires no se hiciera presente, sentía que aquella podía ser una buena noche.
Creía que la decisión de llamar a Liam, tras la fuerte discusión con su madre y de descubrir cosas que hubiese preferido que se mantuvieran ocultas, había sido una excelente idea. Sí, sabía que había actuado de manera impulsiva, pero, después de ver a su único y mejor amigo, estaba convencida de que aquella decisión había sido la correcta, aunque una parte de ella aún tuviese miedo de lo que viniese después.
Una vez junto al Nissan de Liam, este quitó la alarma y el seguro y abrió el maletero, permitiéndole a Denise guardar allí sus tres pesadas maletas.
—¿Por qué has traído tanto? —preguntó, mirándola con el ceño fruncido.
—Ropa, maquillaje, libros… —enumeró, mientras rodeaban el coche y cada uno ocupaba su asiento.
—¿Sabes que eso también lo puedes conseguir aquí? —preguntó, mientras colocaba la llave en el contacto.
—Sí, pero ya sabes que no se me da muy bien el inglés y...
—En los libros, entiendo, pero ¿la ropa, el maquillaje?
—Ya, sé que tienes razón, pero yo no soy el joyero Liam Carter y mis ahorros ya están en las últimas —dijo, mirándolo de reojo en tanto se colocaba el cinturón de seguridad—. Necesitaré conseguir trabajo cuanto antes.
—Tranquila, yo puedo ayudarte. No tienes que preocuparte por eso ahora
—le aseguró, saliendo del aparcamiento.
—No quiero que tengas que ocuparte de mí —murmuró, con la vista clavada en sus rodillas.
—Te conozco y sé que te molesta, pero escúchame —dijo, mirándola de reojo, para luego volver a posar la vista en la carretera—, puedo hacerlo mientras buscas trabajo, e incluso puedo ver cómo puedo ayudarte con eso último.
—¿Seguro? —preguntó—. Lo último que quiero es ser una carga para ti. —«Demasiada carga he sido ya para todos», agregó para sus adentros.
—Seguro —afirmó, con una media sonrisa.
Un nudo se instaló en la garganta de Denise. No sabía cómo diablos había hecho, pero había sido merecedora del mejor amigo del planeta, aunque ya le gustaría que… Frunció el ceño y apartó aquel pensamiento de su cabeza. Sabía que no sería fácil, pero debía procurar mantenerlo lo más alejado de su conciencia.
—¿Qué quieres comer? —preguntó Liam, al cabo de un momento.
—Lo que tú quieras, pero nada de bistec y papas, por favor —respondió, con un gesto de súplica.
—Pero hay un restaurante en el que sirven unos bistecs deliciosos…
—Perdón, si no te molesta, preferiría pedir algo para llevar. Estoy demasiado cansada.
—Bien, pero ¿qué quieres comer? —repitió, mientras doblaba en una esquina.
—Pasta —contestó, sin dudarlo.
—Pasta, ¿eh? Bien, conozco el lugar perfecto —dijo, sonriendo—. Espero que cumpla con tus expectativas.
—No he comido desde que me subí al avión. Cualquier cosa estará bien.
Liam la observó de reojo y asintió, dibujando una media sonrisa. Sabía muy bien por qué le había sugerido aquel viaje y no se arrepentía en lo más mínimo. No estaba seguro de por qué, pero tenía la sensación de que Denise le ayudaría más de lo que podía imaginar y él también la apoyaría en todo lo que fuese posible. Nunca había conocido una mujer como ella y, a pesar de sus mil y una locuras, la quería demasiado.
Cuando Denise despertó, frunció el ceño al percatarse de la oscuridad reinante en la habitación que Liam le había asignado, recordando que este le había mencionado que el ventanal del cuarto contaba con una gruesa cortina que impedía que, en verano, la temprana luz del alba ingresara en el dormitorio. Confundida, tomó el móvil que había dejado cargando sobre la mesilla de noche y comprobó que tenía un par de mensajes privados en su Instagram o, mejor dicho, reacciones a las últimas historias que había subido.
Suspiró. Nadie sabía por qué diablos se había montado en aquel avión y no tenían por qué conocer la verdad. Por eso le gustaban las redes sociales, podía mostrar solo lo que quería. Sonrió ante uno de los mensajes, el cual decía: «Buen viaje, cariño, disfruta». Si aquella seguidora conociera el motivo de su partida… Sin embargo, a pesar de la incomodidad que le causaba pensar en su ignorancia, le agradeció por los buenos deseos, para luego de apretar los párpados por un segundo, antes de observar la hora en la esquina superior derecha de su Smartphone.
Abrió los ojos de par en par.
No, no podía ser. ¿De verdad había dormido toda la noche, toda la mañana y buena parte de la tarde? La noche anterior se sentía cansada, pero ¿tanto? Desconectó su teléfono del tomacorriente, lo dejó junto a ella y frotó los ojos, intentando alejar los últimos rastros de sueño.
Suspiró una vez más y se puso de pie, para luego dirigirse hacia sus maletas, preguntándose por qué diablos Liam no la había despertado.
Al abrir la valija más grande, se encontró con un revoltijo de prendas que ella no recordaba haber colocado así, sin embargo, haciendo memoria, cayó en la cuenta de que la noche anterior, presa del cansancio, había buscado su pijama sin ningún cuidado. Volteó los ojos al cielo, maldiciéndose. No le quedaría más remedio que acomodarlo todo.
Con ese pensamiento en mente, se encaminó hacia el guardarropa y comprobó que este se encontraba a rebosar de cajas. Debería preguntarle a Liam en dónde diablos podía colocar sus cosas, pero antes tenía que atender a las súplicas de su estómago, que no dejaba de rugir. Estaba hambrienta. La lasagna de la noche anterior había estado deliciosa, tal y como había prometido Liam, pero, después de dormir prácticamente todo el día, sin dudas necesitaba comer algo más.
Esperaba poder desayunar antes de que Liam cenara. Se sentía horrible. ¿Por qué había dormido tanto? No lo sabía, y no tenía más remedio que resignarse, al fin y al cabo, no podía hacer nada al respecto. De todos modos, tampoco podía quejarse demasiado, ya que aquello, a pesar de todo, tenía algo positivo: la angustia dolía bastante menos que los días anteriores. Al parecer, el sueño le había proporcionado un descanso a su pecho, o quizás se debía a que se encontraba lejos de su ciudad natal; lejos de su madre; lejos de todo aquello que le recordaba que no debía existir. Aunque, tal vez, era producto de ambas cosas. No estaba segura, pero lo que sí sabía, era que se sentía mucho mejor.
Tomó un par de prendas de su maleta —un ajustado jean y una blusa color verde— y puso rumbo hacia el cuarto de baño.
Una vez se terminó de duchar, se vistió velozmente y se maquilló lo suficiente como para ocultar las enormes ojeras que habían comenzado a aparecer bajos sus ojos color miel, antes de colocarse las lentillas y encaminarse hacia el pasillo de la segunda planta.
—Buenos días, bella durmiente —la saludó Liam, saliendo de su habitación, la cual se encontraba justo frente a la que ella ocupaba.
—Muy gracioso —repuso, con cara de pocos amigos, mientras tomaba las muletas de Liam y comenzaba a bajar las escaleras—. ¿Por qué no me llamaste? Y, ¿por qué duermes en el piso de arriba?
—En primer lugar, no te llamé porque anoche estabas demasiado agotada, llevabas casi dos días sin dormir y necesitabas descansar. En segundo lugar, duermo arriba porque, no sé si lo habrás notado, no hay habitaciones en la planta baja. —Rio.
—Ya, entiendo —suspiró Denise, en cuanto bajaron el último escalón—. ¿Qué hacías arriba?
—Leía. Terminé un trabajo y decidí relajarme un poco —respondió, recibiendo las muletas—. ¿Tienes hambre? —preguntó, oyendo como el estómago de Denise rugía ante la pregunta.
—Lo siento. —Sonrió—. Pero sí, estoy hambrienta.
—Ven —dijo, encaminándose hacia la cocina—. Por la mañana me tomé el atrevimiento de pedir unas facturas en una pastelería argentina que acaba de abrir por aquí cerca. La pareja es mendocina y me caen genial.
—No bromees —dijo Denise, alzando las cejas, en tanto se adentraba en la cocina—. ¿Hay facturas en Waterford?
—Waterford lo tiene todo, querida —dijo, mientras se encaminaba hacia la alacena y bajaba una gran bandeja, que depositó sobre la mesa—. Allí encontrarás las tazas —agregó, señalando un alto armario empotrado—, y puedes calentarte el café que quedó de la mañana.
—Gra-gracias —dijo Denise, sin poder salir de su asombro.
—De nada —respondió su amigo, sentándose a la mesa y comenzando a abrir el envoltorio de las masas argentinas—. No estaba seguro de que quisieras comer un desayuno típico irlandés, así que… En fin, hay de todo un poco. No recordaba cuáles eran tus favoritas. Hay de dulce de leche, membrillo y alca-no-sé-qué.
—Alcayota —aclaró Denise con una sonrisa, mientras introducía en el microondas la taza que había llenado con café.
—Eso —confirmó Liam.
—Gracias, son mis favoritas.
—¿Cuáles?
—Todas, pero en especial las de alcayota.
—¿Estas? —preguntó Liam, mostrándole la que contenía una mermelada extraña—. ¿Te gustan los pelos caramelizados?
—No son pelos —dijo, volteando los ojos al cielo, en el mismo momento en que el pitido del microondas le informaba que su café ya estaba listo—. Se le llama hilachas o Cabellos de Ángel, pero es la pulpa de la fruta.
—Sí, sí, como tú digas. Las compré solo porque los dueños de la pastelería me dijeron que podían gustarte y que era un dulce típico, pero no deja de verse asqueroso.
—¿Lo has probado?
—No, y no pienso hacerlo.
—Anda, solo un poco.
—¡No!
—Por favor —pidió, poniendo cara de súplica.
—No, estoy seguro de que sabe asqueroso.
—Solo prueba un poco, si no te gusta no lo comes.
Liam puso los ojos en blanco y tomó una de aquellas masas con aquel extraño dulce sobre ella, y se la llevó a la boca, mientras Denise lo observaba expectante.
—Lo que hago por ti —suspiró Liam, antes de darle un mordisco.
Masticó lentamente aquel bocado y frunció el ceño.
—¿Y? —preguntó Denise, alzando las cejas—. ¿No es delicioso?
—Emmm… —dudó Liam, luego de tragar con dificultad—. No, es horrible. No entiendo cómo puede gustarte esto.
—¡Qué mal gusto tienes! —exclamó Denise, tomando la factura que su amigo había dejado a medio comer, y le dio un bocado—. Es delicioso —aseguró, con la boca llena.
—Está bien, lo que tú digas. No volveré a probar esa asquerosidad.
Denise puso los ojos en blanco. No entendía por qué tanta exageración, pero así era él y no podía ni quería cambiarlo.
—¿Qué pasó… —comenzó a preguntar Liam, unos segundos más tarde, logrando que Denise bajara la taza de café, alerta—, con la novela que estabas escribiendo?
Denise suspiró, aliviada.
—No lo sé —respondió, mientras tomaba una nueva factura, agradeciendo que no le hubiese hecho la bendita pregunta—. Por ahora quedará ahí.
—¿Ahí dónde? —preguntó Liam con el ceño fruncido.
—En la carpeta de archivos olvidados.
—No, no puedes hacer eso.
—¿Por qué no? —preguntó, alzando una ceja—. Es mi historia y puedo hacer con ella lo que quiera. De todos modos, aunque quisiera continuarla, no tengo cabeza para ello.
Liam la miró, pensativo. Aquello reafirmaba su creencia de que Denise le estaba ocultando la parte más importante de la discusión con su madre. Que no tuviera cabeza para aquello solo podía significar que no había sido una simple pelea, como le quería hacer creer.
—No digas eso —le pidió—. Entiendo que puedas estar cansada, pero…
—No dejaré de escribir, Liam. No te preocupes por eso. Por muy mal que me vaya, por muy mal que me sienta, más allá de las decenas de críticas destructivas y de las escasas ventas, no dejaré de hacerlo —le aseguró—. Es solo que no puedo seguir escribiendo sobre el amor de una madre, cuando no lo he conocido.
Liam la observó, apenado.
No tenía idea de qué era lo que había sucedido, pero sí sabía que aquella no era Denise, al menos, no era la misma muchacha que había conocido hacía siete años.
—No sé qué fue lo que sucedió en Buenos Aires… —comenzó a decir, dubitativo.
—Liam, por favor, no quiero hablar de eso —lo cortó, con una mirada de súplica.
—Y yo no pienso hacerte hablar de ello. Lo siento —se disculpó—. Te escucharé cuando quieras contármelo, cuando te sientas preparada.
—Piensas que te he mentido.
—Sí —respondió, aun sabiendo que no se trataba de una pregunta—. Perdóname, pero siento que lo has hecho, o, mejor dicho, creo que me has ocultado una parte importante de la verdad. Pero no te culpo —aclaró, al ver como su amiga comenzaba a abrir la boca para responder ante aquella acusación—, cada uno tiene sus tiempos y, aunque me gustaría saber qué fue lo que sucedió y así poder ayudarte, no te presionaré.
—Lo siento, pero no puedes ayudarme —dijo, bebiendo el último sorbo de su café—. De todos modos, gracias. —Sonrió.
Liam asintió. No le gustaba aquella versión de su amiga. No, Denise no era así. Denise era alegre, divertida. Denise era quien siempre se encargaba de encontrar un modo de sacarlo de sus casillas, no aquella muchacha desanimada, triste y resignada.
—¿Tienes un cigarro? —preguntó Denise, mientras se levantaba y colocaba su taza vacía en el lavavajillas.
—Solo armados —respondió, sacando un pequeño sobre de tabaco y un paquete de papel de liar del bolsillo de su chaqueta.
—Por mí está bien.
—Es sin filtro —aclaró.
—No hay problema, podré tolerarlo. Solo te pediré que me lo armes tú, yo no me doy maña con eso.
Liam asintió y comenzó con la tarea.
—Oye —dijo, al cabo de un momento, tendiéndole el cigarrillo recién liado—. Si no piensas continuar con la historia que estabas escribiendo, ¿por qué no comienzas otra?
Denise encendió el cigarro y lanzó la primera bocanada de humo hacia el techo, antes de contestar:
—No creas que no lo he pensado. De hecho, de camino hacia aquí, se me ocurrió una idea, pero le falta mucho antes de que me anime a escribirla.
—¿De qué va? —preguntó, intrigado, al ver que aquel tema le había devuelto la sonrisa.
—Aún no lo tengo muy claro, como ya te dije, le falta mucho desarrollo. Lo único que sé es que quiero que la historia se desarrolle aquí.
—Ah, ¿sí? —preguntó, alzando las cejas.
—Sí —asintió—. Ya sabes que esta es mi primera vez en el país y me pareció maravillosa la idea de ambientar una historia aquí, en Waterford. Es bellísimo, al menos por lo poco que pude ver cuando llegué.
—Bellísimo como tu mejor amigo —dijo, sonriendo.
Denise le devolvió el gesto, mientras su estómago daba un vuelco.
—No —dijo, con una mueca de burla—. Tan hermoso como yo —enfatizó, bromeando e intentando alejar la sensación que las palabras de Liam habían despertado en ella.
—Como usted diga, señorita —dijo Liam, con gesto teatral—. Me parece perfecto que quieras ambientar una historia aquí, pero creo que antes de hacerlo deberías conocer la ciudad. Podríamos recorrer un poco, si quieres.
—¿Hablas en serio? —preguntó, con la ilusión grabada en el rostro.
Liam asintió.
—Pero ¿y tu trabajo?
—Puede esperar, no tengo demasiado —respondió, tomando sus muletas y poniéndose de pie.
—¿Cuándo iremos?
—¡Ahora mismo! —exclamó, sonriente. Haría todo lo que estuviese al alcance de sus manos para verla sonreír.
—¿Ahora?
—Exacto, tienes quince minutos para ponerte algo cómodo mientras yo me ocupo de unos detalles en el estudio —dijo, saliendo de la cocina, seguido de Denise, quien lo miraba con el ceño fruncido.
—Esto es lo más cómodo que tengo —dijo, abriendo los brazos.
Liam dio media vuelta y valoró su atuendo.
—Si tú lo dices —dijo, alzando una ceja—. No quiero ni imaginar qué es lo más incómodo que hay en tu guardarropa. Solo espero que luego no te quejes del dolor de pies —agregó, mirando el calzado de su amiga.
Denise bajó la mirada.
—¿Qué tienen mis zapatos?
—Son demasiado altos —respondió, retomando su camino.
—No pensarás que iré de tenis, en compañía del Yeti.
—Como quieras —dijo, con una media sonrisa, perdiéndose tras la puerta.
—¡Tú porque ni siquiera puedes usar un par de pantuflas! —exclamó, molesta. ¿Qué tenían de malo sus botas de tacón?
—Muy graciosa —se oyó desde el interior del estudio—. Vamos, ve y prepárate que en quince minutos salimos. No te esperaré.
—Ya estoy lista.
—Si tú lo dices…
Denise intentó valorar cada aspecto de su atuendo, sin encontrar el problema. Sin embargo, luego de aquel análisis, recordó que no estaba del todo preparada. Necesitaba retocar su maquillaje y tomar su bolso.
Velozmente, subió de dos en dos los escalones que la separaban de la planta superior y se dirigió hacia el dormitorio.