Eduard la miró con profundidad justo antes de que desapareciera en el baño.
Así que esta era ella... Zoé Rivers.
La había mandado a investigar. Su vida, su familia, sus intenciones. Todo. No podía permitirse otra muerte.
No era como las anteriores. No era como Camille, ni como Alina, ni como la dulce Estelle. Ellas venían de linajes nobles, entrenadas para ser esposas perfectas en la alta sociedad de Aramoor. Sabían cómo vestir, cómo sonreír, cómo esconder el miedo. Ninguna de ellas sobrevivió.
Zoé, en cambio, era una muchacha simple de las montañas. Se casó con un hombre ciego y paralítico por una sola razón: salvar a su abuela.
¿Ingenua o peligrosa? Eduard no lo sabía todavía. Tal vez su simplicidad era su escudo más efectivo. Tal vez no.
Y entonces escuchó el crujido de la puerta del baño.
Alzó la cabeza, distraído de sus pensamientos, y lo que vio lo dejó momentáneamente sorprendido.
Zoé emergía de la bruma como una aparición. Su figura era pequeña, pero no frágil. Su cabello húmedo caía como seda oscura sobre sus hombros, pegado a la piel por el vapor. La toalla que la envolvía estaba completamente mojada y delineaba sin vergüenza cada curva de su cuerpo.
-Espérame un momento -murmuró con naturalidad, sin mirarlo, y se agachó para arrastrar su maleta desde debajo de la cama.
Eduard observó con una mezcla de desconcierto y atención.
Ella abrió la maleta, y en la parte superior reposaban cuidadosamente dobladas sus prendas íntimas. Sacó un conjunto blanco con encaje y, sin apuro, le arrancó la etiqueta. Luego, sin siquiera pensar en ocultarse, comenzó a ponérselo frente a él.
Como si realmente creyera que su ceguera era absoluta.
Como si no tuviera pudor. O... como si quisiera probar algo.
Eduard no apartó la vista.
Cada uno de sus movimientos era meticuloso, práctico, sin una pizca de coquetería, y sin embargo, el efecto era devastador. La sensualidad involuntaria es la más peligrosa de todas.
¿Me estás probando, Zoé Rivers? pensó con una leve sonrisa interior.
Terminó de vestirse y se acercó con la misma actitud tranquila y decidida. Sin pedir permiso, empujó la silla de ruedas con naturalidad, llevándolo hasta la puerta del baño. Luego, con la misma precisión con la que una enfermera cuida a su paciente, comenzó a desvestirlo.
Primero el reloj. Luego la camiseta. Su respiración era suave, su rostro imperturbable. Una estudiante dedicada completando su tarea.
Hasta que llegó al último paso.
Zoé dudó. Su mano se congeló sobre la cintura de Eduard y sus mejillas se tiñeron de rojo.
-Tú... ¿puedes dejártelo puesto mientras tomas el baño? -preguntó con torpeza.
Eduard la miró.
Una sonrisa maliciosa, casi imperceptible, apareció en su rostro.
-No puedo lavarme ciertas partes si uso esto.
Zoé bajó la mirada, seria.
-Hmm... Parece ser cierto -dijo con naturalidad, antes de extender su mano.
Eduard parpadeó, ligeramente pasmado. No esperaba que ella continuara tan decidida.
Sus dedos, pequeños pero firmes, terminaron de quitarle la prenda. Después lo ayudó a entrar en la bañera con movimientos medidos, respetuosos, pero sin temor.
Ella no era como las otras.
Y Eduard Lane empezaba a sospechar... que su maldición no la asustaba.
Zoé empujó su cabello mojado detrás de las orejas con un gesto simple y natural, sin notar la manera en que Eduard la observaba, atrapado entre el desconcierto y la incredulidad.
Se levantó con calma, se dirigió hacia los cajones cercanos al lavabo y comenzó a buscar algo en su interior. Después de unos segundos de revolver, sacó un estropajo nuevo y lo empapó en agua caliente.
Cuando se dio la vuelta, Eduard arqueó apenas una ceja.
¿Qué planeaba hacer?
Pero no tuvo tiempo de preguntarlo. Zoé ya se arrodillaba junto a la bañera con esa expresión concentrada que parecía usar para todo.
-Si te duele, dímelo. Seré más gentil -dijo con seriedad, sin siquiera mirarlo a los ojos.
Y sin darle opción a protestar, comenzó a tallar su espalda.
Eduard quedó sin palabras.
Las venas de su frente se tensaron. El agua estaba tibia, relajante, y el estropajo se movía con fuerza firme sobre su piel. Era más parecido a una exfoliación agresiva que a un masaje, pero, para su sorpresa, no era desagradable.
Zoé trabajaba con una dedicación casi conmovedora. Como si estuviera cuidando de alguien muy querido.
¿Realmente esta mujer cree que esto es lo que debe hacer en su noche de bodas?
Eduard no supo cómo reaccionar. Podía ver que sudaba, que se esforzaba, que no tenía la más mínima intención de provocarlo. No había coquetería ni doble intención. Solo trabajo duro. Entrega.
Recordó lo que su investigador le había contado. Zoé había cuidado a su abuela por años, bañándola, alimentándola, dándole masajes que aliviaban su insomnio. Y ahora, estaba haciendo lo mismo con él.
¿Es una idiota? ¿O es demasiado buena para ser real?
Los pensamientos de Eduard se desordenaron cuando Zoé se inclinó un poco más, empapando la toalla que aún colgaba sobre sus muslos. Talló con fuerza cada parte de su piel: brazos, pecho, cuello. Lo trataba como si fuera algo frágil, valioso, necesitado.
Hasta que... se detuvo.
Zoé se sonrojó visiblemente. Bajó la mirada al agua y, con una voz apenas más baja, señaló hacia abajo.
-Eso... -tragó saliva con incomodidad-. ¿Quieres que te lave esa parte también?
Eduard la miró.
Sus ojos, oscuros y cubiertos de una calma helada, se fijaron en ella. No necesitaba ver para leer la tensión del aire, el rubor de sus mejillas, la pureza casi infantil de su intención.
-¿Tú qué crees? -respondió con una voz grave, más baja de lo habitual.
Zoé frunció el ceño, pensativa, como si realmente intentara adivinar la respuesta correcta.
-Vamos... a lavarlo entonces -dijo finalmente, con resolución.
Se inclinó, levantó el estropajo y estiró su mano hacia el lugar en cuestión.
Pero antes de que pudiera tocarlo, una mano grande y firme la detuvo.
Eduard la había sujetado con precisión.
Zoé lo miró, desconcertada.
Sus dedos eran fuertes, pero no agresivos. Solo contenían una advertencia silenciosa. Ella volvió su rostro hacia él, sus ojos grandes y claros llenos de confusión.
-¿Cómo puedo lavarte si me estás sujetando la mano? -preguntó, sin la menor malicia.
Fue esa inocencia, esa total ausencia de intención sensual lo que a Eduard más lo descolocó.
Su mandíbula se tensó.
El agua entre ellos pareció enfriarse de golpe. En sus ojos apareció una chispa de sombra.
-Sal -ordenó con frialdad.
Zoé parpadeó, sorprendida por el cambio de tono.
-¿Eh?
-Dije que salgas -repitió Eduard con una voz firme como acero-. No necesito que me laves más.
Ella se incorporó de inmediato, sin discutir. Apretó el estropajo entre sus manos, bajó la cabeza y salió del baño sin decir una palabra.
Eduard cerró los ojos, recostándose en la bañera.
No podía permitirse flaquezas. No podía dejar que esa mujer -por más pura o simple que pareciera- se acercara demasiado.
Porque si lo hacía... moriría.
Como las otras.
Saliendo del cuarto de baño, Zoé estaba visiblemente intranquila. Caminaba en círculos por la habitación, lanzando miradas frecuentes hacia la puerta del baño, como si temiera que algo pudiera pasarle a su marido.
"¿Y si se resbala? ¿Y si se golpea la cabeza? ¿Y si... se muere?"
La última palabra la estremeció.
No quería pensarlo, pero no podía evitarlo. Todos hablaban de la "maldición" de Eduard Lane, y aunque ella no creía en esas cosas, la idea de que él muriera justo después de casarse con ella le parecía injusta... y aterradora.
"Recién me casé... no quiero perder a mi marido tan pronto."
Su celular vibró, interrumpiendo sus pensamientos.
Era un mensaje de video de su mejor amiga, Laura Clean. El título decía: "Material de aprendizaje."
Zoé parpadeó. "¿Material de aprendizaje? ¿En este momento? ¿No falta mucho para el examen de fin de año?"
Curiosa, presionó el botón de reproducción... y fue entonces que la tragedia ocurrió.
El sonido que emergió del teléfono no fue el de un tutorial educativo. Fue una escena indecente, explícita, con voces demasiado intensas para ser ignoradas. Una mujer jadeaba de forma exagerada y un hombre gruñía con fuerza.
-¡AH! Más fuerte... más...
Zoé se quedó paralizada, el rostro completamente rojo.
-¡Ahh! ¡¿Qué es esto?! -soltó un grito ahogado, intentando cerrar la aplicación.
Pero justo en ese momento, su teléfono de imitación, viejo y caprichoso, decidió funcionar con la rapidez de una tortuga moribunda. Los botones no respondían. La pantalla se congeló.
Y fue entonces cuando escuchó el clic de la puerta.
La puerta del baño se abrió lentamente y Eduard emergió, aún con gotas de agua deslizándose por su piel, cubierto solo por una bata de baño. Se detuvo de golpe al oír los sonidos indecentes.
Sus ojos, se oscurecieron.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó con voz gélida.
Zoé entró en pánico. Los ojos se le agrandaron de la sorpresa, y en su desesperación, casi lanza el teléfono al suelo. En vez de eso, hizo lo primero que se le ocurrió: lo metió debajo de la cobija y se sentó encima de ella, apretando los labios con fuerza.
Pero el video aún sonaba, aunque más bajo.
"¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡No te detengas...!"
Zoé deseó desaparecer.
-Tú... -comenzó Eduard, frunciendo el ceño.
-¡Yo...! -interrumpió ella rápidamente- Estoy viendo un video de masaje.
Eduard arqueó lentamente una ceja. Su ceño estaba profundamente fruncido. Se acercó un poco, y su expresión era indescriptible.
-¿Un video de masaje?
-¡Sí! -respondió ella, tan torpemente como podía. Se inclinó sobre la cobija, presionándola como si pudiera ahogar los gemidos con su peso corporal. Su frente estaba perlada de sudor.
Eduard se cruzó de brazos, completamente escéptico.
-Entonces explícame... -dijo con lentitud y tono irónico- ¿Por qué ese masaje suena como si alguien estuviera siendo exorcizado?
-¡Es una técnica nueva! -dijo ella, sin pensar- ¡Es para relajar los músculos... de forma profunda! ¡Muy profunda!
Por un momento, el silencio llenó la habitación.
Eduard se quedó mudo.
"¿De verdad cree que además de ciego, soy idiota?"
El silencio se apoderó de la habitación. Solo se escuchaban, aunque apagadas, las sugerentes voces que aún escapaban de la cobija donde Zoé había escondido el teléfono. Ella, envuelta apenas en su bata de noche, mantenía una posición ridículamente incómoda mientras presionaba con todas sus fuerzas el bulto traicionero bajo la manta.
La tenue luz amarilla de la lámpara de cerámica iluminaba su piel pálida y fina, resaltando su incomodidad y, al mismo tiempo, provocando algo indefinido en el pecho de Eduard.
Su respiración se volvió más pesada. Aunque sus ojos apagados no podían ver, sus otros sentidos estaban completamente despiertos.
Zoé, empapada en sudor, se preguntaba cómo algo tan tonto como sujetar una cobija podía ser tan agotador. Para su fortuna, el tormentoso video terminó segundos después.
Respiró aliviada, secó su frente con el dorso de la mano y rescató el teléfono, ahora cálido por el encierro. Eduard se sentó a su lado en la cama, una leve sonrisa curvando sus labios.
-¿Terminó el masaje? -preguntó con ironía.
-Mhm... sí, ya terminó -respondió ella, esbozando una sonrisa forzada.
Sin saber cómo reaccionar, y queriendo desaparecer del planeta, Zoé eliminó el video con rapidez. Acto seguido, le escribió furiosa a su amiga:
Zoé: ¡Me vas a meter en un lío enorme!
Laura: ¡Qué desagradecida! ¡Así pagas mi generosidad!
Zoé: ¿¡Generosidad!? ¿¡Me explicas en qué universo crees que ese video me iba a servir!?
Laura: Tú dijiste que no sabías cómo afrontar la noche de bodas... Y yo, tu noble amiga, te mandé una guía ilustrativa.
Zoé: ¡En el video gritaban como si estuvieran exorcizando demonios! ¡Y él salió justo cuando la mujer empezó a hacer ruidos que no se pueden explicar!
Laura: Jajajaja. ¿Pero no dijiste que tu marido es ciego? ¿Cuál es el problema entonces?
Zoé: ¡No es sordo, Laura! ¡¡Y mi teléfono se congeló!! ¡No podía parar el video! ¡Fue una pesadilla!
Laura: Zoé, en serio... me haces reír tanto que estoy llorando. Eres un caso perdido, amiga.
Zoé: ¡Vete al infierno!
Laura: Está bien, está bien. No los molesto más. ¡Disfruta tu noche! Y si aplicas lo que viste, ¡hazlo con entusiasmo! ¡Tu guapo y ciego esposo se lo merece!
Zoé rodó los ojos con desesperación. Eduard, aunque en silencio, había escuchado cada notificación y leído cada línea reflejada en la pantalla. Ella ni siquiera se había molestado en ocultar el móvil, pensando que él no vería nada.
"¿Guapo y ciego esposo...? Qué forma tan desagradable de referirse a alguien."
Frunció el ceño.
Entonces, Zoé suspiró, dejó el teléfono a un lado y lo miró con decisión.
-Vamos a empezar -dijo, con voz queda.
Eduard alzó la cabeza. Ella tenía los puños apretados a cada lado del cuerpo, los labios fruncidos y la determinación brillando en sus ojos.
No habían pasado ni veinticuatro horas desde que se conocieron. Ella sabía que él no le tenía afecto, que incluso probablemente la veía como un estorbo.
Pero, aun así...
Eduard extendió una mano y la rodeó por la cintura, atrayéndola con suavidad.
-¿Segura? ¿Sin arrepentimientos?
Zoé asintió, sonrojada.
-Eres mi esposo. No tengo razones para arrepentirme.
Eduard la miró fijamente, algo cálido brotó desde lo más profundo de ellos. Una chispa. Un pequeño reflejo de ternura que nadie jamás había provocado.