Vanesa
Después de comprarlos, suelo recostarme en mi camastro y leerlos durante horas hasta que los haya terminado o de lo contrario, la ansiedad no me deja tranquila y esa angustia es similar a la que siento en cuanto al amor.
Nunca me he enamorado; sin embargo, me gusta soñar con los poemas de Adolfo Becker y transportarme a las fantásticas regiones de las pasiones más profundas de Dante Alighieri, él es mi escritor favorito. Todas las mañanas, después de subir al autobús, recuesto mi cabeza en el espaldar del asiento, para sumergirme en mis jacobinos pensamientos, donde me gusta imaginar que el chofer es Caronte y que juntos navegamos por las míticas aguas del río Estigia.
- Vanesa ¡Vanesa! –Llamó mi hermanita–. Hoy tengo taller de química y vamos a construir esferas de fuego que no queman –frunció los labios en señal de reclamo–. Si no llego, me voy a perder esa clase y no quiero.
- ¿Por qué no te tomas el día libre? –Dije sin dejar de sonreír–. Si sigues así, terminarás estresándote y no crecerás nunca, ¡Serás como Peter Pan!
Afinó la mirada y en un arrebató infantil, se abalanzó hacia mí tumbándome en las desordenadas sábanas. No me resistí a sus “golpes”, en lugar de dolor me hacían cosquillas; era imposible dejar de reír y eso la enfadaba cada vez más.
- ¡Está bien! ¡Tú ganas! –Me deslice de la cama al suelo–. Déjame cambiar esta ropa y nos vamos.
- Tienes 2 minutos –saltó acomodándose los mechones.
Contaba con apenas 7 años y se comportaba como una adolescente. ¡Era extrovertida en todo sentido! Aunque a veces me enojaba, la quería muchísimo, después de todo, era mi hermana menor. Yo había cumplido 18 años hacia dos meses atrás, así que, como hermana mayor, me tocaba cuidarla y acompañarla a la escuela todas las mañanas.
La prisa nos embargaba. No pude tomar mi desayuno completo, apenas sorbí un poco de la tibia infusión de manzanilla que había preparado mi madre antes de irse a trabajar, y mordisqueé una rebanada de pan con mermelada. Salimos con premura de casa rumbo a la parada del autobús.
El inclemente minutero recorría el blanco y redondo espacio del reloj ubicado en la cúspide de un enorme edificio, el cual no tenía buena fama entre los pobladores por ser una institución dedicada a la usura; pero, quien daba verdadero miedo era su Presidente, un hombre de mirada fría y rostro despiadado. No le importaba si su “víctima” tenía o no dinero para devolver el préstamo, le quitaba hasta el último centavo y si era posible, su vida.
Un fuerte pitido me devolvió de mis pensamientos. El autobús se acercaba y estacionándose con parsimonia a nuestra vera, abrió sus robóticas puertas para permitirnos ingresar. Sin perder más tiempo, nos escabullimos por las personas que esperaban conglomeradas en el paradero. Cuando este llegó, subimos sin hacer caso a los gritos de protesta que emitían los que aguardaban tras nosotras.
- Ya son las 8:20 –suspiró desganada mi hermanita–. Es demasiado tarde.
- Descuida –empecé a hacerle cosquillas–. Llegaremos pronto.
El claro cielo se dejaba contemplar a través de la diáfana ventana. Las graciosas avecillas volaban de un poste a otro, me pareció que estaban galanteando. El más grande perseguía a una pequeña, la acorralaba en el interminable espacio, la seducía con el brillo de su plumaje para luego arrimarla a una delgada rama de un deshojado árbol, y frotar su ovalada cabecita contra el cuello de su amada.
Los faroles del semáforo cambiaron de verde a rojo. El micro se detuvo con frugalidad, esperando que los transeúntes atravesaran la negra pista de extremo a extremo.
Ver a las parejas caminar tomadas de las manos, compartiendo sus bebidas o regalándose tiernas sonrisas, hacía que me preguntara.
“¿Qué se siente amar?”
Los únicos seres de los que me enamoré desde que tengo memoria, son mis padres, mi hermanita y mis amigos, a quienes no veo desde que dejé los estudios; pero, nunca he amado a un hombre por su naturaleza, nunca entregué mi corazón –mucho menos mi cuerpo–, y es que no existe alguien que pueda atrapar mi alma soñadora.
Es extraño, muchos chicos pretendieron enamorarme, más no lo lograron y no entiendo ¿Por qué?
- ¡Despierta! –Exclamó Dalia cogiéndome de los hombros–. ¡Dile al chofer que bajaremos en la esquina!
- Tranquila –susurré–. No estaba durmiendo –sujetándome de las barandas, caminé hacia el conductor y le indiqué que bajaríamos en la cuadra contigua.
El autobús paró y Dalia corrió sin detenerse, tuve que hacer lo mismo, no podía dejarla ir sola.
Al frente, vi el humilde colegio del cual egresé hace algunos años atrás. Sus ventanas estaban tapadas con planchas de cartón y sostenedores oxidados. Adornaba la entrada, un descuidado parque, en el que correteaban los niños y paseaban los adolescentes.
Cerca se podía observar, el pequeño quiosco donde solíamos comprar nuestros refrigerios durante el recreo. Seguía tan pequeño como siempre, pero ahora sus paredes estaban pintadas de azul marino. La misma señora que me atendió aquellos años, seguía trabajando ahí, solo que ahora sus cabellos tenían sutiles mechones blancos que adornaban su larga cabellera, otrora negro azabache.
Un melancólico suspiro escapó de mí. Aquel lugar no había cambiado en nada desde que me alejé, seguía siendo ese cálido y sencillo hogar en el que me gustaba pasar las mañanas. Añoraba aquellos momentos en los cuales jugaba con mis compañeros, íbamos a la biblioteca, hacíamos deporte y molestábamos a los profesores. Sé que, a estas alturas de mi vida, es imposible regresar, pero me gustaría mucho poder hacerlo.
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Stevens
Ciudad de La Molina, Lima 10:00 am
- No me interesa –dije esperando que ofreciera algo más, su oferta era muy pobre.
- Le pagaré en cuanto salga mi cosecha, se lo prometo –agregó desesperado. Tenía marcadas ojeras en el rostro, la piel arrugada y marchitada por el tiempo. Cualquier burdo se hubiera dado cuenta, aquel miserable ser estaba en la ruina; no tenía, siquiera, para comprar un carrete de hilo y coser su deteriorada ropa.
- Acuda al banco si tanta es su necesidad –no podía evitar la repulsión que me causaba su hediondo aroma–. Esta es una entidad privada, además –cogí un paquete de papeles que se encontraban a mi lado–. Usted ya nos debe una suma considerable y no ha efectuado ningún depósito.
- La cosecha anterior no me dejó mucho –estrujó su polvorienta gorra–. Tuve que pagar a mis acreedores.
Stevens
- Bien –resoplé parándome, ya me había cansado de ver su acabado semblante–. Primero cancelará su deuda y luego le haremos un nuevo préstamo, su cuenta es de…
- ¡No! –Gritó empujando la silla hacia atrás–. No tengo con que pagarle, por eso necesito que me preste más dinero… O si no… Si no…
- Le propongo una solución –me escuchaba atento–. No puedo darle más dinero, pero sí puedo ayudarle con su problema.
- ¿Cómo? -Inquirió ansioso. Sus despreciables arrugas bailaban en su quemado rostro. El sol le había dejado como recuerdo algunas cicatrices blancas.
- Usted tiene una hija de 17 años ¿Cierto? -Cuestioné esbozando una pícara sonrisa. Un temblor imperceptible, se apoderó de mis manos. El solo hecho de pensar en los beneficios que puedo obtener con esta preciada mercancía, me inundaba de ansiedad.
- Sí. –Dijo un tanto nervioso.
- Yo soy dueño de “Zona Hot”. –Agregué sin dejarle procesar aquella situación.
- ¿El bar nocturno? –Me preguntó confundido. Sus decaídos ojos tiritaban inundándose de diáfanas lágrimas.
- Sí –le respondí frunciendo el ceño. La fotografía de una joven se observaba entre los papeles de mi desordenada meza–. Entrégueme a su hija para que se convierta en una de mis mesalinas y su deuda estará pagada.
- ¡¿Qué?! –Exclamó acalorado– ¡No puedo hacer eso! ¡Prefiero morirme de hambre!
- Así será entonces. –Me disgustaba que hicieran perder mi tiempo. Le brindé una solución a su miserable vida y se negó, no puedo hacer más. Indiqué a mis hombres que lo retiraran de mi oficina.
Estaba malhumorado, enojado ¿Acaso cree que esto es una beneficencia? Nada en este mundo se obtiene sin antes entregar algo a cambio. Para ganar beneficios, debemos hacer ciertos sacrificios. Mientras más grande y doloroso sea, más dulce y gratificante será la recompensa.
Debía apagar la ira que crecía en mi interior. Cogí el teléfono y cité a Marilyn –una de las tantas zorras que se hacen llamar secretarias–, en un bar céntrico de la ciudad. Solo el licor y la lujuria podían calmar las ardientes llamas que consumían mi interior.
- Deberá regresar antes de las 8 –dijo mi mayordomo–. Los accionistas mayoritarios de RAMP vendrán para evaluar su proyecto.
Lo miré sin decir palabra alguna. Él sabía que me enfurecía cuando me hablaban después de un rechazo por parte del vulgo; sin embargo, también era consiente que lo más importante para mí es el dinero. Se arriesgó a decirme lo de RAMP –asociación de comerciantes–, aun temiendo que le arroje la botella de vino que guardaba bajo mi escritorio, como lo hacía cada vez que me enojaba.
- Viniste muy rápido –sonrió Marilyn retirando un cigarrillo de sus rojos y gruesos labios–. Parece que…
No la dejé terminar y la besé. Su boca sabía a tabaco barato, su lengua era agria como el limón y su perfume asfixiaba como humo de basura quemada; pero tenía un cuerpo exuberante, pechos voluptuosos, caderas abultadas y un trasero firme. Era perfecta para pasar un buen momento.
No veía la hora en que llamara a sus amigas y juntas iniciaran una libidinosa sesión para deleitar mis ávidos ojos.
En diversas ocasiones, escuché a mis subordinados decir que la lujuria no se compara con el amor, que llega el momento en que uno se cansa y solo desea tener una buena compañera a su lado para reposar y pasar gratos momentos juntos.
¡Tremenda estupidez!
¡¿Cómo podría alguien cansarse de esto?!
Para mí el amor no significa nada, estoy casi seguro que una sola mujer no podría aplacar mis deseos… Yo necesito más... Más...
- Buen día señor –saludó una joven al barman. Tenía el cabello largo y ensortijado como resorte, cuyo bronceado color me recordaba al cobre; sus grandes ojos vivaces me despertaban una enigmática curiosidad, parecían salidos de una caricatura. El color de su piel se asemejaba a la nieve, pero sus mejillas eran de una grana sutil.
Se veía tan delicada. Su fragilidad solo podía compararse con los pétalos de rosa. Sentía que, si la apretaba entre mis brazos, terminaría destrozándola. ¡Qué criatura tan sublime! La inocencia desbordaba por cada poro de su piel.
Desde aquel entonces la quería; deseaba que fuera mía, aunque sea por una noche.
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Vanesa
¿Cuál es el sentido de la vida? A veces pienso que solo existimos porque una caprichosa raza superior, necesitaba a quien gobernar, trabajadores para sus tierras y constructores de sus edificios, es por eso que para muchas personas es suficiente comer, tener sexo y ganar unas cuantas monedas que le permitan conseguir las dos primeras cosas, mientras nosotros, los que deseamos algo diferente, profundo, místico, amoroso; somos tildados de locos, despreciados y torturados. Excluidos de las reuniones sociales y repudiados por nuestros pares.
Después de dejar a Dalia en su escuela –aquella que en algún tiempo me albergó en sus aulas–, deambulé un rato por las calles de la ciudad leyendo los avisos de:
“Se busca muchacha para…”
Esperando encontrar algo mejor que no demande tanto esfuerzo físico, porque ya tenía la espalda destrozada por las cajas de abarrotes que debía cargar en mi trabajo en el mercado.
No encontré nada convincente y ya me acercaba a la zona céntrica de la ciudad.
“Los grandes bares y restaurantes, siempre están buscando jóvenes para que atiendan a los clientes, es una buena oportunidad”. Pensé.
Aceleré mis pasos rumbo a la hilera de negocios que podrían brindarme un espacio para laborar. Camine durante mucho tiempo en dirección hacia La Molina. Unos amigos del trabajo me habían comentado, que ahí siempre buscaban muchachas para atender a los comensales.
Con motivación, descartaba uno a uno los lugares hasta que llegué al último; era un bar de estilo clásico, aparentemente elegante. Las azafatas usaban uniforme y no se exhibían como en otros lugares. Las luces le otorgaban calidez, sofisticación; sus mesas eran de vidrio, redondas y pomposas; en cuanto a su aroma ¡Que puedo decir!... Apenas se percibía el humo de los cigarrillos. Me daba la impresión que nadie fumaba ahí, salvo una mujer cuya apariencia no era nada similar a las demás; creo que no pertenecía a ese elevado círculo social.
- Buenos días señor –saludé sonriente al cantinero, que ellos prefieren llamar “barman”, pero a fin de cuentas es lo mismo–. Estoy buscando trabajo y me gustaría saber si…