Capítulo 2

El aire en "The Obsidian" parecía haberse vuelto más denso, cargado con el aroma del whisky caro de Isabella y el perfume amaderado y autoritario de Gabriel. Ella lo miraba con una mezcla de desafío ebrio y una vulnerabilidad que le partía el alma. Gabriel, por su parte, sentía que cada fibra de su ética profesional y su lealtad hacia Berto se desintegraba bajo la luz ambarina de las lámparas de cristal.

—No aquí —susurró Gabriel, aunque sus ojos no se apartaban de los labios de Isabella—. No de esta manera. Estás borracha, Isabella. Mañana podrías arrepentirte de haberme pedido que cruzara esta línea.

—¿Arrepentirme de querer sentir algo que no sea asco por mí misma? —Ella soltó una risa amarga y se puso de pie, tambaleándose apenas un centímetro antes de que la mano de Gabriel, firme y cálida, se cerrara alrededor de su antebrazo—. Diego me hizo sentir pequeña, Gabriel. Tú eres el hombre más inteligente que conozco. Enséñame que mi cuerpo no es un error.

En ese momento, una melodía lenta, un jazz melancólico y profundo, comenzó a brotar de los altavoces ocultos del bar. El local estaba casi vacío, sumido en una penumbra cómplice. Gabriel supo que, si la dejaba irse sola en ese estado, no se lo perdonaría, pero si se quedaba, el incendio sería inevitable.

—Una lección —dijo él, su voz era ahora un hilo de seda oscura—. Pero no será de libros. Baila conmigo.

Sin esperar respuesta, la guió hacia un rincón apartado de la barra, una pequeña zona de madera pulida donde las sombras eran más largas. Gabriel la tomó por la cintura, y el contacto de sus manos con las curvas de Isabella fue como una descarga eléctrica. Ella era suave, cálida, y encajaba contra su cuerpo de una manera que desafiaba toda lógica. Isabella rodeó el cuello de Gabriel con sus brazos, hundiendo los dedos en su cabello oscuro, buscando un anclaje en medio de la tormenta emocional.

Comenzaron a moverse lentamente, al ritmo de la música que parecía dictar los latidos de sus corazones. Gabriel la mantenía cerca, demasiado cerca para ser "solo un amigo de la familia". Con cada paso, el roce de sus muslos y el calor de sus alientos compartidos borraban el mundo exterior. Isabella cerró los ojos, dejando que la sensación de ser sostenida por alguien tan imponente como Gabriel empezara a reconstruir los pedazos de su orgullo.

Sin embargo, el baile dejó de ser un consuelo para convertirse en una provocación. A medida que la música se volvía más sugerente, Gabriel la atrajo más hacia él, eliminando cualquier espacio de aire entre ambos. Fue entonces cuando ella lo sintió. Contra su vientre, firme y evidente a pesar de la tela del traje de sastre de Gabriel, la prueba de que él no era indiferente a ella. Una erección potente que delataba el deseo que el profesor intentaba ocultar tras su fachada de control.

Isabella ahogó un gemido de sorpresa y se separó apenas unos milímetros para mirarlo a los ojos. Gabriel no apartó la vista; sus pupilas estaban tan dilatadas que el azul de sus ojos era solo un anillo delgado alrededor de un abismo negro.

—Dijiste que nadie te deseaba —gruñó él, su voz vibrando contra la frente de Isabella—. Mentiste.

Antes de que ella pudiera procesar la intensidad de su tono, Gabriel la tomó de la mano y la condujo hacia un pasillo estrecho que llevaba a los reservados traseros, un área sumida en una oscuridad casi total donde solo el brillo de las botellas lejanas ofrecía algo de luz. La empujó suavemente contra la pared de madera, bloqueándola con su cuerpo, atrapándola entre el frío de la pared y el fuego de su piel.

—Esta es la primera lección, Isabella —susurró él contra su oído, y su aliento cálido le provocó un escalofrío que terminó en la punta de sus pies—. El placer no es algo que se te otorga. Es algo que reclamas.

Gabriel la besó entonces. No fue un beso de consuelo, sino uno de posesión. Sabía a whisky, a desesperación y a una verdad largamente contenida. Sus lenguas se encontraron en una danza salvaje mientras las manos de Gabriel comenzaban a explorar lo que Diego había despreciado. Sus dedos recorrieron la curva de su cadera, apretando la carne con una fuerza que a Isabella la hizo sentir, por primera vez en años, absolutamente deseable.

—Abre las piernas para mí —ordenó él entre besos, una orden que Isabella obedeció sin dudar.

Gabriel bajó una de sus manos, deslizándola por debajo de la falda de Isabella. Ella soltó un jadeo ahogado contra sus labios cuando sintió los dedos largos y expertos de su profesor rozar la seda de su ropa interior. El contraste entre la frialdad del ambiente y el calor que emanaba de su sexo era abrumador.

—Estás tan húmeda, Isabella... —murmuró Gabriel, su voz rompiéndose por primera vez—. ¿Esto es lo que Diego no sabía hacer? ¿Esto es lo que él llamaba "no funcionar"?

Con una destreza que delataba años de experiencia oculta tras su sobriedad, Gabriel apartó la tela y encontró el centro de su tormento. Sus dedos comenzaron un movimiento rítmico, circular, una tortura deliciosa que hacía que Isabella arqueara la espalda contra la pared. Él no se detuvo; la besaba con más fuerza, ahogando sus gemidos de placer con su propia boca, convirtiendo el pasillo oscuro en un santuario de lo prohibido.

—No... Gabriel, yo... nunca he podido... —intentó decir ella, con la respiración entrecortada, sintiendo que una presión insoportable crecía en su interior.

—Mírame —ordenó él, separándose solo lo suficiente para que sus ojos se clavaran en los de ella—. No

pienses. No analices. Solo siente cómo te reclamo. Eres mía en este momento, Isabella. No de tu padre, no de Diego. Mía.

El ritmo de sus dedos se volvió más errático y profundo. Gabriel conocía la anatomía del placer mejor que cualquier libro de texto. Presionó en el punto exacto, justo cuando Isabella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus músculos se tensaron, sus dedos se enterraron en los hombros de Gabriel y, con un grito sordo que él devoró con un beso final y hambriento, Isabella se quebró.

Las ondas de su primer orgasmo la sacudieron con una violencia que la dejó sin aliento, las piernas temblándole mientras se aferraba al hombre que acababa de cambiar su mundo para siempre. Gabriel la sostuvo con fuerza, permitiendo que ella se desmoronara contra su pecho, sintiendo los espasmos de su clímax contra su mano todavía húmeda.

Cuando la tormenta amainó, el silencio del pasillo se sintió pesado, cargado de una nueva realidad. Gabriel le retiró un mechón de pelo de la cara, su expresión ahora ilegible, ocultando de nuevo al hombre que acababa de devorarla tras la máscara del profesor.

—Lección uno terminada —dijo él, limpiándose la mano con un pañuelo de seda con una elegancia que resultaba casi cruel—. Ahora, te llevaré a casa antes de que alguien se dé cuenta de que el profesor y la alumna han aprendido más de lo debido.

Isabella lo miró, todavía procesando la intensidad de lo ocurrido. El vacío que sentía al entrar al bar se había llenado con un fuego peligroso. Diego era el pasado, pero Gabriel... Gabriel era un abismo al que acababa de saltar por voluntad propia.

Capítulo 3

El trayecto en el coche de Gabriel fue un silencio sepulcral, cargado de una electricidad estática que hacía que el aire vibrara entre ellos. Isabella miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad borrosas por la lluvia, pero su mente seguía atrapada en aquel pasillo oscuro del bar, sintiendo aún el eco del orgasmo que él le había arrancado. Gabriel, con las manos apretando el volante de cuero, mantenía la vista fija en la carretera, aunque su respiración era pesada, la de un hombre que lucha contra sus propios demonios y está perdiendo la batalla.

Cuando entraron en su departamento —un ático de techos altos, paredes cubiertas de libros y un minimalismo frío que gritaba control—, la puerta apenas se cerró detrás de ellos antes de que el control de Gabriel se hiciera añicos.

No hubo preámbulos. Él la atrapó contra la madera noble de la entrada y la besó con una desesperación que Isabella no creía posible en un hombre tan comedido. No era un beso de profesor; era el beso de un hombre que llevaba años guardando un hambre que ella acababa de despertar. Isabella gimió, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Gabriel, tirando de él para pegarlo más a su cuerpo, buscando que ese calor la convenciera de que no estaba soñando.

—Gabriel... —susurró ella entre jadeos, mientras él bajaba sus besos por su cuello, mordiendo la piel sensible justo donde el pulso le latía con fuerza.

—Cállate, Isabella —gruñó él, su voz ronca, despojada de toda elegancia académica—. Llevo toda la noche pensando en cómo se sentiría tu piel sin esa ropa estorbando.

Con manos hábiles y urgentes, Gabriel comenzó a despojarla de sus prendas. El abrigo cayó al suelo, seguido de su blusa. Isabella, en un arrebato de audacia, comenzó a desabrochar la camisa de él, arrancando un botón en el proceso. Cuando la tela se abrió, revelando el pecho firme y marcado de Gabriel, ella dejó escapar un suspiro. Era perfecto, una escultura de carne y hueso que ahora temblaba bajo sus dedos.

La ropa quedó esparcida por el pasillo como restos de un naufragio. Isabella se quedó solo en su lencería, sintiéndose expuesta, pero por primera vez, no sintió vergüenza. La mirada de Gabriel recorría sus curvas, sus caderas anchas, la suavidad de su vientre, con una devoción que la hacía sentir sagrada.

—Eres magnífica —dijo él, y no había rastro de mentira en su voz—. Diego es un ciego, un necio que no supo apreciar la arquitectura de una mujer de verdad.

La llevó hacia el sofá de cuero negro, pero no la poseyó. Se detuvo, arrodillándose entre sus piernas mientras ella se recostaba, con el corazón martilleando contra sus costillas.

—Dijiste que no sabías cómo tener un orgasmo —recordó él, acariciando la parte interna de sus muslos—. La lección de hoy no es sobre mí, es sobre ti. Quiero que aprendas que tu placer no depende de la validación de un idiota, sino de la capacidad de tu propio cuerpo para arder.

Gabriel se inclinó y, con una lentitud tortuosa, comenzó a usar su lengua. Isabella arqueó la espalda, sus manos enterrándose en el cuero del sofá. Era diferente a lo del bar; esto era íntimo, enfocado, casi clínico en su precisión pero salvaje en su entrega. Él la saboreaba como si fuera el conocimiento más profundo que jamás hubiera estudiado, deteniéndose en cada rincón, escuchando sus gemidos para entender su lenguaje corporal.

—¡Gabriel, por favor! —exclamó ella, sintiendo que la tensión volvía a acumularse, más fuerte que antes.

Él levantó la vista un segundo, sus ojos azules encendidos por la lujuria. —Mírame, Isabella. Aprende esto: este es el sonido de tu poder. No te escondas de él.

Cuando ella finalmente llegó al clímax, gritando su nombre en la quietud del departamento, Gabriel no se detuvo hasta que el último espasmo la abandonó. Agotada y vibrante, Isabella lo atrajo hacia arriba. Lo quería cerca. Quería devolverle ese fuego.

—Ahora tú —pidió ella, su voz apenas un hilo—. No quiero ser la única que pierda la cabeza.

Gabriel dudó un segundo, el peso de su lealtad a Berto volviendo a su mente, pero Isabella no le dio tiempo a pensar. Deslizó su mano por el abdomen de él hasta llegar a su erección, que latía con fuerza. Lo guió hacia ella y, con una timidez que pronto se convirtió en curiosidad, comenzó a usar su boca y sus manos, siguiendo las instrucciones susurradas que él le daba entre dientes.

—Así... —instruía él, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás—. Más lento... siente la textura, Isabella. El sexo no es una carrera, es una conversación.

El diálogo entre ellos se volvió una mezcla de gemidos y confesiones susurradas. Gabriel se derramó en ella con un rugido ahogado, entregándose a una vulnerabilidad que nunca permitía a nadie ver.

Más tarde, tendidos en el suelo sobre las mantas que habían arrastrado, el silencio regresó, pero esta vez era diferente. Isabella apoyó la cabeza en el pecho de Gabriel, escuchando su corazón volver a su ritmo normal.

—¿Por qué yo, Gabriel? —preguntó ella de repente—. Podrías tener a cualquier mujer. Alguien más... "ligera", como dice Diego. Alguien que no sea la hija de tu mejor amigo.

Gabriel suspiró, rodeándola con sus brazos, su piel todavía caliente por el esfuerzo. —La ligereza está sobrevalorada, Isabella. La filosofía me enseñó a buscar la sustancia, lo que tiene peso, lo que perdura. mi hermano vio superficie; yo veo un incendio que nadie se atrevió a alimentar. Y respecto a tu padre... —se tensó visiblemente—. Berto me mataría si supiera que puse mis manos sobre ti. Pero esta noche, el deseo fue más fuerte que la moral.

—¿Es solo por el trato? —insistió ella, buscando algo más en sus ojos.

Gabriel guardó silencio un momento, acariciando su hombro. —Es por la lección, Isabella. Pero ten cuidado... a veces el profesor termina aprendiendo más que la alumna, y eso es lo más peligroso de todo.

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