A la mañana siguiente, Alejandro me esperaba junto al coche, impecable en su traje negro.
No lo miré.
"Al Museo Soumaya," dije, mi voz un témpano de hielo.
Él no respondió, solo abrió la puerta.
Dentro del coche, saqué mi teléfono y miré una foto. Éramos Alejandro y yo en una fiesta, un año atrás. Yo sonreía a la cámara, mientras él miraba hacia un lado, profesional. Borré la foto.
"Camila también asistirá a la gala de esta noche," le informé, sin apartar la vista de la ventana.
Por el rabillo del ojo, vi cómo sus manos se tensaban ligeramente en el volante.
"Entendido," fue su única respuesta.
Pero lo supe. Iría. Por ella.
El viaje fue silencioso. Normalmente, yo habría intentado llenar el silencio con alguna broma o pregunta. Hoy no.
Hoy, él era solo un empleado. Y yo, su jefa a punto de despedirlo.
Sentí su mirada en el espejo retrovisor un par de veces. Probablemente extrañado por mi silencio.
Bien. Que se extrañara.
Llegamos al museo. El lugar bullía con la élite de México. Vi a Camila a lo lejos, rodeada de gente, luciendo un vestido blanco que la hacía parecer frágil e inocente.
"Hermanita," dijo al verme, su voz dulce como la miel envenenada. Se acercó y me dio un abrazo que no correspondí. "Qué bueno que viniste."
Me aparté.
"Camila."
Ella se volvió hacia Alejandro, sus ojos brillando.
"Alejandro, gracias por traer a mi hermana. Debes estar cansado."
"Es mi deber, señorita Camila," respondió él, y noté un matiz de calidez en su voz que nunca usaba conmigo.
Me sentí enferma.
Durante la subasta, apareció el lote que esperaba: un pequeño boceto de Remedios Varo. Mi madre lo adoraba. Era una de las pocas cosas que aún me conectaban con ella.
"La oferta inicial es de un millón de pesos," anunció el subastador.
Levanté mi paleta.
"Dos millones," dijo una voz clara y dulce a mi lado.
Era Camila. Me miraba con una sonrisa burlona.
"Tres millones," dije, mi voz tensa.
"Cuatro," respondió ella al instante.
La gente nos miraba. Era un espectáculo. La hermanastra rica contra la heredera desfavorecida.
Mi padre, desde su mesa, me lanzaba miradas de advertencia.
Justo cuando iba a subir mi oferta de nuevo, usando el dinero que pronto sería mío, un asistente se acercó al escenario y habló con el subastador.
El hombre carraspeó.
"Damas y caballeros, tenemos un anuncio. Un benefactor anónimo, actuando en nombre de la señorita Camila Reyes, ha decidido comprar todos los lotes restantes de la noche por una suma total de cien millones de euros."