Capítulo 2

"Los documentos serán traídos a la residencia, así que, divorciémonos", finalizó.

"¿Eh?".

Ariadne lo miró, atónita. Sentía que el tiempo se había detenido mientras su cerebro luchaba por procesar las palabras de su esposo.

«¿Divorciarnos? ¿Cuánto ha bebido como para decir semejante tontería?», pensó la mujer, intentando ignorar las palabras de Lucien.

"Estás ebrio y agotado ahora. ¿Por qué no te llevo a descansar? Podemos hablar de esto en la mañana", negoció mientras forzaba una sonrisa.

Estaba a punto de continuar con su idea de llevarlo a recostarse cuando él le agarró el brazo con firmeza. Casi jadeó de sorpresa, pero logró ahogar el sonido. Se impresionó cuando levantó la mirada y lo vio tan cerca de ella.

Sus ojos eran azules como el mar, y reflejaban una inequívoca mirada de desconfianza y desprecio. Esto la desanimó aún más.

"Te lo diré una vez más: Te enviaré los papeles del divorcio. No hagas un alboroto y limítate a firmarlos", advirtió Lucien.

Ella sintió cómo su corazón se rompía. Sus ojos grises se posaron en los del hombre.

No cabía duda que su esposo estaba muy seguro de sus palabras.

¡Y pensó que lo hacía por estar alcoholizado! Ja, esa sólo sería una historia que se contaría a sí misma para consolarse. No obstante, sabía que esa historia ya no sería suficiente en el momento en que se percató de su mirada desdeñosa y el tono en que la hablaba. Parecía lanzarle puñales con los ojos

En todos sus años de matrimonio, nunca la había tratado bien.

En sus ojos, no era más que una esposa contratada. Y no era de su interés.

Sin embargo, ¿por qué se aferraba a ese matrimonio que sólo le había causado tristeza y dolor?

Pues la respuesta solamente era clara para ella.

"No", rechazó alto y claro. Endureció su mirada al enfrentarse a Lucien, lo que hizo que éste frunciera el ceño. Pero la confusión no tardó ser reemplazada por una expresión furiosa.

"¿Crees que te lo estoy preguntando? No seas t*nta, Ariadne. Siempre quedó claro que nuestro matrimonio era meramente contractual", se burló.

Al escuchar la hostil verdad, ella sintió una puntada en el pecho.

Claro, para él no era nada más que un negocio que no involucraba sentimientos.

Pero para ella, su matrimonio era su vida entera. Su pasado, su presente, y su futuro. Era su todo.

O todo eso era lo que intentaba convencerse.

Ejerciendo fuerza sobre su agarre, Lucien se acercó, clavándole su gélida mirada como nunca antes.

"Despierta Ariadne, percátate de la realidad", pronunció en tono condescendiente. "Nunca te amé, y este matrimonio no es más que una molestia. Estoy cansado de todo y ya es hora de ponerle fin a las cosas".

Eso fue como otra daga en su corazón. Sus palabras parecían afiladas agujas golpeándola una y otra vez.

Incluso para ella, que había soportado tanto resentimiento y humillación durante esos cinco años, era doloroso. Escucharlo decir eso la dejó devastada.

Y en el fondo, en su corazón, sabían la razón de la repentina decisión de Lucien. Tomando valor, preguntó con un suspiro:

"Es por ella, ¿verdad?". Cuándo dijo eso, la tristeza se reveló en su rostro hermoso, eliminando cualquier rastro de felicidad.

Ignorándola, él se zafó de su agarre y  volvió por donde entró. Sin siquiera molestarse en echarle un vistazo a la cena de aniversario que había preparado, cerró la puerta con fuerza, evidenciando su descontento.

Encendió el vehículo y el sonido del motor se desvaneció en la distancia. Mientras, Ariadne seguía parada en el mismo lugar, destrozada por el giro de los acontecimientos.

Pero parpadeó con rapidez y respiró hondo, negándose a dejar que sus lágrimas se escaparan de sus ojos.

«¿Cómo puedo tener tanta mala suerte?», pensó mientras miraba la mesa con la cena preparada. Una dolorosa risa apareció en sus labios y se dio cuenta de que todo lo que se había esforzado durante el día resultó ser una tontería, como lo mismo de siempre.

En ese momento, estaba empezando a arrepentirse de haber decidido abandonar su vida por su amor a Lucien.

"Ah.", suspiró. Se levantó el dedo índice para limpiar la única lágrima que se le había escapado. "Dem*nios", susurró.

Esa noche, Ariadne durmió más tarde que de costumbre, esperando que tal vez, él regresara. Siguió así durante un par de horas hasta que se quedó dormida en el sofá.

A la mañana siguiente, cuando despertó, tenía un terrible dolor de cabeza. Claro, era porque había estado llorando durante toda la noche y luego se quedó dormida en el sillón sin ninguna manta que la abrigara.

Se paró y fue al baño, lista para empezar su rutina, hasta que se miró en el espejo e hizo una mueca ante su reflejo.

Se veía horrible.

Ariadne era preciosa. Su exuberante pelo castaño siempre iba recogido en una cola de caballo. Sus ojos grises, sus perfectos labios rosados, y su piel bronceada, la hacían asemejarse a una muñeca. Incluso hasta ese momento, siempre recibía atención masculina.

Sin embargo, era sorprendente que su belleza pareciera no tener efecto sobre su propio esposo. El hombre siempre había sido frío con ella, sin importar la situación.

¡E incluso le estaba pidiendo el divorcio!

¿Cómo podía acabar así? Su sonoro suspiro se vio ahogado por el timbre. 

Se apresuró a bajar las escaleras e ir hacia la puerta principal. Cuando la abrió, vio a un hombre extraño al que reconoció de inmediato: Era Joshua, el abogado representante de Lucien.

"Buenos días, señora Albrecht", saludó.

"Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?", preguntó al mirarlo cautelosa, al estar consciente de sus intenciones.

"Vengo en representación del señor Albrecht, a traerle algunos documentos. Considero que sería mejor discutirlo dentro", anunció.

Ella se volteó a mirar el interior, un poco escéptica. De todos modos, terminó cediendo: "Claro, adelante", lo invitó dando un paso atrás. Le dio suficiente espacio como para que pasara.

Ya sentados en la sala de estar, le ofreció: "¿Quiere tomar algo?".

"Esto no tomará mucho tiempo, así que tendré que rechazarla. Gracias, de todos modos".

Asintiendo, Ariadne le señaló los papeles, consciente del inminente desenlace.

"Estos son.", empezó el abogado, haciendo una pausa mientras sacaba más papeles para que ella los viera. Y cuando la mujer morena leyó el encabezado de la nota, su corazón latía a gran velocidad. "Son los papeles de divorcio que el Sr. Albrecht solicitó que firme".

"En él se establecen que una vez firmados, el quince por ciento de sus propiedades se le transferirán a usted. Y como bonificación, le entregamos una tarjeta que contiene cincuenta millones de dólares".

Pero la exuberante compensación no le interesaba para nada. Lo único que sentía era amargura e ironía mientras escuchaba las palabras de Joshua.  

¿Dinero? ¿Propiedades? ¿Acaso Lucien pensaba que eso era lo único que le interesaba de su matrimonio?

¿Sabía cuántas cosas había dejado de lado para convertirse en su esposa?

"Señora Albrecht, señora Albrecht, ¿me oye?", la voz del hombre la hizo volver en sí.

Parpadeó dos veces antes de preguntar: "¿Él realmente quiere el divorcio?", quiso verificar, mirándolo con profunda tristeza.

"Así es, señora", le respondió el abogado, agachando un poco la cabeza. Acto seguido, le pasó los documentos y un bolígrafo: "El Señor Albrecht solicita que los firme de inmediato".

Cuando leyó el título: «Acuerdo de Divorcio», le dolió aún más el corazón.

Esas frías palabras flotando en el encabezado parecían estar burlándose de lo ingenua que fue durante tantos años.

Eso era todo lo que le quedó luego de cinco años de matrimonio, y de devoción a un hombre que no correspondía sus sentimientos.

¿Por qué era tan austero? Ni siquiera se molestó en volver a verla o ir a hablar de las cosas.

Obligándose a contener las lágrimas, se levantó de forma repentina y se fue de la casa.

«¿Divorcio? ¡Qué broma!», se burló. Ariadne se negaba a firmarlo.

Capítulo 3

Iracunda y amargada, Ariadne condujo directamente al Imperio Albrecht, que era la empresa de Lucien.

Entró pensando que si tanto quería que firmara los papeles de divorcio, tenía que decírselo él mismo, frente a frente.

Ignorando las advertencias de los empleados, siguió adelante y entró en su oficina sin siquiera tocar.

"Lucien, ¿de verdad quieres.?", empezó, pero se calló abruptamente porque la escena frente a ella la dejó en shock.

Él estaba sentado en el sofá de la oficina y a su lado, estaba Octavia, su supuesto amor platónico. Además, se acurrucaba a su lado como si quisiera derretirse contra su cuerpo.

Estaban disfrutando de una maldit* comida juntos, como si fueran un matrimonio feliz, cuyo destino ya fue predestinado.

Ella nunca había hecho algo así con él, y sólo se lo imaginaba en sus sueños.

Lo que más la hirió fue el rostro feliz del hombre, que parecía realmente en paz. Pero no tardó en cambiar a su usual expresión hostil cuando vio a la intrusa en la puerta.

Ahora, su verdadera esposa, parecía ser la villana interponiéndose en la felicidad del personaje principal.

"Hola, Ariadne, tiempo sin vernos", saludó Octavia con su voz dulce y empalagosa. Ella fue la primera en hablar. Incluso se acurrucó más cerca de Lucien, provocando a la recién llegada con su mirada.

«¡Qué perr*! Es tan desvergonzada como siempre», pensó Ariadne.

Lo que más la hirió fue que Lucien ni siquiera la apartó. No se molestó en explicarle la situación mientras la miraba, inexpresivo.

Le dolía aún más que todo lo que le hizo antes.

Antes de que pudiera hablar, la recepcionista entró corriendo acompañada de un par de guardias de seguridad. Casi chocan con ella, pero al ver a su jefe, bajaron la cabeza con respeto.

"Discúlpeme, señor Albrecht. Intenté detenerla, pero ella.", se disculpó la joven.

"No importa", interrumpió Lucien, con su habitual tono frío: "La conozco. Es una de mis criadas".

¡¿Criada?!

Tanto Ariadne como la recepcionista quedaron atónitas al escucharlo. La segunda pensó que la mujer que entró abruptamente estaba demasiado arreglada. Además, teniendo en cuenta el aire elegante que emanaba, era difícil creer que era sólo una criada.

Mientras tanto, la primera no podía encontrar palabras para describir lo avergonzada que se sentía en ese momento.

Llamó «criada» a su verdadera esposa mientras que la mujer que iba a arruinar su familia se acurrucaba en sus brazos, como su verdadera novia.

¿Cuán ridículo era eso?

En ese instante al fin fue consciente de lo poco que la había respetado, ya que ni siquiera le daba el título que merecía. ¿Cómo pudo haber llegado a ese nivel de fracaso?

Sus frías palabras volvieron a resonar: "Yo me haré cargo de esto. Pueden retirarse". La recepcionista y los dos guardias se inclinaron ante él antes de cerrar la puerta de madera y largarse.

Cuando se marcharon, Lucien al fin se levantó del sillón, dejando a Octavia para acercarse a Ariadne.

"¿Qué haces aquí?", la cuestionó. Su voz no denotaba ningún signo de preocupación o sentimiento de culpa.

Mirando sus hermosas facciones, Ariadne se empezó a sentir desesperada. Incluso en ese momento, no podía evitar que su corazón latiera con fuerza al verlo.

"Con respecto a esos documentos. ¿De verdad quieres que los firme?", preguntó. Sintió las lágrimas galopándose en sus ojos, pero intentó contenerlas.

Al ver la tristeza y la persistencia en su mirada, Lucien se sorprendió por un breve momento. Se metió las manos a los bolsillos del pantalón de vestir y asintió.

"Así es. Así que fírmalos, mi oferta es generosa".

Sus palabras fueron como una espada de hierro al rojo vivo que atravesaba el corazón de Ariadne. Cada suspiro le dolía.

«¿Generosa? ¿Cómo se atreve a decir eso?», se burló ella. «¿Qué parte de su arreglo era generoso?».

Por primera vez, quería pelear por su enojo. Sin embargo, antes de que pudiera empezar, él pasó a su lado con la intención de marcharse.

Como siempre, no era lo suficientemente paciente como para escucharla, y se largaba antes de que ella pudiera terminar lo que quería decir.

Siempre la dejaba así, haciéndola sentirse estúpid*.

Octavia corrió a su lado y se aferró a su brazo, lanzándole una sonrisa desdeñosa a Ariadne.

El sonido de la puerta cerrándose la hizo sentirse con el corazón adolorido.

***

Cuando Ariadne entró en la mansión, la enorme residencia estaba desprovista de calidez humana, como siempre.

Joshua, el abogado de Lucien, ya se había ido, dejando los papeles en la mesita de la sala de estar.

Agarrándolos con cuidado, una risa de auto desprecio se escapó de sus labios.

Siempre que lo firmara, el cincuenta por ciento de las propiedades de Lucien pasarían a su nombre.

¡Cuánta determinación! ¿Acaso tanto le molestaba estar casado con ella? Si era así, ¿por qué lo hizo en primer lugar?

Ella abandonó todo lo que tenía y lo que era para casarse con un hombre que nunca correspondió sus sentimientos.

Su situación era tan lamentable que resultaba siendo graciosa.

La simple idea hizo que se empezara a reír tanto que su cuerpo se sacudió. Pero las carcajadas se convirtieron en sollozos histéricos acompañados de torrentes de lágrimas cayendo por sus mejillas.

Luego de unos segundos, su teléfono emitió un pitido. Se limpió las lágrimas para luego hurgar en su bolsillo trasero por su teléfono. Se sorprendió al ver el mensaje de un número desconocido, y cuando lo abrió, la ira empezó a correr por sus venas.

Era la foto de un hermoso anillo de diamantes colocado en el dedo de una mujer. Unas desvergonzadas palabras acompañaron la imagen:

[Puedes aferrarte al título de Sra. Albrecht tanto como quieras, pero al final del día, siempre me perteneció. Te lo pido con amabilidad: Deja ir a Lucien. Y considera esta como mi última advertencia, p*rra.]

No tenía que pensar mucho para adivinar el remitente. ¡Era la p*rra de Octavia!

¿Cómo podía Lucien amarla, siendo que era tan desalmada?

¿Y por qué ella tenía que soportar ese tipo de insultos?

¿Acaso se lo merecía?

¿Para qué? ¿Para quedarse con el título de Sra. Albrecht? ¿Para seguir soportando ese amor no correspondido? ¿O por la promesa que le hizo a su difunta madre?

¡No! ¡No había razón para soportarlo!

Al cerrar su aplicación de mensajes, procedió a llamar a su esposo. Y para su sorpresa, contestó al segundo timbre.

"¿Qué pasa?", preguntó en tono gélido. Al escucharlo, Ariadne se mordió el labio.

Él siempre la había tratado así, como si ella no significara nada para él.

Así, se había perdido en el proceso de buscar su amor. Si sus padres siguieran vivos, la habrían regañado como era debido.

En ese momento, decidió volver a encontrar su camino correcto.

Cerró los ojos y respiró hondo, con la intención de calmar su dolorido corazón.

"Te hablo por última vez Lucien, para confirmar que.", empezó, pero hizo una pausa mientras su mirada barría la mesita con los documentos. "¿Realmente quieres divorciarte?".

"Sí", respondió sin dudarlo, lo que hizo que una triste sonrisa apareciera en los labios de la mujer.

"Bien. No te arrepientas de tu decisión, Lucien", finalizó. Y por primera vez, colgó antes que él.

La casa volvió a quedar en silencio, cosa que había empezado a odiar.

Rebuscándose en un cajón cercano, Ariadne sacó su pluma favorita y se dirigió a la sala de estar.

Echó un último vistazo al espacio vacío antes de firmar en él.

«Ariadne Albrecht».

Pensaba que el nombre le iba bastante bien, pero resultó ser una simple broma.

Había terminado a jugar a ser ama de casa, y era hora de empezar su rol real.

Respiró hondo antes de sacar su teléfono y marcar número. Antes del segundo timbrado, la llamada se conectó.

"Necesito que estés fuera de la Villa Albrecht en menos de diez minutos", ordenó con voz fría.

Para cuando salió, un vehículo ya la esperaba con el motor en marcha. Parecía listo para partir en cualquier momento.

"Hola, señora Grey", saludó Michael, el chofer, en el momento en que entró al vehículo. "¡Bienvenida a la vida de soltera!".

"Ajá", fue su seca respuesta mientras agarraba la tableta que le pasó.

Al ver su reflejo en la pantalla apagada, se sintió avergonzada del color y el largo de su cabello.

Nunca le gustó el pelo largo ni el tono castaño. ¿Cómo pudo soportar estar así durante tanto tiempo?

Dios, realmente le urgía volver a ser ella misma.

Desbloqueando el dispositivo, pensativa, la pantalla se encendió mostrando un peculiar logo.

El de Grey Enterprise. Su compañía.

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