Punto de vista de Seraphina
El frágil silencio se vio interrumpido por completo con un grito desgarrador que resonó por el pasillo estéril.
-¡Papá! ¿Dónde estás?
Todas las cabezas voltearon al mismo tiempo. Mi estómago se hundió cuando Celeste apareció. Su cabello dorado ondeaba detrás de ella y sus mejillas estaban rojas por haber corrido. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas, pero su belleza seguía siendo impresionante.
Después de diez años, la repentina aparición de mi hermana me impactó con un golpe de verdad.
Casi por instinto, me giré hacia Kieran, quien estaba mirando a Celeste boquiabierto, como si fuera un sueño del que temía despertar. El anhelo puro en sus ojos era más que suficiente para responder la pregunta que me había atormentado durante todos estos años: su corazón nunca había sido mío.
-Díganme que no llegué tarde -rogó Celeste, con la voz rota. Al no responder nadie, sus rodillas cedieron.
Kieran se movió a una velocidad de la que ningún licántropo era capaz. La atrapó justo antes de que tocara el suelo, acunándola contra su pecho mientras mi madre y mi hermano se unían a ellos en un abrazo colectivo. Sus cuerpos entrelazados y sus sollozos compartidos pintaban un retrato familiar perfecto, uno del que yo jamás había sido parte.
Este pensamiento me desgarró la garganta. Después de todo, yo también había perdido a mi padre. ¿No merecía yo llorar su pérdida?
No obstante, este era el mundo de Celeste y siempre lo había sido. Desde que dio sus primeros pasos, todos los ojos habían estado sobre ella, admirándola y amándola. Mientras ella brillaba, yo me convertí en solo una sombra.
Ahora, mientras sus gemidos de dolor resonaban en toda la sala, yo bien podía haber sido invisible.
La puerta de salida me tentaba. Era mejor irme con la poca dignidad que me quedaba a esperar su inevitable rechazo.
Ni una sola cabeza volteó cuando me escabullí.
Para cuando llegué a casa, mis lágrimas ya se habían secado, dejando unos rastros salados en mis mejillas. Sin embargo, ¿qué pasaría con el dolor vacío en mi pecho? Sentía que se quedaría conmigo para siempre.
Lo primero que hice fue ir al cuarto de Daniel para ver cómo estaba.
Me sorprendió ver la luz encendida bajo su puerta. Cuando la abrí, encontré a mi hijo de nueve años acurrucado con las rodillas contra su pecho, haciendo como una pequeña fortaleza contra el mundo exterior.
-¿Mami? -Su voz sonaba demasiado infantil, pero como si supiera lo que pasaba.
Me senté al borde de su cama en forma de auto de carreras. -Mi amor, ¿qué haces despierto?
Se mordió el labio inferior. -Algo le pasó al abuelo Edward, ¿verdad?
Me quedé sin aire en los pulmones. ¿Cómo podría decirle a este niño de ojos brillantes que el hombre que le había enseñado a rastrear venados el verano pasado se había ido para siempre? Acaricié su rodilla sobre su pijama. -Cariño, pasó... Pasó algo en la noche y el abuelo se lastimó...
-Se murió. -El susurro de Daniel tenía una certeza que daba miedo-. Nuestro vínculo... se rompió.
Mi mano se detuvo en seco. A los nueve, no debería haber sido capaz de sentir cómo se cortaban los vínculos de la manada. No obstante, aquí estaba él, demostrando la misma sensibilidad de lobo que yo había pasado su vida entera rezando que heredara.
Mi alivio luchó contra mi asombro. De esta manera, él no sería como yo. No tendría que cargar con la vergüenza de ser el hijo defectuoso del Alfa, un licántropo cuyo lobo nunca se manifestó.
-Ven aquí, mi pequeño niño valiente- Lo abracé fuerte, inhalando su olor a jarabe de arce y sudor infantil. A pesar de que lamentaba esa desastrosa Cacería de Luna de Sangre, nunca me arrepentiría del milagro que me dio esa noche.
Daniel era la única cosa pura en mi vida, el único corazón que me amaba de manera incondicional.
Mientras arropaba sus hombros con su manta con dibujos de naves espaciales, él me miró con sus ojos llenos de alma, los mismos ojos de Kieran pero en miniatura.
-Tú y papi siempre estarán conmigo, ¿verdad?
Su pregunta me atravesó como una lanza. Acaricié su cabello con mis dedos, justo como hacía cuando era un bebé que no podía dormir. -Ay, mi amor...
¿Cómo podía explicarle que su padre nunca había sido mío? ¿Que la manera en que Kieran había mirado a Celeste hace poco, como si el sol hubiera salido después de una década de oscuridad, era una mirada que nunca me había dado a mí? ¿Que el abrazo de ellos en el pasillo del hospital había sido más íntimo que cualquiera que él y yo hubiéramos compartido en diez años de matrimonio?
-No me iré a ninguna parte -le prometí, dándole un beso en su ceño fruncido-. Tu papi y yo te amamos por encima de todo -susurré-. Nada cambiará eso, nunca.
Su sonrisa dormilona me destrozó el alma. -Buenas noches, mami.
-Dulces sueños, mi vida. -Besé su frente, demorándome más de lo debido antes de salir.
Las luces fluorescentes de la cocina zumbaban mientras revisaba dentro del refrigerador. Las botellas de vidrio tintineaban, pero mi mano se congeló a mitad del camino al escuchar la puerta principal.
Kieran ya había llegado a casa.
Pensé que se quedaría toda la noche en el hospital, consolándola y reconectando.
Se movió a través de la casa oscura como una sombra hasta que sus hombros anchos ocuparon el marco entero de la puerta de la cocina. La luz de la luna resaltó las facciones definidas de su rostro mientras me recorría con su mirada vacía, como siempre.
El refrigerador zumbaba entre nosotros mientras pasaba su mano por encima de mi hombro. Su aroma a cedro y lluvia me envolvió por un traicionero momento antes de que se retirara, abriendo una botella de agua.
-¿Querías... algo de comer? -Mi voz sonó demasiado baja en el silencio-. No pudiste cenar.
No hubo respuesta. Solo podía escuchar su garganta mientras bebía. Sus músculos tensos se flexionaban bajo una barba corta que nunca me había permitido tocar. El sonido del plástico aplastado golpeando el contenedor de reciclaje me hizo temblar.
Se apoyó contra la mesa, con la cabeza inclinada como Atlas soportando el peso del mundo. Yo ya conocía esta rutina de memoria, habían sido diez años hablando con un fantasma.
-Solo voy a... -Me dirigí con lentitud hacia la puerta.
-Seraphina.
Escuchar mi nombre salir de su boca siempre me dejaba atónita, como si me bañaran con agua helada.
Me giré poco a poco. La luz de la luna proyectaba sombras duras debajo de sus pómulos y su expresión era tan difícil de leer como siempre.
-Tenemos que hablar.
Sus palabras tranquilas me generaron escalofríos. El modo en que se sujetaba a la mesa hacía que sus nudillos se pusieran blancos como hueso.
No hubo preámbulos, ni suavizó nada. Solo habló con su eficiencia brutal de siempre.
-Quiero el divorcio.
Diez años. Había esperado diez años para que acertara este golpe.
Aun así, era curioso cómo todavía la sorpresa me dolía.
Punto de vista de Seraphina
Esas palabras no deberían haberme dolido, no después de una década esperando este preciso momento. Aun así, me cortaron como cuchillas de plata y el dolor se esparció desde mi corazón destrozado hasta cada terminación nerviosa.
Siempre supe que Kieran me pediría esto en algún momento. Sobre todo ahora que Celeste, su primer amor, su verdadero amor, había regresado.
No importaba que lo hubiera amado desde que éramos niños pequeños, mucho antes de que siquiera Celeste se fijara en él. Ni tampoco que le hubiera dado un hijo. En el instante en que ella regresó, yo me volví invisible, tal como siempre había sido para él.
Celeste era un diamante deslumbrante, cegando a todos ante la piedra simple a sus pies que era yo. Estaba consciente de esto, entonces, ¿por qué aún así sentía que mi alma se partía a la mitad?
-Es por Celeste, ¿verdad? -Mi voz sonó con una calma escalofriante. Yo ya conocía la respuesta, pero una parte masoquista de mí necesitaba oírlo de su boca. Necesitaba que torciera el cuchillo y lo hundiera más profundo.
Un brillo apareció en los ojos de Kieran. Era la primera emoción verdadera que me mostraba en años. -No -espetó con la mandíbula apretada-. Claro que no.
Mentiroso.
Se pasó una mano por su cabello castaño oscuro, exhalando con fuerza. -Es solo que la muerte de Edward... me recordó que la vida es demasiado corta como para malgastarla en un error.
Un error.
Hubiera preferido que me clavara el cuchillo; que gritara el nombre de Celeste antes que reducir nuestro matrimonio, nuestro hijo, a un simple arrepentimiento.
No pude evitar soltar una risa.
Un sonido desgarrador e histérico salió de mi garganta mientras él me miraba como si me hubiera vuelto loca, quizás era verdad.
Me reía porque la otra opción era gritar.
Recorrí con mi mirada los rasgos de este hombre que conocía, pero que a la vez no. Este hombre extraño que había amado por dieciocho años y que nunca me había visto en realidad.
¿Quién daba más lástima? ¿Él o yo?
Él amaba a Celeste y, aun así, su honor y un solo error lo habían encadenado a un matrimonio que nunca había querido. ¿Qué habíamos obtenido de estos diez años? Si no fuera por esa noche, si no nos hubieran obligado a unirnos sin amor, ¿acaso sus ojos habrían tenido un atisbo de calidez por mí?
Nunca estuvimos destinados a terminar así.
Incluso cuando nunca podría arrepentirme de haber tenido a Daniel, hablaba en serio esa noche: estaba lista para desaparecer. Debí haber huido más lejos. Nunca debí haber entrado en esa clínica ni dejarles saber sobre el embarazo.
Me había convencido a mí misma que quedarme, resistir, era por el bien de Daniel. Sin embargo, ya no podía seguir mintiéndome. ¿Qué clase de vida le había dado con padres cuyos corazones estaban separados por océanos de distancia? En la ausencia de Celeste, Kieran se había comportado como un padre cumplidor. No obstante, ahora ella había regresado y la frágil fachada de nuestro matrimonio se haría añicos.
No permitiría que mi hijo viera a su madre convertirse en un hazmerreír.
-Bien -dije por fin a medida que la risa desaparecía de mis labios.
Kieran alzó las cejas. ¿Había esperado lágrimas? ¿Súplicas? ¿Había querido verme quebrarme?
Qué lástima por él.
Durante toda mi vida, la gente había hecho de todo para ver que me rindiera, pero yo me había negado a darles ni una sola pizca más de mi dolor.
Una vez me librara de este matrimonio, solo me llevaría dos cosas conmigo:
Mi dignidad...
Y mi hijo.
-Quiero la custodia completa de Daniel.
Su sorpresa se transformó en ira. -¡Ni lo sueñes! ¡Es mi hijo!
-¡Y mío también! -respondí con un gruñido.
-¡No puedes arrebatarle el heredero de la manada a su Alfa! -Su voz tembló por la rabia apenas contenida.
-¡Y tú no puedes arrancarle el corazón a una madre! -Mis manos temblaban, pero mi tono no flaqueó-. No quiero tu dinero, ni tus propiedades. Nada. Solo quiero a mi hijo.
Daniel era mi única luz en este mundo tan miserable. Si Kieran me lo quitaba...
No sobreviviría.
-Y más importante... Tú y Celeste tendrán más hijos.
Decir esas palabras me quitó el aliento. De solo imaginarla dándole los cachorros que yo nunca pude hizo que mi pecho ardiera como una herida reciente. Sin embargo, por Daniel, estaba dispuesta a soportar cualquier cosa, incluso este dolor.
Me quedé mirando a Kieran con mucha atención. Tenía una expresión indescifrable bajo la tenue luz de la cocina. Tras un largo rato, solo asintió con un movimiento rígido.
-Bien, puedes tener la custodia completa.
Había dado en el clavo y aceptó con demasiada facilidad.
Ni una sola objeción, ni una palabra para responder a lo que había dicho sobre él y Celeste. Él todavía prefería tener una familia con ella, ¿no era así?
¿Lo más patético de todo esto? En algún rincón tonto y desesperado dentro de mi corazón, todavía guardaba esperanzas de que dijera algo. Lo que fuera para probar que nuestro matrimonio no había sido solo una sentencia de prisión para él.
Llevé mis palmas a mis ojos que ardían. Por Dios, ¿qué me estaba pasando?
No podía darme el lujo de seguir teniendo esperanzas, no esta noche. Si no me iba de este lugar lo antes posible, colapsaría justo aquí, sobre los fríos azulejos...
De pronto, Kieran me agarró de la muñeca.
Aclaró su garganta con incomodidad mientras sentía su agarre cálido contra mi piel. -Podemos esperar hasta después del funeral para encargarnos de eso... Si prefieres.
Por un peligroso instante, casi le creí. Por poco pensé que era una señal de amabilidad.
Si tan solo me hubiera mostrado esta consideración una sola vez en los diez años pasados.
Me zafé de su mano con un movimiento fuerte. -No es necesario aplazarlo. No es como si hubiera mucho que terminar, ni siquiera me diste una marca de apareamiento.
Era la única cosa que se había negado a hacer cuando nos casamos. Claro, eso y amarme.
-Tu loba nunca apareció -explicó en nuestra noche de bodas con una voz vacía de emociones. -Una marca de apareamiento solo te terminaría causando dolor cuando...
Cuando suceda lo inevitable y nos divorciemos...
No terminó la oración en ese momento, pero ambos sabíamos lo que quería decir. Así como ambos sabíamos la verdadera razón: en su cabeza, esa marca le había pertenecido a Celeste.
La amarga realidad se asentó en mi pecho: él había planeado este desenlace desde el comienzo.
¿Cuál era la diferencia ahora? Ya fuera lástima o ya fuera algo premeditado, el resultado era el mismo: mi cuello seguía sin una marca, mi corazón permanecía roto, y Kieran sería libre.
Entonces él arrugó el ceño con fuerza.
-Seraphina, no hay necesidad de amargarnos la vida. Nuestro matrimonio fue un error, solo espero que ambos podamos seguir con nuestras vidas. -Su voz se suavizó, pero esta pizca de lástima hizo que mi estómago se revolviera-. Mereces...
-Por favor, ahórrate el discurso. -Me di la vuelta antes de que él pudiera ver cómo su lástima me cortaba más profundo de lo que podría su ira-. No te preocupes, he ahorrado lo suficiente como para mantenerme a mí y a Daniel. A partir de mañana, serás libre.
La expresión de sorpresa en su rostro fue casi cómica. ¿De verdad esperaba que peleara por él? ¿Que le suplicara?
Era verdad que lo amaba y eso no había cambiado.
Sin embargo, diez años intentando entrar en su corazón gélido me habían enseñado algo: ninguna cantidad de calidez podría derretir un glaciar que se negaba a moverse.
Ahora que Celeste estaba de vuelta, ¿pensaba que yo me mentiría a mí misma, creyendo que alguna vez tuve una oportunidad con él?
¿Por qué aplastar lo que me quedaba de orgullo solo para alimentar el ego de un Alfa?
Yo ya había aprendido mi lección. Una década sumergida en este matrimonio sin amor había sido más que suficiente. Me había cansado de luchar por personas que nunca me quisieron.
Subí las escaleras con pasos apagados a medida que los recuerdos de Kieran aparecían como fantasmas en mi mente:
*La sonrisa brillante que me mostró cuando nos conocimos de niños.
*Yo, mirándolo desde las sombras cuando ganó su primera cacería.
*La forma en que mi corazón se destrozó cuando él colocó la guirnalda de la victoria en la cabeza de Celeste y sus labios se juntaron en un dulce beso.
*Las copas de alcohol borrosas cuando anunciaron su compromiso.
*Esa noche catastrófica en la que comenzó todo.
*Luego... el nacimiento de Daniel, sus primeros pasos, cada momento importante desde entonces...
Cuando iba a la mitad de la escalera, la voz dormida de Daniel resonó en mi mente:
«Tú y papi siempre estarán conmigo, ¿verdad?»
Mi corazón se estremeció. Por Dios, ¿cómo le diríamos?
Me giré de golpe y mi seguridad anterior se quebró. -Cómo... ¿Cómo se lo explicaremos a Daniel?
Kieran hizo una pausa a mitad de su sorbo de agua. -Yo me encargo.
Por supuesto, él ya había pensado en eso también. Apreté los puños con fuerza.
-Y no tienes que preocuparte por el dinero- añadió con rigidez-. Daniel sigue siendo mi hijo. Yo cubriré sus gastos y los tuyos.
No podía descifrar su expresión. Después de diez años, la cara que mejor conocía seguía siendo una sin ninguna expresión. No obstante, en esta ocasión, me negué a malgastar mi energía tratando de descifrarlo.
Al día siguiente, una vez que firmáramos los papeles, seríamos un par de extraños. Tal como él quería tanto.
Me di la vuelta sin responder.
Cerré la puerta del dormitorio con seguro detrás de mí y, entonces, la represa se rompió.
Mis sollozos silenciosos sacudieron mi cuerpo entero mientras me deslizaba hacia el suelo. La pena del día por fin me abrumó. En algún lugar en el piso de abajo, escuché las tablas del suelo crujiendo.
Lo más probable era que Kieran ya estaba empacando. Quizás hasta imaginando a Celeste en esta casa, criando a mi hijo.
Llevé mi mano a mi garganta sin marca, donde deberían estar marcados sus dientes, donde un vínculo de apareamiento debía unirnos.
-Todo está bien, Sera -me susurré en la oscuridad hueca con los brazos apretados alrededor de mis temblorosas costillas-. Lo superarás.
Por mi hijo, sobreviviría a cualquier cosa.