Al día siguiente, llegué a la preparatoria con una sonrisa en la cara por primera vez en semanas.
Busqué a Camila y a Mateo en el patio.
Estaban juntos, como siempre, riéndose en un rincón.
Me acerqué a ellos, actuando tímida y derrotada.
"Hola" , dije en voz baja.
Camila me miró con una mezcla de lástima y superioridad.
"Hola, Sofía. ¿Cómo estás?"
"He estado pensando" , dije, mirando al suelo. "Quizás tienen razón. He estado muy estresada. Tal vez necesito relajarme y... aceptar que no soy tan buena como creía" .
Vi una chispa de triunfo en los ojos de Camila.
"Esa es la actitud, primita. No todos podemos ser genios" .
Saqué una pequeña caja de mi mochila.
Dentro estaba la obsidiana, atada a un sencillo cordón de cuero, pareciendo un collar moderno y minimalista.
Se la ofrecí a Camila.
"Quería darte esto" , dije. "Como agradecimiento. Por... preocuparte por mí. Y para que le dé suerte a Mateo en el examen final. Dijiste que tu amuleto funcionaba, quizás este también lo haga" .
Mi voz sonaba sumisa, rota.
Era la mejor actuación de mi vida.
Camila tomó la caja, sus ojos brillando de codicia y arrogancia.
No sospechó nada.
¿Por qué lo haría?
Para ella, yo ya estaba vencida.
"Oh, Sofía, es... bonito" , dijo, aunque su tono dejaba claro que le parecía barato. "Se lo daré a Mateo. Estoy segura de que le encantará" .
Se lo colgó del cuello a Mateo en ese mismo instante, ajustando el cordón sobre su camisa.
"Para que te dé aún más suerte, mi amor" , le susurró, y le dio un beso rápido en la mejilla.
Mateo sonrió, tocando la piedra de obsidiana con sus dedos.
"Gracias, Sofía" , dijo, con la condescendencia de alguien que se siente ganador. "A ver si con esto aseguro el primer lugar nacional" .
Sentí una fría satisfacción recorrer mi cuerpo.
El anzuelo había sido mordido.
La trampa estaba puesta.
Más tarde ese día, la tensión explotó en la clase de química.
Estábamos haciendo un experimento en parejas.
De repente, un vaso de precipitados se rompió en la mesa de al lado, derramando un ácido que empezó a humear.
El profesor gritó, y todos se apartaron.
El culpable fue un chico llamado Ricardo, un competidor directo de Mateo por los primeros puestos.
Ricardo juraba que no había sido él, que alguien lo había empujado.
Nadie le creyó.
El profesor estaba furioso.
"¡Ricardo, estás en serios problemas! ¡Esto te costará la calificación y quizás una suspensión!"
De repente, Camila levantó la mano.
"Profesor, yo vi lo que pasó" , dijo con voz firme y clara.
Todos se giraron para mirarla.
"No fue Ricardo. Fue Sofía" .
El silencio en el laboratorio fue total.
La miré, incrédula.
"¿Qué?" , logré decir.
"Sí" , continuó Camila, mirándome con ojos llenos de falsa pena. "Vi cómo empujaste el brazo de Ricardo cuando pasabas a su lado. Supongo que estás enojada porque él también tiene buenas notas y no soportas que nadie más destaque" .
Era una mentira tan descarada, tan cruel, que me dejó sin palabras.
Mateo asintió a su lado.
"Es verdad, yo también lo vi. Ha estado actuando muy rara últimamente, muy resentida" .
Ricardo, al ver una oportunidad de salvarse, se unió al coro.
"¡Sí! ¡Ahora que lo pienso, sentí un empujón! ¡Fue ella!"
El profesor me miró con decepción y enojo.
"Sofía, a la oficina del director. Ahora" .
Me quedé ahí, paralizada, mientras todas las miradas de mis compañeros se clavaban en mí, llenas de acusación y desprecio.
Me vi obligada a caminar hacia la puerta, sintiéndome completamente sola y traicionada por tercera vez en dos días.
Mientras salía, mi mirada se cruzó con la de Mateo.
Él estaba sonriendo, una sonrisa torcida y maliciosa.
Pero entonces, vi algo más.
Vi cómo su mano subía a su cuello, cómo sus dedos se crispaban alrededor de la piedra de obsidiana que yo le había dado a través de Camila.
Su sonrisa vaciló por una fracción de segundo, y una sombra de confusión cruzó su rostro, como si un pensamiento se le hubiera escapado de repente.
Era un gesto diminuto, casi imperceptible.
Pero para mí, fue como un trueno.
La maldición estaba empezando a funcionar.
El espejo había empezado a reflejar.
Una pequeña y oscura sonrisa se dibujó en mis labios mientras caminaba por el pasillo vacío hacia la oficina del director.
El juego acababa de comenzar.