La campana del internado San Judas Tadeo repicó con una puntualidad quirúrgica a las siete de la mañana. Era un sonido que solía infundirme una sensación de propósito, pero esa mañana, el eco metálico golpeó mis sienes como un presagio. Apenas había pegado ojo; la imagen de Aria Moretti, con su mirada de fuego y su perfume de perdición, se había filtrado en mis oraciones como una mancha de tinta en un pergamino sagrado.
Me acomodé la estola con manos firmes y entré al aula de Ética. El murmullo de los estudiantes cesó al instante, pero mis ojos buscaron automáticamente un lugar específico: el pupitre del fondo, junto a la ventana. Estaba vacío.
—Buenos días a todos —dije, proyectando una seguridad que no sentía del todo. Abrí el registro sobre el escritorio de madera oscura—. Antes de comenzar la lección sobre las virtudes cardinales, procederé a pasar lista.
Recorrí los nombres habituales. Todos estaban allí, sentados con sus uniformes impecables y rostros somnolientos. Al llegar al final de la lista, hice una pausa necesaria.
—¿Señorita Aria Moretti?
El silencio que siguió fue denso. Noah, que estaba sentado cerca de la puerta, me lanzó una mirada de advertencia. Nadie respondió. Cerré el libro con un golpe seco que resonó en las paredes de piedra.
—Parece que la señorita Moretti cree que las reglas de asistencia son opcionales —comenté, tratando de que mi voz no delatara mi irritación—. Continuemos. Hoy hablaremos de la templanza, esa virtud que nos permite moderar nuestros impulsos y...
No pude terminar la frase. A través de la ventana que daba al patio de los laureles, un estallido de risas masculinas interrumpió la solemnidad de mi clase. Reconocí las voces: eran algunos de los chicos de último año, los mismos que solían ser ejemplares. Me acerqué al ventanal, con los puños apretados detrás de la espalda.
Lo que vi me hizo sentir un calor súbito subiendo por mi cuello.
Allí estaba ella, sentada sobre una de las mesas de piedra del jardín, rodeada por tres compañeros que parecían hipnotizados. Aria no vestía el uniforme como las demás; había subido la falda de tablas grises varios centímetros por encima de lo permitido, dejando al descubierto unas piernas largas que desafiaban la moral del recinto. La camisa blanca estaba desabrochada en el primer botón y su corbata colgaba floja, como un adorno sin sentido.
Estaba riendo, moviendo el cabello con una libertad que resultaba insultante en aquel lugar de recogimiento. Uno de los chicos le ofrecía un cigarrillo —estrictamente prohibido— mientras otro intentaba llamar su atención con bromas tontas.
—Quédense en sus asientos —ordené a la clase, mi voz sonando como un latigazo.
Salí del aula a grandes zancadas. El aire fresco del patio no logró enfriar mi sangre. Al verme llegar, los chicos se pusieron de pie de un salto, palideciendo al instante.
—¡Lombardi! —balbuceó uno de ellos, intentando esconder el cigarrillo tras su espalda—. Nosotros solo... estábamos dándole la bienvenida a la nueva.
—A sus clases. Ahora —sentencié, sin quitarle la vista de encima a Aria, que permanecía sentada en la mesa, balanceando una de sus piernas con total indiferencia.
Los jóvenes se dispersaron como hojas al viento, dejándome a solas con ella. Me planté frente a la mesa, tratando de ignorar la forma en que el sol de la mañana iluminaba su piel.
—Señorita Moretti, la clase de Ética comenzó hace quince minutos —dije, manteniendo un tono gélido—. Y su uniforme es una ofensa a la decencia de esta institución.
Aria bajó de la mesa con una parsimonia exasperante. Se acercó a mí, pero esta vez no había rastro de seducción en sus ojos; solo había un desafío puro y una falta de respeto que me quemaba las entrañas.
—¿Una ofensa, Kyler? —preguntó, usando mi nombre sin el título, como si fuéramos iguales—. Me parece que lo que te ofende es que alguien aquí se atreva a respirar sin pedirte permiso.
—Aquí no se viene a respirar, se viene a aprender —repliqué, dando un paso hacia ella—. Usted no es especial, Aria. Es una alumna más y debe respetar a sus superiores. Su actitud con esos chicos es inapropiada y su vestimenta es motivo de sanción inmediata.
Ella soltó una risa nasal, cruzándose de brazos. El movimiento hizo que la tela de su camisa se tensara, y tuve que obligarme a mantener la vista fija en sus ojos desafiantes.
—¿Superiores? ¿Tú? —me miró con un desprecio absoluto—. Solo eres un chico que tiene miedo de vivir y se esconde detrás de un disfraz negro. No te equivoques, "profesor". No me quedé a tu clase porque me parece una pérdida de tiempo escuchar a un hombre hablar de moral cuando ni siquiera se atreve a mirarme a los ojos sin temblar de indignación... o de algo más.
—¡Suficiente! —mi voz tronó en el patio vacío—. No permitiré que me falte al respeto ni que corrompa la disciplina de mis alumnos. Vaya ahora mismo a la dirección a que le ajusten ese uniforme y luego se presentará en mi despacho para cumplir su castigo.
—¿And if I don't want to? —retó ella, dando un paso que casi eliminó la distancia entre nosotros. Podía sentir el calor que emanaba de ella, una energía caótica que amenazaba con derribar mis muros—. ¿Qué vas a hacer, Kyler? ¿Vas a pedirle a Dios que me castigue? ¿O vas a tener que ensuciarte las manos tú mismo conmigo?
El silencio que seguido fue insoportable. Mi corazón latía con una violencia que me asustaba. Aria no estaba tratando de seducirme con palabras dulces; estaba tratando de romperme, de demostrar que mi autoridad era de papel. Y lo peor de todo es que, por un segundo, su rebeldía me resultó más honesta que todas las oraciones que había recitado esa mañana.
—Al despacho —repetí, mi voz ahora era un susurro ronco, cargado de una tensión que no supe ocultar—. Después de las clases. Y asegúrese de que esa falda esté donde debe estar.
Aria me dedicó una última mirada cargada de victoria. Se dio la vuelta sin decir una palabra más, caminando hacia los dormitorios con ese contoneo que era una bofetada a mis votos.
Me quedé allí solo, bajo los laureles, sintiendo que el suelo bajo mis pies empezaba a agrietarse. Ella no me respetaba. Ella no me temía. Y lo más peligroso de todo era que, a pesar de su insolencia y de su uniforme desastroso, una parte de mí —una parte que yo creía muerta— se sentía terriblemente viva ante su presencia.
Aquel día, la lección sobre la templanza fue la más difícil de mi vida, porque el primer impulso que tuve que moderar no fue el de mis alumnos, sino el deseo de alcanzar a Aria y demostrarle que, debajo de la sotana, el hombre que ella despreciaba era capaz de sentir un fuego mucho más peligroso que su propia rebeldía.
El despacho de Teología era una estancia pequeña, asfixiante, donde el olor a papel viejo y cera de abeja solía serme reconfortante. Esa tarde, sin embargo, se sentía como una jaula. Me senté tras el escritorio de caoba, entrelazando mis dedos con una fuerza que me blanqueaba los nudillos, esperando el sonido del golpe contra la madera.
Cuando la puerta se abrió, no hubo aviso. Aria entró sin llamar, cerrándola tras de sí con un golpe seco que hizo vibrar los cuadros de los santos en las paredes. Se quedó de pie, con la falda aún demasiado corta y esa expresión de hastío que parecía ser su uniforme permanente.
—Aquí me tienes, Kyler. ¿Vas a darme un sermón o vas a pasar directamente a los azotes? Porque tengo mejores cosas que hacer que escuchar citas en latín —soltó, dejándose caer en la silla frente a mí con una falta de elegancia deliberada.
Me puse de pie lentamente, apoyando las palmas sobre la mesa. La rabia que había contenido durante todo el día afloró con una fuerza que me sorprendió a mí mismo.
—Señorita Moretti, su insolencia ha cruzado todos los límites —comencé, mi voz vibrando con una severidad cortante—. No solo desprecia las normas de esta institución, sino que se comporta como si el mundo le debiera algo. Se pasea por los pasillos provocando a sus compañeros, exhibiéndose de una manera que solo busca atención de la forma más barata y vulgar posible.
Aria arqueó una ceja, pero no dijo nada. Su silencio me espoleó a seguir.
—¿Cree que es especial por ser rebelde? No lo es. Es predecible. Es la clásica niña rica y malcriada que, al no recibir el afecto de su familia, decide que la mejor forma de existir es siendo un estorbo para los demás —di un paso alrededor del escritorio, acercándome a ella—. Usted no es una "chica traviesa", Aria. Es una mujer joven que está desperdiciando su vida en pataletas absurdas mientras se viste como si estuviera en un club nocturno en lugar de un lugar de oración. Me avergüenza que alguien con su potencial se reduzca a ser simplemente... un objeto de distracción para chicos que sí quieren aprender.
Me detuve frente a ella, respirando agitado. Me había pasado de sincero. Había sido cruel. Esperaba que saltara, que me gritara, que me lanzara algún insulto mordaz. Pero Aria se quedó inmóvil.
Por un momento eterno, el fuego de sus ojos se apagó, dejando paso a una vacuidad gélida. Sus labios se apretaron en una línea fina y vi cómo tragaba saliva con dificultad. El silencio en el despacho se volvió pesado, asfixiante. Me di cuenta de que mis palabras habían dado en el blanco exacto de su herida: el rechazo de su familia y su lucha por ser algo más que una moneda de cambio.
Ella bajó la mirada a sus manos un segundo y luego volvió a subirla. Su rostro era una máscara de frialdad, pero sus ojos brillaban con una humedad que se esforfesaba por no dejar escapar.
—¿Ya terminaste? —preguntó ella. Su voz era baja, despojada de su habitual sarcasmo, lo cual fue mucho más inquietante—. ¿Ya te sientes más "santo" después de humillarme?
—Aria, yo no pretendía... —intenté retroceder, dándome cuenta del daño.
—No —me cortó ella, poniéndose de pie con una lentitud que me heló la sangre—. Escúchame bien, Kyler Lombardi. Me importa una mierda lo que pienses de mi falda, de mi actitud o de mi supuesta necesidad de atención. Nadie me va a cambiar. Ni tú como profesor, ni como futuro padre, ni como el demonio que llevas escondido bajo ese cuello blanco.
Se acercó a mí, quedando a escasos centímetros. Pude ver el temblor de su mandíbula, la furia contenida que amenazaba con estallar.
—¿Quieres que se acabe el problema? Es sencillo —siseó, señalándome con un dedo—. Deja de mirarme. Deja de buscarme en los pasillos, deja de fijarte en si mi uniforme está corto o largo. Ignórame como lo hace todo el mundo y yo te dejaré en paz con tus libritos y tus rezos. El problema no soy yo, Kyler. El problema es que no puedes dejar de observarme y eso te aterra.
—Eso no es cierto —mentí, sintiendo cómo el sudor frío recorría mi espalda.
—Es la verdad más grande que has escuchado en este despacho —respondió ella con una amargura que me partió el alma—. No me busques más. No intentes "arreglarme", porque no estoy rota. Solo estoy harta de hombres que creen que tienen el derecho de decirme cómo ser.
Se dio la vuelta con una violencia repentina, agarrando su bolso del suelo.
—Quédate con tu moral y tu templo vacío, Kyler —dijo desde la puerta, sin mirarme—. Pero no vuelvas a hablar de mi familia. No tienes ni la menor idea de lo que es ser yo.
La puerta se cerró con un estruendo que pareció sacudir los cimientos del internado. Me quedé allí, solo, en medio de la penumbra del despacho. Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarme en el respaldo de la silla. Había ganado la discusión desde un punto de vista disciplinario, pero me sentía como el pecador más grande de la tierra. Sus palabras finales se quedaron flotando en el aire como humo de incienso quemado. Deja de mirarme.
Cerré los ojos y, por primera vez, no vi a una alumna rebelde. Vi a una chica que luchaba por no ahogarse en un mar de desprecio. Y lo que más me dolía, lo que me hacía querer arrancarme el hábito en ese mismo instante, era saber que ella tenía razón: no podía dejar de mirarla. Y ese era el secreto que empezaba a devorarme por dentro.